Poemas comentados a partir de vivencias en la India

Poemas comentados a partir de vivencias en la India

Por Juan José Santander

El autor, ex representante diplomåtico en la India, nos muestra y explica el origen de algunos de los sonetos inspirados en su experiencia en aquel país. Las escenas descriptas, algunas soñadas y algunas vividas, se nos revelan en un conjunto de versos, dejando al descubierto las expectativas, los sueños y los deseos.
 
Ex diplomĂĄtico entre 1973 y 2012 en las embajadas de Siria, TĂșnez, Venezuela, Singapur, Egipto, Marruecos e India. Miembro del ComitĂ© de Estudios de África y Medio Oriente del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI).


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Esta selección de poemas obedece mås a la amistad que a otros motivos. En efecto, es por el interés de conocidos indios en mi poesía que, al no hablar mi lengua, emprendí para ellos la tarea de traducir algunos de entre los muchos versos que la India ha provocado en mí. Sentí que debía intentar acercårselos, como tributo a su pertenencia a este suelo. Los comentarios refieren a las circunstancias que rodearon el surgimiento del poema.

I

Comienzo por un soneto que tiene su curiosa historia.

A mediados de 2008, bastante antes de que me ofrecieran venir a la embajada en la India, recibĂ­ en Buenos Aires un correo electrĂłnico que concluĂ­a con esos consejos o apercibimientos, mĂĄs bien, que se atribuyen a Gandhi, aunque hasta ahora no he conseguido que nadie aquĂ­ me confirme su autorĂ­a ni los he encontrado en las colecciones que recogen pensamientos suyos.

Su contenido y su sabidurĂ­a me impresionaron tanto que decidĂ­ componer un soneto que los reflejara y enmarcara, como quien fabrica una preciosa caja con los mejores materiales de que dispone y el mayor arte de que es capaz, para guardar una joya a la que estima sin duda mucho mĂĄs valiosa que la caja misma.

Como ven, empiezo con un poema no escrito en la India, como sĂ­ lo son todos los otros, sino en la Argentina. Y mucho antes de que Bharat me tendiera al llegar sus manos amistosas.

Es decir que, ya de entrada, no cumplo con lo prometido; quizĂĄ porque, como suele suceder con la poesĂ­a, señalo en una direcciĂłn pero aludo a algo que no estĂĄ, o ya no estĂĄ o no estĂĄ ahĂ­ ahora, en un escamoteo de ideas e imĂĄgenes que se superponen o se suceden como acordes de mĂșsica. Y al fondo, si se lo ha logrado, trasluce la verdad.

TambiĂ©n es porque, para mĂ­, que creo que la poesĂ­a transforma la realidad desde el momento en que es compuesta, aunque nadie la lea o escuche mĂĄs que su autor –él mismo para mĂ­ sĂłlo voz o instrumento–, el meterme yo en ese pensamiento de Gandhi Ji y a su vez meter tambiĂ©n ese pensamiento en la caja que me hice para Ă©l, fue, mĂĄs que las Ăłrdenes burocrĂĄticas que formalmente asĂ­ lo dispusieron, lo que me trajo aquĂ­.
Como ven, empiezo por una realidad que, a mi entender, aunque parezca estar solo en las palabras, es la realidad en virtud de la cual funciona la que percibimos como apariencia.

Los consejos del Mahatma parten precisamente de nuestros pensamientos para conducirnos, por un camino de consecuencias no fatales sino –y precisamente por ello, mucho más peligrosas– voluntarias.

Por lo demås, y aunque quizå me esté metiendo en camisa de once varas, siento que esa sucesión de idea, palabra, acción, håbito, destino concatenados implica una noción de libertad de elecciones en la vida de la persona que resulta de una originalidad radical en el conjunto del pensamiento antropológico de los países orientales.

En 2010, unos dos años después de haberlo escrito en castellano, me propuse lograr una versión inglesa del soneto, pero respetando la forma, cosa que no me ha preocupado tan minuciosamente en las versiones de los otros, cuya traducción ha sido, como dije, mås bien un esfuerzo para poder brindar a los amigos que no conocen nuestra lengua, el contenido de estos versos.

