Extractivismo, debates sobre decrecimiento y otras formas de pensar el mundo

Extractivismo, debates sobre decrecimiento y otras formas de pensar el mundo

Por *Mariana Walter y **Marta Conde

Tanto en las economías extractivas del Sur como en las economías de consumo del Norte, el debate apunta a la inviabilidad ambiental y social del actual paradigma de crecimiento ilimitado. Ante el fracaso de las propuestas de desarrollo y consumo “sostenibles”, desde distintas corrientes de pensamiento se consolida un nuevo imaginario que, entre otras cosas, aboga por la reducción equitativa de los metabolismos productivos de nuestras sociedades.
 
*Investigadora post-doctoral de la Universidad AutĂłnoma de Barcelona. Coordinadora CientĂ­fica del proyecto internacional (ACKnowl-EJ: www.acknowlej.org) sobre coproducciĂłn del conocimiento para la Justicia Ambiental entre la academia y activismo (http://www.worldsocialscience.org/activities/transformations/acknowl-ej/) **Investigadora post-doctoral de la Universidad AutĂłnoma de Barcelona y miembro de la organizaciĂłn Research&Degrowth.


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En los años ’50 se desencadena una gran aceleraciĂłn en el uso de recursos naturales que alcanza tasas de crecimiento sin precedentes en la primera dĂ©cada del siglo XXI. Estas tendencias estĂĄn asociadas con una creciente presiĂłn sobre el ambiente y las sociedades y con mayores conflictos ecolĂłgico distributivos. Una gran parte de estos conflictos estĂĄ asociada a la extracciĂłn de energĂ­a y minerales en paĂ­ses del Sur y emergentes para suplir el consumo del Norte global, dando lugar a fuertes debates tanto en las economĂ­as extractivas como en las economĂ­as de consumo sobre la insostenibilidad ambiental y social de nuestros modelos de desarrollo y crecimiento.

En este artĂ­culo analizamos, en un primer lugar, algunas tendencias clave en la extracciĂłn de materiales en el mundo y la regiĂłn latinoamericana y sus implicancias socioambientales. Como respuesta a estas tendencias y, vinculĂĄndolas con el consumo, revisamos en un segundo lugar el concepto de decrecimiento, sus fuentes y principales propuestas. El decrecimiento se ha erigido como un espacio diverso y rico de reflexiĂłn sobre los problemas y desafĂ­os que enfrentan las sociedades para avanzar hacia un sistema de organizaciĂłn mĂĄs justo y sostenible ambiental y socialmente.

Metabolismo social, extractivismo y fronteras de extracciĂłn

El aumento radical en la extracción de materiales (minerales metalíferos e industriales, peces, cultivos, plantaciones, etc.) es un proceso que ha sido cuantificado en diversos estudios a nivel global y regional. Diversas metodologías surgidas del estudio del metabolismo social de las economías permiten evaluar el crecimiento en los patrones de extracción. “Metabolismo social” se refiere a los intercambios de energía y materiales entre las sociedades humanas y el medioambiente, cuya tendencia es creciente. A continuación, presentaremos algunas tendencias en el aumento de la extracción de materiales, y examinaremos algunas de las implicancias para las economías más industrializadas y aquellas en vías de industrialización, donde actualmente se concentra la mayor presión extractiva.

Como analizan AnkeSchaffartzik y colegas en su trabajo “The global metabolic transition: Regional Patterns and trends of global material flows”, de 2014, entre el año 2000 y el año 2010, la extracciĂłn de minerales se ha prĂĄcticamente duplicado a nivel mundial, pasando de 764.000.000 a 1.551.000.000 de toneladas anuales. MĂĄs aĂșn, durante la segunda mitad del siglo XX, la minerĂ­a, asĂ­ como otras formas de extractivismo (i.e. plantaciones, cultivos intensivos), se han expandido globalmente hasta un punto en que pueden ser consideradas una de las formas dominantes de intervenciĂłn humana en el ambiente. Por otro lado, desde la dĂ©cada de los ’50, la extracciĂłn de minerales ha migrado de las economĂ­as mĂĄs industrializadas hacia economĂ­as emergentes. En el 2010, solo 6% de los metales extraĂ­dos provenĂ­an de Europa o NorteamĂ©rica, mientras que el 76% fue extraĂ­do de 4 paĂ­ses (Australia, China, India y Brasil).

