Un barrio, una escuela

Un barrio, una escuela

Por *Claudia Cesaroni y **Diego Antico

Creada a partir de una articulaciĂłn entre autoridades nacionales, municipales y universitarias, y en especial gracias a la lucha de los vecinos, la Escuela Secundaria de EducaciĂłn TĂ©cnica de la Universidad Nacional de Quilmes (ESET-UNQ) funciona en Ezpeleta. AllĂ­, entre otras cosas, los chicos rastrean, construyen y transmiten conocimientos acerca de su propia comunidad y de sus derechos.
“Hay un fusilado que vive”. Rodolfo Walsh, Operación Masacre

 
*Abogada por la UBA y MagĂ­ster en CriminologĂ­a por la UNLZ. Cofundadora del Centro de Estudios en PolĂ­tica Criminal y Derechos Humanos (CEPOC). Integra la Red Argentina No Baja. Autora de varios libros, entre ellos “La vida como castigo. El caso de los jĂłvenes condenados a prisiĂłn perpetua en la Argentina”, “Masacre en el PabellĂłn SĂ©ptimo” y “Un partido sin papá”. Docente de la asignatura ConstrucciĂłn de la CiudadanĂ­a en la ESET-UNQ. Codirectora del proyecto “Memorias del barrio”, desarrollado en la ESET-UNQ en el marco del Programa Universitario de Historia Argentina y Latinoamericana (PUHAL)
**Profesor de Letras (Facultad de Filosofía y Letras, UBA). Trabajó como docente del área en diferentes establecimientos educativos de la provincia y de la Ciudad de Buenos Aires. Actualmente trabaja como coordinador socioeducativo en la ESET-UNQ, docente en el Colegio Nacional de Buenos Aires y autor de manuales de literatura y de artículos de crítica literaria en publicaciones especializadas. Es codirector del proyecto “Memorias del barrio”, en el marco del Programa Universitario de Historia Argentina y Latinoamericana (PUHAL)



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Tamara Romero vive en el barrio Los Álamos de Ezpeleta, una localidad ubicada en el sudoeste del partido bonaerense de Quilmes, lindante con Florencio Varela y Berazategui. Una noche calurosa de noviembre de 2014 participa junto con tres amigos en el robo de una camioneta Kangoo, en una zona cercana a su casa. Al intentar escapar, son interceptados por un patrullero Ford Ranger del Comando de PrevenciĂłn Comunitaria. Tras una persecuciĂłn que finaliza a unos cien metros del cruce de las avenidas RepĂșblica de Francia y La Plata, la Kangoo detiene su marcha contra una parrilla ubicada en una vereda, y termina incrustĂĄndose en una casa. Horas despuĂ©s, el informe oficial dirĂĄ –y la versiĂłn serĂĄ aceptada sin que se realicen los peritajes correspondientes– que los nueve balazos policiales que la frenaron respondieron a otros realizados desde la camioneta. Tamara, que iba en el asiento trasero, muere al recibir dos de esos nueve balazos. Los policĂ­as la sacan de la camioneta, y arrastran su cuerpo hasta dejarlo tirado frente a la casa y negocio familiar. Su hermano Gabriel reclama durante horas a los gritos que lo dejen acercarse. Tamara tiene 15 años.

