La Argentina frente al shock asimétrico: un país sumergido en la emergencia permanente

La Argentina frente al shock asimétrico: un país sumergido en la emergencia permanente

Por Rubén Lo Vuolo

El artículo aborda las consecuencias de la pandemia, que según el autor, ha potenciado problemas estructurales en la Argentina, que derivaron, a su vez, en una triple combinada y asimétrica crisis: sanitaria, económica y social.
 
Investigador del Centro Interdisciplinario para el Estudio de Políticas Públicas (CIEPP), Buenos Aires, Argentina.


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Una triple crisis asimétrica

La pandemia del Covid-19 y las políticas aplicadas para frenar su expansión han potenciado problemas estructurales en la Argentina y, al mismo tiempo, han derivado en una triple combinada y asimétrica crisis: sanitaria, económica y social.

El carácter sistémico de los impactos negativos se ha potenciado debido a los problemas estructurales existentes previamente: lento crecimiento, estructura productiva heterogénea y poco diversificada, mercados laborales con alta presencia de informalidad y precariedad, desigualdades sociales y sistema de protección social fragmentado con beneficios de baja calidad y grupos sin cobertura (incluyendo al sistema de salud), una inserción internacional asimétrica tanto comercial como monetaria, etcétera.

El doble shock de oferta y demanda derivado de las medidas adoptadas para frenar la propagación de la pandemia golpeó sobre una economía que ya venía registrando serios problemas tanto a nivel macro como microeconómico. Dada la heterogénea estructura económica y las marcadas desigualdades laborales y sociales, quienes más sufren son las unidades productivas más pequeñas y la fuerza laboral informal, que suele coincidir con la población con déficits habitacionales, bajo acceso a servicios públicos básicos y carencia de estabilizadores automáticos de ingresos (i.e. seguro de desempleo).

Los impactos asimétricos sobre el bienestar se potencian por las diferentes capacidades de ahorro y de stock de capital acumulado previamente (incluyendo acceso diferencial al crédito y a capital social). Para los grupos más desaventajados, las restricciones de movilidad, la pérdida de ingresos laborales y la imposibilidad de sostener formas mínimas de distanciamiento y confinamiento parcial o total se combinan con la ausencia de ahorros y la falta de adecuado acceso a la salud, saneamiento, viviendas básicas y sistemas de aseguramiento colectivo.

Lo que parece un problema de coyuntura no debe observarse como un elemento aislado sino como uno que profundiza problemas estructurales de larga data y expone la asimétrica vulnerabilidad de los distintos grupos sociales de una sociedad cada vez más desigual. De este modo puede evaluarse más adecuadamente la profundidad y perdurabilidad de los daños provocados por el shock y las políticas implementadas como resultado del mismo.

El shock desnudó problemas estructurales

El shock vinculado a la pandemia es en cierto modo inédito, aunque no lo es la sucesión de shocks “externos” al sistema económico y social local que vienen sucediéndose con cierta frecuencia y que no pueden ser procesados ni amortiguados por las instituciones domésticas. Lo que no es coyuntural es la vulnerabilidad del sistema económico y social del país debido a sus desbalances macroeconómicos, a la precariedad laboral, a la insuficiencia y desigualdad tanto de los aseguramientos como del acceso a bienes y servicios colectivos, etcétera.

No es solo que el país nunca logró cobertura universal de shocks inesperados, sino tampoco de riesgos sociales propios del ciclo de vida de las personas (enfermedad, vejez, desempleo, etc.). El shock derivado de la pandemia y las políticas adoptadas para enfrentarla mostraron crudamente la desigualdad social y la vulnerabilidad de la mayoría de la población a cambios mínimos en su forma de vida, así como el débil carácter preventivo de un sistema de protección social fragmentado.

Las políticas públicas mostraron así el típico y recurrente problema de todo “ajuste” de las variables económicas claves. Mientras se aplicaron políticas casi universales de confinamiento, con cierre de unidades productivas (incluyendo establecimientos educativos), se pretendió compensar los impactos negativos con programas montados sobre una matriz de protección social organizada como paliativa de daños (verificado burocráticamente) antes que preventiva, selectiva de grupos beneficiados antes que universal, temporal antes que permanente, etcétera.

Al igual que frente a otros shocks más usuales en la historia del país (del sector externo, de las cuentas públicas) las políticas macro con fuertes impactos negativos en el bienestar de las personas se buscaron compensar con programas selectivos que no configuran una estrategia capaz de otorgar certidumbre inter-temporal y que se evidencian muy débiles para revertir el ajuste negativo de la oferta y la demanda agregada.

En sociedades diversificadas y complejas, las relaciones entre todas estas acciones y procesos son acumulativas. Por ejemplo, quienes más sufren los efectos de las políticas de mitigación de la pandemia son los hogares con mayor número de dependientes a cargo. En estos hogares, a la pérdida de ingresos y empleo se suma el cierre de escuelas que confinó a los niños, niñas y adolescentes, quienes requieren de mayores cuidados y comidas que venían recibiendo en establecimientos escolares. Pero además se suma el daño estructural a la enseñanza, cuando no el abandono escolar que ha de minar severamente las probabilidades de mejoras y movilidad social para las próximas generaciones.