Estudios sobre el flujo de materiales (la cantidad de toneladas de materiales que se extrae, exporta e importa de una economía) realizados en 2013 para la región latinoamericana por James West y Heinz Schandl indican que, entre 1970 y 2008, el flujo de materiales se multiplicó por cuatro en la región impulsado por el consumo doméstico y las exportaciones. Las economías latinoamericanas, y particularmente las economías sudamericanas, tienen un balance comercial físico deficitario. Es decir, se exportan mås toneladas de las que se importan. Lo que no implica que el balance monetario sea proporcionalmente positivo. Esto refleja una creciente presión interna y externa para incrementar la extracción de materiales para uso doméstico y para la exportación.

En relaciĂłn con el comercio exterior, las tendencias apuntan a una persistencia estructural de un intercambio ecolĂłgicamente desigual. Este concepto desafĂ­a el argumento de que las exportaciones de los paĂ­ses en desarrollo promueven su crecimiento y desarrollo econĂłmico sostenible y apunta a los trade-offs fĂ­sicos y socioambientales en juego. Los estudios destacan cĂłmo los paĂ­ses pobres exportan a precios que no toman en cuenta los impactos locales o el agotamiento de los recursos naturales y a cambio compran bienes y servicios costosos de regiones mĂĄs ricas. El intercambio ecolĂłgicamente desigual surge del hecho estructural de que las regiones o paĂ­ses metropolitanos requieren grandes cantidades de energĂ­a y materiales a precios bajos para su metabolismo.

Los términos de intercambio a largo plazo son persistentemente negativos para Sudamérica en conjunto y para la mayoría de los países por separado (una tonelada importada es siempre mås costosa que una exportada, de dos a cinco veces). Sin embargo, los términos de intercambio mejoraron algo en la primera década del siglo XXI, alimentando una ola de optimismo en lo relativo al crecimiento económico que después se ha deteriorado nuevamente. Actualmente, las grandes exportaciones físicas apenas permiten pagar las importaciones en la mayoría de los países sudamericanos.

Las implicaciones sociales y ambientales en la extracción de recursos han motivado debates en torno al extractivismo y, mås recientemente, el neoextractivismo. Existen diversas definiciones para estos términos. El extractivismo contempla en general a economías en las que el sector extractivo tiene un peso importante, el sector primario exportador estå entre las principales fuentes de ingreso, y el trabajo y los recursos naturales estån explotados mås allå de su habilidad para reproducirse. La alta demanda de tierra, energía y agua asociada con la minería compite ademås con otros usos del suelo y acceso a recursos por las poblaciones locales y ecosistemas. La alta conflictividad que presentan las economías extractivas ha sido destacada en diversas investigaciones. Como señala Eduardo Gudynas, el neoextractivismo se refiere a un nuevo régimen extractivista, especialmente presente en América latina, en que la expansión de las fronteras de extracción se despliega de la mano de gobiernos progresistas. En este contexto, el Estado juega un rol mås activo en la extracción y, en algunos casos, vincula dicha actividad con programas para paliar la pobreza. Sin embargo, los impactos sociales y ambientales se mantienen. El Estado es mås activo tanto a través de las reformas regulatorias que buscan aumentar la participación del Estado en los beneficios mineros (regalías, beneficios) como de un mayor protagonismo en las empresas extractivas.

