El Plan Fénix y un proyecto para la Argentina

El Plan Fénix y un proyecto para la Argentina

Por Alberto Müller

Analiza las circunstancias históricas en las que nació el plan fénix en la uba, las luces y sombras que sus ideas fundantes han tenido a través del tiempo y los enormes desafíos que nuestro país tiene de aquí en adelante.
 
Economista (UBA). Maestría y Doctorado en Teoría Económica (USP). Profesor (FCE-UBA). Director del CESPA (UBA). Integrante del Plan Fénix. dircespa@econ.uba.ar


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El Plan Fénix y su impacto

El Plan Fénix fue en su origen un proyecto estratégico constituido por un conjunto de profesores e investigadores, buena parte de ellos de la Universidad de Buenos Aires. Surgió en el año 2000, cuando luego de la experiencia hiperinflacionaria de 1989-90 el experimento de reformas neoliberales más importante en la historia de la Argentina, y uno de los más profundos de América latina, cumplía cerca de una década.

Mencionamos la hiperinflación porque ella representó una suerte de divisoria de aguas, en cuanto a lo que pudo pensarse para nuestro país. Si bien la (falaz) idea del agotamiento del patrón industrializador ya estaba vigente en la década de 1980, los intentos de reformas económicas, prohijados por la crisis estructural que produjera el endeudamiento externo, habían chocado con alguna resistencia. Ella se diluyó con la hiperinflación: ante la amenaza de la anomia, el debate virtualmente se acalló en la Argentina, abriendo el camino para la idea de que las reformas neoliberales eran la única posibilidad. La Ley de Convertibilidad y las políticas que la misma demandó fueron así la agenda excluyente.

Así, aun teniendo a la vista los resultados de un proyecto económico a la vez lábil y excluyente, que llevó a tasas nunca vistas antes de desocupación y subocupación y a una polarización social inédita, una sustantiva mayoría electoral optó una y otra vez por su continuidad. Ya en 1999, más del 97% de los votantes eligió las candidaturas de Eduardo Duhalde, de Fernando de la Rúa y del propio Domingo Cavallo, todas las cuales propiciaban la continuidad del patrón económico y social vigente.

Lo del Plan Fénix tuvo entonces algo de quijotesco: cuando parecía estar vedado cualquier punto de vista alternativo, sus miembros denunciaron públicamente el programa económico instaurado en 1991 como el origen del nefasto cuadro económico y social entonces vigente; señalaron además que el país marchaba ostensiblemente a una crisis, algo que efectivamente tuvo lugar a fines del año siguiente.

Recordemos algunos de los nombres que integraron esta iniciativa: Aldo Ferrer, Benjamín Hopenhayn, Carlos García Tudero, Héctor Valle, Jorge Schvarzer, Norberto González, entre otros. Además de su prestigio personal, estas figuras aportaron algo que parecía haberse perdido en la memoria colectiva: su vivencia y experiencia en la etapa desarrollista, antecesora a la dictadura militar iniciada en 1976. Un período que, con sus más y sus menos, había constituido la fase más propicia para la economía argentina, en términos de crecimiento y diversificación productiva, a partir de la articulación de empresas nacionales, empresas extranjeras y Estado. Este desempeño no pudo repetirse a partir de 1976.

No podemos saber con precisión por qué la primera presentación del Plan Fénix tuvo un considerable impacto público, en el año 2001. Podemos sugerir que fue el resultado de la combinación del prestigio de las figuras prestigiosas que hablaban desde la universidad pública, y de la intuición colectiva de que el experimento neoliberal se había tornado una trampa.

A esto podemos agregar quizá la percepción más subterránea de que las reformas no habían sido el producto de un consenso; ellas habían sido impuestas como la única vía posible, hiperinflación mediante, por sectores poderosos que se beneficiaron, excluyendo a las mayorías. El formidable negocio que fue la privatización del sistema previsional fue tal vez el mejor y más visible ejemplo: un puñado de administradoras se hicieron de cerca del 1% del PIB argentino a cambio de una gestión carente de compromisos de los fondos jubilatorios.