Meses despuĂ©s, en 2015, un grupo de estudiantes de 2Âș año pasa a diario por la vereda donde Tamara fue asesinada. Van camino a la Escuela Secundaria de EducaciĂłn TĂ©cnica de la Universidad Nacional de Quilmes (ESET-UNQ). La profesora de ConstrucciĂłn de la CiudadanĂ­a les propone hacer un proyecto para presentar en el Programa JĂłvenes y Memoria que organiza la ComisiĂłn Provincial por la Memoria y que culmina con un encuentro en Chapadmalal, en el que estudiantes de escuelas de toda la provincia de Buenos Aires comparten sus investigaciones. Conocer el mar los y las ilusiona, y de a poco se entusiasman con la propuesta, que se va armando clase a clase. Se hacen preguntas, en principio sobre el barrio y buscando sobre el barrio encuentran el caso de Tamara en algĂșn diario. ContinĂșan buscando, y realizan un importante hallazgo: en el predio en el que funciona la escuela, en el mismo lugar donde estĂĄn estudiando, años atrĂĄs se quiso construir una alcaidĂ­a destinada a presos “en trĂĄnsito”. Es este dato significativo el que reorienta el proyecto y los decide a investigar cĂłmo fue que en ese lugar donde se pensaba construir un lugar para el encierro, se construyĂł finalmente su escuela. Realizan entrevistas a vecinos y vecinas que cuentan y recuerdan lo sucedido pocos años atrĂĄs y rememoran sus luchas para evitar la construcciĂłn de la alcaidĂ­a. Una de las personas que entrevistan se llama Natalia Miranda y trabaja en la Unidad Sanitaria del Centro de IntegraciĂłn Comunitaria (CIC) “2 de Abril”, del barrio La Esperanza, donde comenzĂł a funcionar la escuela en su primer año de vida, 2014. Estudiantes y docentes arman un video, que recopila todo el material investigado, y tienen que decidir un nombre para presentarlo. Entre risas y sugerencias, es TomĂĄs, uno de los estudiantes, el que propone una sĂ­ntesis perfecta: “Menos balas, mĂĄs tizas”.

Diez años antes de la muerte de Tamara, en 2004, HĂ©ctor Nardini –titular de la sociedad de fomento “Parque del Plata”, de Ezpeleta– y Julio Sosa –lĂ­der del Movimiento de Trabajadores Desocupados–, que se oponen a la construcciĂłn de la alcaidĂ­a, se encuentran en el despacho del juez Ariel GonzĂĄlez Elicabe, que la impulsa, justificando su creaciĂłn en la necesidad de “sacar a los presos de las comisarĂ­as”, ante las denuncias de las organizaciones de derechos humanos por la situaciĂłn inhumana en que vivĂ­an cientos de personas detenidas en lugares no preparados para esa funciĂłn. El juez dice: “Lo mejor que le cabe a esa zona es una cĂĄrcel”. Los lĂ­deres comunitarios replican: “Ese predio tiene otro destino: un polo educativo”. En Ezpeleta no hay escuela secundaria, ni escuela de artes y oficios, ni jardĂ­n de infantes, y el lugar es ideal. DetrĂĄs de ellos, en pleno despacho del juez, estĂĄ apoyada en una mesa la maqueta de la alcaidĂ­a que serĂĄ emplazada en un descampado de Ezpeleta. EstĂĄ todo dispuesto para llevar a cabo el proyecto. El intendente de Quilmes, Sergio Villordo, y el ministro de Justicia de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Di Rocco, ya firmaron el acuerdo respectivo. Afuera, mientras tanto, un grupo de vecinos de los barrios La Esperanza y La Resistencia, entre otros barrios circundantes al predio, cortan las calles en rechazo a la decisiĂłn. Primero lo hicieron en Ezpeleta, sin mayores resultados, asĂ­ que ahora el olor a goma quemada inunda el centro de Quilmes. La protesta llega a oĂ­dos de las autoridades provinciales, y finalmente el proyecto de alcaidĂ­a se suspende. Es la lucha de los habitantes de los barrios la que logra frenar la construcciĂłn del edificio carcelario y permite que el amplio terreno sea destinado, finalmente, al destino para el que habĂ­a sido donado por sus dueños originarios: un polo educativo en el que, diez años despuĂ©s, serĂĄ inaugurada la ESET-UNQ.

