Sexualidad, lenguaje y sociedad

Sexualidad, lenguaje y sociedad

Por Luis MarĂ­a Aller Atucha

En las Ășltimas dĂ©cadas el comportamiento sexual de la poblaciĂłn ha cambiado y la sociedad lo ha aceptado. Sin embargo, estos cambios acontecidos en las prĂĄcticas y el modo de relacionarse no han sido del todo incorporados al lenguaje. Si bien existen tĂ©rminos o definiciones que fueron dejadas de lado, resta aĂșn avanzar en la creaciĂłn de nuevos conceptos que permitan definir la nueva realidad.
 
Comunicador Social (New York University). Especialista en Sexualidad Humana. SociologĂ­a para el Desarrollo. Ex presidente de AsociaciĂłn Argentina de SexologĂ­a y EducaciĂłn Sexual. Consultor de la OrganizaciĂłn Mundial de la Salud y del Fondo de PoblaciĂłn para las Naciones Unidas


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El cambio de comportamiento sexual observado en la sociedad en las Ășltimas dĂ©cadas ha obligado a modificar el lenguaje. TĂ©rminos o definiciones que fueron usadas durante siglos pasaron a ser, de manera sĂșbita, obsoletas y dejadas de lado. Al mismo tiempo, el actual comportamiento sexual de la poblaciĂłn obligĂł a incorporar nuevos vocablos para describir actitudes y conceptos que difĂ­cilmente se pudieron haber imaginado nuestros ancestros.
Un ejemplo simple y claro lo constituye la expresiĂłn “relaciones sexuales prematrimoniales”, que definĂ­a una actividad sexual no aceptada o permitida, ya que se suponĂ­a que las relaciones sexuales se debĂ­an mantener Ășnicamente dentro del matrimonio. Por lo tanto, el hecho de catalogar una relaciĂłn sexual como “prematrimonial” era una manera de descalificarla y condenarla. Este concepto provenĂ­a de lo que se entendĂ­a y se aceptaba como el Sexo Oficial.

Sexo Oficial era aquel que la sociedad esperaba que todos respetaran y que las prĂĄcticas sexo coitales no se apartaran de cuatro variables que eran inamovibles. La relaciĂłn sexo genital deberĂ­a ser, necesariamente, matrimonial, heterosexual, monogĂĄmica y reproductiva. Cualquier actividad sexo genital, inclusive las que no involucraban los Ăłrganos sexuales, como por ejemplo las fantasĂ­as o simples caricias corporales con personas del mismo sexo o los encuentros coitales que se llevaran a cabo fuera del matrimonio, eran considerados fuera de lugar. LĂłgicamente que la poblaciĂłn no respetĂł esta norma, pero no obstante aceptĂł y utilizĂł por siglos el concepto y el tĂ©rmino de “relaciones sexuales prematrimoniales”, confirmando con esa expresiĂłn que el ejercicio de la sexogenitalidad debĂ­a ser dentro del matrimonio. Esta expresiĂłn, o definiciĂłn, ha quedado obsoleta y fuera de lugar porque en la actualidad no se discute el derecho al sexo juvenil placentero, ni se presume que la pareja de “novios” espere la noche de bodas para concretar el encuentro sexo genital.

Hemos mencionado la palabra “novios” y esa palabra ha perdido la significación que tuvo durante siglos. Si buscamos definiciones de novios o sinónimos, nos encontraremos que el noviazgo está vinculado a algo transitorio, al futuro, a una promesa, una etapa de mutuo conocimiento y exploración, con el que se describía la relación de pareja que, estando enamorados, se “comprometía” a explorar en conjunto el futuro, una vez que se concretara la segunda variable del sexo oficial, que la sexogenitalidad fuera matrimonial.

Era entonces muy simple y concreto saber que esa pareja (tambiĂ©n analizaremos esta palabra) estaba en una relaciĂłn preliminar con vista a concretar un “matrimonio” para formar una familia, dentro de la cual se procrearĂ­an los hijos (Ășnico lugar vĂĄlido y permitido para hacerlo). En la actualidad, el concepto “noviazgo” ha perdido totalmente el marco de definiciĂłn, ya que es comĂșn escuchar no sĂłlo que los novios conviven, sino que tienen hijos. No es raro encontrar una nota en un medio o una entrevista que explique que el “novio actual es el padre de mis hijos” (tomado de una declaraciĂłn reciente de una actriz a un periĂłdico). Por lo tanto, el concepto de exploraciĂłn mutua, conocimiento previo, compromiso para concretar una relaciĂłn permanente, queda fuera de lugar y no se puede usar. El vocablo “novios” se puede emplear para describir a dos pĂșberes vĂ­rgenes que se sonrĂ­en, se toman de la mano y comparten un helado, como para hacerlo con una pareja que lleva conviviendo muchos años y producto de esa convivencia hay uno o mĂĄs hijos.