En este caso, tratĂ© de que en inglĂ©s fuera tambiĂ©n un soneto, como homenaje a su inspirador y en el mismo ĂĄnimo artesano de quien construye esa preciosa caja de la que hablaba, pensando guardar en ella algo aĂșn mĂĄs precioso.

DIJO EL MAHATMA

Cuidado con aquello que has pensado:
se harĂĄ palabra cada pensamiento
y esa que sostuviste con tu aliento
acto serĂĄ cuando la has pronunciado.

Considera tus actos con cuidado:
darĂĄn a tus costumbres fundamento
y las costumbres, de uno en otro intento,
tu carĂĄcter habrĂĄn asĂ­ forjado.

Ese carĂĄcter ha de formar tu hado:
lo que hiciste de lo que te fue dado,
fĂłrmula reiterada y conocida.

Es tu destino: la guĂ­a y el sustento
en que se orienta y cobra su alimento
por travesĂ­as del tiempo, tu vida.

II

Una de las primeras experiencias que tuvimos mi esposa y yo al poco de llegar a India fue un espectĂĄculo de danzas; moyhianatam en ese caso.
AsĂ­ me fui introduciendo poco a poco en la multiplicidad y variedad de estilos en la danza india.

No era mi primer encuentro: estando en Singapur tuve el privilegio de ver a un bailarĂ­n de kathakali, que representaba el incendio del palacio de Ravanna en Lanka, tras el rescate de Sita por Rama, solos Ă©l y su danza sobre el escenario. Y todo estaba ahĂ­, en sus movimientos: el fuego, la desesperaciĂłn del Rey Demonio, la destrucciĂłn del edificio.

Luego, poco a poco, asistĂ­ a representaciones en otros estilos, y –aun a riesgo de hablar de lo que desconozco, aunque no puedo menos que sentir, estando vivo– percibo en el kathak un vĂ­nculo, probablemente de origen, con el baile flamenco. O son los ĂĄrabes –o, mĂĄs ampliamente, los musulmanes– quienes lo establecieron a travĂ©s de los lazos culturales que promovieron del AtlĂĄntico a Filipinas.

Pero este tipo de danza, al que he dedicado estas lĂ­neas, me impresionĂł por la repeticiĂłn de sĂ­labas –o asĂ­ lo percibí– que el cantor entona casi sin acompañamiento instrumental, quizĂĄ con alguna esporĂĄdica intervenciĂłn o contrapunto de la tabla –a la que tambiĂ©n dediquĂ© un soneto que no entra en esta selecciĂłn–, y tambiĂ©n ciertos momentos en que quien danza suspende su movimiento en una pausa, a veces en una posiciĂłn sumamente difĂ­cil de mantener en equilibrio, y retoma su baile luego con toda naturalidad, como si estuviera caminando a sus anchas por un jardĂ­n. Todo dentro de una coreografĂ­a que se ve muy estricta, ademĂĄs de compleja.

Por lo demås, todo el esplendor del vestuario resulta, en su exageración misma, parte de la expresión, en lugar de ser rémora, como suele suceder en las formas de danza mås comunes en Occidente, donde los agregados suelen entorpecer en lugar de acentuar la expresión de quien baila.

A la vez, y no puedo evitar el paralelo, ese esplendor evoca en mí el de los saris de las mujeres que he visto trabajar en obras en construcción, que, a pesar del polvo de la obra y de la evidentísima pobreza, suelen ser los mås vistosos en diseños y colores que he visto en India. A esta impresión también me referí en otro soneto, casi al llegar, también ausente de esta selección.

Lo menciono porque es parte de las vivencias que seguirĂĄn conmigo cuando me haya ido.

