En torno al rol de la Argentina en la Nueva División Internacional del Trabajo

En torno al rol de la Argentina en la Nueva División Internacional del Trabajo

Por *Nicolás Pérez Trento y **Guido Starosta

Con la consolidación del modo de producción capitalista, el proceso de reproducción social adquiere un carácter global. Resulta evidente, sin embargo, que el rol jugado por los distintos países presenta marcadas diferencias. En este trabajo ofrecemos una perspectiva respecto del rol que ocupa la Argentina en el proceso de producción a escala mundial, deteniéndonos especialmente en la llamada Nueva División Internacional del Trabajo.
 
*Licenciado en Sociología (UBA). Magíster y Doctor en Ciencias Sociales (UNGS-IDES). Becario postdoctoral (CONICET). Docente en la Licenciatura en Sociología (UBA)
**Licenciado en Economía (UBA). Magíster en Pensamiento Político y Social y Doctor en Sociología (Universidad de Warwick, Reino Unido). Investigador Independiente CONICET. Profesor Titular en el Departamento de Economía y Administración, Universidad Nacional de Quilmes



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1. Introducción

Con la consolidación del capitalismo, el proceso de reproducción social adquirió por primera vez un carácter intrínsecamente global. Sin embargo, el rol jugado por los distintos países en el mercado mundial dista de ser homogéneo. La unidad global general del proceso de acumulación de capital se realiza así mediante la constitución de formas nacionales específicas con potencialidades diferenciadas, las cuales tienen en su base las distintas modalidades de la División Internacional del Trabajo (DIT). En este artículo, ofrecemos una breve caracterización de las dos formas históricas que ha asumido la DIT hasta el presente, y analizamos las potencialidades del proceso de acumulación en la Argentina a la luz de cada una de ellas.

2. La DIT “clásica” y la Argentina

La primera modalidad histórica asumida por la DIT ha sido denominada en la literatura como “clásica” (DITC). En su interior, destaca la existencia de un conjunto de países en los que se localizan capitales que operan a una escala que les permite ubicarse a la vanguardia del desarrollo de las condiciones materiales del trabajo social. Se trata de los países comúnmente etiquetados como “avanzados”, y que aquí vamos a referir como “clásicos”, ya que es en su interior en donde, mediante la producción de plusvalor relativo, el capital avanza de manera activa en el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo. Dicho proceso tiene por base el abaratamiento de las mercancías consumidas por la generalidad de los/as obreros/as para la reproducción de su fuerza de trabajo (y de las que intervienen en la producción de aquellas) y, por lo tanto, el abaratamiento de esta última.

En consecuencia, los capitales que operan en los países clásicos enfrentan la necesidad de bajar el costo de aprovisionamiento de materias primas. Sin embargo, la producción de estas tiene una particularidad: la de hallarse sujeta a condicionamientos naturales que el capital no puede controlar, y que se hallan desigualmente distribuidos en el territorio mundial. Una de las particularidades de los países de América latina, en este sentido, es precisamente la existencia de condiciones excepcionales para la producción de materias primas. De aquí que, históricamente, el rol de estos países en la DIT haya sido la provisión de estas mercancías para los países clásicos, siendo la Argentina un caso paradigmático.

