Lucy, una joven inesperada

Lucy, una joven inesperada

Por Eva Giberti

Los y las jĂłvenes participan de mĂșltiples vidas ciudadanas, entre las cuales hay que incluir tambiĂ©n la de convivientes de una familia. Es en este ĂĄmbito, en el familiar, donde suelen tener lugar dos de los principales rasgos problemĂĄticos de esta etapa de la vida, la sexualidad y la violencia, fenĂłmenos en los cuales las mujeres llevan la peor parte. A continuaciĂłn, algunos datos para tener presentes.
 
Asistente social (UBA). Licenciada en PsicologĂ­a (UBA). Doctora Honoris Causa en PsicologĂ­a por la Universidad Nacional de Rosario y por la Universidad AutĂłnoma de Entre RĂ­os. Coordina el Programa las VĂ­ctimas contra las Violencias (Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la NaciĂłn)


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Si se trata de edades, los jóvenes conviven en el mundo junto con los viejos y las viejas, con las niñas y los niños, con quienes estån por nacer y con las personas no humanas como nuestra orangutana Sandra y sus semejantes. El decir popular y las disciplinas técnicas nuclean por edades a las poblaciones con la pretensión de ordenar las diferencias etarias, como un indicador que ayude a pensar. Si clasificamos por edades resultarå mås fåcil entender a las personas porque se supone que, concentradas, el transcurrir de los años acumularå experiencias semejantes. Los jóvenes de veinte años se parecerån entre sí y diferirån entonces de quienes tengan treinta. Pero sabemos que hablar de juventud con criterio etario es insuficiente porque elude el contexto.

Si se trata de “los jóvenes” imaginándolos en vertiginosa juventud con destellos de futuro se espera que iluminen nuestros horizontes como garantía de promesas bellas y triunfantes. Como un termómetro en espera de la temperatura se privilegió para los jóvenes el estatuto de la “moratoria social”, había que esperarlos hasta que llegasen a la adultez.

Los jĂłvenes, por su parte, son varones, mujeres, personas LGTTBI, sujetos que pueden participar de las mĂșltiples vidas ciudadanas. Forman parte de esa estratificaciĂłn etaria donde se los cobija; hablamos de ellos porque amamos ser “los mayores”, nos entusiasma lo distinto que ellos introducen asĂ­ como se nostalgia lo perdido y se anhela lo inalcanzable.

Los jĂłvenes arrastran consigo las mĂșltiples ilusiones de aquellxs que consideran “los otros”, es decir, nosotrxs. Las ilusiones, cuando de jĂłvenes se trata, reclaman una revisiĂłn y quizĂĄs una transformaciĂłn, ya que fĂĄcilmente quedamos entrampados en la marca de la ilusiĂłn y las creencias que regulan las opiniones acerca de ellos; ilusiones y creencias que desfiguran el futuro al pretender anticiparlo mediante la soleada y luminosa figura de “los jĂłvenes” que mejorarĂ­an todo aquello que, en el mundo, incumplimos o amputamos.

El psicoanálisis nos apunta la idea de reducir la ilusión, soltarnos de la atadura y las creencias, particularmente de aquellas que nos conducen a confiar en quienes creemos ser; reducción que nos advierte los riesgos que acechan nuestras conciencias y nos conducen a proyectar en “los jóvenes” las esperanzas de aquello que se denomina un mundo mejor. Sin encaramarse ni sumergirse en ilusiones que otros deberían protagonizar.

Vemos a los jóvenes como personas distintas si las comparamos con nosotrxs, pero recordamos que caminåbamos igual que ellos, nos engañåbamos como ellos, tal vez soñåbamos como algunos de ellos; la existencia de la juventud es un fenómeno existencial previsto que necesitamos recortar y anudar como espacio propio de nuestra historia personal.

En la Argentina tenemos jóvenes con historia social propia, algunos porque inauguraron su derecho al voto a los 16 años y otros porque construyeron su identidad como H.I.J.O.S.: varones y mujeres.
Pero las mujeres en particular pueden ser iniciadas en una maternidad –deseada a veces pero tambiĂ©n reiteradamente violadas por familiares y conocidos– que ilustra el rubro “embarazo adolescente”, que se extiende entre los 10 y los 24 años. Cifras que comparten con otras jĂłvenes de AmĂ©rica latina. Dato señero que alerta frente al rubro “los jĂłvenes”: imposible hablar de ellos con lenguaje masculino “normalizado” por la norma genĂ©rica del patriarcado: son los jĂłvenes y las jĂłvenes.

