Unasur, integración y crisis internacional. La hora de mirar para adentro

Unasur, integración y crisis internacional. La hora de mirar para adentro

Por Carlos Alonso Bedoya


 
Abogado y periodista peruano


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La integración regional es la única manera de atravesar la crisis de la economía mundial. El camino no es sencillo, Estados Unidos opera en dirección contraria a través de la firma de Tratados de Libre Comercio. Dos modelos en pugna.

Si hay algo que debemos tener claro en la región respecto de la crisis global que viene abriéndose como una flor desde hace más de tres años, es que el modelo de crecimiento económico basado en la exportación de materias primas, atracción de capitales foráneos y apuesta por los grandes mercados mundiales, es inviable, porque además de que no resuelve los problemas de empleo de la población, nos hace en extremo vulnerables al vaivén de la economía mundial.

Son tres los factores que están fuera de nuestro control y que –países más, países menos– ponen en riesgo la estabilidad macroeconómica que con tanto esfuerzo fiscal, salarial, pensionario y de bienestar social hemos conseguido en la última década en América latina.

Cuando se desató la crisis financiera de las subprime en Estados Unidos en 2008, y se contagió rápidamente a Europa, estos dos motores de la economía del mundo empezaron a pararse; desde entonces y a pesar de los multimillonarios rescates de aseguradoras y bancos de inversión, y de los planes de estímulo (cuyos efectos han sido efímeros), cada vez más, la economía norteamericana y europea se hunden en un estancamiento que parece tener para rato. Y eso está transformando el orden económico, financiero y monetario en el mundo.

Tanto en el 2008 como ahora, los términos de intercambio empiezan a deteriorarse, los capitales a retirarse, y el mercado mundial a achicarse, lo que impacta directamente en nuestros ingresos fiscales, cuentas externas y empleo relacionado con exportaciones no tradicionales a los mercados centrales. Y si no fuera por China, y porque los términos de intercambio suelen recuperarse por la tremenda especulación en los mercados de commodities, la región en general, y países más dependientes de la demanda externa como el Perú y Chile en particular, se hubieran desbarrancado.

Este panorama obliga a volver a mirar a nuestros mercados internos, y al mismo tiempo a fortalecer la integración regional. Sobre todo tomando en cuenta que el comercio intrarregional, que es principalmente manufacturero, lo que implica intensiva mano de obra, viene creciendo aceleradamente hace más de cinco años.

Sólo de manera conjunta podemos protegernos de la crisis, de los ataques especulativos que ella trae, y de la volatilidad de los precios, en especial de los alimentos.

Y si bien hay avances en materia de integración regional como la constitución de espacios como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), que ha sido clave en la solución de crisis políticas como el intento de golpe de Estado en Bolivia, el conflicto entre Ecuador y Colombia por la incursión de esta última en espacio aéreo del primero para atacar un campamento de las FARC, la instalación de bases militares norteamericanas en Colombia, entre otros; aún persisten trabas de carácter ideológico y político que impiden a la Unasur dar el salto de lo eminentemente político, a lo económico y financiero, a fin de convertir la crisis en oportunidad.

Es que las tímidas reuniones promovidas por Unasur, en las que participaron los presidentes de los bancos centrales y los ministros de Economía de la subregión en junio, julio y agosto de este año, no han dado los frutos necesarios a pesar de que algunos entusiastas levantaron la bandera en este foro de la necesidad de una nueva arquitectura financiera regional (Banco del Sur, Fondo del Sur, Unidad de Cuentas, etc.).

Parece no bastar la voluntad de varios líderes regionales para convencer a los duros tecnócratas de la región de que dejen de lado el dogma neoclásico (conocido popularmente como neoliberalismo) o se atrevan simplemente de hablarles de tú a tú a las economías del norte que hasta hace poco eran las más ricas, pero hoy son las más endeudadas del mundo.

El factor Brasil

Otro problema es el enorme peso de la República Federativa del Brasil en la mesa de la integración sudamericana. Países más chicos como Ecuador se ven en la obligación de plantear frente al gigante, una estrategia de multilateralismo regional, a menos que quieran ser devorados en una relación bilateral, por las empresas y/o el gobierno del único país de habla portuguesa en América del Sur.

Pero a pesar de ello, la impronta brasileña de los últimos años logró mellar la hegemonía que Estados Unidos mantenía intacta en nuestra región, y eso da aire a otros países menos poderosos para ganar soberanía y mejorar su condición de negociación frente a la inversión extranjera.

Sólo el peso de Brasil pudo ser el fiel de la balanza en la lucha del No al ALCA, además de dar sostén a la Unasur para desarrollarse. Igualmente, Brasil tuvo un papel de contrapeso importante a Estados Unidos en la crisis de Honduras. Y ni que decir, en la fundación del –aún en espera de funcionamiento efectivo– Banco del Sur.

