Regionalización y relaciones trans-nacionales

Regionalización y relaciones trans-nacionales

Por Edmundo Aníbal Heredia

A diferencia de la historiografía nacionalista, los historiadores de los vínculos trans-nacionales ponen su mirada en las regiones, como espacios geográficos que se identifican y distinguen por su naturaleza y presencia humana y que son compartidos por dos o más naciones. Desde esta mirada, es posible detectar, por ejemplo, cómo incidieron los planes imperiales y el contexto internacional en el diseño de centros y límites políticos de América latina.
 
Doctor en Historia. Profesor Titular de la Universidad Nacional de Córdoba e Investigador Principal del CONICET (jubilado). Fue Profesor Visitante en Universidades de Brasil y Chile. Autor de 16 libros y más de un centenar de artículos publicados en la Argentina y naciones extranjeras sobre historia de las relaciones internacionales latinoamericanas.


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1. Hacia una historia de las relaciones trans-nacionales

El estudio de las relaciones internacionales actuales muestra una fuerte inclinación hacia las relaciones políticas, estratégicas y económicas, aunque recientemente hay un notorio incremento por la orientación hacia los desplazamientos poblacionales y por lo que ellos inciden en los otros tipos de relaciones; otros factores considerados son los ambientales y culturales. En general, corresponde formular esta misma apreciación cuando se trata de su historia. Esto resulta más significativo en cuanto se han desarrollado líneas importantes en la investigación en ciencias sociales que aprovechan los avances de otras disciplinas; tal ocurre con los de naturaleza geográfica, como las que se ocupan de las cuestiones geo-históricas, geo-culturales, geo-políticas, cada una de ellas con sus teorías y sus metodologías, y en las que se marca con fuerza decisiva la adherencia del hombre al suelo. A su vez, una rama perteneciente a la geografía, la geografía histórica, aproxima a ambas disciplinas hacia objetivos compartidos. También es necesario considerar que las cuestiones territoriales de las naciones, que necesariamente han necesitado recurrir a los conocimientos geográficos, han sido tratadas desde teorías muchas de ellas originadas en la observación de las situaciones europeas, muy diferentes a las de América latina, lo que hace necesaria la creación de teorías propias o cuidadosamente adaptadas.

Si nos referimos particularmente al Cono Sur parece obvio que lo que predominó en esos estudios hasta el último tercio del siglo XX fue el de las cuestiones territoriales y limítrofes, y ello porque entonces aún el mapa de este sector del mundo deparaba incertidumbres originarias de conflictos; aunque bilaterales o trilaterales, ellos repercutían fuertemente más allá de las naciones protagonistas, como lo prueban casos como el de Perú con Ecuador, o la que mantenían Chile y Argentina por el Canal de Beagle, justamente en un sector sensible a nivel mundial. La historiografía de las naciones latinoamericanas involucradas se ha hecho eco de estas preocupaciones, remontándose a antecedentes tan lejanos como el Tratado de Tordesillas (1494), concertado sobre bases cartográficas y documentales muy inciertas y a territorios en su mayor parte desconocidos entonces. Al comenzar el siglo XXI estas cuestiones han sido en buena parte superadas y, aunque subsisten otras menores, lo cierto es que, justificadamente, la historiografía ha dejado de poner su atención preferente a estos temas, en tanto focaliza esa atención en las cuestiones presentes o presentidas, mirando hacia el futuro.

En razón de estos avances, hoy hay una historia de las relaciones internacionales, una historia de las relaciones inter-regionales y una historia de las relaciones trans-nacionales. Quizá en el futuro debamos reconocer otra rama de estos estudios, que adquiera su propia identidad y en la que reconozcamos el protagonismo de otro actor de las relaciones, al que podemos denominar genéricamente gente, es decir, todas las personas, que a menudo son consideradas más bien como objetos y no como sujetos de las relaciones entre países y entre naciones.

