Un África renovada

Un África renovada

Por José Flávio Sombra Saraiva

El renacimiento africano es el movimiento de reformulación de los estereotipos acerca de la vida en África. Su centro es el rechazo al tratamiento de la realidad africana como eternamente primitiva y tradicional. El deseo de muchas de las sociedades africanas es la paz y la renovación de las antiguas elites depredadoras que aún penetran en parte del gran continente. El camino es romper mitos y posibilitar la inclusión plena del continente en la sociedad internacional.
 
Profesor de Relaciones Internacionales e Historia de África. Director del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad de Brasilia


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Acudieron a Adís Abeba gobernantes de casi todos los países del continente africano. El día 25 de mayo de 2013 era una fiesta en la capital de Etiopía. En ella desembarcaron casi todos los 54 jefes de Estados de África. También llegaron hasta allí intelectuales de las Américas, del Caribe y profesores de historia africana de todos los rincones del mundo. El deseo de muchas de las sociedades africanas es la paz y la renovación de las antiguas elites depredadoras que aún penetran en parte del gran continente. Eso quedó claro en los debates del gran seminario acerca del panafricanismo renovado.

De los nuevos gobernantes del norte africano que había sufrido la Primavera Árabe a los empresarios e intelectuales del África austral, animados por las nuevas fuerzas de impulso del continente para un nuevo nivel histórico, una vasta y diversa comunidad de interesados acompañaron debates y discursos acerca de la nueva África en la capital de Etiopía. Seminarios internacionales enfocados en temas como el panafricanismo y las nuevas formas de inserción internacional del continente africano marcaron el mes de mayo en aquella parte norte y oriental de África. Esos esfuerzos siguen hoy en día, como lo es el tratar las heridas de los crímenes de guerra y la valorización del movimiento global para recomponer los derechos humanos en vastas poblaciones empobrecidas y violentadas todos los días.

Acompañé de cerca esa gran fiesta en Adís Abeba. Los jefes de Estado africanos estuvieron en la nueva y bella sede de la Unión Africana (UA) para celebrar el renacer africano. Renacer o renacimiento, en pocas palabras, significa para las nuevas generaciones de africanos su acceso a una vida material y social saludable, a desarrollar sus posibilidades educativas y de ingresos, en Estados capaces de garantizar un proceso de democratización y respeto a la diversidad cultural que marca el presente africano.

De la OUA a la UA

Fue en Adís Abeba que nació formalmente, hace 53 años, la Organización de la Unidad Africana (OUA), transformada en la actual Unión Africana. Nació ya con la condición de representar a las primeras instituciones internacionales encaminadas, ante el brillo de las independencias del colonialismo, a la búsqueda de la paz del desarrollo. Su proyecto común original era la unidad y la coordinación política de los nuevos Estados en el sistema internacional. De aquellos actos heroicos de los grandes líderes de las luchas contra la colonización, los africanos de hoy heredan una nueva inclusión, más altruista, la de África en el mundo.

La foto oficial de los líderes del continente africano en la renovada Adís Abeba, y de algunos líderes mundiales invitados, causa fascinación ante la elevación gradual que se observa en el continente más atrasado económicamente del mundo contemporáneo. Hay un aire de esperanza, de posibilidades que se dibujaron en los últimos años, después de innumerables guerras, desinteligencias domésticas, hambre, crisis alimentarias y enfermedades epidémicas que devastaron poblaciones a lo largo de esos 53 años.

La renovada África quiere ser del mundo. Ese es el espíritu que emana de las delegaciones que participaron de las fiestas y celebraciones en la capital de Etiopía. Los cambios aún no son visibles para todo el mundo, pero los discursos de Adís Abeba sugieren un ciclo nuevo, que se inició ya en el pasaje del siglo XX al siglo XXI. A esa transformación apunta el concepto de renacimiento africano. Y significa, en pocas palabras, erguirse en el mundo, normalizando los derechos elementales de la persona humana, mejorando el modelo de la economía y de la gobernabilidad política.

Un renacimiento africano postergado

Aunque parezca un fenómeno del momento, una creación política pasional, una voluntad de hoy, la idea del renacimiento africano tiene una larga maduración. Se inició casi al mismo tiempo que las independencias, a fines de la década de los ’50 y comienzos de los años ’60. Emergió gradualmente con un movimiento profundo de valorización de la realidad africana propia y la búsqueda de una nueva identidad poscolonial.

Algunos autores, africanos y fuera de África, ya en el contexto del soleil des indépendences, llamaban la atención hacia la cultura africana, su diversidad cultural y sus posibilidades civilizatorias. El renacimiento africano es el movimiento de reformulación de los estereotipos acerca de la vida en África. Su centro es el rechazo al tratamiento de la realidad africana como eternamente primitiva y tradicional.