Quince años antes de este episodio, es junio de 1989 y hace mucho frĂ­o. Grupos de personas ocupan un terreno descampado en el que, hasta veinte años antes, habĂ­a cavas de las que se sacaba tierra para fabricar ladrillos. Levantan, como pueden, unas precarias paredes de chapa y cartĂłn, improvisan unas fogatas para resistir el frĂ­o y montan guardia, para que no los arrasen las topadoras ni la policĂ­a que, de noche, les alambra el predio para agravar el “delito” de tomar las tierras. Tiempo despuĂ©s, esas precarias paredes van a dar lugar al barrio La Esperanza, de Ezpeleta. Pero antes de que eso suceda, Natalia, que vino con su familia de Paraguay pocos años atrĂĄs, necesita escuela primaria para continuar sus estudios. Con su madre salen a recorrer diferentes instituciones, pero en todas les dicen que no hay vacantes, aunque ellas sepan y vean que en cada curso hay pocos estudiantes. Insisten, pero la respuesta es siempre la misma. Una directora les dice que no quieren “recibir a personas que ocupan tierras, porque son usurpadores y ladrones”. Tiempo despuĂ©s, la Escuela NÂș 41 del vecino partido de Berazategui la aceptarĂĄ, aunque no en el turno tarde como pedĂ­a su mamĂĄ. Finalmente, y por sus buenas notas y conducta, la dejarĂĄn cambiar de turno. Natalia recuerda cada una de esas batallas: la de la tierra, la de la vivienda, la de la escuela, la del turno, y las cuenta con infinita paciencia y detalle al grupo de estudiantes que la entrevista una y dos veces.

VeintisĂ©is años despuĂ©s de las tomas de La Esperanza, en 2016, un grupo de estudiantes de tercer año de la ESET-UNQ retoma la historia de Tamara Romero. Leen notas, visitan la escuela donde hizo la primaria y hablan con una de sus maestras, van a su casa y a la modesta plaza donde pasaba largas horas sola. Visitan tambiĂ©n la FiscalĂ­a Penal Juvenil de Quilmes, que investiga el robo de la camioneta Kangoo y la muerte de la adolescente. PresentarĂĄn el caso en la ediciĂłn 2016 del Programa JĂłvenes y Memoria. Descubren que la versiĂłn oficial fue aceptada y que, segĂșn esta versiĂłn, fueron los disparos efectuados por los compañeros de Tamara los que le provocaron la muerte. Los Ășnicos investigados, por lo tanto, son los adolescentes que iban en la Kangoo y no los policĂ­as que realizaron el procedimiento. La docente que coordina el proyecto dialoga con una funcionaria de la fiscalĂ­a. Para conseguir informaciĂłn intenta conmoverla diciĂ©ndole que Tamara podrĂ­a haber sido compañera o amiga de cualquiera de los estudiantes que participan de la entrevista. La funcionaria responde inmutable: “Hubieran elegido mejor a sus amistades”.

Cuarenta años atrĂĄs, es noviembre y HĂ©ctor Alberto PĂ©rez llega a su casa de Quilmes Oeste. Sus padres salieron a cenar, asĂ­ que piensa prepararse algo rĂĄpido y meterse en la cama. El dĂ­a estĂĄ tibio, en poco menos de un mes llegarĂĄ el verano, y quizĂĄ la dureza de ese año nefasto se suavice un poco. EstĂĄ cansado: la jornada laboral empieza muy temprano, y sus deberes de delegado le ocupan muchas horas. AdemĂĄs, estudia en la TĂ©cnica NÂș 3, y milita en la Fede. Y, como cualquier pibe de 20 años, le gustan el fĂștbol y las chicas. En algo de todo eso piensa HĂ©ctor cuando llega a su casa. Pero no llega a entrar: una patota parapolicial lo secuestra, le pega, lo mete en un auto, lo traslada a un centro clandestino, lo mata. Cuarenta años despuĂ©s, en la misma escuela que pudo haber sido una alcaidĂ­a pero es escuela, un tercer año realiza una investigaciĂłn sobre HĂ©ctor. Su historia es elegida por tratarse de un estudiante de una escuela tĂ©cnica, militante polĂ­tico en la FederaciĂłn Juvenil Comunista, y obrero de la empresa Saiar. Los estudiantes visitan el ex Centro Clandestino “El Infierno”, ubicado en Avellaneda, donde HĂ©ctor estuvo privado ilegalmente de su libertad antes de ser asesinado. Durante su estadĂ­a en ese lugar de horror y exterminio, muerto de sed como sus compañeros y compañeras, se escabullĂł hasta el patio, donde habĂ­a una canilla que goteaba. AllĂ­, no solo saciĂł un poco su sed, sino que cargĂł una bota con agua para sus compañeros. Luis, su hermano, cuenta este episodio a los estudiantes, en ocasiĂłn de ser invitado a visitar la escuela. Luego de escucharlo y de conmoverse con el relato, los chicos y chicas leen textos de Primo Levi y de Tzvetan Todorov en los que se relatan situaciones semejantes de cuidado y solidaridad en campos de exterminio nazi, y como parte de su investigaciĂłn, buscan en sus propias historias ejemplos de cuidado dado o recibido.

