Las incidencias de los paradigmas tecnológicos mundiales sobre la pampa húmeda argentina desde el siglo XIX

Las incidencias de los paradigmas tecnológicos mundiales sobre la pampa húmeda argentina desde el siglo XIX

Por Guillermo Vitelli

Los desarrollos tecnológicos y el empleo de la ciencia tuvieron un fuerte impacto en el agro pampeano, favoreciendo su inserción en los mercados mundiales de alimentos e incrementando sus rendimientos y sus volúmenes de producción. Un recorrido histórico por los principales hitos.
 
Lic. en Economía Política. Prof. Titular de la UNLA. Investigador del CONICET


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La pampa húmeda argentina, las grandes praderas de Australia, Canadá y Estados Unidos, así como también las tierras agrícolas del Uruguay, demuestran desde el siglo XIX que los recursos naturales son valorizados al menos a partir de dos ejes integradores: cuando son compatibles con los paradigmas tecnológicos vigentes, o con los de instalación reciente, y cuando su producción se acopla con las demandas de los mercados mundiales de bienes al momento del implante de las tecnologías. La generación y difusión del segundo paradigma tecnológico a nivel mundial, ocurrido entre 1820 y 1885, y que condensó el desarrollo del ferrocarril, las comunicaciones, el acero y el frío, facultó la inserción de las producciones de las tierras pampeanas y de las demás praderas del mundo a los mercados mundiales, provocando, en la Argentina, un salto en el producto y en las exportaciones per cápita y la consolidación y estabilidad de nuevas instituciones políticas creadas durante los tiempos de ese acople. También los desarrollos tecnológicos difundidos en el agro a partir de la década de 1960 indican en la Argentina su compatibilidad virtuosa con la dotación interna de recursos naturales.

La evolución económica de la Argentina de los siglos XIX y XX es extremadamente expresiva, indicando que los derroteros económicos pueden ser explicados a partir de esa vinculación entre las dotaciones originarias y desiguales de riquezas materiales, las de uno y de los demás, definidas simplemente por la naturaleza, y los grandes cambios y modelos tecnológicos que se instalan en el mundo.

Ciertamente esa correlación no es unicausal. Condicionando la lógica de esa vinculación y la concreción o no de crecimientos económicos, también han incidido las concepciones políticas y filosóficas internas de un país acerca del modo de encarar las cosas que acuerdan e implementan los hacedores de las políticas económicas cotidianas y los sectores sociales. También fueron determinantes las señales que han emanado a través de los mercados mundiales y que han orientado los precios y los flujos de mercancías y capitales, y finalmente, los encadenamientos que se han gestado en el devenir histórico, aun los más lejanos. El ensamble de esas tres vertientes junto con la dotación interna de recursos y la secuencia de los paradigmas tecnológicos conformó siempre una trama económica que condicionó la evolución de las naciones y los derroteros entre ellas y que condicionó el modo de incidencia de los recursos naturales.

La relevancia del vínculo entre paradigmas tecnológicos mundiales y acoples con los recursos naturales, propios y ajenos, en la evolución del agro pampeano argentino

Los distintos bloques tecnológicos que pueden ser asimilados al concepto de paradigma tecnológico conforman la idea, acertada, de un corte temporal económico notorio, marcado por la difusión y el empleo, totalmente abarcativo, de una nueva concepción de “hacer las cosas”. Por su lógica, cada nuevo paradigma sustituye de manera más eficiente a las anteriores concepciones productivas, pudiendo generar utilizaciones distintas de los recursos naturales y alterar las ventajas competitivas preexistentes, reduciéndolas y, con seguridad, gestando nuevas. Por eso, su presencia desagrega criterios de negocios diferentes.

Es cierto que las revoluciones tecnológicas que alteran radicalmente las maneras de hacer las cosas no se gestan de modo repentino. La historia de la ciencia demuestra que todo nuevo paradigma tecnológico no nace ni se incorpora en forma de salto concentrado en el tiempo. Su desarrollo y, más aún, su difusión, transitan largos períodos, donde coinciden de modo simultáneo las nuevas formas productivas con las antiguas. Puede afirmarse, igualmente, que la existencia de un nuevo paradigma tecnológico y su divulgación no implica necesariamente que se concrete de manera ineludible el empleo de las nuevas técnicas.

