Sexualidad y adicciones a las drogas. El sexo… ¿una adicción más?

Sexualidad y adicciones a las drogas. El sexo… ¿una adicción más?

Por José Oscar Chamorro

El sexo tiene muchas características en común con comportamientos adictivos. A nivel neuroquímico, enamorarse es “muy parecido” a tomar drogas recreacionales. Si bien todo lo que nos hace felices nos hace adictos, siempre existe la posibilidad de dejar las adicciones artificiales y quedarnos únicamente con las naturales.
 
Médico (UBA). Especialista en Psiquiatría, Medicina Legal y Laboral (UBA). Sexólogo y Psicólogo Social. Médico en el Hospital Nacional en Red Especializado en Salud Mental y Adicciones (ex CENARESO)


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El celo, “el estro femenino”, es el cebo biológico, es lo que moviliza a los machos.
En la raza humana el celo cíclico ha desaparecido… y eso es permanente. Esta disposición continua ha logrado fundamentar la asociación, la participación, el vínculo… dando forma a la primera adicción, la más antigua: el sexo, el goce del sexo… el sexo en todo momento... anhelando el momento cumbre… el orgasmo.

“Ese ‘contrato sexual’, origen del sentido de parentesco, del altruismo y del lenguaje, es el cimiento de todas las pautas de conducta que hoy día configuran la existencia humana”. Ese circuito neurobiológico con sus neurotransmisores evolutivamente se ha ido “acomodando” para preservar la continuidad de la especie humana. El porqué hombre y mujer se sientan atraídos y de esa manera asegurar la fertilización y la trascendencia.

El orgasmo es una respuesta casi convulsionante, aliviadora de una tensión muy placentera que constituye la cima de la satisfacción emocional y física en la actividad sexual. Es una experiencia de corta duración, muy individual, que dura de 10 a 20 segundos y que posee una intensidad que muchos encuentran difícil de entender, pero todos buscan repetir.

De todas maneras podría ser un error señalar al orgasmo como el criterio más importante de satisfacción sexual, menoscabando la intimidad emocional, el cariño, las caricias, la cercanía y el compartir los profundos sentimientos con el ser amado que proporciona más plenitud que el orgasmo en sí.

El sexo tiene muchas características en común con comportamientos adictivos. Regulado por el sistema límbico, o “cerebro primitivo”, el sexo es conducido por la región definida como el centro de la recompensa.

La dopamina, un neurotransmisor, es el neuroquímico del anhelo que impulsa el comportamiento de fertilización… es el que también impulsa adicciones a sustancias.
El ciclo de altos-bajos de la dopamina tiende a promover separación emocional entre compañeros, e incrementa la susceptibilidad a las adicciones.

A nivel neuroquímico enamorarse es “muy parecido” a tomar drogas recreacionales. Muestra cómo estamos atados a tres programas: lujuria, amor romántico y lazos emocionales. Sin embargo, en alta proporción, las parejas encuentran que están subordinadas a un cuarto programa: la separación emocional. Y aun cuando este impulso no separa del todo a las parejas, puede encender frustración, desarmonía, una sensación de estancamiento… y ansiedad por otras parejas… o por sustancias adictivas recreacionales.
Desafortunadamente las ráfagas de dopamina que acompañan el clímax sexual son potencialmente muy adictivas e interfieren con otras prioridades evolutivas (para épocas anteriores: tareas como cazar, colectar alimentos, alimentar infantes… y en la actualidad, que el lector asocie con sus propios quehaceres cotidianos).

Ya en 2003 se halló que las tomografías de las personas teniendo un orgasmo se asemejan a las tomografías de una “borrachera” de heroína.

La dopamina se eleva durante la copulación y el orgasmo. Estos altos naturales son sólo la primera parte de un viaje neuroquímico, un viaje que es, también, esencialmente el ciclo de todas las adicciones.

Luego del orgasmo la dopamina cae, la prolactina se eleva, y la actividad del receptor andrógeno cae por un tiempo (aproximadamente durante una semana).

En la pasión neuroquímica vemos a la “persona de nuestros sueños”… luego, cuando aparece la “resaca”, vemos a “la Sra. X o al Sr. Z”… O “necesitamos espacio”, o sobrerreaccionamos a comentarios, o nos sentimos necesitados, o encontramos a un tercer partido irresistiblemente atractivo… o buscamos la droga recreacional.

Existen tres componentes de la “resaca” posterior al orgasmo:

1) La dopamina y su repentina caída luego del orgasmo.
En niveles ideales se compara con sensación de bienestar y una sana toma de decisiones. Genera comportamientos vitales para la supervivencia como comer, beber, tomar riesgos, y sobre todo comprometiéndonos en comportamientos de fertilización.

