Posibilidades y límites del proyecto urbano como herramienta de inclusión socioespacial.

Posibilidades y límites del proyecto urbano como herramienta de inclusión socioespacial.

Por Javier Fernández Castro

La deuda de la arquitectura y el urbanismo con la inclusión social comienza a revertirse, en el camino de dar respuestas ante la ausencia de un hábitat integrado e inclusivo. Cómo pasar de las consignas a las acciones.
 
Profesor Titular de Proyecto y Morfología (FADU-UBA). Director del proyecto de urbanización Barrio 31 Carlos Mugica


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En una reciente jornada de intercambio académico, el arquitecto colombiano Pérez Jaramillo, miembro del equipo técnico-político responsable de la elogiable transformación de Medellín, pronunció una provocativa perogrullada: “Ningún político confesará públicamente estar a favor de la exclusión social”. A continuación remató: “…en los cómo, en la pregunta por las políticas y proyectos concretos y específicos, es donde podremos advertir sus verdaderos objetivos e intenciones”.

La arquitectura y el urbanismo como disciplinas tienen desde hace tiempo una importante deuda con las temáticas de inclusión. Las universidades públicas y colegios profesionales, salvo honrosas y porfiadas excepciones, habían abandonado la temática en sus programas, en la investigación y transferencia, en forma simétrica a la ausencia en el propio Estado de políticas sociales integrales que caracterizaron la década anterior. Programas regionales exitosos, nuevas líneas de investigación, y la incipiente generación de nuevos paradigmas e imaginarios formales de intervención, han comenzado a revertir este panorama.

Intentaremos resumir aquí estos nuevos posicionamientos que implican la redefinición del proyecto urbano como una herramienta en el abordaje integral de la pobreza, asumiendo el desafío planteado por el amigo colombiano.

Una noción inclusiva del proyecto

Todo proyecto que intente transformar las condiciones socioespaciales del contexto puede entenderse como un proyecto urbano. Esto implica el manejo y ponderación consciente de sus distintas escalas de influencia. Hace ya demasiados años que la profesión viene hablando del “derecho a la ciudad”. Es hora de pasar de las consignas a las acciones, asumiendo las categorías y productos de lo urbano en su total complejidad y sinergia. Debemos, si es que pretendemos realmente reconstruir la capacidad política técnica del Estado, cualificar sus acciones sumando nuevas formas al número. Si en un principio las políticas sociales de contención post crisis sólo exploraron la generación de empleo, las políticas de desarrollo y consolidación de un modelo virtuoso deben sumar el generar ciudad.

Trabajo y ciudad no son ni deben ser leídos jamás como elementos antagónicos, muy por el contrario. Debemos salir de la disyuntiva cualitativo-cuantitativo como adjetivos excluyentes. Cada intervención en el hábitat popular es una oportunidad de cualificar y cuantificar a la vez el territorio. En este sentido la problemática debe dejar de ser vista como un déficit particular al que se responde con indicadores ad hoc para abordarse integralmente en el concepto de hábitat. No es sólo carencia de vivienda a la que se responde con construcción de habitaciones aisladas, falta de infraestructuras a la que se responde con programas de mejoramiento, ausencia de espacio público a la que se responde construyendo escenarios, y así podríamos seguir especificando todas y cada una de las componentes focalizadas en que se fragmentan las políticas tradicionales. Es la ausencia de un hábitat integrado e inclusivo lo que se nos está demandando solucionar, para lo cual la variable no es el tema aislado sino el territorio complejo como objeto de acciones provenientes de diversas referencias.

La exclusión socioespacial tiene múltiples manifestaciones. Las políticas tradicionales suelen atender sólo las ostensibles. La villa, diferencia evidente, imagen contrastante, suele acaparar las acciones. En cambio casas tomadas, tejidos requirentes de reconversión, hiperconjuntos degradados, inquilinatos, centros tugurizados, parecieran ser invisibles. Quizás exista sobre ellos el prejuicio de contar al menos con una envolvente formal, que disimula sus carencias y tranquiliza conciencias inactivas. En este olvido se encierra también la focalización territorial de las acciones en las periferias y sus respuestas formales asociadas. Centros y barrios contienen también manifestaciones de pobreza que deben ser contempladas y abordadas en su especificidad.