Armando el rompecabezas, tejiendo el entramado

La ESET-UNQ funcionĂł durante 2014 en el Centro de IntegraciĂłn Comunitaria “2 de Abril” ubicado en el barrio Esperanza Grande de Ezpeleta, una de las zonas mĂĄs postergadas del partido de Quilmes. Durante 2015 el CIC tuvo que mudarse a la sede de la Universidad Nacional de Quilmes, en la localidad de Bernal, y a partir de 2016 la escuela funciona en su propio edificio inaugurado oficialmente en octubre de 2015, en el predio ubicado en las calles Kenny y Avda. RepĂșblica de Francia, Ezpeleta. El aumento de matrĂ­cula y el atraso en la construcciĂłn del edificio obligaron a que, durante 2017, los cursos superiores (4Âș y 5Âș, volvieran a la sede de la UNQ en Bernal. A la fecha (junio de 2017), en la sede Ezpeleta estudian 219 chicos y chicas, y en la sede Bernal, 95. En los cursos superiores eligen entre tres orientaciones: TecnologĂ­a en Alimentos, ProgramaciĂłn, y ComunicaciĂłn. Un total de 134 docentes se reparten entre ambas sedes, incluyendo 116 profesores/as, 11 coordinadores/as socioeducativos/as, 3 integrantes del Equipo Directivo, 3 del Equipo de OrientaciĂłn y una secretaria.

Los chicos y chicas del barrio constituyen la mayor parte de la matrícula, y todos/as ingresan por el solo hecho de inscribirse, sin examen previo. Entre los derechos que la escuela les garantiza estå la posibilidad de que construyan un conocimiento de la historia reciente de su propia comunidad y de sus pares, así como también los recursos que les permitan transmitir esa historia, para que otros la conozcan y accedan a ella. Asimismo, es ese proceso de conocimiento y transmisión el que permite la construcción, a partir del mosaico de recuerdos, de una memoria colectiva, de un lazo social. A través de las entrevistas realizadas a militantes barriales y comunitarios; a vecinos y vecinas, y a actores clave en la historia de la Escuela, indagando sobre sus recuerdos, tanto los vividos directamente como los recibidos de otras personas, estudiantes, y también docentes y directivos, acceden a datos que habían olvidado o que desconocían.

AsĂ­, el grupo de estudiantes que investigĂł sobre la vida de HĂ©ctor PĂ©rez, y escuchĂł a su hermano y compañeros de militancia, se apropiĂł de la historia de aquel joven no mucho mĂĄs grande que ellos, en la mĂșltiple dimensiĂłn de su corta vida: como estudiante de una escuela tĂ©cnica, como militante polĂ­tico, y como obrero. Para entender el contexto de su secuestro y desapariciĂłn, leyeron la Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar, de Rodolfo Walsh, y la vinculaciĂłn entre el plan de exterminio y la reconfiguraciĂłn del Estado para ponerlo al servicio del capital financiero.