Esa dualidad entre la aparición de un nuevo paradigma tecnológico y la predisposición y capacidad para ser incorporado o no en un ámbito geográfico concreto caracteriza, precisamente, la historia de todas las producciones agropecuarias y particularmente las del agro pampeano argentino desde mediados del siglo XIX. Ese vínculo se concreta desde la relación, casi absoluta, que existe entre las capacidades de adopción de las nuevas tecnologías, la existencia de recursos naturales que le sean compatibles –en uno, como país, y en los demás como competidores en los mercados mundiales– y las características y componentes de las cadenas productivas que dominan en el agro en cada coyuntura –sus actores y sus morfologías–.

No todo gran cambio tecnológico difundido en el mundo y con derrame a lo agropecuario fue incorporado en el agro pampeano, o al menos no todos fueron introducidos de manera coincidente con los tiempos de sus aplicaciones en el escenario mundial. La lógica económica de los agentes internos y externos no fue inocua en sus introducciones y en sus tiempos de difusión. De allí sus incidencias positivas y negativas. Pero, hayan sido simultáneas o no sus introducciones, todos los grandes cambios tecnológicos, corporizados en tramas de la infraestructura, los insumos, equipamientos y técnicas de producción, incidieron significativamente en el modo de inserción y utilización del agro pampeano como recurso natural y también en la magnitud de sus rendimientos. Todos afectaron positiva y negativamente sus niveles de competitividad frente al pasado y frente a las demás áreas externas que aplicaban las mejores prácticas productivas vigentes en el mundo.

Los paradigmas tecnológicos en el agro mundial desde comienzos del siglo XIX

La historia tecnológica de la manufactura y del agro mundial desde el comienzo de la primera revolución industrial permite identificar cinco grandes paradigmas o bloques tecnológicos que han incidido de modo relevante sobre la evolución y competitividad del agro pampeano y en su capacidad de insertarse en los mercados mundiales de bienes y financiamientos. Aunque no siempre de manera positiva.

Un primer gran cambio tecnológico se corporizó en la difusión del vapor como mecanismo para alterar las fuentes de energía pretéritas empleando el hierro y el carbón como su base y vehículo generador. Las naciones que poseían esos recursos se desarrollaron por encima de las demás. La ausencia en la Argentina, hacia los siglos XVIII y XIX, de minerales metalíferos y combustibles, especialmente del hierro y el carbón, desalentó la industrialización interna y generó una base tecnológica no diversificada que perduró mucho más allá de 1900, al apartarla del modo de operar vigente en el mundo industrializado. La razón es simple. El hierro y el carbón eran, precisamente, los insumos que determinaban la capacidad de industrialización inducida por los patrones tecnológicos predominantes: la primera gran revolución industrial del siglo XVIII los posicionó como los ejes del crecimiento. Muchos demostraron que las naciones más industrializadas de finales del siglo XIX eran las principales productoras de hierro y carbón. En cambio, las que no los poseían continuaban enquistadas en sus antiguas economías agrícolas y pastoriles sin modificar mayormente el modo de emplear sus recursos naturales. Esa no es ciertamente una concepción novedosa porque numerosos historiadores han reiterado que en la conformación de los primeros polos industriales las manufacturas podían desarrollarse casi exclusivamente en las proximidades de los yacimientos de hulla y de mineral de hierro induciendo, en paralelo, avances en las producciones agropecuarias. Por eso, puede afirmarse que la carencia de minerales determinó, de manera relevante, la conformación del reducido punto de partida de la Argentina frente al de Australia, Canadá y Estados Unidos.