Pero como en la saga de George Lucas, el imperio contraataca, y la maraña de Tratados de Libre Comercio (TLC) en países alineados con Washington, como Colombia, el Perú de Alan García, Chile y México han sido utilizados para meter de contrabando el ALCA y de paso dividir en dos a la región.

El Acuerdo del Pacífico: jaque a la integración sudamericana

Cuando se anunciaron las negociaciones del Tratado de Libre Comercio (TLC) Perú-Centroamérica, no entendía bien cuál era la razón de este acuerdo, porque ni son socios comerciales de envergadura, ni hay cantidad de inversiones que proteger. Lo que parecía más bien un tema de carácter ideológico, ocultaba en realidad objetivos políticos muy concretos, los mismos que se hicieron evidentes con la firma del Acuerdo del Pacífico, un mega TLC entre México, Perú, Chile y Colombia a fines de abril de 2011.

En la práctica se estaba articulando en una zona de libre comercio y protección de inversiones bajo la influencia norteamericana a estos cuatro países con Honduras, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Panamá, Guatemala y República Dominicana, vía un tramado de Tratados de Libre Comercio (TLC) entre todos estos países y Estados Unidos, pues si algo en común tienen todos los países mencionados hasta el momento es precisamente un TLC con el país del dólar. Por ello Estados Unidos no tuvo la necesidad de suscribir el Acuerdo del Pacífico. Ya estaba metido.

Ello dejó descolocado el proceso de integración sudamericana, le dio un golpe a la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y, de pasada, le puso un “hasta aquí no más”, a modo de advertencia, al liderazgo de Brasil en la región.

Sin duda, un tema de hegemonía política que debemos observar muy de cerca con la capacidad de ver más allá de lo que la mayoría de medios de prensa informa. No olvidar que casi todos saludaron el Acuerdo del Pacífico como un instrumento de refuerzo de la economía en la región, sin sospechar de la jugada de Washington para recuperar el control de su patio trasero, desde que a principios de siglo Brasil, Venezuela y la Argentina se atrevieron a hablarle de igual a igual, logrando en noviembre del 2005 en Mar del Plata, en plena Cumbre de las Américas, acabar con las negociaciones del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), dejando atrás la correlación de fuerzas de los años noventa, en donde toda América latina practicaba la democracia neoliberal bajo el mando del FMI y el Banco Mundial.

Cuando George W. Bush se marchó de la Argentina con sabor a derrota, y millones de personas en el continente celebraban la muerte del ALCA, el Mercosur quedaba en una posición expectante para que junto a la Comunidad Andina de Naciones (CAN), construyera la integración comercial de América del Sur. Sin embargo, también por esos años, muchos analistas advirtieron que el ALCA volvería, que el TLC que ya se había empezado a negociar entre Estados Unidos y la zona andina era el indicio de que Washington completaría su objetivo mediante otras metodologías. Y así fue.

Perú en la disidencia

El Perú no sólo suscribió ese TLC sino que comenzó otras negociaciones similares con otros países extrarregionales, lo que frustró que el Mercosur y la Comunidad Andina acordaran un arancel externo común puesto que con los aranceles peruanos en el piso, ya no había margen para políticas comerciales regionales en bloque.

Pero hoy el Perú ha cambiado de gobierno en un giro de 180 grados respecto de lo que han sido las tendencias políticas desde que en 1992 Alberto Fujimori diera su golpe de Estado, instaurando la reforma neoliberal (o reformas del Consenso de Washington) más radical de la región. No obstante, los candados dejados por 20 años de Estado neoliberal, lo que constituye una ventaja estratégica de la derecha peruana, impiden que la contrarreforma se abra paso ágilmente, especialmente cuando se usa el arbitraje del CIADI como arma de fuego contra quienes impulsan los cambios desde el gobierno.

Por ello, el Perú sigue siendo un eje fundamental para la articulación de este ALCA encubierto (Acuerdo del Pacífico), de cara a las negociaciones del Acuerdo de Asociación Económica Estratégica Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) de nueve países de América, Asia y Oceanía. Este gran acuerdo de protección de inversiones y libre comercio se da en el marco del Foro Económico Asia Pacífico (APEC), donde se le puso el nombre del Arco del Pacífico.

Alan García buscó matar varios pájaros de un tiro. Con el TLC Perú-Centroamérica conecta el libre comercio de Estados Unidos y los países centroamericanos con la Comunidad Andina, con lo que se tiene prácticamente toda la costa americana del Pacífico, desde Alaska hasta la Patagonia chilena, en una integración al mejor estilo ALCA.