En el proceso de esta construcciĂłn y transmisiĂłn del conocimiento, el grupo de estudiantes que trabajĂł en el caso de Tamara Romero hizo un proceso de reflexiĂłn y discusiĂłn en el que se pusieron en cuestiĂłn preconceptos y “verdades” acerca del castigo y de las consecuencias de las “malas acciones”. Guiados por su docente, discutieron la idea del “merecimiento de la muerte”, por tratarse de una chica que robaba. El acceso a su historia y el conocimiento del modo en que habĂ­a muerto a partir de una reacciĂłn desmedida e innecesaria de las fuerzas policiales, asĂ­ como tambiĂ©n la constataciĂłn de las mĂșltiples ausencias de las ĂĄreas sociales del Estado a la hora de cuidarla, de acompañarla y de promover su vuelta a la escuela, permitieron deconstruir esas ideas punitivas que forman parte del discurso hegemĂłnico social. Un discurso que elige olvidar todas las causas que participan en el hecho de que una adolescente salga a robar, o consuma sustancias de modo problemĂĄtico. Ese mismo discurso punitivo que, en 2004-2005, ante las denuncias de las condiciones inhumanas en las que vivĂ­an presos, presas, ancianos y adolescentes en comisarĂ­as, resolvĂ­a construir alcaidĂ­as “de trĂĄnsito”, en vez de analizar las causas de esas detenciones de miles de personas sin condena, es decir, jurĂ­dicamente inocentes. Luego de ese año de discusiĂłn y anĂĄlisis, al momento de presentar el caso de Tamara en Chapadmalal, Candela dijo lo que el grupo habĂ­a elaborado como conclusiĂłn: “Lo mĂĄs importante que aprendimos es que, aunque Tamara hubiera robado, o hecho cualquier otra cosa, eso no justifica que la hayan matado. Porque si a Tamara no la hubieran matado, hoy estarĂ­a creciendo con nosotros y nosotras”.

En 2017, y en el marco del proyecto “Memorias del Barrio”, estudiantes de los tres terceros años de la ESET-UNQ trabajan integralmente las tres historias que hemos reseñado: asĂ­, participando en entrevistas a fuentes significativas –el ex rector de la UNQ, al momento de decidirse la construcciĂłn de la escuela, y de su inauguraciĂłn; las personas que participaron en las tomas y en las luchas para evitar que se construyera una cĂĄrcel–, y sus propias madres, padres, abuelas y abuelos; y asĂ­ van hilando los casos, los nombres y los años. Hablan con cercanĂ­a de HĂ©ctor y de Tamara. Saben que su escuela es la victoria de un proyecto de inclusiĂłn por sobre uno de encierro. Discuten sobre derechos, legalidad, castigo, justicia, memoria, a partir de esos nombres –ya no “casos”, ahora cercanas vidas que ellos conocen y de las que pueden contar edades, oficios, trayectorias, destinos trĂĄgicos–, y de conocer cĂłmo se han construido los barrios que habitan o que son vecinos a los que habitan.

La ESET-UNQ es el resultado de una decisiĂłn polĂ­tica, posible en un momento histĂłrico determinado, y durante un gobierno que desplegĂł mĂșltiples medidas que objetivamente significaron incluir y garantizar derechos. SignificĂł, al igual que las otras experiencias en otros barrios y con otras universidades pĂșblicas, un proyecto que reuniĂł el trabajo conjunto de tres ĂĄmbitos polĂ­tico-institucionales: el Ministerio de EducaciĂłn de la NaciĂłn, la UNQ, y el Municipio de Quilmes –bajo la conducciĂłn, respectivamente, del ministro Alberto Sileoni, el rector Mario Lozano y el intendente Francisco GutiĂ©rrez–, que se resume en la convicciĂłn de plantear que la mejor educaciĂłn posible debe estar en los lugares donde mĂĄs se necesita. Uno de los entrevistados, HĂ©ctor Gastiassoro, coordinador del CIC y activo protagonista de esa decisiĂłn, lo explicaba asĂ­: “Los padres tenĂ­an miedo, pensaban que los profesores de la UNQui iban a ser muy exigentes, que sus hijos no iban a poder. TenĂ­an desconfianza de que los chicos no iban a poder. Hay gente que le hace creer a otra gente que no puede”.

En este artĂ­culo intentamos mostrar uno de los mĂșltiples aspectos en que los y las docentes de la ESET-UNQ trabajamos con nuestros estudiantes: acompañando sus pasos en la investigaciĂłn de su propia historia, garantizando su derecho a preguntar, a indagar, a investigar y a conocer. HaciĂ©ndoles saber cada dĂ­a que pueden, claro que pueden. Con determinaciĂłn y entusiasmo. A veces, nos sale bien. Lo dijo un dĂ­a Wendy (14), entrevistada en un programa de radio para contar un proyecto del que se siente protagonista, su bello rostro iluminado: “En la escuela nosotros sentimos que los adultos nos cuidan. Nos dan abrazos cuando estamos tristes. Podemos confiar. Y ademĂĄs, nos divertimos y nos hacen reĂ­r”.

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