Un segundo bloque tecnológico, consolidado en el mundo durante todo el siglo XIX y que incidió sobre las producciones pampeanas, se corporizó en el desarrollo de los sistemas de transporte de grandes volúmenes de mercancías y en la gestación del frío: el ferrocarril, el telégrafo y el acero, desde mediados del siglo XIX, y el frigorífico, concebido en la década de 1860, y, como derivación, el barco frigorífico, conformaron un amplio paradigma tecnológico que revolucionó el transporte, las comunicaciones, y la conservación de alimentos, y por ende indujo la puesta en marcha de las capacidades productivas de las grandes praderas. Con él, se acoplaron positivamente en la Argentina los cambios tecnológicos diseminados en el mundo de entonces con la disponibilidad interna de un recurso natural abundante: las tierras pampeanas. Desde su gestación, el nuevo perfil tecnológico facilitó la formación de densas áreas urbanas, demandantes de alimentos, abastecidas con la inserción de las tierras de la pampa húmeda y semihúmeda de la Argentina al mercado mundial de granos y carnes y de las otras grandes praderas, la australiana, la canadiense y la estadounidense y de las tierras agrícolas de Uruguay. El cambio que promovió el movimiento masivo de alimentos modificó totalmente, frente a los sistemas previos acotados geográficamente, el modo de expansión de las capacidades productivas. No implicó cambios significativos en las técnicas de producción o en el conocimiento de las lógicas básicas de la producción agropecuaria. Significó una alteración absoluta en la capacidad de transporte de grandes volúmenes a grandes distancias. El ferrocarril cuenta su gestación desde los comienzos de la primera revolución industrial, asentada en el hierro, el carbón y el vapor, pero es indudable que se consolidó con el desarrollo del acero hacia mediados del siglo XIX, facultando su difusión como medio de transporte masivo. Asimismo, el frigorífico inició su fase comercial hacia comienzos de la década de 1880 como tecnología posible de ser aplicada también masivamente. En la Argentina esos desarrollos se corporizaron en una extensa infraestructura portuaria y de transporte y en la estructuración de las cadenas de frío que facultaron la conservación de los alimentos cárneos. El agro pampeano registra su incorporación masiva y completa como área productiva y su integración a los mercados mundiales de alimentos precisamente con la difusión e introducción de ese paradigma tecnológico. Previo a la incorporación del ferrocarril, era reducida la mano de obra que laboraba en la agricultura más allá del río Salado y muy primitivas eran las prácticas productivas. En realidad, las campañas del desierto coincidieron temporalmente con la difusión de los nuevos medios de transporte y conservación de alimentos facultando la inserción de las tierras pampeanas a la comercialización masiva de alimentos. El recurso natural, la planicie pampeana, y ese bloque tecnológico fueron realmente compatibles, y el implante de la nuevas técnicas, aunque con algún rezago frente a los tiempos de su incorporación en Canadá y los Estados Unidos, facultó la expansión de todas las esferas productivas ligadas con la exportación de granos y de carnes bovinas y ovinas.

El tercer bloque tecnológico vinculado con el agro se difundió en el mundo desde mediados de la década de los años de 1920 y fue introducido hacia los años ’30. Durante ese tiempo comenzaron a confluir tres vertientes de avances científicos y tecnológicos que se habían gestado previamente en la metalurgia y la mecánica, en la química y en la genética vegetal: derivado de los desarrollos del motor a combustión, del automóvil, del petróleo y del caucho, las bases del paradigma tecnológico instalado a partir de 1890 en el mundo, desde 1920 se fabricaron tractores y maquinarias agrícolas con una capacidad de arrastre sustancialmente superior a las anteriores; desde la química se crearon y mejoraron fertilizantes y plaguicidas que expandieron la capacidad productiva de los suelos; y desde la genética se desarrollaron semillas híbridas del maíz y nuevas variedades de plantas resistentes a plagas y sequías que redujeron las ventajas de crear las semillas en los propios predios.

Las tres vertientes se incorporaron masivamente desde mediados de los años treinta en los países que eran, conjuntamente, industrializados y productores de alimentos –fundamentalmente Estados Unidos, Canadá, Australia– y también en países de Europa Occidental. En cambio, la Argentina de las primeras décadas del siglo XX, no industrializada más allá de emprendimientos artesanales ni promotora de la investigación tecnológica, permaneció al margen de esas innovaciones, siendo mínima su introducción, al menos frente a los tiempos de su difusión en el mundo. Quienes emplearon las innovaciones condensadas en las tres vertientes –la metalurgia, la química y la genética– obtuvieron ganancias de competitividad en sus producciones agrícolas que relativizaron las ventajas de países que las habían obtenido por la disponibilidad de riquezas naturales, como las que poseía la Argentina con su pampa. Fue precisamente en esos años cuando se inició el estancamiento en los rindes y en los niveles de producción de las cosechas pampeanas. Las razones del rezago técnico fueron múltiples. Incidieron la mínima industrialización y la carencia de desarrollos tecnológicos propios –que no facultaban la producción interna de los nuevos insumos y equipamientos y por ende obligaban a contar con divisas para incorporarlos–. También se extendió la idea de la mínima o nula necesidad de incorporar esos cambios ya que eran, se decía, incompatibles con los suelos y con la lógica productiva de las tierras pampeanas. Pero el eje básico se encontró en una circularidad perversa: la pérdida de competitividad en los mercados mundiales y el estancamiento de la producción agropecuaria, ya que se había agotado la incorporación de nuevas tierras, gestaron, en un contexto de país no industrializado y donde la población interna continuaba creciendo, una aguda restricción interna de divisas que no facultó la incorporación de los nuevos insumos y maquinarias al menos desde la importación. Ese conjunto de razones determinó, por consiguiente, que el nuevo paradigma tecnológico no se introdujera internamente al tiempo que era implantado en el mundo, gestando la recurrencia del estancamiento, del atraso técnico y de la merma global de divisas.