Otro de los conceptos del sexo oficial que ha quedado de lado, al igual que los tĂ©rminos que se empleaban para definirlo, describirlo o denotarlo, es el de “monogĂĄmico”. Cuando las cuatro variables del sexo oficial eran por las cuales se regĂ­a la sociedad, la monogamia era un requisito indispensable de observar, sobre todo para las mujeres, porque los varones siempre se atrevieron a (o se tomaron la libertad de) ser contestatarios con lo que ellos mismos habĂ­an impuesto y exigĂ­an sin contemplaciones a sus compañeras. La monogamia estaba asociada a la virginidad femenina y los varones pretendĂ­an que sus compañeras tuvieran, hubieran tenido o fueran a tener, relaciones coitales sĂłlo con ellos. Por eso el concepto de “virginidad” y de noche de bodas, en la que se suponĂ­a que la mujer por primera vez iba a conocer al varĂłn. En algunas culturas (por ejemplo la gitana y ciertos lugares de Italia) se llegĂł a exhibir la sĂĄbana con una mancha de sangre para certificar que esa mujer habĂ­a llegado virgen al matrimonio y que el primer varĂłn que habĂ­a conocido era su esposo. El ideal de esos varones era lo que en algĂșn momento llegaron a hacer las viudas de la cultura milenaria de la India, incinerarse en la pira funeraria junto con el marido muerto.

Este concepto de monogamia absoluta, antes, durante y después del matrimonio, no se exige ni practica mås. Aunque el sinceramiento de mantener relaciones paralelas al matrimonio todavía estå arraigado y constituye un tema de conflicto e inclusive de ruptura del vínculo matrimonial.

Mencionamos la palabra matrimonio y cuesta definir quĂ© significa el mismo. Cuando se le pregunta a una pareja que convive y tiene hijos si es casada, si no ha pasado por los trĂĄmites legales del registro civil y de la iglesia (fuera cual fuese el culto) encontramos respuestas tales como “no, no somos casados”, “estamos en pareja”, â€œĂ©l es mi novio”, “vivimos juntos”, etc. Por lo tanto, si bien no se respeta el concepto de matrimonio del sexo oficial, a pesar de que se cumplen con todas las caracterĂ­sticas del mismo, vida en conjunto, compartir el mismo techo, tener hijos en comĂșn, no se describe esta uniĂłn como matrimonial, dando por sentado que lo formal (registro civil e iglesia) tiene mĂĄs peso que la realidad que viven. Es tambiĂ©n comĂșn escuchar “nos vamos a casar”, a una pareja que lleva conviviendo años y ya tiene hijos.

El problema es que no se ha encontrado una palabra que defina con exactitud quĂ© tipo de relaciĂłn es la que esas dos personas tienen. Cuando tiempo atrĂĄs se decĂ­a o se ponĂ­a en un cuestionario “casado”, estaba claro que convivĂ­a en pareja, compartĂ­a casa y tenĂ­an proyectos de vida en comĂșn. MuchĂ­simas parejas actuales conviven en pareja, comparten casa y tienen proyectos en comĂșn (inclusive hijos) y en ese formulario o ante esa pregunta que sĂłlo tiene dos posibilidades de respuesta, “casado - soltero”, ponen “soltero”. El lenguaje no se ha adaptado a la sociedad actual.

Siguiendo con este tipo de relaciĂłn (Âżmatrimonial?, Âżconviviente?, Âżpareja?, Âżnovios?, ¿
?), para el varĂłn se hace mĂĄs fĂĄcil definir la convivencia con su compañera porque puede decir “es mi mujer”. Su mujer es aquella con la que convive, tiene hijos y comparten presente y futuro. “Mi mujer”; nadie se sorprende cuando un varĂłn describe asĂ­ a quien lo acompaña y tiene que presentarla. Para la mujer la situaciĂłn es totalmente diferente ya que no puede presentarlo diciendo “es mi hombre”. Por lo tanto, por lo general, lo presenta como “novio” (que puede ser padre de sus hijos), o su “pareja”, como si fuera una relaciĂłn transitoria y se tuviera una pareja circunstancial formada para jugar un partido de tenis. AquĂ­ tambiĂ©n el lenguaje ha quedado obsoleto y estĂĄ necesitando un aggiornamiento.