El movimiento de la danza, además, es para mí una imagen bifronte: por un lado mira al cuerpo –lo más vivo y material– que la interpreta y pone en el mundo; por el otro, con todas sus convenciones y reglas, coreográficas y de vestuario, muestra a una sociedad tradicionalmente estructurada sobre bases fundamentalmente espirituales en tanto que religiosas.

El final en suspenso del soneto apunta a todo aquello que se percibe como imperceptible, pero que se sabe que estĂĄ ahĂ­. Se siente.

DANZA BHARATNATYAM

Bate tambor susurra sistro
planta paso talĂłn giro piso punta
extĂĄtica quietud que se barrunta
latido con que el corazĂłn atruena

perlada de sudor toda la escena
de la piel brilla al oro que trasunta
la luz artificial y toda junta
reverberante en sĂ­labas estrena

el mundo repitiéndose bailando
a tientas requeterrepetido lo intenta
su ser hacer cascabeles menudos

que animan los tobillos los desnudos
brazos ajorcas y la impedimenta
de tocado y collares... eso, cuando...

III

Jayurao fue, después de Agra, nuestra primera visita en la India.

Desde chico, había en mi casa una colección de libros de mi abuelo materno, español de León y anarquista, casi todos del siglo XIX, que incluía algunos sobre India.

En uno de ellos habĂ­a ilustraciones –grabados, creo– que mostraban las esculturas de los templos que ilustran las enseñanzas, mĂĄs conocidas en el mundo, del Kama Sutra y el Ananga Ranga, libros que en mi adolescencia leerĂ­a ĂĄvidamente, sin que me hicieran falta ilustraciones.

Con nueve o diez años, calculo, me deleitaba en las imĂĄgenes. Sin necesidad de secreto, porque toda la familia aprobaba y elogiaba mi aficiĂłn e interĂ©s por la lectura y el conocimiento. Y yo, aun tan pequeño, recuerdo haber apreciado –y aprovechado– la ironĂ­a.

Por lo demás, la presencia de Juan Gelman en Delhi, y su elección como visita de Jayurao, me confirmaron en mi deseo –ancestral, casi, por mi abuelo y por mi infancia– de conocer esos templos.

He hecho la visita una segunda vez, y en esa tuve un guĂ­a muy preparado, que me explicĂł los niveles espirituales que los templos implican en su arquitectura.
A pesar de lo cual no pude contenerme –tal vez herĂ©tico por naturaleza– de señalarle que, mĂĄs allĂĄ de los propĂłsitos de liberaciĂłn espiritual que el acto sexual implicara, las parejas o grupos que lo realizaban parecĂ­an disfrutarlo tal y como lo harĂ­amos hoy dĂ­a.
En la primera, en cambio, era un negociante del lugar, que nos acompañó sin grandes aspavientos, porque se suponĂ­a que no estaba ahĂ­ como guĂ­a, pero que nos hizo presenciar la ceremonia a la caĂ­da del sol en honor a Shiwa, en el Ășnico templo que permanece consagrado al culto, junto al recinto de los que se visitan.

AdemĂĄs, como dato singular, nos dijo que es dalit, y que de su familia es el Ășnico que ha llegado a una posiciĂłn expectante, tanto por su negocio de antigĂŒedades como por su condiciĂłn de guĂ­a registrado.

Esa primera vez, a finales de mayo de 2009, los templos estaban llenos de ardillas, que son las inspiradoras de este soneto, junto con la efigie de esa belleza milenaria rodeada de efĂ­meros jazmines.

LA ARDILLA EN JAYURAO

Mientras la historia de una dinastĂ­a
desarrollaba sus momentos vanos,
en recesos del tiempo, en sus rellanos,
la ardilla aquel sustento perseguĂ­a

que permitiera alimentar su crĂ­a...
Toda la maravilla de sus manos
el escultor volcaba en cuerpos sanos,
que bañan luces donde amor dormía.

Todas las posiciones y placeres
que un cuerpo a otro pueda dar, privado
de sĂ­ en su espejo, de sudor perlado,

la piel lenguaje a lo desconocido,
divino en ella y divinos los seres
que a través de sus velos ha transido.

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