Retos económicos del envejecimiento

Retos económicos del envejecimiento

Por Sonia Arias* Diego Bernardini**


 
*Licenciada en Psicología por la Universidad Nacional Autónoma de México FES Iztacala, y Maestra en  Dirección Estratégica de Capital Humano por la Universidad Anáhuac México Sur **Doctor en Medicina por la Universidad de Salamanca. Director Ejecutivo de Mayores.org – www.diegobernardini.com


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Los adultos mayores presentan un abanico de vulnerabilidades vinculadas a la salud, la vivienda, la seguridad social, la educación, y los servicios básicos, entre otras. Es función de todos, como sociedad, pensar en la resolución de estos desafíos para lograr un futuro con una mejor calidad de vida al momento de envejecer.

El tema del envejecimiento se ha abordado recurrentemente en los últimos tiempos y suele hablarse de ello como un problema. Sin embargo, envejecer es un gran logro. El que las personas tengamos una vida cada vez más longeva es resultado de los grandes avances en la ciencia, la salud, la tecnología y otras áreas que impactan positivamente en nuestra calidad de vida y en nuestra forma de envejecer; por lo tanto, poder vivir 80 o 100 años es algo que debe celebrarse. En 2010 había 58 millones y medio de personas mayores de 60 años en América latina; en 2030 serán 120 millones que representarán más del 16% del total de la población.

Llegar a esas edades implica una serie de retos que debemos enfrentar como sociedad. Debemos pensar y colocar en la agenda de discusión temas como el acceso y sustentabilidad del sistema de pensiones, sean estas contributivas o no; también debemos pensar en servicios de salud adaptados a las personas mayores, en el cuidado y la atención en instituciones residenciales o de larga estancia o la prevención y penalización de todo tipo de abuso, violencia o maltrato al mayor. Estas instancias deben ser valoradas y discutidas bajo la perspectiva de los derechos de las personas mayores.

En el caso de la salud, el deterioro relacionado con la edad suele traer complicaciones como la discapacidad, a ello sumado el aumento de enfermedades no transmisibles, como la diabetes o procesos articulares que representan una carga para las personas que las padecen, hace que, en muchas ocasiones, no se cuente con los recursos necesarios para enfrentar esta situación. Una particularidad en este grupo es que en los cuidados de las personas mayores se requiere de otras personas para cumplir estas tareas durante más tiempo, así como de una red de protección social que brinde un conjunto de servicios básicos para su contención.

Los adultos mayores presentan, en su mayoría, vulnerabilidades no sólo en temas de salud, sino en vivienda, seguridad social, educación y/o servicios básicos. Si no pensamos como sociedad en la resolución de estos desafíos, el futuro será mucho más incierto para los que lleguemos al 2050 siendo mayores. Esta situación nos lleva a otro de los retos que estamos enfrentando como región, los costos y el impacto económico de una población envejecida.

Las condiciones de salud y de vida prolongada conllevan una serie de gastos que muchas familias no pueden afrontar, ya sea porque no cuentan con una fuente fija de ingresos, o bien porque la pensión que reciben es insuficiente para cubrir sus gastos. En la región los sistemas de pensiones aún están en muy dispares grados de desarrollo, lo que sumado a la alta informalidad laboral condiciona el estatus de más de la mitad de las personas adultas mayores, donde aquellas que sí reciben una pensión, al ser esta mínima, requieren de otra fuente de ingresos para continuar con su vida. Esta situación nos invita a reflexionar sobre la situación que vivimos y el futuro que se viene. Cada vez serán más las personas que van a vivir más tiempo y los sistemas de seguridad social serán insuficientes. Como consecuencia de la transición demográfica, el número de personas económicamente activas que sostengan el aporte a los sistemas de pensiones disminuirá, agravando el desequilibrio fiscal del sector.