La ley en la Argentina estĂĄ tomando medidas para solucionar algunos de los problemas legales que puede traer aparejados la convivencia sin una estructuraciĂłn y un paraguas legal, creĂł la figura de “conviviente” y se puede obtener un certificado de convivencia legalizando la misma. No obstante es casi imposible encontrar a alguien que presente a su pareja cĂłmo “mi conviviente” y aunque estĂ© legitimada esa uniĂłn y relaciĂłn seguirĂĄn usando la palabra “novio” cuando deban definir la relaciĂłn. Evidentemente el tĂ©rmino “conviviente” no es simpĂĄtico y no define lo que sienten las personas que han decido compartir sus vidas.

Uno de los conceptos que ahora podrĂ­a calificarse como peyorativo es el tĂ©rmino “concubina-concubino”. Se empleaba para describir a dos personas que vivĂ­an juntas sin estar legalmente casadas, es decir que no tenĂ­an un matrimonio formal que habĂ­a sido acompañado de todos los componentes que el mismo requerĂ­a, legalmente certificado en el Registro Civil y “bendecido” en algĂșn culto religioso. Ese tĂ©rmino, que se empleĂł por siglos, ya no se utiliza mĂĄs. SerĂ­a extraño, y chocante que alguien presentara a quien lo acompaña como “mi concubina” o “mi concubino”. La aceptaciĂłn y generalizaciĂłn de las relaciones sexo genitales fuera de la tradicional pareja matrimonial hace que haya sido definitivamente desterrado.

Otros tĂ©rminos nuevos se han impuesto, y si bien estĂĄn claramente definidos, todavĂ­a crean cierta confusiĂłn en la poblaciĂłn, como por ejemplo el vocablo “feminismo” y la vieja expresiĂłn “machismo”. El feminismo es un movimiento reivindicatorio de la mujer que exige igualdad en la sociedad en todos los aspectos, en el estudio, en la oportunidad de trabajo, en los salarios percibidos y en el derecho a tomar decisiones sin necesidad de la aprobaciĂłn de su esposo, compañero, novio o conviviente. Es decir, el feminismo es un movimiento que lucha por la igualdad de los gĂ©neros dejando de lado las diferencias y trabas que debiĂł enfrentar la mujer para realizarse en la vida. No todos lo entienden asĂ­ y hay conceptos no sĂłlo errados, sino totalmente peyorativos respecto de este movimiento.

Por su parte, el tĂ©rmino “machismo”, que en otras Ă©pocas se lo podĂ­a emplear para describir algunas actividades valientes y arriesgadas de los varones, “ser macho”, “ser decidido y fuerte”, “ser asertivo y lĂ­der”, ha quedado circunscripto a una definiciĂłn justamente despectiva hacia el varĂłn que ejerce la fuerza y destrata a la mujer. El machismo ha pasado a ser una lacra social y describe con exactitud el comportamiento despreciable del varĂłn que hace uso de su fuerza o de algunas prerrogativas que le dan el dinero y el poder para no respetar a la mujer.

Como consecuencia del machismo llevado al extremo en el maltrato hacia la mujer, se ha acuñado una nueva palabra (lamentable) que es el “femicidio” o “feminicidio”, que puntualiza el hecho delictivo hacia la mujer que termina en el maltrato fĂ­sico seguido de muerte. Tantos han sido los casos de violencia de gĂ©nero que terminaron con la muerte de la mujer, que la ciencia legal ha incorporado esa palabra para que tenga la fuerza y la connotaciĂłn negativa que merece. El homicidio es de por sĂ­ un delito que merece toda la fuerza de la ley para aplicar la pena para el homicida; el femicidio es un homicidio agravado por haber sido perpetuado contra una mujer. La incorporaciĂłn de este tĂ©rmino en el lenguaje cotidiano es un avance en la lucha por la igualdad de gĂ©neros.