Este tercer bloque tecnológico con incidencia básica en el agro y difundido desde los años veinte y treinta ha sido absolutamente relevante en la minimización relativa de las ventajas naturales que poseía el agro pampeano argentino como recurso natural. Se ha afirmado que hasta mediados de los años veinte los crecimientos de eficiencia del agro estadounidense se gestaban exclusivamente desde incrementos en la productividad de la mano de obra. No fue diferente la situación en la Argentina y en las otras grandes praderas mundiales. Lograda la ocupación plena de las tierras en las planicies de los Estados Unidos, Canadá, Australia y la Argentina, y de las áreas agrícolas de Uruguay, no se contaba con otro mecanismo expansivo que los crecimientos en la productividad laboral. Pero luego, con la introducción del paradigma tecnológico incorporado al agro desde los años de 1920, los incrementos en los rendimientos de las producciones agropecuarias comenzaron a provenir de mejoras en la tierra, producto de la incorporación de cambios técnicos corporizados en maquinarias, insumos químicos y en sistemas productivos que estuvieron condensados todos en un mismo bloque tecnológico. Es así como, en esos años, la ciencia trasvasada a la manufactura gestó desde el agro mundial un salto en la producción de alimentos. Ruttan llama a ese proceso la transición de una agricultura basada en los recursos hacia una agricultura fundada en la ciencia. En la Argentina, ese proceso coincidió con el inicio de un largo estancamiento de los rindes agropecuarios –e incluso con su merma– y, por derivación, en la caída de las exportaciones per cápita de alimentos pampeanos. El atraso tecnológico se arrastró por extensos períodos y aún hacia finales de 1959 la Comisión Económica para América Latina afirmaba que en la pampa argentina era muy deficiente el nivel tecnológico y que eran inadecuadas las prácticas mecánicas y químicas. Precisamente los componentes del paradigma tecnológico implantado en el agro desde 1920.

El cuarto bloque tecnológico, posible de ser identificado con incidencia en el agro pampeano, se corporizó en los años de la década de 1960 y provino de tres fuentes complementarias que fueron, al igual que en los paradigmas previos, intensivas en el empleo de la ciencia y la tecnología. Algunos la llamaron la revolución verde, pero los avances también permearon en las producciones cárneas. Una vertiente provino de la genética y la biología, con la gestación masiva de semillas mejoradas, trigos con germoplasmas que facultaban mayores rendimientos e híbridos de alto potencial de crecimiento para la siembra de maíz y sorgo. Paralelamente se desarrollaron técnicas para la inseminación artificial masiva y fármacos para el crecimiento y la cura del ganado. Al igual que el bloque técnico incorporado en los años ’20 y ’30, la segunda fuente provino de la agroquímica desde el desarrollo de nuevos y mejores nutrientes y aditivos para la producción agrícola, que facultaron el empleo masivo de los fertilizantes, potenciando el rinde de las nuevas semillas. El tercer componente se corporizó en nuevas formas de mecanización, que se expresaron en equipamientos de mayor volumen, potencia y flexibilidad, funcionales a la siembra y cosecha de las nuevas semillas. La intensidad del empleo de la ciencia en esos desarrollos fue elocuente y fue absolutamente relevante la capacidad técnica de absorción de las nuevas concepciones en las tierras pampeanas, valorizando nuevamente el recurso natural. La pampa argentina registra precisamente la salida de su antiguo estancamiento a partir de su introducción plena al nuevo paradigma tecnológico en las producciones agrícolas y algo tardíamente en las producciones pecuarias. La historia posterior a 1960 muestra que las tres vertientes que conformaron los nuevos avances técnicos fueron funcionales a la lógica productiva de la pampa argentina y al tipo de recurso disponible, incrementando sus rendimientos y sus volúmenes de producción. Es cierto que muchas otras naciones antes importadoras de alimentos se incorporaron al mapa de países exportadores de granos y carnes con la introducción de la revolución verde. México y la India son ejemplos paradigmáticos. Pero ello no mermó la capacidad competitiva en los mercados mundiales de los productos de la pampa argentina, que se introdujo de manera plena en la nueva concepción tecnológica, apartándose del largo estancamiento anterior. Allí fue nuevamente compatible, de manera positiva, la disponibilidad del recurso con la nueva revolución tecnológica.