La idea de la elevación y el renacimiento africano ya fue reconocida por la proposición inquietante del famoso artículo en el Correo de la Unesco del año 1961, cuando el antropólogo, filósofo y profesor francés Lévi-Strauss comentaba la crisis de la antropología moderna. Provocada por la reacción activa y autónoma incitada por las grandes sociedades africanas en su movimiento hacia las independencias políticas, el gran maestro reconocía los límites de la vieja antropología para entender las voces de los que reaccionaban a ser objetos de investigaciones antropológicas. Ellos querían hacer historia propia y política de liberación anticolonial.

Los africanos presentaron, en aquellos años de la descolonización, rechazo a ser apenas objetos de investigaciones hechas por los cánones científicos eurocéntricos. Varios panafricanistas, en África y fuera de ella, dirigían sus armas intelectuales y políticas contra las llamadas tradiciones hegelianas que negaban la historia de las sociedades sin escritura y de las narrativas traducidas en documentos no formales de memoria, como la tradición oral.

La crítica fue dura en los años ’60. Y siguió hasta la década de las independencias de los países de lengua portuguesa en África, aproximadamente en la década de los ’70. Las luchas por el acceso a las independencias de espíritu, de libre albedrio, oprimidas en el concepto de autonomía decisoria, trajeron nuevas propuestas. Se destacaron las propuestas de nuevas visiones del mundo y del lugar de los africanos en la llamada civilización contemporánea. Insistieron, tanto los panafricanistas caribeños como Aimé Césaire, en las formas múltiples de cultura y formas infinitas de verse a sí mismos como aquellos que descendían de las raíces africanas, fuera y dentro de África.

La idea del renacimiento emerge de la necesidad de reconstrucción de la memoria colectiva en la cual los africanos fueron actores de los procesos y no solamente agentes pasivos de alistamientos externos de ocupación. No era, sin embargo, simplemente expulsar al colonizador, sino también el esfuerzo de reformular el conocimiento sobre África. El camino sería romper mitos erguidos contra su proceso histórico y posibilidades de inclusión en la sociedad internacional.

La fuerza de la historia

El recurso de la historia como instrumento de esa afirmación de identidad colectiva fue particularmente desarrollado por los primeros y grandes historiadores africanos del primer alistamiento de las independencias. Muchos eran los discípulos de Ki-Zerbo o Akê en esas líneas de las primeras generaciones del África independiente. Los estudios arqueológicos y paleontológicos de Ifê, Nok y el Valle de Rift confirmaron la primacía africana en la génesis de la humanidad. El estudio de las clásicas prácticas agrícolas, la domesticación de animales, entre otros procesos espectaculares de redefinición del Egipto antiguo como parte de una civilización de origen africano, fueron fundamentales en el desarrollo de la confianza historiográfica que sedimenta cierto sentido de futuro.

Un elemento crucial del renacimiento africano está en el rescate de las tradiciones africanas con el compromiso de la transformación del presente. Allí reside la contemporaneidad de las corrientes de pensamiento de África contemporánea. La idea es buscar resoluciones a problemas, en la práctica, en la escuela, en la formación de la juventud africana, cuando todavía se siguen perpetuando en el continente africano crisis culturales surgidas de intercomunicaciones con los métodos y medidas impuestas por la educación del colonizador.

No es la reproducción de las antiguas realidades del mundo contemporáneo lo que busca el renacimiento africano. Intenta, por el contrario, dibujar el eslabón creativo del pasado poco conocido a favor de la transformación del presente. La interlocución entre esos dos tiempos es particularmente notoria en la obra del ganador del Premio Nobel de Literatura nigeriano Soyinca. Su obra trata de los desafíos de las nuevas culturas y religiones que, en la cultura nigeriana, ya dialogaron más en la historia que en el hoy, cuando parte de esas mismas regiones están tomadas por cierto “terrorismo religioso” importado de las tradiciones africanas, históricamente más tolerantes y cooperativas en esos campos.

Temas e intereses de esos nuevos autores africanos del siglo XXI conversan con los anteriores. Unen la generación de los años ’60 con la renovación de los autores del nuevo siglo, a 50 años de la creación formal de una institución de liberación como fue la idea de la Organización de la Unidad Africana. Los africanos se preguntan sobre el significado de la búsqueda de la especificación cultural ante el multiculturalismo consumista del nuevo siglo. Indagan sobre el patrimonio cultural y las nuevas formas de expresión, inclusive en la educación tradicional africana con base familiar y tribal ante las nuevas tecnologías que dominan cierta sociedad cultural común en el mundo que se inicia en las primeras décadas del siglo XXI.