Nuestra cultura ofrece incontables oportunidades para sobreestimularnos con dopamina: alcohol, drogas recreacionales, compras compulsivas, etcétera.

La baja concentración de dopamina está asociada con la depresión, el sentirse incapaz de amar... y con las adicciones.

2) La prolactina. Para mantener el freno, la biología emplea este neuroquímico adicional.

Ella ejecuta muchas funciones además de regular el sexo. Luego del orgasmo sube su concentración inmediatamente, tanto en el hombre como en la mujer, actuando como un mecanismo de saciedad sexual.

La alta-prolactina podría estar contribuyendo al desaliento a largo plazo que parece alcanzar a tantas relaciones íntimas.

El exceso de prolactina genera pérdida de libido, cambios de humor y depresión, hostilidad, ansiedad, impotencia, cefaleas, síntomas menopáusicos, infertilidad, aumento de peso, etc. (durante el retiro de la cocaína –otra actividad de alta dopamina– los niveles de prolactina suben y se requieren unas dos semanas para que regresen a la normalidad).

3) Andrógeno: evidencia adicional de una persistente resaca post-orgásmica. Los cambios se mantienen hasta una semana, y comprenden una disminución o carencia de libido (esto responde a una disminución del número de receptores en el hipotálamo).

Los cambios en los niveles de dopamina, prolactina y receptores de andrógenos afectan poderosamente nuestro humor, nuestro nivel de deseo de intimidad, nuestra percepción de nuestra pareja, y nuestra susceptibilidad a las actividades y sustancias adictivas.

Existen investigaciones que demuestran que los adolescentes que son sexualmente activos usan más drogas recreacionales que aquellos que no lo son.

Cuando permitimos que la biología o su sustituto, las drogas, recetadas o no, gobiernen nuestras vidas amorosas se está amplificando un punto débil en nuestro diseño.

Propongo introducir otro neuroquímico, la oxitocina, que si bien no tiene directa relación con el orgasmo específicamente, hace a la conducta del lazo amoroso. Es un neuroquímico que ejerce diferentes funciones dependiendo del lugar y cuándo es liberada.

Por ejemplo: goteada en una mujer embarazada puede provocar contracciones de parto. También causa la segregación de leche materna, asociada a la prolactina.

Existen otras funciones importantes que dependen de ella, como la habilidad de crear lazos recíprocos. Cuando es liberada en el sistema límbico está detrás de los lazos padres/hijos, de amistades profundas. Sin ella no nos podríamos enamorar.

Está detrás del deseo no egoísta de consolidar, de acercarse uno al otro.

Esta cualidad explica el porqué fisiológico del compañerismo.

Desempeña un papel muy activo en la monogamia: parece ser la clave del deseo de quedarse con una sola pareja. Así como la dopamina y su resaca son las claves para la promiscuidad.

¿Podríamos tomar pastillas de oxitocina? No, ya que no atraviesa la barrera hematoencefálica. Si deseamos sus beneficios necesitamos emplear comportamientos que animen su producción en el cerebro. Una manera es a través de las caricias, especialmente frotando. Otra, es dar sin egoísmo –o consolidándose uno con el otro–, como un padre con su hijo. Un compañerismo cercano, confiado, promueve su producción. Las parejas parecen más y más atractivas con el tiempo (un hacer el amor más cariñoso, no conducido únicamente al orgasmo, podría ayudar al adicto, ya que estimula una producción más sostenida).

Pero, volvamos al tema principal… Las respuestas físicas de las neuronas activadas por la dopamina son observadas cuando se presenta una recompensa inesperada. Estas respuestas se trasladan al estímulo condicionado después de apareamientos repetidos con la recompensa. En la naturaleza aprendemos a repetir comportamientos que conducen a maximizar recompensa. La dopamina proporciona una señal instructiva a las partes del cerebro responsables de adquirir el nuevo comportamiento.

Drogas tales como la cocaína, la nicotina y las anfetaminas, por diferentes mecanismos llevan directa o indirectamente al incremento de la dopamina en esas áreas… Y en relación a las teorías neurobiológicas de la adicción química, se argumenta que esas vías dopaminérgicas son alteradas patológicamente en las personas adictas.

Hay quienes argumentan que la dopamina está más asociada al deseo anticipatorio y la motivación (comúnmente denominado querer), por oposición al placer consumatorio real (comúnmente denominado gustar).

O sea, actúa como la señalización de la retroalimentación de las recompensas previstas. Si se asocia algo previo –por ejemplo, armar un porro– con la sensación de placer posterior, la dopamina ya empieza a producirse. O sea, sin duda alguna, en el caso de las adicciones juega un papel mucho más importante esta especie de motivación que el placer mismo de la acción.