Este es el primer alerta que estimo imprescindible: el atravesamiento que los gĂ©neros imponen. El arrastre semĂĄntico desemboca en el masculino cuando se menciona a “los” jĂłvenes que comparten el fundamentalismo que la idea de “niño” anticipara. El niño involucra a niños y niñas, pero la niña se mantiene oculta y silenciada en el masculino que, en diccionarios sĂłlo recientemente corregidos definĂ­a a la niña como el femenino de niño. Como si no se tratase de otra persona con perfiles identitarios propios.

La ausencia de las jĂłvenes en los discursos que normativizan el lenguaje compromete el ĂĄrea del cuerpo de las mujeres jĂłvenes: no sĂłlo los embarazos indeseados, tambiĂ©n el universo de aquellas que el crimen organizado selecciona para la trata de personas, prioritariamente mujeres jĂłvenes, las jĂłvenes que son embutidas y opacadas en “los jĂłvenes”. El disciplinamiento de los cuerpos de las mujeres en general, mediante las diversas prĂĄcticas que los patriarcados histĂłricos instituyeron, alcanza su acmĂ© en esta etapa de la vida.

MĂĄs allĂĄ de la victimizaciĂłn que embarazos y trata de personas significan, se torna ostensible la colonizaciĂłn de las jĂłvenes mediante la imposiciĂłn de cuerpos anorĂ©xicos o arremetidos por flacuras esmirriadas, ajenos a las formas placenteras de los mĂșltiples disfrutes libidinales.
En cambio, y como complemento venturoso que desata las alternativas corporales, del reconocimiento de las diversas sexualidades surgiĂł la autorizaciĂłn para los amores lĂ©sbicos silenciados, ocultados durante dĂ©cadas y que las jĂłvenes no titubean –aunque no todas– en instituir como derechos. A la par con los jĂłvenes homosexuales que irrumpieron desbaratando los cĂĄnones de las organizaciones familiares ordenadas tradicionalmente. Entre los desĂłrdenes que jĂłvenes mujeres y jĂłvenes varones impulsaron durante estas Ășltimas dĂ©cadas, la mostraciĂłn de sexualidades diversas ganĂł espacios que mantienen inquietas a las familias doloridas por cambios que sienten como arrasadores.

Situaciones que las juventudes –no todas– viven como triunfos y que se acompañan con cifras que estremecen y que no necesariamente se aportan como manera de conocer el mundo de los jĂłvenes. Desde el año 2006 el Programa “Las VĂ­ctimas contra las Violencias”, dependiente del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la NaciĂłn, que coordino, se ocupĂł de realizar estadĂ­sticas referidas a violencia familiar en ciudad de Buenos Aires. ÂżQuĂ© encontramos cuando rastreamos a “los jĂłvenes”? Selecciono datos obtenidos desde septiembre 2008 a septiembre 2015.

En el rango de vĂ­ctimas de 16 a 29 años, un total de 4.532, de las cuales 3.894 son mujeres y 638 varones, datos resultantes de las intervenciones en domicilio que realizan nuestros equipos despuĂ©s de un llamado al nĂșmero telefĂłnico 137 solicitando un mĂłvil que transporte profesionales y un policĂ­a para intervenir en terreno, en la escena misma de la violencia. Sin desagregar los detalles ni los tipos de violencia, estos nĂșmeros quieren decir que cualquiera de ellos y de ellas ha padecido golpizas de diferente envergadura, han necesitado intervenciones hospitalarias, han atravesado perĂ­odos de negligencia alimentaria y descuidos graves en la atenciĂłn de su salud, conjuntamente con carencias econĂłmicas de distinta Ă­ndole. Es notorio el porcentaje mayor de vĂ­ctimas mujeres entre los y las jĂłvenes.