Las raíces del baobab y el renacimiento africano

En las sabanas africanas, el árbol de mayor longevidad del planeta es el baobab africano, que puede llegar a los 5 mil años de edad. El abrazo al tronco de un viejo baobab puede exigir 20 hombres tocándose las puntas de los dedos. Así como en una metáfora, las raíces del renacimiento africano, a pesar de su contemporaneidad y movimiento dinámico activado políticamente desde los movimientos de las independencias, son tan profundas como los troncos de los viejos baobabs.

Ya en el siglo XIX, o a comienzos del siglo XX, emergieron los primeros brotes fructíferos del renacimiento africano. Y desde aquellas décadas se postulan corrientes de pensamiento en la búsqueda de preguntas postuladas acerca de la cultura y de la vida social e inmaterial del continente con 54 países en la actualidad. Las primeras respuestas, en aquel período histórico, seguían las intuiciones de las corrientes de personalidad africana y la negritud, pasando por el afecto hasta hoy al concepto de panafricanismo. Todos ellos conceptos positivos de la presencia de la cultura y de la vida material de los africanos en África y en el mundo.

La primera proposición teórica acerca del renacimiento africano fue propuesta por Edward Blyden, ya hace un siglo, a través de su propio proyecto alternativo y coherente de explicación de la riqueza cosmopolita de las culturas africanas. Por intermedio de su libro titulado Christianity, Islam and the Negro Race, Blyden elaboró una teoría del humanismo africano. Su teoría estaba sustentada en la idea de que los africanos deberían asimilar el saber moderno, las transformaciones del tiempo, las nuevas culturas que perfilaban en África en el paso del siglo XIX al siglo XX. Esa asimilación, sin embargo, no significaba la negación de los diferentes matices culturales e históricos de la experiencia de los pueblos africanos. De allí su articulación inicial del cristianismo con el islamismo con los orígenes africanos.

Blyden fue revolucionario, un verdadero baobab. Sugería un renacimiento africano en el cual el color de la piel no era objeto de análisis. Su proposición era el cosmopolitismo cultural y la convivencia de contrarios en consonancia. Su tema central fue la confrontación positiva de los discursos humanistas, cada uno de ellos válido para África, pero que no podrían ser concebidos en la imposición de una única forma de pensar y de construir instituciones y normas sociales y políticas en el continente africano.

Bajo la perspectiva política, Blyden ya anunciaba la buena gobernabilidad democrática en África, al observar las condiciones dramáticas de la sociedad liberiana, donde él se estableció luego de la diáspora americana, a comienzos del siglo XX. En especial criticó y luchó contra el concepto desdeñoso y opresivo sobre las masas campesinas por la elite afroamericana. Anunció, lamentó y criticó aspectos negativos de la futura formación de los Estados modernos africanos, en especial la manipulación y la explotación de las masas de trabajadores por estructuras económicas y políticas enfocadas en la explotación.

La crítica de Blyden a la introducción de importaciones de modelos para África sigue en parte vigente hasta la actualidad. Él argumentó que las construcciones culturales provenientes de fuera del continente africano pueden y deben ser acogidas, pero internalizadas con razón crítica. Al mismo tiempo que se incluyó a África en el mundo, se desea que también los africanos forjen sus propias teorías y conceptos.

Aunque las ideas de Blyden fueron avanzadas, con el tiempo terminaron perdiendo fuerza. La colonización, las elecciones de las elites locales, las condiciones económicas y políticas del continente confluyeron hacia otras posiciones. Los discursos cosmopolitas y humanistas fueron enterrados a favor de la politización de las formas de la descolonización, de las formas propias de gran parte de las luchas de la independencia en el continente, más allá de los temas del discurso de una existencia autónoma y separada de aquellos que nacen con la piel negra. Era el inicio de la etapa pannegrista.

El color de la piel

Las teorías acerca de la cultura africana se orientaron más hacia el campo del color de la piel y de la confrontación con el colonizador definido como blanco. En parte fue esa la matriz, aunque renovada en los últimos años, del movimiento panafricanista. Y, en otras perspectivas más liberales, y posteriores al surgimiento del panafricanismo, emergió el movimiento y la filosofía de la negritud.

Aparecieron dos aspectos en el panafricanismo y en el movimiento de la negritud. Representaron el pensamiento de clases ya educadas en el sistema poscolonial. Algunos dedicaron parte de sus ideas y obras de defensa del renacimiento africano a través de la noción de retorno a las raíces, discurso con poca llegada sobre las masas de africanos colonizados. En segundo lugar, esos movimientos, aunque africanos, tuvieron fuerte influencia de las Américas. Fueron en parte intelectuales afrocaribeños y afroamericanos, por medio de iniciativas como la de Du Bois, que formaron la idea de un frente racial, lo que llevaría a la noción de movimiento pannegro.

