Ser varón

Ser varón

Por Osvaldo Macri

A lo largo de las últimas décadas el rol del varón se ha ido modificando. Sin embargo, los estereotipos clásicos de género siguen estando a la orden del día. Si bien la crianza sigue siendo central en la asignación de determinados roles, cada vez es mayor la importancia que cobran los procesos sociales que nos atraviesan. Ese es el campo de batalla de los cambios por venir.
 
Sociólogo (UBA). Psicólogo Social. Educador en Sexualidad. Docente en Sexualidad. Miembro de la Fundación Isabel Boschi y de la Federación Sexológica Argentina


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Menudo tema. ¿Qué es “ser varón”? ¿Qué implica? ¿Desde qué mirada?
Soy varón, según está registrado en mi partida de nacimiento y en mis sucesivos documentos. Esto significó, más allá de lo formal, toda una manera de criarme y toda una serie de expectativas, tanto familiares como sociales, con respecto a cómo me tenía que portar en cada ámbito en el que me moviera, así como cuáles deberían ser dichos ámbitos.

Dichas expectativas moldearon una identidad que, a medida que pasó el tiempo, fue teniendo rasgos en común con los amigos de la infancia y adolescencia, así como particularidades que hacían que fuera yo y no otro.

Claro que el camino no fue fácil, especialmente a partir del momento en que comencé a darme cuenta de que las mujeres no eran “un adorno del varón”, como canta Víctor Heredia en esa hermosa canción que es “Bebe en mi cántaro”. En este sentido, creo que a él le resultó más fácil, porque ese darse cuenta fue gracias a las enseñanzas de su padre, cosa que no nos ocurrió a la gran mayoría de los varones que hoy pasamos los sesenta.

Ser varón depende mucho de la forma en que fuimos criados, pero también de los diversos procesos sociales que nos atravesaron y nos afectaron en diferentes momentos y circunstancias.

Tal vez era más fácil ser varón adulto cuando yo nací. En ese entonces, las identidades de género no se cuestionaban, al menos de manera masiva; por supuesto que ya había gente trabajando en este sentido y viviendo de acuerdo a nuevas pautas, pero su voz aún no se escuchaba entre el común de la gente.

En ese contexto, todos sabíamos desde chicos que había mujeres para casarse y otras para acostarse. El mensaje en mi pubertad era “traten de llevar a la cama a toda chica que conozcan, pero después la largan”.

Por otra parte, había que pensar en el futuro, ya que en algún momento formaríamos una familia cuya manutención iba a ser de nuestra exclusiva responsabilidad. Claro que esta responsabilidad, si bien era grande, era prácticamente la única, ya que todo lo referente al hogar –orden y prolijidad, limpieza, compras, crianza de los hijos, etc.– sería competencia exclusiva de la mujer elegida. A lo sumo nos reservaríamos alguna tarea casi simbólica, como por ejemplo ir a comprar las pastas los domingos e inculcar ciertos valores (que hoy llamaríamos correspondientes a su género) a los hijos varones, preferencia futbolística incluida.

Es decir, ante semejantes determinaciones lo único preocupante iba a ser el tema del sustento, claro que, eso sí, era también lo único realmente importante; las tareas femeninas eran secundarias o, lo que es peor, no reconocidas, invisibles, “naturales”.

Con garantizar los ingresos la función de varón estaba cumplida, cabalmente cumplida. Claro, algunas cosas podían empañarla un poco –o mucho–, como que a algún hijo varón no le gustara el fútbol (¿Me habrá salido “trolo”?) o que MI esposa hubiera tenido algún desliz erótico y esto se supiera. Es decir, cualquier desviación –real o supuesta– de la conducta sexual con respecto a lo que marcaba el modelo ideológico hegemónico, por parte de cualquier miembro de la familia, podía implicar una falencia en el desempeño del rol de varón. ¡Ah, me olvidaba! Siempre debía quedar en claro, al menos de puertas para afuera, que “en mi casa mando yo”…

Pero lo antedicho no era tan complicado, porque casi siempre existía una aliada: la esposa, que generalmente sostenía la estructura familiar dentro de los cánones esperables. Y en el peor de los casos, una dosis de violencia masculina para enderezar la cosa estaba aceptada…

Pero llegaron los ’60, los ’70, y con ellos el hippismo, los cambios políticos en Latinoamérica, Los Beatles, algunas noticias sobre ciertos movimientos llamados “feministas” o algo así, la inserción de las mujeres en el mundo del trabajo… Algo se estaba gestando, evidentemente.

Pero no idealicemos las cosas: esas nuevas corrientes y otras expresiones de cambio no generaban adhesión inmediata o unánime; sin embargo, la dinámica social hacía que tanto quienes participaban en algunas de ellas como quienes las rechazaban o las desconocían o ignoraban quedaran involucrados en alguna medida.

Claro que no era fácil para nadie: salir a la calle con el pelo hasta los hombros y una camisa floreada podía generar violencia que iba desde risas socarronas e insultos hasta noches en la comisaría. Pero entendamos: era violencia en ambos sentidos, puesto que quienes insultaban también se sentían violentados por este esbozo –al menos desde las formas– de nuevo varón.