Se trate de regĂ­menes extractivistas o post-extractivistas, las crecientes presiones para extraer minerales desplazan y expanden las fronteras de extracciĂłn de las commodities ĂĄreas de gran valor biolĂłgico o nuevos territorios generalmente habitados por grupos campesinos o indĂ­genas que se rebelan. El concepto de las fronteras de las commodities examina el proceso de colonizaciĂłn de nuevas ĂĄreas geogrĂĄficas en bĂșsqueda de materias primas (petrĂłleo, minerales, biomasa, etc.) y sus consecuencias sociales, ambientales y culturales. El tĂ©rmino fue inicialmente utilizado en el año 2000 por Jason W. Moore, que sostiene que ampliar las fronteras existentes es la principal estrategia del capitalismo para extender el alcance y la escala del proceso de mercantilizaciĂłn.

Cabe destacar que los impactos sociales y ambientales de la extracciĂłn de recursos aumentan a medida que la calidad y disponibilidad de tales recursos disminuye. En el caso de la minerĂ­a, actualmente se requieren mĂĄs recursos y se generan mĂĄs desechos y contaminaciĂłn para obtener la misma cantidad de minerales que hace diez años. Algunos autores señalan que la cuestiĂłn ya no es si hay recursos disponibles, sino cuĂĄles serĂĄn los costos sociales y ambientales si se continĂșa extrayĂ©ndolos y cĂłmo se toma esta decisiĂłn. En este sentido, una de las caracterĂ­sticas de la dĂ©cada de 2000 ha sido el significativo aumento de los conflictos socioambientales que involucran a comunidades opuestas a las actividades extractivas o de elevado impacto ambiental en sus territorios.

El avance de las fronteras de extracciĂłn y su impacto no son motivo de preocupaciĂłn solo en el Sur. La crisis y los consiguientes ajustes estructurales que recientemente han afectado a Europa han provocado la devaluaciĂłn de los costos del trabajo y la eliminaciĂłn de regulaciones en los ĂĄmbitos de la salud y del medioambiente. Proyectos extractivos que no fueron posibles en el pasado son ahora cada vez mĂĄs factibles. La minerĂ­a de carbĂłn y de oro estĂĄ volviendo a Europa, provocando violentos conflictos como el de Chalkidiki, en el norte de Grecia. Esta tendencia se ve acentuada por la llegada de nuevas tecnologĂ­as como el fracking del gas, que se ha expandido rĂĄpidamente en Estados Unidos y ahora en Europa, y las prospecciones en zonas marinas profundas y no tan profundas.

Las tendencias previamente examinadas señalan que el continuar promoviendo un modelo econĂłmico basado en el crecimiento –lo que implica un aumento sostenido e insustentable de su metabolismo social (creciente necesidad de recursos y energĂ­a)– tiene un alto costo socioambiental en los territorios de extracciĂłn.

Decrecimiento, un concepto multidimensional

En un contexto de creciente crisis ambiental, social y econĂłmica tanto en los paĂ­ses extractores como consumidores, el decrecimiento surge como un nuevo imaginario que proyecta una sociedad donde se consuman menos recursos y se organice y viva de forma diferente a travĂ©s del compartir, la simplicidad, la convivialidad, el cuidado y el manejo de “lo comĂșn”.

El tĂ©rmino “decrecimiento” fue propuesto por AndrĂ© Gorz en 1972 y lanzado por activistas ambientales en el 2001 como un eslogan provocador para repolitizar el debate socioambiental. El decrecimiento es principalmente una crĂ­tica al crecimiento, llama al rechazo de la obsesiĂłn con el crecimiento econĂłmico como panacea para resolver todos nuestros problemas. Aboga por la reducciĂłn equitativa y socialmente sostenible del metabolismo social de nuestra sociedad, todo lo que la sociedad extrae, procesa, transporta, distribuye y luego consume para ser devuelto como desecho.