El “privilegio” de las actuaciones sobre entornos periféricos ha dado como resultado la extensión como política urbana. Para los pobres la periferia, la lejanía, la inconexión, donde la solución habitacional no contempla ya no la sustentabilidad productiva sino tampoco las condiciones mínimas de accesibilidad. En nombre de la buena conciencia, del retorno a los tipos populares, del acceso a la tierra como discursos simulados de inclusión, se puede también enmascarar la expulsión de los pobres de la ciudad, extendiendo infraestructuras y locaciones al infinito. La densidad debe volver a ser tema del proyecto. Debemos recuperar, apropiar y actualizar la enseñanza de aquellos ejemplos paradigmáticos que supieron manejar escalas mayores y proponer nuevas alternativas viables.

¿Un Plan Fénix urbano?

Como nos advertía nuestro amigo colombiano, la política se manifiesta no sólo en consignas o discursos sino en acciones concretas. Como profesionales debemos contribuir recuperando una militancia específica en donde los “cómo” sean parte del discurso, donde se expliciten prefiguraciones configuradas y cuantificadas, para saber qué hacer en cada caso gracias a tener un proyecto para cada caso.

Quizá los estudiosos de la ciudad nos estemos debiendo un Plan Fénix urbano, imitando el buen ejemplo de nuestros amigos economistas. Para ello será necesario revisar como ellos ciertos discursos únicos, aquellas hipótesis tradicionales de supuesta validez universal.

El proyecto urbano en contextos de abundancia suele entenderse como un instrumento adecuado para el desarrollo inmobiliario de “áreas de oportunidad” o para el “embellecimiento” del espacio público. Sin embargo, cuando las solicitaciones son más fundantes y esenciales, la repetida frivolización de la herramienta no debe impedirnos volver sobre ella para redefinirla. Lejos de abandonarla, se trata de reconsiderarla para otros objetivos en otros entornos.

Algunas extremistas dirán que se trata de otra cosa, de otros saberes, que la idea de proyecto urbano está definitivamente asociada a villas olímpicas, peatonalizaciones de centros históricos, o nuevas centralidades de especulación.

Preferimos hablar de otros modos de ejercicio, no de otro ejercicio. La digresión no es menor. Hablar de otro saber es cristalizar la idea de que existe un proyecto para ricos y para los pobres debe existir otra cosa. En otras palabras que “la Disciplina”, la original y con mayúscula, atiende y atenderá sólo los recortes de hábitat que le son amables, dejando la carencia librada a la suerte de los voluntarismos y las transgresiones.

En contextos donde la supuesta excepción, en nuestro caso la pobreza, adquiere dimensión de regla o al menos de aspecto constitutivo, nuevos discursos deben abrir paso a diversas modalidades de ejercicio profesional, en consecuencia directa de diversos modos de producción y ocupación del espacio.

Algunas recomendaciones arquitectónicas

1. Inserción urbana. Si los proyectos de inclusión socioespacial han sido hasta ahora considerados como garantes necesarios del continuo urbano, favoreciendo estrategias de extensión uniforme del tejido, se debe pasar a potenciarlos como catalizadores de reconversión, esto es como oportunidades de cualificación urbana. La decisión proyectual entre lo igual y lo distintivo debe posibilitar nuevos equilibrios de la estructura capaces de establecer rasgos de continuidad y a la vez de distinción, cualificando los entornos. Cada proyecto es una oportunidad no sólo de paliar un déficit cuantitativo, sino también de cualificar un recorte de la estructura urbana.

2. Integralidad situacional. La inclusión excede con creces el acceso a la vivienda propiamente dicha. La necesaria articulación de las diversas condiciones urbanas en el proyecto debe sumar a la habitación, referencia en los espacios y equipamientos públicos, flujo en el trazado de sus calles y accesibilidad del transporte; intercambio en la direccionalidad de redes materiales y virtuales, y deslinde en afianzamiento distintivo de identidades. La vivienda es una componente necesaria, sustancial, pero no suficiente. La incorporación de componentes productivas, en donde otras ramas del diseño pueden converger en la cualificación de las economías populares preexistentes, es una situación mucha veces declamada pero poco explorada aún.