Por supuesto que esto no se limitaba al aspecto: de ser así hubiera pasado sin pena ni gloria, como una moda más. Los cambios en cuanto a la inserción laboral de las mujeres, sumados a una mayor cantidad de espacios compartidos, generaban una dinámica importante de transformación y asunción de roles en el colectivo de mujeres, que por supuesto modificaba el tipo de vínculos establecidos con los varones e, indefectiblemente, a los propios varones.

Las escuelas, tanto primarias como secundarias, comenzaron a ser mixtas; la mayor parte de los trabajos y ocupaciones se hicieron accesibles tanto a mujeres como a varones; ¿podía alguien imaginar a una mujer taxista, gerente de ventas o boxeadora, como sucede hoy en día sin mayores sorpresas?

¿Y qué se generaba entre nosotros, los varones? Creo que la palabra más adecuada es confusión.

Confusión porque teníamos que vincularnos con compañeras de escuela o trabajo sin saber cómo hacerlo: ¿eran para la cama o para casarse?, porque esa era la tipología que habíamos mamado de pequeños. Ahora la teníamos en el banco o escritorio contiguo, planificando reuniones de estudio o trabajo con nosotros.

Confusión porque qué podían pensar nuestros padres, al ver que la mujer elegida no respondía a las pautas esperables: cómo va a ser buena para mi hijo, si trabaja entre varones, anda todo el día por la calle, llega tarde, hace que mi hijo tenga que hacer las compras y cuidar a los chicos… Recuerdo al respecto la cara horrorizada de mi padre un día que me vio venir del supermercadito del barrio con bolsas y ¡una escoba!, o la de mi madre cuando empecé a cambiar pañales.

Confusión porque qué podrían pensar los amigos, sobre todo los más tradicionales, al vernos como dominados o sometidos por compartir tareas y espacios que se suponían dominios exclusivos de varones o mujeres. Sí, no me iban a dejar de querer por eso, pero la duda aparecía…

Confusión porque la obtención de dinero compartida empezaba a generar decisiones también compartidas e inclusive independientes en cuanto al empleo del mismo. Aún hoy este tema es central en los conflictos de pareja.

En definitiva, confusión por no saber dónde estábamos parados, por no saber cuál era nuestra identidad varonil o, al menos, cómo debíamos expresarla.

Insisto en algo que dije más arriba: esto no fue ni es un proceso uniforme ni está acabado, pero esas circunstancias nos atravesaron a todos, aun cuando pudiéramos tener una posición tradicional y conservadora, ya que en este caso era necesario un esfuerzo, aunque más no fuera intelectual, para sostener un modelo de varón que una generación atrás no se cuestionaba (les recuerdo que escribo con seis décadas a cuestas).
Y en función de lo antedicho, creo que tenemos que disculparnos con quienes nos sucedieron, con nuestros hijos…

¿Por qué? Porque si aceptamos esa situación de confusión, ¿con qué pautas los habremos criado, con qué valores, con qué paradigmas?

Recuerdo un amigo muy progresista que trataba de inculcar valores a su hijo de lo que hoy llamamos equidad de género, pero que al llegar el pibe a la pubertad le dijo algo así como: “Si una chica te gusta, le metés la mano en el culo, para marcar el territorio”; cuando le hice una observación por eso, lo más campante agregó: “Y qué querés, que me salga boludo?”. Y aquí pienso: ¿qué hubiera hecho yo si hubiese tenido hijos varones?

Y siguiendo esa línea, ¿qué ocurrirá con nuestros nietos y bisnietos? Ya que me parece que nuestros hijos, nuestras hijas, nacieron y fueron criados cuando estos cambios de roles estaban aún más efervescentes.

Pero además del posicionamiento ideológico paterno y materno y de su claridad o sus confusiones, aparece la escuela, que trata de adecuarse a los nuevos modelos pero choca con resistencias enormes; de esto sabemos algo los que trabajamos en educación sexual: tenemos leyes de avanzada, pero su implementación cuesta horrores. La resistencia es tanta que mucha gente cree que son leyes casi optativas, cuyo cumplimiento depende del deseo o la voluntad de cada uno… ¡No, compatriotas, son de observancia tan obligatoria como pagar impuestos!

¿Y los medios masivos? Si bien se intenta mostrar la diversidad en algunos casos, en líneas generales los estereotipos más clásicos de género están a la orden del día en televisión, el medio con mayor penetración. Es decir, la confusión a que hice referencia anteriormente se consolida en muchos casos, ya que se muestra, mayoritariamente, una fachada diferente de un mismo sistema patriarcal, binario y homofóbico. Evidentemente ha cambiado mucho en las décadas recientes, pero si uno tiene una mirada y una escucha atenta, los viejos valores mantienen su vigencia, incluso a través de personas con muy buenas intenciones (claro que esto no debería sorprendernos, porque lo veo y escucho a diario entre los propios colegas sexólogos, pero esto es tema para otra oportunidad).

En resumen, ser varón tiene sus bemoles, pero es lo que soy y, en todo caso, agradezco que me haya tocado vivir esta transición hacia un nuevo modelo; sea cual fuere el resultado final, el proceso ha sido y es muy rico.

¡Ah, me olvidaba! Esta visión es la de un varón que nació y vivió siempre en Buenos Aires, heterosexual, hijo de un pequeño comerciante, NSE medio bajo, con tres hijas, cuatro nietos y dos nietas. Apenas puede resonar en personas con historias parecidas a la mía. No es extrapolable a otros sectores sociales ni a otras geografías y culturas; eso lo dejo para que lo piensen los lectores…

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