Esta dinámica, sin embargo, encierra una contradicción. Al estar el precio fijado en base a la productividad del trabajo correspondiente a la peor tierra que hace falta poner en producción para satisfacer la demanda social solvente, la producción realizada en tierras mejores arroja una ganancia extraordinaria que es apropiada por los terratenientes bajo la forma de renta diferencial. Esto contrarresta parcialmente el abaratamiento de materias primas que resulta de su importación desde los territorios en los que se localizan las mejores condiciones de producción: al encarecerse el consumo de los/as obreros/as empleados por los capitales que operan en los países clásicos, dichos capitales dejan escapar una porción del plusvalor extraído a aquellos. Esta masa de riqueza social fluye, bajo la forma de renta de la tierra, hacia los bolsillos de los propietarios de las tierras en las que se produjeron las materias primas en cuestión. De este modo, las economías como la argentina se caracterizan por recibir continuamente un flujo extraordinario de valor que toma la forma de renta de la tierra. Los capitales que operan en los países clásicos, sin embargo, son capaces de recuperar una porción del plusvalor perdido, proceso que ha tomado dos formas características que han estado presentes en diversos modos concretos y grados a lo largo de la historia argentina. La primera de ellas es el endeudamiento externo a tasas de interés elevadas. El pago de la deuda externa tiene así entre sus fuentes principales la captura por parte del Estado de una porción de la renta, que refluye hacia los países clásicos bajo la forma de interés, alimentando de este modo la acumulación de los capitales que allí operan.

Una segunda forma consiste en el establecimiento de filiales de los capitales industriales de los países clásicos que conviven con una gran masa de pequeños capitales de propiedad nacional. Aquellos, no obstante, no operan aquí del mismo modo en que lo hacen en sus países de origen: mientras que allí lo hacen con la escala suficiente para competir en el mercado mundial, en la Argentina solo producen para el pequeño tamaño del mercado interno (protegido, en grados variables, mediante mecanismos arancelarios o paraarancelarios), y utilizando en gran medida medios de producción que están lejos de la vanguardia tecnológica.

Esta restricción en la escala involucra una menor productividad del trabajo que dichos capitales ponen en marcha respecto de las normas imperantes en el mercado mundial. Lo cual, en virtud de los mayores costos resultantes, contraería, a su vez, la tasa de ganancia obtenida. La apropiación de porciones de renta diferencial de la tierra, en este sentido, constituye una de las principales formas de resarcimiento para estos capitales, que logran así valorizarse normalmente.

Esta apropiación tiene lugar a partir de distintos mecanismos que pone en marcha el Estado nacional mediante sus políticas públicas, entre los cuales destacan, por la magnitud de renta que afectan, los impuestos a la exportación de mercancías agrarias y la sobrevaluación de la moneda. Los primeros afectan una porción del precio de aquellas constituido por la renta de la tierra y, tras ser recaudadas por el Estado, pasan a manos de estos capitales por medio de políticas como el pago de subsidios, el préstamo de fondos públicos a tasa de interés real negativa, y la generación de la capacidad de compra para las mercancías producidas por los capitales en cuestión, entre otras. La sobrevaluación, por su parte, retiene en la mediación cambiaria una fracción de la renta que luego apropian los capitales industriales al importar medios de producción abaratados. Asimismo, ambos mecanismos abaratan también la fuerza de trabajo que compran estos capitales sin afectar las condiciones de reproducción normal de aquella, ya que resultan en que las mercancías afectadas circulan internamente por debajo de su precio internacional.

Si bien ya había estado presente anteriormente con la presencia del capital extranjero en los servicios públicos, este segundo modo de recuperación de porciones de renta por parte de los capitales de los países clásicos se consolidó en la Argentina hacia finales de la década de 1950, momento en que ingresó una gran cantidad de filiales de capitales extranjeros a producir para la pequeña escala del mercado local protegido, como parte del proceso usualmente referido como “industrialización sustitutiva de importaciones” (ISI). La rama automotriz, en este sentido, constituye uno de los casos más paradigmáticos.

3. La Nueva División Internacional del Trabajo

Hacia mediados de la década de 1960 comenzó a hacerse evidente que esta división del trabajo estaba transformándose, lo que dio lugar a la consolidación de la llamada Nueva División Internacional del Trabajo (NDIT). La misma es resultante del avance en la automatización de la maquinaria utilizada en los procesos industriales (en particular, la computarización y robotización vinculadas a los desarrollos en la microelectrónica), lo cual impacta en los atributos productivos de la fuerza de trabajo demandada por el capital.