Y si buscamos las proporciones de jĂłvenes agresores localizados por nuestros equipos, encontramos 5.331 agresores/as en la siguiente proporciĂłn: 4.995 agresiones provenientes de varones y 336 actuadas por jĂłvenes mujeres. Estos agresores y agresoras incluyen violencia contra sus madres y padres, si bien los jĂłvenes agresores varones distribuyen sus violencias preferentemente contra mujeres, segĂșn el modelo clĂĄsico (resultarĂ­a extenso desagregar detalles referidos a vĂ­nculos entre vĂ­ctimas y victimarios y otros datos aclaratorios).

Entonces, para hablar de los y las jóvenes corresponde incluir también sus avatares como convivientes de una familia. En el universo de las violencias domésticas son protagonistas sin necesidad de alcanzar la madurez.

No es menor la estadística que obtenemos cuando nos ocupamos de violencias sexuales que incluyen violaciones, abusos, exhibicionismo, y distintas pråcticas. Si selecciono víctimas de 16 a 24 años en el período que se extiende desde el año 2010 hasta el año 2014 encontramos 3.884 víctimas mujeres jóvenes, 152 varones y una persona transgénero en Ciudad de Buenos Aires. Los agresores, también entre los 16 hasta 24 años, ascienden a 872, de los cuales 846 son varones y 26 mujeres jóvenes.

La tendencia se reitera: las víctimas prioritarias son las mujeres jóvenes. Es decir, en el panorama de las violencias y las violaciones de los derechos humanos generalizados encontramos que las violencias contra las mujeres constituyen un capítulo internacionalmente estudiado y evaluado en su peligrosidad destructiva y homicida; pero esos cuadros abarcativos, al incorporar a las víctimas etariamente y/o por nacionalidades y posiciones sociales neutralizan el segmento correspondiente a “los jóvenes” que se recorta arrastrando una filosofía específica. Porque quedan asociados con el futuro y a los horizontes prometedores dada su real competencia en los cambios culturales, sociales y políticos que introducen en sus comunidades y, mediante el implante de las nuevas tecnologías, en los barrios planetarios.

Un Ă©xito de quienes entrecomillamos como “los jĂłvenes” es aquel que nos permite darnos cuenta de que estamos sumergidos en la gran ilusiĂłn de creer que nos conocemos a nosotros mismos al referirnos a ellos. SerĂ­a un autoconocimiento de sujetos sujetados por el exitismo que imaginamos por ser los adultos emergentes de “los jĂłvenes” que fuimos.

La lectura de los textos histĂłricos nos enseña que la cuestiĂłn de “los jĂłvenes” se menciona como capĂ­tulo ineludible: siempre han reclamado su lugar en el mundo, pulsionalmente eficaces marcando sus propios territorios. ParecerĂ­a que tambiĂ©n logran incorporarse en la historia si surgen cuando no se los espera. AsĂ­ le sucediĂł al antropĂłlogo D. Johanson que, acompañado por su colega M. Edey, exploraba el lecho de un lago en Hadar, EtiopĂ­a, repleto de sedimentos prehistĂłricos, fĂłsiles aĂșn ignotos. Arduas bĂșsquedas no aportaban descubrimientos interesantes pero despuĂ©s de tres semanas de exploraciĂłn encontraron no menos de un centenar de huesos del esqueleto de una joven hembra. Y al juntar las piezas del rompecabezas prehistĂłrico los investigadores repararon en algo: Lucy, que asĂ­ la bautizaron en homenaje a la canciĂłn de los Beatles, entonces popular, caminaba erecta. Y probablemente nada la diferenciaba de nuestro andar, segĂșn un descubrimiento en 1974 que se confirmĂł cuando, en 1976, Mary Leakey identificĂł en Tanzania tres series de homĂ­nidos bĂ­pedos marcados en la roca volcĂĄnica.

Lucy viviĂł hace 3.800.000 años. TenĂ­a un metro de estatura y pesaba 25 kilogramos. Se la considerĂł joven hembra. ApareciĂł para sorprender y modificar los cĂĄnones de la antropologĂ­a de la Ă©poca. “Los jĂłvenes” no pueden transcurrir sus periplos sin obligarnos a mirar con mĂĄs cuidado aquello que aparece disperso, desordenado e incoherente. TambiĂ©n esperanzador si logramos observarlo con el alerta encendido. AsĂ­ reconocemos a Lucy: arquetipo de una joven hembra, en el origen de los tiempos.

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