2. La historiografía latinoamericana de los conflictos territoriales

Aquellas disputas por los territorios nacionales tuvieron como corolario que, correlativamente, la historiografía de cada nación se ocupara preferentemente de esos temas; parecía natural que los historiadores no pudieran desprenderse de su sentimiento nacional y, por lo tanto, sus interpretaciones discreparon hasta con vehemencia con las que presentaban los historiadores de los vecinos en conflicto. Antecedentes históricos controvertidos, confusas cartografías y conocimiento parcial de la naturaleza geográfica fueron factores significativos para alimentar estas discrepancias, hasta culminar con la asunción de derechos adquiridos por la fuerza de las armas.

Si se piensa en el caso de los países que fueron colonias de España, los límites administrativos territoriales partieron de un plan de colonización basado en la fundación de ciudades, de puertos y de caminos que facilitaban la comunicación con la metrópoli y con la atención puesta en la explotación de recursos naturales y en las disputas con otras potencias colonialistas europeas. En efecto, en la América colonizada por España las ciudades fueron los orígenes de las organizaciones administrativas dentro de ese plan, con un espacio en su entorno que fue la base de las provincias y de las naciones, las cuales no fueron necesariamente centros de regiones, sino meramente centros administrativos que respondían a aquel plan imperial.

Así, la primera controversia en la historia de la mayoría de estas naciones al iniciar su vida independiente se refirió a su delimitación territorial; el primer acuerdo, aunque provisorio e inestable, fue el de admitir en los tratados los límites que tenían los virreinatos, capitanías generales, audiencias o gobernaciones, según la situación vigente en el momento del inicio de las revoluciones de independencia. Pero las guerras que se sucedieron en la lucha emancipadora ocasionaron desplazamientos militares, traslados de los centros de poder y otras situaciones innovadoras, y ello hizo necesario recomponer los criterios iniciales. Esto parece para muchos “historia antigua”, pero no lo es tanto, porque aún permanecen insuperados algunos conflictos territoriales durante un tiempo dormidos y que reaparecen cuando asumen gobiernos que buscan reavivarlos como manera de reivindicación histórica o para afianzar su poder.

Fue así que, durante decenas de años, sesudos estudiosos se introdujeron en los archivos europeos y preferentemente españoles para buscar los antecedentes de los derechos de su nación en sus controversias con los vecinos, como si la verdad fuese la que determinó la conquista imperial; así nació luego una historiografía nacionalista de gran desarrollo, porque esos mismos buceadores, luego de producir sus informes a las autoridades, elaboraron una profusa bibliografía que hoy cubre un sector importante en los anaqueles de las bibliotecas nacionales.

3. La región y las relaciones trans-nacionales

Dentro de esta vasta gama de la historia de las relaciones entre países y regiones está el de las relaciones trans-nacionales, que se refiere esencialmente aun espacio geográfico habitado comprensivo de un territorio perteneciente a más de una nación, esto es intermedio de la frontera entre naciones, yal que llamamos región trans-nacional.

Para los historiadores de las relaciones trans-nacionales los mapas que concitan su atención son los de las regiones, es decir, espacios geográficos que se identifican y distinguen por su naturaleza y por su presencia humana y que son compartidos por dos o más naciones, por lo que tienen en su mente o en su mesa de trabajo mapas de las regiones junto a mapas superpuestos de las culturas y civilizaciones originarias, de las establecidas en los tiempos coloniales y de las que corresponden a partir de las formaciones nacionales. Si se superponen estos mapas uno sobre otro en transparencias, se tendrá una imagen mucho más compleja pero también más rica de los espacios geográficos y de su profunda incidencia en la historia de estas naciones y de las relaciones entre sí.

Desde esta perspectiva de análisis, hay que tener en cuenta que, así como el nacimiento de las ciudades capitales latinoamericanas fue fijado por sus metrópolis imperiales, esto es, bajo el signo de la dominación colonial, los procesos de urbanización en América latina han sido impulsados también por estímulos externos. Con ser hoy una cuestión propia de la organización interna de los Estados, el fenómeno de la primacía en la jerarquización urbana deviene en una cuestión íntimamente relacionada con la vida internacional. Esa vinculación es explicable en tanto en aquellos planes imperiales predominaron la mejor conexión con la metrópoli europea y la desconexión interna, y esa estructura se mantuvo luego en la vida independiente.
En tanto, la conjugación de la historia con la geografía, con la antropología, con la psicología social, ha dado como síntesis una configuración del espacio que aparece como una recreación que el hombre hace de la naturaleza en función de creencias, de culturas y de necesidades materiales que dan como resultado hechos, imágenes, signos y símbolos que conforman en definitiva la idea de espacio; de ahí la idea de región.