¿Qué hacer ante este panorama? Se han buscado diversas alternativas en los países. Por ejemplo las pensiones no contributivas, que se han implementado en 12 países de la región durante los últimos 10 años, son una opción principalmente para aquellas personas que no cuentan con un sistema de seguridad social que les garantice una pensión al momento de su retiro. Sin embargo, se queda en una acción generosa y con fines de apoyo, pero que no da solución ni cubre las necesidades de la población que envejece. En México, por ejemplo, dicha pensión asciende a un monto de 50 dólares al mes, un pequeño apoyo para las personas, pero definitivamente no es una cantidad con la que se pueda subsistir. Otra opción de solución son los fondos para el retiro, que se implementaron en México hace algunos años. Sin embargo tampoco ofrecen una respuesta a las necesidades económicas de la población, dado que las comisiones que cobran las administradoras son muy altas y el monto que se recibe al momento del retiro es insuficiente para cubrir las necesidades, llegando a un máximo de 40% del salario que se percibía al momento del retiro.

Adicional al tema de ingreso económico, hay dos elementos que se presentan en el momento del retiro: el deterioro físico y el deterioro cognitivo. Existen estudios que demuestran que en el momento en que las personas dejan su actividad productiva presentan un deterioro en sus funciones tanto físicas como cognitivas, debido a la inactividad, a la falta de situaciones que requieran un esfuerzo físico y mental para resolverlas, a la falta de interacción social con el grupo de personas de su lugar de trabajo, incluso a la falta de sentido de utilidad y productividad ante la sociedad. Esto, visto desde la perspectiva del Estado como prestador, puede generar un doble gasto: el de la propia pensión, sea contributiva o no, y el de la atención a la dependencia producto del deterioro como consecuencia de la salida del mercado laboral.

Todo lo anterior nos lleva a pensar que necesitamos pensar de forma diferente para enfrentar estos retos del envejecimiento. Definitivamente los enfoques asistenciales y de cuidado de los adultos mayores fueron la mejor solución durante algunas décadas, cuando la distribución de la población permitía sostener económicamente estas actividades y con el apoyo de las familias. Hoy esta situación ha cambiado. Las familias son más pequeñas, cada vez hay más personas que deciden no tener hijos o tener sólo un hijo, por lo que no necesariamente tendrán a alguien que los cuide y los apoye durante su vejez. Los enfoques asistenciales, centrados en modelos hospitalarios de atención aguda, tampoco ofrecerán solución para los millones de personas mayores de edad que habrá en los próximos años, dado que la economía de los países se verá frente a una encrucijada para cubrir el gasto generado por la atención de los mayores y la dependencia. Pensar de forma diferente sobre el envejecimiento y sobre el retiro, incluso sobre la enfermedad y la discapacidad asociadas con el envejecimiento, es una premisa de actualidad insoslayable.

La situación actual en la región nos da una ventana de tiempo, producto del bono o dividendo demográfico, que es este momento actual en que vivimos donde todavía la mayor parte de la población es joven y económicamente activa. Aun cuando hay países con un envejecimiento moderado e incluso avanzado, todavía la mayoría de los países de la región tenemos un período de aproximadamente 15 años para tomar acciones antes de que seamos más adultos mayores que jóvenes. Países asiáticos como Japón tomaron ventaja de esta oportunidad llevando a sus países a un crecimiento sostenido durante varias décadas que les permitiera enfrentar el envejecimiento poblacional con mayores recursos económicos.

Si pensamos como individuos y consideramos que viviremos 20 o 30 años más que nuestros abuelos, ¿en verdad nos vemos descansando esos 30 años? Cuando hablamos con personas de 60 o 70 años, su respuesta es: “Yo no estoy cansado, tengo mucha energía y quiero hacer muchas cosas más en el futuro”, “cuando ya no pueda, entonces consideraré retirarme”. Pensar en adultos mayores como personas discapacitadas, decrépitas, enfermas e inútiles es una visión errónea de la realidad. Todo lo contrario, los adultos mayores son personas fuertes, creativas, trabajadoras, con profesiones o no, pero activas, que tienen años por delante. Tenemos ingenieros, abogados, médicos, arquitectos, maestros, comerciantes, servidores públicos y muchos más, ¿de verdad los imaginamos en un asilo, o en un parque sentados en una banca dando de comer a los pájaros?