Por una parte, la transformación directa del objeto de trabajo pasa a estar portada en grado creciente como atributo objetivado de dicho sistema, con lo cual los atributos manuales e intelectuales que el capital demanda a los/as obreros/as que operan el sistema de maquinarias se reducen cada vez más a tareas relativamente simples. Por otra parte, convierte en sobrante para las necesidades del capital a otra parte de la clase obrera, a la que se le arranca la posibilidad de participar en el proceso social de producción. En contraposición, una tercera porción de trabajadores/as necesita expandir sus atributos productivos: se trata de aquella que opera en el desarrollo de la capacidad del obrero colectivo para avanzar tanto sobre el control de las fuerzas naturales y su objetivación en el sistema de maquinarias, como sobre el control consciente del carácter colectivo del trabajo, desarrollos que solo pueden realizarse sobre una base científica.

El referido avance de la automatización de los procesos productivos profundizó esta diferenciación de los atributos productivos de la clase obrera, complejizando el trabajo realizado por los obreros de mayor calificación, simplificando el que queda en manos de los de menor desarrollo de sus atributos productivos, y arrojando una masa creciente a las filas de la población sobrante. Es sobre esta base que el capital dispersó territorialmente las distintas etapas de los procesos de trabajo. De manera general, tendió a concentrar los procesos de producción más complejos en los países clásicos, mientras que una porción de los procesos más simples fue trasladada hacia otras regiones. En la medida en que el cambio tecnológico avanzó hacia la simplificación relativa de nuevas tareas productivas, la NDIT mutó en un entramado más complejo, basado en la creciente fragmentación global de la fuerza de trabajo. Cada país que participa activamente de este proceso provee así al capital de la combinación “óptima” entre atributos productivos y costos salariales, concentrando así un tipo de fuerza de trabajo con características distintivas que le permiten participar en procesos productivos de diverso tipo y complejidad. Probablemente el caso más emblemático sea el de los países del este asiático que, constituidos como simples reservorios de población obrera sobrante, se convirtieron luego en plataforma para la instalación de distintas fases del proceso productivo, debido a la disponibilidad de fuerza de trabajo relativamente más barata, disciplinada, capaz de trabajar con un grado relativamente alto de intensidad, y habituada al trabajo colectivo.

4. El impacto de la NDIT en la Argentina

La especificidad que cobra el proceso de acumulación de capital en la Argentina impide que los capitales que operan en su interior tomen parte activa en el proceso de desarrollo de las fuerzas productivas: de por sí, los capitales de mayor concentración no son más que fragmentos recortados de los capitales que operan a escala normal en los países clásicos. Pero lo mismo sucede con los capitales aplicados a la producción de mercancías agrarias, que operan a escala normal. Debido a que la presencia de los distintos mecanismos de apropiación tiene como efecto la circulación interna de dichas mercancías por debajo de su precio internacional, la aplicación extensiva e intensiva del capital sobre la tierra se ve restringida, con lo cual las porciones de capital que ponen en marcha los procesos de trabajo de menor productividad no alcanzan a ser aplicados. Y estos constituyen, precisamente, la frontera técnica de la producción, razón por la cual los capitalistas no enfrentan la necesidad de avanzar sobre ella.

Por otra parte, el hecho de que la acumulación tenga por base la apropiación de porciones de renta somete a la economía nacional a fluctuaciones particularmente pronunciadas y recurrentes. Estas se hallan determinadas por los ciclos en los precios de las mercancías agrarias, lo que expande y contrae alternativamente la masa de renta disponible.

Magnitud y apropiadores de la renta de la tierra en Argentina: 1960-2018

Fuente: actualización de información en base a medición original de Iñigo Carrera (2007). La formación económica de la sociedad argentina. Buenos Aires: Imago Mundi.