El decrecimiento sostiene que, si queremos mantener nuestra sociedad dentro de los lĂ­mites ecolĂłgicos, tendremos que tener menos grandes infraestructuras de transporte, viajes al espacio, “la Ășltima moda” en ropa, coches mĂĄs rĂĄpidos o mejores televisores, pero, en cambio, sĂ­ podrĂ­amos necesitar mĂĄs infraestructuras de energĂ­as renovables, mejores servicios de salud y educaciĂłn o mĂĄs teatros y plazas. Se trata de abrir el debate para una “reducciĂłn selectiva” sobre quĂ© actividades de extracciĂłn-producciĂłn-consumo queremos decrecer y cuĂĄles crecer. Como señala Giorgos Kallis, del grupo de trabajo Research&Degrowth de Barcelona, estas decisiones no se pueden dejar en manos de los mercados, ya que estos causan caos en vez de adaptaciones graduales, y tambiĂ©n porque no distinguen entre los que tienen y los que no. Estos retos son enormes si uno tiene en cuenta la excesiva capacidad de producciĂłn de la sociedad industrial y las fuertes inequidades sociales existentes.

El decrecimiento se diferencia mucho de los conceptos de desarrollo sostenible y crecimiento verde que han sido promovidos como panaceas para mantener el consumo, la producciĂłn y el comercio sin dañar el planeta. En el marco del consumo sostenible, se ha puesto Ă©nfasis en la eficiencia y en el rol del consumidor para comprar productos verdes y “sostenibles”. El fracaso de estos conceptos ya se ha hecho patente. Si bien ha habido cambios en la demanda de productos mĂĄs eficientes como lavadoras o automĂłviles, se padece lo que se conoce como efecto rebote (o paradoja de Jevons). Este fenĂłmeno explica que las mejorasen la eficiencia energĂ©tica no compensan el aumento en el consumo total de materiales para la fabricaciĂłn de bienes. Por ejemplo, en el caso de televisores, mientras que estos son mĂĄs eficientes, tienen pantallas mucho mĂĄs grandes, por lo que el consumo de materiales total es finalmente mayor. Las polĂ­ticas que promueven el reemplazo mĂĄs regular de los televisores tambiĂ©n disparan el consumo total de energĂ­a y materiales. La paradoja de Jevons explica, ademĂĄs, que la energĂ­a o los materiales que se han ahorrado suelen ser invertidos en mĂĄs consumo o en nuevas adquisiciones. Por ejemplo, las bombillas supereficientes se dejan encendidas toda la noche o el ahorro en un coche se invierte en un viaje. En un marco mĂĄs general, el fracaso de las ideas de desarrollo sostenible o crecimiento verde se explican en parte por la inhabilidad de reconocer los limites biofĂ­sicos al crecimiento econĂłmico, el hecho de que las medidas tan solo son voluntarias y muy permisivas con las grandes empresas y la excesiva confianza en la tecnologĂ­a como panacea para salir del paso en el que nos encontramos.