Esto expone claramente que la estructura del sistema de políticas públicas argentino relega (desde casi siempre) dos funciones centrales de un sistema de protección social moderno: 1) su rol preventivo y asegurador frente a contingencias que afectan al conjunto de la población; 2) su rol integrador de partes desiguales en instituciones igualitarias y capaces. En esto, la pandemia dejó en claro que quienes más requieren de la protección social son quienes menos acceden y en caso de acceder lo hacen en condiciones más precarias y no por derecho propio sino por acción selectiva y arbitraria del Estado.

Asimismo, todo indica que se han de potenciar las tendencias en el mercado laboral que ya señalé en un trabajo previo1: i) crece el número de personas consideradas como “improductivas” porque los cambios en las tecnologías y modos de producción no requieren sus habilidades; ii) tiende a ser mayor la relación entre las unidades de riqueza producida mercantilmente y la cantidad de empleo utilizada para ello (aumento del producto medio por unidad de trabajo); iii) se amplía la diferencia entre el valor de cambio de la unidad de riqueza producida mercantilmente y el valor de cambio del trabajo empleado (menor participación de la masa salarial en la distribución del ingreso); iv) se amplía la diferencia entre la riqueza generada por unidad de trabajo mercantil y el ingreso “extra” que puede generar una unidad adicional de trabajo (diferencia entre el producto medio por unidad de trabajo y la productividad marginal del trabajo); v) aumenta la sustitución de trabajo humano por bienes de capital en la mayoría de las actividades mercantiles; vi) aumenta el contenido del “conocimiento” incorporado a las máquinas que sustituyen el trabajo humano; vii) hay presión para disminuir el costo de la mano de obra local por la mayor integración de los mercados internacionales; viii) el avance del capitalismo financiero independiza la reproducción del capital del sistema productivo y del empleo mercantil.

Con distinta intensidad, estas tendencias van configurando un escenario de reducción de la demanda laboral que contrasta con el aumento de la oferta laboral por crecimiento demográfico, incorporación de oferta laboral femenina, alargamiento de la esperanza de vida (junto con la crisis de los sistemas de previsión social), migraciones internas e internacionales, etc. La mayor novedad derivada de la pandemia parece ser el masivo retiro de la oferta laboral informal y precaria del mercado de empleo que alivia el impacto sobre el indicador de desempleo. Sin embargo, se sabe que esto implica que la oferta se retira por pérdida directa de empleo u otros motivos de desaliento que seguramente incrementarán las dificultades para emplearse.

En términos prácticos, a los problemas que se observaban antes en materia de empleo, ingresos y bienestar, ahora hay que enfrentar tres desafíos: elevar a aquellos sectores con déficits extremos antes de la pandemia, evitar que sigan cayendo los afectados por el shock y seguir sosteniendo el empleo e ingreso de los que han logrado mantenerse razonablemente.
Claramente, las políticas asistenciales aplicadas en la emergencia no pueden lograr estos objetivos porque se montan sobre estructuras y dinámicas con serios problemas estructurales y en sí mismas son pensadas como de emergencia, temporales y acotadas. La combinación del shock de la pandemia con los problemas estructurales de larga data y los cambios en los paradigmas tecnológico-productivos en el mundo señalan que los desafíos para la eventual pospandemia no pueden afrontarse con marcos analíticos y políticas del pasado.

Problemas previos, problemas actuales, problemas futuros

Las democracias capitalistas ya venían enfrentando cambios que entrañan procesos de transformación estructural inciertos y complejos, tanto en su base tecnológica como en las formas de acumulación, consumo e incluso en las mismas concepciones sobre los propios objetivos de la vida en común. Retrocesos y continuidades se combinan con innovaciones y rupturas que aumentan no solo los riesgos sino la incertidumbre inmediata y futura del mundo de vida.

No están claros cuáles serán los paradigmas, las teorías y los modos de conocer e interpretar la realidad que han de dirigir los procesos de pospandemia, pero no parece razonable entender la actual coyuntura como un paréntesis sino más bien parece ser un punto de aceleración en un proceso de transformación que viene incubándose hace tiempo.

El año 2020 probablemente sea recordado como el punto en que se consolida la tendencia de cambio definitivo desde el capitalismo industrial de posguerra hacia la primacía de un capitalismo financiero, de plataforma digital y de valorización de intangibles. Este cambio tiene al país no solo como periférico sino en algunos casos como ajeno y hasta fuera de órbita.
Luego de la crisis de 2008-09, la economía de los países centrales se venía alimentando de una impresionante inyección monetaria por parte de los bancos centrales que emiten moneda internacional. Esto es lo que sostuvo la demanda y alimentó una nueva ola de capitalización financiera. Con la pandemia estas tendencias se reforzaron, pero además se observa una suerte de desacoplamiento entre la economía real que cae estrepitosamente y la economía financiera que sigue un curso ascendente. En este contexto, avanzan las empresas multinacionales vinculadas a plataformas digitales e intangibles. La Argentina está fuera de ese circuito o en todo caso las empresas con base nacional en estos sectores no generan eslabonamientos positivos para el conjunto del sistema económico y social.