Más allá de la normalidad de sus fluctuaciones, la magnitud de renta de la tierra tiende a contraerse a medida que el desarrollo de las fuerzas productivas avanza en el control de los condicionamientos naturales. En contraste, su requerimiento por parte de los capitales que la apropian tiende a crecer, conforme se va expandiendo la escala de la acumulación.

Esta contradicción se puso violentamente de manifiesto con la consolidación de la NDIT. En efecto, el gran salto en la productividad del trabajo que trajo aparejado la revolución productiva aumentó la escala requerida para producir mercancías para el mercado mundial, con lo cual se expandió también la brecha entre dicha escala y la que caracteriza a los capitales que producen para el mercado interno argentino. La valorización de dichos capitales, por lo tanto, requirió de una mayor masa de riqueza social apropiable.

Sin embargo, la renta no ha tendido a expandirse de modo sostenido, más allá de algunos momentos circunstanciales de crecimiento pronunciado. De aquí que estos capitales requirieran de una nueva fuente de riqueza social para sostener su acumulación: el pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor, expresado en la fuerte caída salarial que sobrevino tras el golpe de Estado de 1976. En efecto, al chocar contra sus propios límites, la acumulación de capital en la Argentina se mostró incapaz siquiera de sostener la escala que había alcanzado hasta ese momento, lo que dio origen a una fase de liquidación de capitales industriales. Esto, a su vez, multiplicó la masa de población sobrante para el capital, lo que se convirtió en base de la contracción del salario real.

Tasa de ganancia del capital del sector industrial y sus fuentes (en % sobre capital adelantado): 1930-2015

Fuente: actualización de información en base a medición original de Iñigo Carrera (ibíd.)

Así, si bien la especificidad de la acumulación en la Argentina no varió tras la consolidación de la NDIT, los límites enfrentados por aquel proceso se agudizaron marcadamente.

5. El ciclo neoliberalismo-populismo-neoliberalismo: la Argentina en las últimas tres décadas

Estos límites presentaron una expresión particular en las últimas tres décadas. En primer lugar, un gobierno de signo neoliberal se convirtió en la representación política del proceso de liquidación de capitales industriales. Las políticas de apertura económica implementadas a lo largo de la década de 1990, en combinación con la sobrevaluación de la moneda, arrasaron con una gran masa de pequeños capitales. Esto tuvo como consecuencia una veloz expansión del desempleo: de acuerdo a las mediciones del INDEC, aquel pasó de un 7,6% en 1989 a un récord de 21,5% tras la devaluación del año 2002. La contracara de este fenómeno estuvo dada por la a aceleración del proceso de concentración y centralización de los capitales de mayor escala, que siguieron siendo los beneficiarios principales de las políticas de apropiación de renta. Entre ellas, destaca especialmente la sobrevaluación de la moneda, que se sostuvo en torno al 100% a lo largo de toda una década mediante la ley de Convertibilidad. La insuficiencia relativa de renta disponible, sin embargo, redujo el espectro de capitales que se beneficiaron de su apropiación. Entre ellos destacan los de la rama automotriz, para los que se mantuvieron medidas de protección del mercado interno, y los capitales de servicios públicos privatizados, a los que se permitió cobrar tarifas dolarizadas.

Al mismo tiempo, tuvo lugar un nuevo proceso de expansión de la deuda pública externa que, junto con la consolidación del pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor, se constituyó como fuente de compensación para el sostenimiento de la especificidad de la acumulación en la Argentina. Dicho endeudamiento cobró una magnitud particularmente significativa, al punto que la reproducción de esta fase económica quedó atada al flujo de crédito externo: su interrupción resultó en la caída del gobierno de la Alianza.
La caída salarial que sobrevino tras la devaluación del año 2002 dio base a una nueva fase de crecimiento. Junto con ella, la subvaluación de la moneda, que multiplicó la riqueza social apropiada por los terratenientes por vía del encarecimiento de las mercancías agrarias, sostuvo temporalmente una tenue expansión de las exportaciones.