En el decrecimiento identificamos varias fuentes o corrientes de pensamiento que se cruzan y complementan. Federico Demaria y colegas destacan seis fuentes clave. La primera de ellas es la ecologĂ­a (1), que señala la necesidad de conservar y valorar los ecosistemas denunciando los impactos de la industrializaciĂłn y el consumo. Muy ligada a ella estĂĄ la (2) bioeconomĂ­a, que hace un anĂĄlisis mĂĄs cuantitativo de los flujos de energĂ­a y materiales de nuestra economĂ­a apuntando, por ejemplo, al constante aumento de la energĂ­a invertida en extracciĂłn que señalĂĄbamos en la primera parte. A travĂ©s de estos anĂĄlisis se cuestionan las innovaciones tĂ©cnicas desarrolladas para poder sostener el crecimiento infinito y las consecuencias de la paradoja de Jevons. El decrecimiento, por el contrario, aboga por propuestas “no-tĂ©cnicas” y herramientas conviviales para reducir los flujos de materia y energĂ­a. En este sentido, otras corrientes influyentes han sido las crĂ­ticas al desarrollo y el elogio al antiutilitarismo (3) que cuestionan la uniformidad de las culturas a travĂ©s de la adopciĂłn de ciertas tecnologĂ­as y los modelos de producciĂłn y consumo experimentados en el Norte global. En esta corriente tambiĂ©n se critica al homo economicus y la idea de que los humanos nos guiamos por el interĂ©s personal y la mĂĄxima utilidad, una construcciĂłn social de la economĂ­a heterodoxa. El decrecimiento llama a una visiĂłn mĂĄs amplia, dando mĂĄs importancia a las relaciones comerciales basadas en regalos, reciprocidad y la convivialidad, donde las relaciones sociales son centrales. A ellos se une el bienestar y el significado de la vida (4). Como señala la paradoja de Easterlin, una vez que unas necesidades bĂĄsicas estĂĄn cubiertas, el aumento de ingresos no aumenta la felicidad. Para el movimiento de simplicidad voluntaria, la reducciĂłn del consumo individual se ve como una liberaciĂłn de las ataduras del consumo. Otra escuela del decrecimiento llama a una “democracia profunda” (5) en respuesta a la falta de debates democrĂĄticos sobre desarrollo econĂłmico, tecnologĂ­a o progreso. Hay dos vertientes en esta escuela: una mĂĄs reformista, que busca transformar nuestras instituciones democrĂĄticas, y otra mĂĄs radical, que busca nuevas instituciones mĂĄs participativas y con mecanismos de democracia directa. Finalmente, la dimensiĂłn de justicia (6) es clave para el decrecimiento y lo primero en decrecer tiene que ser la desigualdad. Una presunciĂłn comĂșn entre los economistas es que solo el crecimiento econĂłmico puede mejorar las condiciones de vida de los pobres del planeta a travĂ©s de un efecto de goteo a los menos favorecidos. OponiĂ©ndose a esta doctrina, el decrecimiento aboga por la disminuciĂłn de la competiciĂłn, la redistribuciĂłn y la reducciĂłn de salarios excesivos. Y es que la comparaciĂłn social basada en los modos de vida de personas mĂĄs pudientes es la que provoca la envidia y la competiciĂłn de una sociedad frustrada al no poder consumir igual que los “ricos”, llevando a una creciente infelicidad. Al establecer un salario mĂĄximo (o una riqueza mĂĄxima),se frena la envidia como motor del consumismo.

El decrecimiento solo tiene sentido cuando todas estas fuentes se tienen en cuenta. Tomadas de forma independiente, se trataría de un proyecto incompleto y reduccionista, lejano de las ideas del decrecimiento. Por ejemplo, solo centrarse en la falta de recursos y la destrucción de los ecosistemas, pero no atender las injusticias ambientales, podría resultar en un discurso “arriba-abajo” con propuestas para el control poblacional y antiinmigración. Una justicia sin democracia puede llevar a soluciones autoritarias y mejorar la justicia y la democracia sin preocuparnos por el significado de la vida puede llevar a soluciones centradas en la tecnología.

Como examina Giorgos Kallis, las propuestas sobre “cĂłmo decrecer” estĂĄn aĂșn fragmentadas y se despliegan en un espectro muy amplio. Desde aproximaciones mĂĄs vivenciales que buscan “salir de la economĂ­a” (ecoaldeas, cooperativas de producciĂłn-consumo, granjas de producciĂłn orgĂĄnica), pasando por propuestas por una democracia mĂĄs directa o participativa o ideas mĂĄs reformistas a nivel de cambios institucionales y polĂ­ticos. Estos Ășltimos abogan por la redistribuciĂłn (del trabajo, tiempo libre, recursos naturales y riqueza) y, en general, por descentralizaciĂłn y relocalizaciĂłn gradual de la economĂ­a. AsĂ­, se reducirĂ­a el metabolismo social, adaptando la sociedad a una economĂ­a mĂĄs pequeña. Propuestas mĂĄs concretas van desde la reducciĂłn de horas de trabajo, instituciones que garantizan empleo o un salario bĂĄsico, salarios mĂĄximos e impuestos: redistribuciĂłn de impuestos, control de los paraĂ­sos fiscales e impuestos sobre daños ambientales, como el CO2, el uso de recursos y la poluciĂłn. Se podrĂ­an tambiĂ©n prohibir ciertas actividades que se consideran nocivas, como la extracciĂłn en ciertas zonas, la energĂ­a nuclear o la publicidad. La mayor parte de estas propuestas no son nuevas, pero bajo el marco del decrecimiento forman parte de un cambio de direcciĂłn.