3. Modalidad productiva. La imagen construida desde el Estado debe escapar a la tentación de la repetición y la convencionalidad, incorporando materiales proyectuales provenientes de diversos modos productivos. La verdadera inclusión está dada por la disponibilidad de las mismas infraestructuras, lenguajes y tecnologías de la ciudad “oficial” o “formal”. Este es un mandato que viene de la historia y solemos olvidar, detrás de malas lecturas de la modernidad o de pretendidas adecuaciones a las identidades populares, erróneamente entendidas como esencias perdidas antes que como construcciones permanentes de sentido.

4. Mixtura tipológica. La consistencia del proyecto debe lograrse a partir de componentes diversas, en construcción de un orden complejo. La segura diversidad de solicitaciones del entorno, la necesidad de dotar de espacios diferenciados a condiciones diversas, o aun en la dimensión exclusiva de la vivienda el reconocimiento de programas mixtos y grupos habitantes variados, da como resultado una necesaria mixtura de tipos. Esto no implica la ausencia de ideas o concepciones totalizadoras en el proyecto, su disolución en una mera superposición de distintos. La única posibilidad de orden no es la repetición de componentes uniformes, muy por el contrario debemos ser capaces de establecer sistemáticas generales a partir de unidades distintivas.

5. Apropiación de tecnologías. Los proyectos de inclusión socioespacial no pueden estar jugados exclusivamente al seguimiento de tecnologías tradicionales. Si bien esta es la concepción generalizada fundada en la expansión de la mano de obra no calificada, precisamente en este punto es necesaria su discusión. El proyecto puede desde su concepción material alentar la creación de mano de obra calificada en la materialización de componentes más sofisticados, permitiendo a la vez la contemporaneidad del proyecto y una mayor sustentabilidad en el tiempo del empleo. Sólo así será posible romper el circuito de trabajadores de la pobreza calificados a resolver sólo situaciones de pobreza. La tecnología, su acceso y disponibilidad es también un instrumento de inclusión.

6. Densidad y consistencia. Deben revisarse profundamente los parámetros de densidad tradicionales. Es necesario redefinir relaciones óptimas entre suelo, infraestructuras y arquitecturas, a fin de poder intervenir en las diversas modalidades de inserción que se nos plantean. Ya hemos advertido acerca de la baja densidad en extensión entendida como única solución posible.

Releer críticamente los mejores ejemplos de la densidad moderna, entender que no se puede abordar temáticas de pobreza en los centros con soluciones rururbanas, o peor aún no condenarlas a la expatriación en los suburbios rompiendo prácticas y lazos sociales preexistentes, debiera alentar reintroducir soluciones de densidad media y alta, libres de prejuicios.

7. Diversidad habitativa. La necesaria dotación de espacios capaces de recibir solicitaciones múltiples, siempre superadoras de las previsiones más ambiciosas, precisa de manifestaciones espaciales coherentemente múltiples.

La especificación tradicional donde a cada ámbito prefigurado corresponde una práctica específica, debe ceder ante la concreta posibilidad de su modificación en el tiempo o la aparición de nuevas solicitaciones de uso. En este sentido las prefiguraciones deben pensar en ámbitos y programas heterogéneos, inespecíficos y variables; capaces de absorber la inexorable mutación de las condiciones originalmente previstas.

8. Programa multiescalar. Diversos trabajos aluden a contemplar escalas de estudio macro, mezzo y micro. Otra dimensión escalar es la dialéctica público-privado. Preferimos compartir con François Ascher sus categorías de circunstancias mayores de la vida metapolitana: estar en mí, en medio de otros, entre nosotros. Traducidos literalmente a términos espaciales los proyectos debieran asumir la necesidad de organizar y disponer espacios individuales, grupales y colectivos. Nuevamente se plantea superar el mero programa habitativo. La inclusión espacial debe plantear espacios de sociabilidad para las identidades grupales de cercanía y para las generales totalizantes.