Es evidente que, cuando hablamos de una región, no podemos usar las mismas varas que para medir el espacio territorial de una provincia o de una nación, porque la región suele no tiene límites precisos; así como el territorio perteneciente a una provincia o a una nación es como el agua contenida en un recipiente, la región es como el agua derramada en una superficie espacial, es decir, que el mapa que la representa no es absolutamente preciso, salvo cuando hay decisivos accidentes naturales que así lo imponen. Esto parece indudable cuando hablamos de regiones en las que los elementos naturales son significativos, por ejemplo los ríos, que originan la formación de culturas fluviales; en efecto, los ríos pueden ser determinantes de una región, la misma a un lado y a otro de su cauce, pero en cambio, los poderes políticos se han empeñado en que cumplan el rol de divisorios de naciones, utilizando la línea del cauce más profundo, obrando así no sólo en contra de la naturaleza sino también de la cultura común de sus pobladores.

Así, la superposición del espacio del territorio nacional con el del espacio regional presenta divergencias y, en numerosos casos, es más fuerte que las determinadas por los Estados. Por eso, una etapa importante del proceso intelectivo de regionalización es la comparación, la distinción, la consideración de las compatibilidades y las incompatibilidades existentes entre las dos categorías espaciales. Si tomamos como ejemplo el caso argentino, observamos que hay al menos dos de este tipo, la Circunpuneña, compartida por Chile, Bolivia y Argentina, y la de la Triple Frontera, compartida por Paraguay, Brasil y Argentina, a las que puede agregarse, no obstante la distinta densidad poblacional, el Gran Chaco, que comprende superficies de Argentina, Paraguay y Bolivia. También encontramos esta característica en la frontera de Brasil con Paraguay y Uruguay, en la de Ecuador con Perú y Colombia, etcétera.

Es posible encontrar alguna vinculación con estas antinomias y correspondencias entre Geografía e Historia en el hecho de que Brasil creó su Instituto Geográfico e Histórico ya en 1838, durante el Imperio y formando parte de su política continental, al que se agregaron luego otros similares en varios de sus Estados; en tanto, el Instituto Panamericano de Geografía e Historia fue creado en 1928 dentro del contexto panamericanista liderado por los Estados Unidos, lo que fue una nota más de su vocación hegemónica. No se hablaba entonces de inter-disciplina, pero sí de una especie de sociedad complementaria para entender las cuestiones involucradas en el tiempo y en el espacio que debían enfrentar las naciones americanas para su desarrollo, convivencia y confrontaciones. En esta secuencia cronológica debemos intercalar la creación de la Academia Nacional de la Historia de Argentina en 1893, en un contexto ideológico que menospreciaba su inserción en el contexto latinoamericano y sin aludir a vinculación alguna con la geografía, lo que da lugar a analizar las motivaciones del contraste con las anteriores.

Obviamente, la propuesta es salir de estas categorías en que se encasilla la historia, lo que es necesario para llegar a este concepto de región en su aplicación a las relaciones trans-nacionales. Esta manera de entender la región incorpora la posibilidad de la existencia de hechos y fenómenos recurrentes, de regularidades de ciclos y procesos, de inter-relaciones en las secuencias temporales, tanto sincrónicas como diacrónicas. La incorporación de las relaciones trans-nacionales como una rama de las relaciones internacionales propiamente dichas está indicando que no hay una división entre la historia de una nación y la historia de sus relaciones internacionales en tanto la nación participe de una región trans-nacional, y allí ya puede hablarse del abordaje de un estudio de una historia de sus relaciones internacionales que queda imbricada en la de las relaciones trans-nacionales, para lo cual es necesaria una visión inter-disciplinaria.