Ella también se libera ante el encuentro de estímulos desagradables o aversivos y así motiva el placer de evitar o eliminar dichos estímulos desagradables.

El bloqueo de los receptores de dopamina aumenta el consumo de drogas. Dado que el bloqueo de dopamina disminuye el deseo, el aumento del consumo podría verse no como un deseo químico sino como un profundo deseo psicológico de sentir algo.

Intentaremos una comparación entre la sexualidad y las bases neurológicas de la adicción a drogas: las sustancias adictivas (tales como opiáceos, cannabis, alcohol, cocaína, anfetaminas y nicotina) inducen estados de placer (euforia en la fase inicial) o alivio del dolor. El uso continuado induce cambios adaptativos en el sistema nervioso central, lo que se traduce en fenómenos como la tolerancia, dependencia física, sensibilización, craving y recaída.

La tolerancia y la dependencia física reflejan una adaptación fisiológica a los efectos de la droga –sin embargo ambas no son ni necesarias ni suficientes para un diagnóstico de abuso de sustancias–.

Las teorías sobre la adicción, fundamentalmente desde la evidencia neurobiológica y los datos de estudios de aprendizaje de conductas y mecanismos de memoria, indican que ninguno de ellos de forma aislada pueden explicar todos los aspectos de la adicción.
Generalmente las drogas adictivas pueden actuar como reforzadores positivos (produciendo euforia) o como reforzadores negativos (aliviando síndrome de retirada o disforia). Los estímulos ambientales asociados con el consumo de la droga pueden por sí mismos inducir a una respuesta condicionada (retirada o craving) en ausencia de la droga, conduciendo a una búsqueda y comportamiento de consumo de la droga compulsivos, facilitados por dificultades en la toma de decisiones y en la habilidad para juzgar los consecuencias de las acciones propias.

Los rasgos de personalidad y enfermedades mentales son los principales factores que condicionan la adicción a la droga. Rasgos como la búsqueda de riesgo o la búsqueda de novedad favorecen el consumo.

Sustrato neuroanatómico: al igual que en la sexualidad, el circuito neuronal de la adicción a las drogas es un componente del sistema dopaminérgico mesocorticolímbico que se origina en neuronas del área tegmental ventral del cerebro. Todas las drogas de abuso actúan en este sistema a diferentes niveles.

Este circuito está implicado en efectos de reforzamiento agudo, memoria y respuestas condicionadas unidas a craving y cambios emocionales y motivacionales del síndrome de retirada.

La respuesta a las drogas adictivas no está influenciada por la habituación, y cada dosis de la droga estimula la liberación de dopamina. Así la dopamina media las consecuencias hedónicas del estímulo reforzador, promoviendo el aprendizaje asociativo sobre el estímulo o anticipando sus efectos de recompensa.

Durante el síndrome de retirada asociado con las drogas nombradas hay un decremento sustancial en los niveles de dopamina en dicho circuito neuronal.

Esta retirada obliga a los adictos a continuar la búsqueda y consumo de la droga para prevenir o reducir síntomas físicos o disforia. Tanto la tolerancia (aumentar la dosis o la frecuencia) como la retirada incrementan el consumo compulsivo y son esenciales para el mantenimiento de la adicción.

Aunque las drogas pueden producir dopamina de manera artificial al engañar al cerebro, eventualmente se necesitará una mayor dosis para obtener la misma sensación.
Todo lo que nos hace felices por un momento nos hace adictos, queramos o no… aunque casi siempre se puede dejar.

A modo de conclusión: cuando nos enamoramos, la “culpable” es la dopamina. Es la responsable de lo que llamamos amor romántico, es decir, la primera etapa del enamoramiento. En los enamorados la dopamina incrementa y mantiene constante la concentración en el ser amado, enfoca la atención de manera extrema, dirige el comportamiento hacia alcanzar la meta (el ser amado), incrementa energía, genera hiperactividad, disminuye el sueño y el apetito, promueve preferencia por la persona amada al hacerla ver como única y novedosa, produce regocijo, y a veces, manía, ansiedad o miedo. Es la responsable por el incremento de la pasión de los enamorados cuando afrontan una adversidad… y una de las cosas que queremos con la persona amada… es tener sexo (el deseo es responsabilidad de la testosterona). Ambas (dopamina y testosterona) interactúan de tal manera que el deseo sexual puede generar amor y el amor puede generar deseo sexual. Esta “adicción” natural, que utiliza el placer como motor, tiene un propósito… la fertilización y la continuidad de la especie humana. La otra… la adicción artificial (la que utiliza las drogas recreacionales), y que utiliza el mismo circuito, entiende el placer como objetivo… y luego nada más… sólo continúa un vacío existencial que sólo se podrá disimular… con más droga.

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