Después de la crisis de 2001-2002

La aparición y el impacto inicial del Plan Fénix fueron anteriores a la crisis, pero su visibilidad se vio reforzada cuando, a fines de 2001, se declaró el default y se derrumbó la Convertibilidad. Fue natural que la opinión pública y los medios recurrieran a quienes se habían manifestado abiertamente en forma crítica, cuando criticar estaba virtualmente vedado.
El Plan Fénix se constituyó entonces en una experiencia inédita, por el nivel de convocatoria alcanzado por un grupo académico. Los miembros del grupo (entre ellos el autor de esta nota, que ingresó al grupo en el año 2002) fueron convocados en innumerables oportunidades, a lo largo y ancho del país.

La crisis sin embargo no había aclarado lo suficiente las mentes. En las elecciones de 2003 dos candidatos favorables al recetario neoliberal (Carlos Menem y Ricardo López Murphy) obtuvieron en conjunto más del 40% de los sufragios. Poco se esperaba (y se auguraba) de quien a la postre asumió la primera magistratura, con un magro 22 por ciento.

La campaña electoral de 2003 prácticamente no discurrió en torno de cuestiones económicas. Esto es asombroso, si se piensa en la magnitud de la crisis: entre 1998 y 2002 se acumuló una caída del nivel de actividad económica de casi 19%, algo nunca ocurrido en la Argentina en el siglo XX. Pero además es sintomático: esta ausencia de debate en alguna medida se debió a que no se perfilaba en el plano político alguna opción al recetario ortodoxo que, con matices, se había impuesto en la Argentina a partir de 1976.

La gestión de Néstor Kirchner no partió de una base programática que permitiera comprender si y hasta qué punto se pretendía una diferenciación con lo ocurrido en las casi tres décadas anteriores a 2003, y sobre todo en los años ’90. El programa se construyó día a día, a partir de la administración de una coyuntura compleja, donde recién comenzaba una recuperación después del hundimiento, recuperación que la entonces titular del Fondo Monetario Internacional, Anne Krueger, tildó despectiva y equivocadamente (ni lo uno ni lo otro sorprende) como mero “rebote del gato muerto”.

La expectativa entre los miembros del Plan Fénix era que la nueva gestión, desprovista del lastre de haber protagonizado lo ocurrido en la década anterior, adoptara principios de política económica y social afines a sus lineamientos. Hubo entonces acuerdos y desacuerdos dentro del grupo con lo actuado por el gobierno, con debates intensos. Esto no debe sorprender. Pero estos debates fueron muy gratificantes para el autor de esta nota; sentíamos que estábamos atravesando una época distinta a la de los imperativos del pensamiento único dictado por las reformas neoliberales.

Ahora bien, ¿cómo evaluar lo ocurrido a partir de 2003? No podemos dejar de contabilizar aspectos positivos, producto de equipos gubernamentales (antes de Néstor Kirchner, luego de Cristina Fernández) que procuraron ante todo mostrarse proactivos y autónomos frente a grupos de poder, llámense empresarios, sindicales o de otra índole. No hubo pocos logros en el campo cultural y social, desde la Asignación Universal por Hijo y la extensión del beneficio jubilatorio hasta la creación de espacios como Tecnópolis y la reforma del Código Civil y Comercial.

Pero es evidente que hubo endeblez en el campo del desarrollo económico. Se intentó vertebrar políticas públicas en torno de programas. Ellos se tradujeron en diversos planes sectoriales, de naturaleza y fortaleza diversas, planes implementados parcialmente.

Había también expectativas de que empresas industriales que habían logrado resistir a la agresión de la Convertibilidad mostraran una positiva reacción, ante un escenario notoriamente más benigno. De hecho, desde el gobierno se esperó inicialmente una mayor convergencia con el empresariado. Pero faltó la respuesta del sector privado, que siguió mostrando reticencia inversora (algo que se había visto en la década anterior) y una visión marcadamente cortoplacista.

Un ejemplo temprano, de inicios de 2004, fue el corte de suministro de gas en pleno verano. Este episodio solo fue el resultado de un accionar “toma-todo” de los proveedores, ante la liberalización acordada del precio para uso no residencial, pero produjo una falsa crisis energética, imagen que se proyectó a lo largo del resto de la gestión kirchnerista.