En la convocatoria de la primera conferencia panafricana, en 1900, convocada y dirigida por Silvester Williams, no figuraba ningún africano nacido en África. El panafricanismo, en gran medida, fue llevado hacia Europa y de allí hacia África, y lo compone parte del ideario político de las luchas de descolonización de los años ’50 y de comienzos de los años ’60. En los congresos panafricanistas siguientes –en 1919, 1921, 1923 y 1927– se observaron efusivos debates en torno a la cuestión racial, identidades, más allá de la propuesta del odio como instrumento de lucha y alternativa cultural y lucha en favor de la emancipación de los negros, ya sea en América o en África.

Nombres y propuestas de esas formas anteriores de renacimientos africanos son conocidos en la literatura. Du Bois sugería la formación de un frente de lucha único de “hombres de color”. Pero Marcos Garvey prefería un frente fragmentado, para diferentes áreas y geografías, sin una dirección general. Padmore glorificaba el “genio negro”, que más tarde fue a tomar cuerpo en líderes africanos en el campo político e intelectual, de una forma más moderna y liberal en Senghor y Césaire.

Ese conjunto de ideas originales, gestadas de este lado de las Américas, en parte en Europa, pero también en África, pueden considerarse como las bases del concepto del renacimiento africano. El panafricanismo trajo, en aquellos años, un conjunto de puntos fundamentales que pueden ser considerados, en lectura contemporánea, elementos que aún animan parte del léxico de los debates en curso a comienzos del siglo XXI.

Una relectura de esa intelectualidad anterior, así como de los temas y discursos políticos de los actores de las luchas de independencia en África, permite afirmar que hay conceptos y proposiciones que alimentan una línea de pensamiento de surgimiento cultural y político del continente africano. Algunas pueden sintetizarse en pocos puntos, como uniones que vinculan la herencia de los primeros renacentistas africanos con el nuevo renacimiento africano a comienzos del siglo XXI. Son, a saber:

* Libertad completa a los pueblos de África y a los pueblos de descendencia africana.
* Igualdad de la raza negra con todas las razas.
* Control y administración de las tierras africanas por los africanos.
* Abolición de los trabajos forzados y de los impuestos excesivos.
* Abolición, en el sentido político y económico, de todas las distinciones raciales y de clase.
* Libertad de comunicación en el interior de África y a lo largo de sus costas.
* Libertad de asociación, de prensa y de expresión.
* Reconocimiento del derecho a la educación.
* Reconocimiento a los derechos sindicales.

La nueva África en la globalización

La evolución histórica de África nos enseña que el gran continente, pleno y tan diferenciado, tiene su unidad. Desde el baobab al renacimiento cultural, de la OUA a la UA, del aislamiento a la integración en los flujos de la globalización, toda África camina junta. Justamente en estos días observamos a los grandes Estados africanos moverse hacia la normalización de los derechos de sus poblaciones. Las transformaciones hacia sistemas políticos más tolerantes y democráticos están siendo reconocidas por los estudiosos.

Con buen clima, economías avanzadas de todo el mundo, como las europeas y china, pero también de aquí, de América del Sur, buscamos participar de la nueva África. Países ya enraizados en el continente africano, como es el caso de los europeos y más recientemente de China, avanzan en el campo económico, particularmente, en las articulaciones con los nuevos nichos de desarrollo.

En esos pasos autónomos de los africanos, al desear participar con fuerza propia, con los ojos puestos en la ciudadanía africana, hay una oportunidad de seguir a África en fiestas, como las de Adís Abeba, en forma de surgimiento del proyecto democrático-republicano. En el caso de Brasil, de donde vengo, tenemos muchos descendientes de las antiguas caravanas de la esclavitud venidos del continente africano, que también avanzan, cada día, en la ciudadanía. Vamos a caminar con los africanos de allá y con los de acá. Y de esta forma las fiestas como la de Adís Abeba no ocurrirán solamente cada 50 años sino todos los días con la perspectiva de la elevación social, económica y ciudadana de los africanos y sus descendientes, estén donde estén.

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Artículos de este número

Gladys Lechini
La Argentina y los impulsos africanos
Orlando Gabriel Morales y Marta M. Maffia
África y los migrantes africanos en el imaginario y el territorio argentino
José Flávio Sombra Saraiva
Un África renovada
Mbuyi Kabunda Badi
África: crecimiento sin desarrollo
Lyal White y Valentina Nardi
África: ¿remontando o en descenso? Reforzar las instituciones para impulsar un cambio gradual
Frank Mattheis
Integración y regionalismos africanos
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Egipto: ¿auge y caída del Islam político?
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El grupo africano en las negociaciones multilaterales climáticas recientes (2009-2016)
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