El cambio de época actual no es la repetición de otros cambios de época. Las democracias capitalistas enfrentan modificaciones profundas en todos los órdenes: tecnológico, social, cultural, económico, político, de valores, científico, religioso e ideológico. Por una parte, la velocidad y la intensidad del cambio tecnológico en materia biológica y molecular se conjugan con la revolución digital, que afecta la comunicación y la interconexión de las economías y las sociedades. Por otra, se están superando los límites y las restricciones ambientales y aumenta la destrucción de la biodiversidad y el riesgo de zoonosis.

Así, además de la necesidad de entender y definir la esfera económica en nuevos términos, en el ideario ciudadano surgen con fuerza la dimensión ambiental y la social. Es pues momento de discutir los fundamentos de un nuevo estilo de desarrollo, de un régimen de bienestar y protección social distinto, de un nuevo acuerdo ambiental global y de una gobernanza mundial a la altura de los desafíos que enfrentan la humanidad y el planeta.
En este contexto, la Argentina no aparece muy bien posicionada porque es una sociedad que se dinamiza por el cortísimo plazo y por antinomias construidas sobre comprensiones de sucesos pasados más que por el futuro.
Esto es más grave cuando ni siquiera hay evidencias sólidas acerca de qué quedará luego de este vendaval, no solo en cantidades sino también en términos de relaciones económicas y sociales. Hay sectores, incluyendo servicios como transporte, salud, educación, turismo, que además de sobrevivir están obligados a cambiar su propia función de producción pero no hay indicios de que se esté, ni siquiera, discutiendo cómo hacerlo.
Mientras tanto, los desbalances macroeconómicos no auguran capacidad para aplicar políticas que promuevan una recuperación rápida en un contexto global con pronósticos de muy bajo crecimiento. Ni siquiera parece posible apostar a la liberación de ahorro acumulado por los más pudientes, porque lo que prima es la incertidumbre en el ambiente y en las reglas que deberían garantizar cierta coordinación de los agentes económicos, políticos y sociales relevantes.

Las posibilidades de financiamiento del sector público argentino siguen acotadas, no solo por los clásicos problemas del sistema tributario y las dificultades de acceso a los mercados financieros, sino porque el mercado cambiario es una tormenta que no amaina y descomprime a la política monetaria, al tiempo que la inversión ha caído a mínimos históricos que señalan tendencia a mayor desestructuración productiva. De paso, seguramente se intensificará la competencia por la inversión extranjera directa en el mundo y no puede esperarse mucho por el lado de ese flujo salvo en los negocios de enclave y de dudoso rendimiento social como los vinculados a la renta de recursos naturales.

La caída de las horas trabajadas en empleo remunerado y de los ingresos laborales hace más difícil la recuperación de la economía real. Y seguramente se verificará una ampliación de las ya significativas brechas de ingresos laborales.

Probablemente los hogares buscarán también aumentar la cantidad de miembros perceptores de ingresos, pero no encontrarán respuesta adecuada en la demanda, por lo que la fuerza laboral continuará perdiendo homogeneidad y probablemente se profundicen las desigualdades. A esto se suman mayores estímulos para reemplazar fuerza de trabajo por tecnología y/o para incrementar las horas trabajadas por la misma cantidad de unidades de empleo.

Frente a esto, las llamadas “señales de los mercados” no son adecuadas para coordinar el cambio de paradigma y mucho menos la inversión necesaria para promover externalidades positivas de conocimiento y capacidades. Sin embargo, las políticas públicas no parecen dotadas de capacidad de gestión ni de coordinación y mucho menos de regulación con proyección de futuro; más allá de las disputas retóricas y de las posibilidades coyunturales de aumentar el gasto, los signos de la ineficacia pública pululan en todas las áreas. Es que no se puede enfrentar una alteración económica y social inédita y de carácter mundial, con tendencias a proyectarse en el largo plazo, con políticas e instrumentos del pasado.
Y esto es lo que está haciendo hasta el momento la Argentina. Y probablemente es lo único que puede hacer por razones que no tenemos espacio para discutir. En esta emergencia, en un país que siempre está en emergencia, puede parecer extemporáneo pretender que se hable de otra cosa, pero si esto no se hace y se proyecta desde otras visiones y con otras políticas públicas, la emergencia permanente continuará erosionando los principios de organización económica y social, sumergiendo al país en un ambiente de incertidumbre permanente.

1. Lo Vuolo, Rubén: “El futuro del trabajo humano depende del futuro del capitalismo”, en Voces en el Fénix, Juan Graña y Alberto Müller (ed.), Futuro del trabajo, Año 10, Nº 80, mayo.

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