El Estado, por su parte, movilizó recursos de inversión en obra pública, con resultados concretos (mejoría en el estado de la red vial, desarrollo de la red de transporte eléctrico en alta tensión, retomada del desarrollo nuclear); pero también mostró reacciones tardías, como fue el caso del transporte ferroviario, y relativa eficacia en políticas industriales. La restricción externa se hizo presente a partir de 2011 de la mano de la contracción de la producción de hidrocarburos, producto esencialmente de una previsible contracción de las reservas. Esto ocasionó un estancamiento del que no fue posible salir, aunque se intentó enfrentar la coyuntura prescindiendo de ajustes clásicos. La reversión de las favorables condiciones internacionales a partir de 2012 contribuyó a complicar el cuadro económico.

A esto se suman ciertas acciones muy poco comprensibles, como lo ocurrido con la deslegitimación de las estadísticas oficiales, algo de lo que no se entiende la razón o el beneficio. Otro ejemplo es la política de adquisiciones masivas de material ferroviario en el exterior, que dinamitó cualquier posibilidad de desarrollo industrial en esta área.

La reticencia inversora privada, vale señalar, no significó la huida de empresas extranjeras radicadas: la incidencia de empresas de ese origen en el conjunto de empresas mayores continuó siendo anormalmente alta en comparación con otros países; esto desmiente la idea de que el supuesto “populismo” del gobierno ahuyentó la inversión extranjera directa, un lugar común favorito de los analistas opositores.

En definitiva, fue visible la inexistencia de un proyecto organizador de la economía y la sociedad, que estableciera un marco referencial y un ordenamiento, tanto para las decisiones públicas como privadas.

Desde el Plan Fénix hicimos esfuerzos en el sentido de proponer este posible modelo. Señalamos entre otros aspectos la necesidad de dar centralidad a la planificación estatal y de asentar el crecimiento en un patrón de crecimiento híbrido, dada la importante dotación de recursos naturales de la Argentina y al mismo tiempo la imposibilidad de que ella alcance para el sostenimiento de toda su población. Sostuvimos que era posible crecer con equidad en la distribución del ingreso, rechazando una y otra vez el argumento del derrame. Intervinimos asimismo, con opiniones favorables o críticas a la gestión gubernamental, en diversas instancias. Pero no hicimos lo suficiente.

Es conveniente señalar, por otro lado, que nuestras opiniones pasaron a asemejarse a las de muchas nuevas voces que se formaron en esos años, un hecho muy positivo y grato, que contrasta con el unicato intelectual de los años ’90 y la inicial soledad del Plan Fénix. Este legado no se ha disuelto, afortunadamente.

La tarea pendiente

En conclusión, es imperativo diseñar un proyecto alternativo al patrón neoliberal, que una y otra vez invade el sentido común y se constituye en sabiduría convencional. Cabe preguntarse el porqué de esta persistencia; por lo visto, no basta con los ruidosos fracasos ocurridos en dos oportunidades (en 1981-82 y 2001-02), en episodios cuyos prolegómenos se asemejan al que atravesamos hoy.

Como suele ocurrir cuando analizamos los hechos históricos, cada episodio tiene sus especificidades. Si el ensayo de 1976-1982 fue la imposición de una dictadura, el articulado intento corporizado en las reformas de los ’90 respondió a una decisión electoral validada en más de una oportunidad, en buena medida a raíz de la experiencia hiperinflacionaria y la posterior estabilización de los precios. El tercer período neoliberal, que estamos transitando hoy, fue gatillado por una victoria electoral sobre un frente político desgastado y que enfrentó dificultades, más allá del visible y anómalo rol que tuvieron actores mediáticos y judiciales.

Se suele alegar que esta reincidencia refleja un clima de época, porque se la observa en otros países, pero esto parece más una tautología que una explicación. Lo central aquí es la carencia de una alternativa robusta y persuasiva. No caen en la opción neoliberal los países exitosos de Asia, por ejemplo, porque sí han sido capaces de vertebrar un proyecto diferente. Es ilustrativo al respecto que la crisis de 1997, que golpeó fuertemente al sudeste asiático, fue superada sin recurrir masivamente al recetario neoliberal. El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional de Indonesia en 1998 gatilló la caída de un gobierno; el repago del préstamo en 2007 fue festejado con júbilo.

Esta orfandad puede explicarse por una diversidad de razones, cuya exposición excede las posibilidades de este texto. Señalemos sintéticamente algunas de ellas: las limitaciones propias de buena parte de la dirigencia política y social que debería encabezar este proyecto; las insuficiencias en la producción intelectual, más volcada a la crítica que a desarrollar propuestas, y el extremo cortoplacismo que lleva a la ocupación oportunista de espacios, algo visible en dirigencias tanto empresariales como sindicales, sin una perspectiva de conjunto.