9. Componentes articulatorios. El concepto de articulación puede traducirse física y concretamente en la definición de componentes públicas que sirvan de nexo con el entorno. La disposición del equipamiento no sólo debe estar pensada para la satisfacción del propio proyecto, sino también y sustancialmente para su área de influencia. La articulación pasa así de ser una categoría teórica a ser concreción. Los “bordes” del proyecto no son meros límites sino espacios de pliegue y fusión con el entorno donde la disposición de programas “en medio de otros” y “entre nosotros” potencie su influencia. La articulación resulta entonces un programa de intersección, perteneciente y adjudicado tanto al propio proyecto como al entorno inmediato o mediato.

Evocaciones y proyecciones

La realización de todo proyecto es en definitiva la voluntad de resignificación de un espacio urbano. Todo significado es una convención social, y por lo tanto implica evocación de sentidos preexistentes y proyección de sentidos nuevos en permanente construcción.

El proyectar, al leer las preexistencias como material condicionante y posibilitante de sus desarrollos, no debe hacerlo sólo desde sus dimensiones físicas sino también desde sus dimensiones significantes. La operatoria de resignificación no puede pretender establecer una nueva codificación social de la nada. Sus futuros reconocimiento y posibilidades de apropiación se juegan en buena medida en su capacidad de apoyarse en, de partir de, sentidos preexistentes.

En toda ecuación proyectual hay elementos constantes, preexistencias que deben ser evaluadas para su continuidad. Se trata de los rasgos que el proyecto debe hacer suyos, los sentidos permanentes, aun en contextos donde desde una mirada superficial y apriorística nada parezca digno de ser recuperado. La construcción de memoria implica acciones de selección e intencionalidad. Del conjunto de lo preexistente se debe deslindar, en función de lineamientos proyectuales y objetivos de la investigación, lo memorable de lo descartable, sean estos tanto evidentes elementos físicos como velados sentidos presentes en el hábitat.

No todo lo leído es esencial al proyecto. No se trata de tomar infinitas muestras y variables en términos científicos, se trata de ponderar variables y constantes en función de la construcción de un nuevo escenario. En este sentido son contextos significantes del proyecto no sólo los derivados de su propia espacialidad sino también los estados de la cuestión, los antecedentes temáticos, las referencias externas capaces de aportar elementos replicables. Adjetivos utilizados en discursos pasados para los proyectos de “interés social”, tales como barato, digno, experimental, flexible, etc., pertenecen a sistemas de pensamiento que en algún momento fueron entendidos como vigentes, aportando una casuística de ejemplos memorables y descartables. El proyecto debe en lo posible manejar e incluir conscientemente estos mecanismos para pretender un mayor grado de apropiación.

En la raíz de la palabra proyectar está el arrojar adelante. La evocación implica desde dónde arrojamos. Pero el proyecto tiene como destino instalar en el mundo un nuevo sistema de equilibrios. Entonces cobran también pertinencia los significados pendientes, los sentidos a proponer y construir. Nuevos paradigmas formales capaces de albergar nuevas prácticas sociales, imágenes contemporáneas que fundadas en sentidos pasados no los cristalicen sino que los proyecten y redefinan. La aparición de nuevos objetos y sujetos implica la necesaria incorporación de variables a las viejas constantes, la definición de nuevas arquitecturas. Si se nos permite el exabrupto, la construcción de una nueva modernidad, pero esta vez pertinente, avisada de sus consecuencias y posibilidades, alejada tanto de mesianismos como de conformismos.

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Artículos de este número

Andrea Catenazzi
La planificación urbana en cuestión
Tomás Bontempo y Silvia Bossini Pithod
Rol del Estado, inversión pública e inclusión social
Sebastián Tedeschi
Cuatro claves en políticas de hábitat desde la perspectiva de los derechos humanos
María Laura Rey
Hacia una política de inclusión
Maria Cristina Cravino
El ciclo de las villas y el mercado inmobiliario informal
Nora Prudkin, Cristina Cataldo y María Teresa Heras
Un enfoque desde el Estado para el desarrollo sustentable
Javier Fernández Castro
Posibilidades y límites del proyecto urbano como herramienta de inclusión socioespacial.
Florencia Almansi
La vulnerabilidad ambiental y la normativa urbana
Daniel Galizzi
Gestión de las políticas de hábitat informal y capacidades de generación de nuevas reglas de juego
Andrea Castaño y José Rocha
La lucha por la tierra en el proyecto popular
Néstor Jeifetz y María Carla Rodríguez
Producción autogestionaria del hábitat

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