Pero el decrecimiento no busca ser la Ășnica alternativa radical en pos de un mayor bienestar humano y justicia ambiental. Existen en el mundo muchas otras cosmovisiones y conceptos cuyas preocupaciones y crĂ­ticas estĂĄn hermanadas con el decrecimiento. De especial relevancia en AmĂ©rica latina es el concepto del Buen Vivir, que aboga por una nueva (o muy antigua) forma de pensar el desarrollo y la felicidad; Ubuntu y sus diversas variantes africanas ponen un especial Ă©nfasis en el cuidado, el compartir; el Swaraj en la India que busca la autosuficiencia y el autogobierno; la experiencia de confederalismo democrĂĄtico en el territorio kurdo basado en asambleas populares y el respeto a la naturaleza, y muchos otros. Como subraya Ashish Kothari, aunque muchas difieren en la prognosis del cĂłmo actuar, coinciden en los valores y principios fundamentales como el respeto a la vida y a los derechos de la naturaleza, el bienestar humano que sitĂșa a lo no material y material al mismo nivel, igualdad y justicia, diversidad y pluralismo, gobernanza basada en la subsidiariedad y participaciĂłn directa, trabajo colectivo, solidaridad y reciprocidad, resiliencia, simplicidad y suficiencia. Tanto el decrecimiento como estas propuestas reconocen que la humanidad debe reconectar con la naturaleza y debe asumir sus lĂ­mites y adaptar su vida a los ciclos de vida naturales. Joan MartĂ­nez Alier –entre otros autores– ha abogado por la oportunidad de crear alianzas entre los movimientos que promueven el Buen Vivir en el Sur y el decrecimiento en el Norte.

Sea o no de agrado el tĂ©rmino “decrecimiento”, este concepto ha abierto un espacio de debate que ofrece una oportunidad Ășnica para repensar y desafiar nuestras estructuras de vida. No solo se trata de un debate utĂłpico, en los Ășltimos años han aumentado los foros en que tanto activistas como acadĂ©micos vinculados al decrecimiento desarrollan desde la teorĂ­a y la prĂĄctica propuestas que abarcan desde el desarrollo de modelos econĂłmicos y polĂ­ticos, hasta propuestas de acciĂłn local o revalorizaciĂłn de cosmologĂ­as despreciadas. Estos debates trascienden los sures y nortes globales. Las reflexiones y emociones que desata el debate “decrecentista” no nos dejan indiferentes, ya que afectan tanto a aspectos de nuestro dĂ­a a dĂ­a como a temas mĂĄs profundos, como el sentido de la vida, nuestra relaciĂłn con la naturaleza o nuestra supervivencia en la tierra.

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Extractivismo

ArtĂ­culos de este nĂșmero

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Los movimientos de justicia ambiental. La defensa de lo comĂșn frente al avance del extractivismo
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Maristella Svampa y Enrique Viale
Continuidad y radicalizaciĂłn del neoextractivismo en la Argentina
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PotosĂ­ y los orĂ­genes del extractivismo
Mariana Walter y Marta Conde
Extractivismo, debates sobre decrecimiento y otras formas de pensar el mundo
Gerardo Damonte
Modelo extractivo y conflictos en el PerĂș
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Cultivos transgénicos: La verdadera historia
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Del extractivismo minero en MĂ©xico, la defensa del territorio y las alternativas
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Consulta popular en Cajamarca, Tolima: la fiesta de las Arracachas contra Anglo-Gold Ashanti
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