No puede esperarse mucho de una clase empresarial que una y otra vez ha sostenido posturas antiestatistas diríamos elementales o primitivas, al calor de una visión miope, estrecha e incapaz por lo tanto de rescatar los elementos positivos de la experiencia desarrollista. Una dirigencia empresaria que no parece encontrar un sentido para su existencia, y que se encierra en un marco angosto de posibilidades, al tiempo que no renuncia a aspiraciones de bienestar propias de países con ingresos per cápita sustancialmente mayores. Una dirigencia que además no ha entendido que no hay país exitoso que haya fundado su éxito en la mera liberalización de mercados sin destino.

Estos comportamientos pueden considerarse una respuesta a la inestabilidad macroeconómica, pero también contribuyeron a ella en grado considerable. La respuesta de la sociedad civil de Corea del Sur en la crisis de 1997, por ejemplo, fue radicalmente diferente a lo que vimos en episodios análogos en la Argentina.

Tampoco puede esperarse mucho de buena parte del sindicalismo, que ha mostrado una similar estrechez de miras, cuando no el mero interés en defender posiciones logradas en cuanto estamento. Este posicionamiento se ha traducido en una visible apatía ante los dos ensayos neoliberales intentados bajo el régimen democrático.

La construcción de un proyecto sostenible e inclusivo es, en estas condiciones, una tarea cuya gestación solo puede pensarse en el plano de la política, con el soporte intelectual y técnico necesario. Esto comporta conformar una dirigencia con capacidades que hoy vemos solo en forma embrionaria.

No se sostiene que esta tarea sea sencilla, ni muchos menos trivial. Ella debe ser encarada con reflexión y creatividad, y enfrentará dificultades, pero esta es la única vía posible. Debemos mencionar como un condicionante el potente efecto de desplazamiento en los mercados mundiales de la irrupción de productos manufacturados provenientes de las ascendentes economías asiáticas. Sin duda, este es un factor que complejiza la construcción de una agenda de desarrollo, pero de manera alguna lo impide.

Enfaticemos por otra parte que a la Argentina no le falta potencial. No es un país pobre, como sostuvimos desde el Plan Fénix en un reciente comunicado. Por otro lado, ha mostrado resiliencia institucional, y ha capitalizado logros en lo social y cultural. La experiencia de la década pasada, con sus limitaciones, ha permitido movilidad social y acceso a educación y bienes culturales a población que fue literalmente puesta a un costado del camino en la década de los ’90 por el desempleo y la indiferencia gubernamental. Esto ha sido posible en un contexto de razonable tolerancia; compárese con lo ocurrido en Brasil, donde la movilidad social que lograron los sucesivos gobiernos del Partido de los Trabajadores ocasionó una respuesta mucho más patológica (pese a que se aplicaron políticas económicas ortodoxas).

De hecho, es la vigencia de estos avances lo que permite explicar que el presente fracaso neoliberal no se haya traducido en reacciones anómicas, como las ocurridas en el pasado; allí están jugando por ejemplo la universalización del beneficio jubilatorio y la Asignación Universal por Hijo, en cuanto lazos de pertenencia constituidos y ratificados. Hay además una institucionalidad que resiste gestos autoritarios, algunos de los cuales se vislumbran aun hoy.

Por otro lado, la Argentina cuenta con capacidad en diversos ámbitos para generar oportunidades innovadoras; ahí están los ejemplos de la energía nuclear, el desarrollo de tecnología satelital, e incluso diversos segmentos de la actividad primaria e industrial.

Insistimos: la Argentina no es pobre. En todo caso, se empobreció material e intelectualmente por las pésimas opciones elegidas. Habremos de avanzar, con el optimismo de la voluntad, con la conciencia de tener a la razón de nuestro lado, y con el realismo necesario. Desde el Plan Fénix, nuestro deber es contribuir en este sentido, ya no en la soledad de los 2000, pero ya sin la presencia de las figuras fundadoras, que hemos querido homenajear en este texto.

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Artículos de este número

Alejandro Vanoli
Del Plan Fénix (2001-2002) al Plan Fénix 2 (2019-2020)
Alberto Müller
El Plan Fénix y un proyecto para la Argentina
Roberto Lampa y Nicolás Hernán Zeolla
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