En efecto, los cuatro suscriptores del Acuerdo del Pacífico (Chile, Colombia, México y Perú), más los seis países que firmaron el Tratado de Libre Comercio entre República Dominicana, Centroamérica y Estados Unidos (CAFTA), más Panamá son el ALCA de estos tiempos.

Y eso no es poca cosa. En momentos en que América del Sur emerge a nivel global como una región de avanzada que propone una nueva arquitectura financiera internacional con el Banco del Sur, la coordinación de sus bancos centrales, la libre circulación de sus ciudadanos, y Brasil y Argentina tienen presencia en grandes foros como el G20, dando un gran sostén a la Unasur, es que Estados Unidos opera para intentar darle jaque mate a la integración sudamericana. De eso no me quedan dudas.

TLC versus integración de verdad

Según Eduardo Gudynas, la integración como vínculo entre naciones se debe entender como un proceso, lo que implica un dinamismo constante. Nace de una negociación continua que cada vez permite incorporar dimensiones, corregir defectos y explorar nuevas áreas de asociación. Por el contrario, los TLC son estáticos; el pacto al que se llega es la meta final y a partir de allí se crea un marco de referencia de largo plazo. Si bien el proceso de integración pone énfasis en el comercio de bienes y servicios y promueve la constitución de área de libre comercio, su mecanismo más eficaz no es un TLC sino la supranacionalidad.

Entonces en la agenda comercial de un proceso de integración, el área de libre comercio es sólo un paso que abre terreno para más compromisos de orden político, financiero y económico. Ese es el reto de la integración regional en tiempos de crisis global.

Actualmente, siete países de Sudamérica están intentando construir una nueva arquitectura financiera regional: Brasil, Venezuela, Argentina, Ecuador, Bolivia, Paraguay y Uruguay han fundado un nuevo banco de desarrollo (Banco del Sur), y han declarado la voluntad de avanzar a partir de allí en el diseño de una unidad de cuentas para el intercambio comercial a fin de protegerse de las distorsiones del dólar, y un fondo de estabilización monetaria.

El Perú no forma parte de esta iniciativa. Y Chile y Colombia son sólo observadores. Es que mientras los fundadores del Banco del Sur tienen un enfoque de regionalismo defensivo en su política de integración, los otros tres tienen a la base de su política el enfoque de globalización económica. Esta gran diferencia no explicitada es la que nos aleja de la integración regional avanzada.

Por su parte, el Mercosur depende del entendimiento político y económico entre Brasil y Argentina, los que desde hace ya un buen tiempo realizan su intercambio comercial usando un promedio de sus monedas en lugar del dólar, para protegerse de distorsiones en la competitividad por temas cambiarios. Esto ha sido el ejemplo para que se constituya el SUCRE, Sistema Único de Compensación Regional, para el intercambio en el bloque del ALBA, integrado por Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador y Nicaragua.

Los países andinos también han experimentado problemas, pero con la diferencia de que las negociaciones del TLC con Estados Unidos constituye la destrucción de la comunidad creada a fines de los ’60, que tuvo instantes en los que pareció tener un rol en el desarrollo común.

Hubo cambios en la normativa comunitaria para poder adecuar el TLC a Perú (en el caso de propiedad intelectual). Pero si esto ya era bastante, el TLC propuesto por Europa para toda la Comunidad Andina de Naciones (CAN) ha traído más desacuerdos y sólo dos de los cuatro países miembros están dispuestos a firmarlo, lo que confirma que la CAN ha perdido toda capacidad para su relación con el mundo, a pesar de ser un espacio físico, social y económico más o menos homogéneo.

Con la llegada de Ollanta Humala al gobierno peruano, puede inclinarse la balanza hacia la integración regional, lo que se expresa en las declaraciones de las principales autoridades sobre la necesidad de priorizar la región. Sin embargo, los procesos de libre comercio con países de otras regiones siguen en marcha.

La hora de mirar adentro

Sin importar los grandes desafíos que enfrenta la integración regional, es momento de volver a pensar en políticas públicas que articulen los diversos mercados internos que hay en la región, y de esa manera superar la crisis mundial.

Es clave reducir la apuesta en la demanda internacional como motor de la economía. Eso pasa por vencer una serie de restricciones de infraestructura, financiamiento, tecnología, matriz energética, circulación de trabajadores, calificación, así como desprecarizar el trabajo y aumentar el ingreso de las familias vía remuneraciones y pensiones a fin de impulsar la demanda.

La integración regional es la única manera de atravesar la transición de la economía mundial. Y una ventaja es que hemos tomado nota de todo lo que falló en la Unión Europea.

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Crisis financiera internacional

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Carlos Alonso Bedoya
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