¿Qué hay de todas esas personas que siguen trabajando en edades avanzadas? Mi gastroenterólogo, por ejemplo, tiene 69 años y da consulta, da clases, realiza cirugías, tiene un puesto administrativo en la universidad y los fines de semana asiste a conciertos y eventos culturales, además por supuesto de convivir con sus hijos y sus nietos.

¿Deberíamos decirle que se jubile y deje de hacer lo que le apasiona, siendo que entre más experiencia tiene, es mucho mejor médico y mejor persona?

Estas situaciones nos llevan a pensar en el curso de vida que se plantea para el futuro, donde las personas necesitamos cambiar nuestro pensamiento tradicional –estudio, trabajo y me retiro– a un pensamiento nuevo, en donde estudio y trabajo al mismo tiempo, viajo, aprendo, cuido a otros, vuelvo a trabajar y a estudiar en edades avanzadas de la vida.

Un adulto mayor productivo es un adulto mayor integrado y participativo de su comunidad.

Incluso debemos considerar el hecho de aprender durante toda la vida, así como de trabajar hasta edades avanzadas, que ese trabajo sea menos demandante que el trabajo que realizamos mientras somos jóvenes; posiblemente aprendamos y hagamos cosas que siempre quisimos hacer y será el momento de realizarlas. Tener un negocio propio, trabajar medio tiempo, ser consultor para empresas (aprovechando la amplia experiencia que acumulamos durante nuestros años de trabajo). Realizar trabajos en conjunto con los jóvenes, aprovechando su energía y nuestra experiencia para ofrecer productos o servicios que se requieran en el mercado.

Japón es el país más envejecido del mundo en este momento y llama la atención la población de centenarios de Okinawa, por un lado precisamente porque viven 100 años y más, pero por otro lado y, lo que todo el mundo se ha preguntado sobre ellos, ¿qué hacen para llegar a los 100 años en condiciones de excelente salud física y mental? Hay varias actividades que ellos realizan: trabajan toda su vida, la palabra “retiro” no existe en su vocabulario; hacen actividad física todos los días, dado que viven de la agricultura y se transportan en bicicleta todo el tiempo; comen variado, frutas, verduras, carne, pescado, pero lo más importante es que lo hacen moderadamente; tienen un propósito de vida, cada mañana tienen una razón para levantarse y realizar sus actividades, su “para qué” los acompaña todo el tiempo; van en grupos toda su vida, tienen una red de amigos que están ahí para ellos en todo momento; cultivan su espiritualidad, con meditación, religión o con aquello que le haga sentido a cada uno de ellos. La pregunta entonces es: ¿qué de esas actividades podemos tomar y aprovechar? ¿Qué podemos hacer en Latinoamérica para envejecer de forma exitosa? ¿Cómo fomentar un envejecimiento sano, autónomo e independiente en todos los sentidos?

Definitivamente el mundo está cambiando y Latinoamérica, aunque tiene un poco más de tiempo que los países europeos, también va a cambiar y va a envejecer a un ritmo más acelerado cada vez. No esperemos al 2025 o al 2050, cuando ya seamos más viejos que jóvenes, para empezar a pensar qué vamos a hacer para enfrentar estos retos económicos.

Pensemos desde ahora las opciones que se pueden proponer para el futuro.

Pensemos como individuos qué puedo hacer yo para estar bien y llegar sano a edades avanzadas; como familia, qué podemos hacer para planear el futuro y las formas en que vamos a organizarnos para el envejecimiento; como comunidades, qué podemos hacer para construir una comunidad que apoye a todos los integrantes; como universidades, qué acciones o programas podemos ofrecer para promover un envejecimiento exitoso; como gobiernos, qué acciones podemos tomar desde ahora para enfrentar los retos económicos asociados con el envejecimiento de la población; como región, como conjunto de países que compartimos una cultura, qué podemos hacer para apoyarnos unos a otros y crear el futuro que todos queremos para los adultos mayores, que seremos nosotros mismos dentro de poco tiempo.

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Artículos de este número

Federico Pérgola
El anciano del siglo XXI: una mirada antropológica
José R. Jáuregui
Impacto del envejecimiento en el capital de salud
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¿Por qué se envejece? Teorías actuales
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