Recién hacia mediados de la década, sin embargo, la fase expansiva alcanzó su auge de la mano de la sostenida expansión en el precio comercial de las mercancías agrícolas. Así, reaparecieron distintos mecanismos de apropiación tales como la fijación de los precios internos de las mercancías agrarias, subsidios a los capitales de servicios públicos, créditos a tasas de interés real negativa, y expansión del gasto público. El principal mecanismo de apropiación fueron los impuestos a la exportación, cuya magnitud fue aumentando conforme subía el precio comercial de las mercancías gravadas. Este mecanismo, sin embargo, enfrenta un límite específico: el de tener la forma de un impuesto a la producción. Sobrepasado este punto, comienza a chocar con barreras jurídicas, como los principios de equidad fiscal y no confiscatoriedad. El conflicto del año 2008 expresó de forma clara estas limitaciones. De aquí que el tipo de cambio, que había alcanzado ya la paridad poco antes, comenzara a sobrevaluarse de manera sostenida (en tanto la sobrevaluación constituye un mecanismo menos visible o “despolitizado” de transferencia de renta de la tierra). En este escenario, resurgió también el populismo como representación política de la fase expansiva, que se prolongó a lo largo de los gobiernos kirchneristas.

Pero a pesar de que en estos años fluyó hacia la Argentina una masa enorme de renta, esta fase expansiva no alcanzó a emular a las que caracterizaron a la ISI. En primer lugar, el crecimiento pronto encontró sus límites: a partir del año 2011, el PIB se mantuvo relativamente estancado, combinando años de expansión con otros de contracción. Por otra parte, y a pesar de haber disminuido respecto de los niveles alcanzados en la crisis de la Convertibilidad, el desempleo (así como el empleo no registrado) se mantuvo en niveles históricamente altos, situación que resultó en un incremento de la riqueza destinada al sostenimiento de la población sobrante mediante políticas de asistencia social. Esto, a su vez, tuvo una expresión concreta en la recuperación salarial, que se vio sujeta a las mismas contradicciones: si bien el salario promedio de un obrero fabril experimentó una recuperación significativa, estuvo lejos de siquiera igualar sus máximos históricos, alcanzados en 1974 y 1984. Traccionado por la expansión del empleo no registrado, en cambio, el salario promedio de la economía no logró superar los valores de la década de 1990.

Salario real anual directo: 1960-2018

Fuente: actualización de información en base a medición original de Iñigo Carrera (ibíd.)

La fase expansiva volvió así a chocar con sus límites estructurales en cuanto se estancó la magnitud de renta apropiable. Y aquellos se hicieron aún más agudos cuando la renta se contrajo, al cerrarse el ciclo ascendente de los precios de materias primas, lo cual dio paso a una nueva fase de contracción, representada políticamente por otro gobierno de signo neoliberal. Sin embargo, casi sin capitales públicos privatizables, las políticas neoliberales implementadas por la presidencia de Macri vehiculizaron una contracción económica de gran profundidad y duración. Asimismo, al igual que en la década de los ’90, la reproducción de la especificidad de la acumulación volvió a ampararse en la contracción salarial y la expansión del endeudamiento público externo como fuentes de compensación ante la insuficiencia de la renta. Sobre estas bases, la destrucción de pequeños capitales industriales, los niveles de desempleo y de pobreza volvieron a aumentar.

En síntesis, la dinámica que muestra la economía argentina en las últimas décadas ha sido una clara expresión de los límites ya señalados que porta el proceso nacional de acumulación. Por otra parte, queda en evidencia que dicho proceso resulta particularmente frágil en la medida en que, al avanzar el capital sobre el control de los condicionamientos naturales, la masa de renta portada en las mercancías agrarias tiende a contraerse. En este escenario, la pregunta por la superación de la especificidad de esta forma de acumulación de capital adquiere más relevancia que nunca.

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