En el mundo del varĂłn los conceptos peyorativos y castigadores de “maricĂłn” y “puto” han dado lugar a un nuevo concepto de comportamiento sexual que es el de “gay”, que no conlleva carga negativa alguna, sino que describe la preferencia sexual de una persona hacia personas de su mismo sexo. MaricĂłn y puto han sido archivadas. En el mundo femenino ya hace tiempo que la definiciĂłn de “marimacho” dejĂł de emplearse y la definiciĂłn de “lesbiana” solamente describe una preferencia sexual y no lleva la carga culpabilizadora y castigadora como era la de “marimacho”, ya que las mujeres que tenĂ­an relaciones con otras mujeres no respetaban el mandato de tener sexo solamente heterosexual dentro del matrimonio con fines reproductivos. TambiĂ©n la obsolescencia de estos tĂ©rminos muestra un camino abierto al reconocimiento de que no existe una solo tipo de comportamiento sexual (y mucho menos solamente el que predica el Sexo Oficial), sino que cada dĂ­a estamos mĂĄs cerca de hablar de “sexualidades”, reconociendo que en el ejercicio de la misma hay muchas variantes.

Una palabra que tambiĂ©n ha perdido la carga peyorativa que conllevaba es la de “amante”. Durante siglos se la empleĂł para describir las relaciones afectivas y sexuales que mantenĂ­an dos personas que no estaban casadas, es decir que realizaban el encuentro coital fuera de la variable matrimonial que la sociedad exigĂ­a. En la actualidad, cuando el inicio de la vida sexo genital comienza a edades cada vez mĂĄs tempranas, es casi imposible que un joven o una joven defina a su pareja sexual como la “amante”, inclusive si se trata de una pareja esporĂĄdica que se lleva a cabo de manera paralela a la pareja matrimonial, a la pareja de convivientes o de novios. El tĂ©rmino “amante” dejĂł de tener la carga negativa con que se lo empleĂł durante siglos para convertirse en algo deseable y digno de aplauso: tener un amante es dar amor a alguien. Hay que redefinir la explicaciĂłn del significado de esa palabra.

Paralelamente a la palabra amante estĂĄ la palabra “infidelidad”. En el concepto del sexo oficial era muy simple describir la infidelidad, ya que el varĂłn esperaba que la mujer elegida para ser su compañera “siempre” le hubiese sido fiel, es decir, no hubiese tenido relaciones sexogenitales (hablamos ya de la noche de bodas, de la pĂ©rdida de virginidad y de la mancha de sangre, y explicamos que el concepto era diferente para el varĂłn). Mucho mĂĄs grave, motivo de divorcio o de rompimiento de la relaciĂłn, lo eran las relaciones paralelas, es decir, la infidelidad durante la relaciĂłn de pareja, noviazgo o convivencia. En estos momentos, sabiendo que la sexogenitalidad empieza a edades muy tempranas, se da por supuesto que quienes en la edad adulta forman pareja (matrimonio, convivientes, novias, “estamos juntos”, “vamos viendo”, etc.) ya han tenido otros compañeros sexuales. Con base en esta aceptaciĂłn, no falta mucho para que tambiĂ©n se comiencen a aceptar las relaciones sexuales paralelas, con lo que la palabra infidelidad perderĂĄ sentido. Tal vez tambiĂ©n pierda vigencia la palabra “cornudo” o “cornuda”.

Otros tĂ©rminos que años atrĂĄs podrĂ­an parecer insĂłlitos, hoy son corrientes y explican con claridad lo que se quiere decir, por ejemplo, con “esa es la novia de mi papá” o “ese el novio de mi mamá”, ya que no estĂĄ descalificando esa relaciĂłn ni dando idea de la clandestinidad en que se movĂ­an en el mundo de los amantes, sino posiblemente se estĂ© presentando a la nueva compañera de vida del padre o de la madre con quien tendrĂĄ hijos y los mismos serĂĄn legĂ­timos “medio hermanos”. Se puede hablar con orgullo y satisfacciĂłn describiendo “el hijo de mamĂĄ con su nuevo novio”, ese hijo de mamĂĄ que serĂĄ medio hermano. A raĂ­z de esto, palabras que se empleaban con sentido peyorativo y castigador como “entenados” o “bastardos”, para calificar a los hijos que no eran producto de una relaciĂłn matrimonial formal, han sido dejados totalmente de lado. Si se siguieran empleando, servirĂ­a tal vez para calificar al 50% de la poblaciĂłn actual.

El comportamiento sexual de la poblaciĂłn ha cambiado. El Sexo Oficial con sus cuatro variables inamovibles, heterosexual, matrimonial, monogĂĄmico y reproductivo, ha quedado atrĂĄs. La sociedad lo ha aceptado. El lenguaje todavĂ­a no lo ha incorporado.

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