Un quinto bloque ligado al agro se enlazó con el paradigma anterior, el de los años ’60, y se corporizó en la introducción de nuevos cultivos, alterando totalmente el mapa productivo de la Argentina ya que facultó la incorporación de tierras lejanas a la pampa húmeda a la siembra masiva de granos. El cambio, que se profundizó en la década de 1990, estuvo ligado con el implante masivo de la soja, que culminó siendo el cultivo granario más importante, alterando el modelo productivo iniciado en la Argentina desde los años de 1870 a 1880. La introducción del paquete tecnológico de la soja incluyó agroquímicos compatibles con el crecimiento del grano y la introducción de nuevos equipamientos de gran porte. El implante masivo de la soja facilitó un incremento significativo en el volumen cosechado de granos ya que, combinada con el trigo, facultó una segunda cosecha en el año, elevando de manera considerable la productividad y la producción de la pampa argentina y en las nuevas zonas productivas.

El proceso que se consolidó desde mediados de los años setenta comenzó una década antes, y concretó su máxima difusión durante los años noventa, marcando un quiebre notorio frente a las antiguas formas productivas de la región pampeana, y también frente al mix de productos empleado en los predios, ya que hacia principios de la década de los sesenta no existían registros de siembra de soja, mientras que hacia los años noventa era el cultivo más importante de la región. La generación de semillas de soja resistentes a herbicidas y plaguicidas, la difusión de agroquímicos compatibles con el grano y la nueva generación de equipamientos agrícolas facultaron esa expansión, absolutamente relevante, de su siembra y cosecha, dinamizando la industria aceitera y posicionando a la Argentina como uno de los mayores exportadores de soja. Este bloque tecnológico, el quinto en la secuencia iniciada con la primera revolución industrial y de incidencia sobre el agro, también fue funcional a las características de las tierras disponibles en la Argentina y a la lógica productiva de la pampa, basada precisamente en la producción masiva de granos y carnes, motivando un nuevo salto en los rendimientos y en los volúmenes cosechados. Como consecuencia, las tierras de la pampa y de otras áreas geográficas poseedoras de recursos naturales vinculados a la explotación agropecuaria incrementaron su valorización.

En síntesis, tres de los cinco paradigmas tecnológicos –el difundido hacia la mitad del siglo XIX y los aplicados durante la segunda mitad del siglo XX, el de los años ’60 y el de la década de los ’90– fueron compatibles con los recursos naturales disponibles en la Argentina y con la lógica productiva de la región pampeana. Por eso, se introdujeron casi simultáneamente a su empleo en los países con mayores capacidades tecnológicas o con rezagos reducidos. Esos tres bloques tecnológicos facultaron un enorme incremento en las capacidades productivas y en los rendimientos de las producciones de carnes y granos y facultaron la generación de monedas externas. Por el contrario, el primer bloque tecnológico –la primera revolución industrial– y el difundido durante las décadas de 1920 y 1930 no fueron aplicados de manera coincidente con su introducción en el mundo y se asociaron, precisamente, con la carencia de recursos naturales compatibles con las nuevas técnicas y con los atrasos relativos de las manufacturas internas y de la pampa, especialmente el de los años de 1930 que derivó en la merma de competitividad en los mercados mundiales de alimentos, con el estancamiento e incluso la reducción de las exportaciones granarias. Desde entonces, se inició la recurrente restricción de divisas que caracterizó a la economía argentina aun hasta el presente.

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