Otro aspecto de la regionalización concerniente al conjunto de las naciones latinoamericanas es que muchos de sus espacios han sido objeto de ocupaciones compulsivas, lo que ha dado lugar a concepciones enfrentadas entre sus mismos ocupantes, es decir que estos espacios no han sido consensuados entre los agentes de la ocupación y los habitantes originarios, y en estos casos las regiones han sufrido un violento proceso en su construcción y desarrollo. Esto nos lleva necesariamente a distinguir y a valorar separadamente los espacios ocupados compulsivamente, los espacios vacíos, semivacíos, vaciados.

La inclusión de las regiones trans-nacionales en los estudios de las relaciones internacionales depara otro desafío conceptual, que requiere su propia metodología: identificar y sumar al elenco de los actores a los habitantes de estas regiones. En términos históricos, en los tiempos coloniales y, al estar distantes de los centros urbanos, no merecieron la atención de las autoridades; en la era de la formación de los Estados nacionales pasaron a ser utilizados como objetos de conflictos y enfrentamientos; y tratándose de habitantes originarios, quedaron fuera del control de los Estados hasta el punto de no aparecer en las estadísticas de población.

Estos estudios pueden ir más allá de la estricta erudición científica y constituirse en propuestas que lleguen también a los funcionarios encargados de sostener políticas internacionales coherentes. Con ello, estos ciudadanos se incorporarán al protagonismo de las relaciones internacionales, junto con los Estados, las corporaciones y todo el conjunto de actores de las relaciones internacionales. De este modo, deberemos sumar un nuevo agente (en cuanto actor) de las relaciones internacionales, el de los habitantes de las regiones trans-nacionales. Una combinación adecuada de los factores históricos, étnicos, lingüísticos, económicos, políticos y culturales puede culminar en una concepción inter-disciplinaria en la que el espacio geográfico sea su base material y sus habitantes sean reconocidos como actores de las relaciones internacionales. Es también necesario reconocer que, para algunos de esos espacios así delimitados, la incidencia de cada uno de esos diversos aspectos puede ser más gravitante que otros en la conformación regional.

Como vemos, en el caso de América latina la falta de coincidencias entre un mapa político en que se señalan los límites de las naciones y un mapa regional es evidente. Esta fue casi una regla en la conformación de los territorios nacionales latinoamericanos, y de ahí es que el concepto de región, incorporado al estudio de las relaciones internacionales, nos permitirá obtener un cuadro más completo de esas relaciones en el largo tiempo histórico.

4. Antecedentes precursores y avances actuales

Estos estudios pueden apoyarse en antecedentes precursores de esta vinculación del espacio con la historia. Entre ellos, nos debemos al alemán Oscar Schmieder, que presentó una visión antropogeográfica en su Geografía regional de América del Sur (1932); también Carlos Badía Malagrida, con su libro El factor geográfico en la política sudamericana (1946), quien afirmó que “los pueblos hispanoamericanos viven divorciados de su geografía y es preciso restablecer la concordancia entre su estructura política y su estructura natural”, advertencia que después de más de setenta años sigue teniendo vigencia; el del argentino Federico Daus, entre cuyas obras está su Fisonomía Regional de la República Argentina (1959), que introdujo los factores sociales en la conformación de las regiones, y el del brasileño Milton Santos, en cuyo libro Por una Geografía Nueva (1990) postula los paradigmas de los problemas del mundo globalizado y la necesidad de colocar a la geografía en la inter-disciplina, lo que le ha valido la calificación de filósofo de la geografía. Por supuesto, hay muchos otros nombres, pero los mencionados constituyen pilares en etapas sucesivas de los estudios geográficos.

Aportes actuales muestran que el estudio de las relaciones trans-nacionales en América latina está alcanzando un desarrollo valioso y en crecimiento. Una impresión general de estos trabajos es que, además del análisis que cumple con el rigor científico, son demostrativos de una actitud de compromiso hacia la solución de problemas que se suscitan en estas regiones; esto pone en evidencia que estamos en una etapa en que la visión nacionalista ha sido superada en beneficio de una visión integracionista. En resumen, estamos ante una rama de las relaciones internacionales que se encuentra en pleno desarrollo y que enfrenta una realidad significativa: la de las relaciones trans-nacionales.

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