Los límites del cambio

Los límites del cambio

Por Edgardo Mocca

La orientación estatal antagónica a la derecha necesita de una subjetividad política orgánica que la sostenga. Las enseñanzas del conflicto por las retenciones.
 
Polítologo de la UBA. Asesor del Ministerio de Asuntos Exteriores.


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El discurso de la derecha conservadora en el país se empeña en despojar al debate político de la elemental referencia histórica al pasado reciente –digamos, la década de los noventa– y de la inserción de nuestro drama político en el contexto de la crisis mundial. Por medio de esa operación, sustraen a la discusión de toda sustancia estratégica y la encierran en un torbellino de anécdotas que se suceden unas a las otras sin conexión a ninguna trama que permita interpretarlas. A lo sumo repiten los clichés, un poco gastados, de mirar el ejemplo de los países exitosos, de no aislarnos del mundo, de recuperar la “seguridad jurídica” y otros de parecido perfil.

De lo que se trata es de que el mundo cambió en estos años: el neoliberalismo, pensamiento hegemónico de ayer, entró en crisis. Lo que ayer merecía ser arrojado al desván del pasado irrecuperable –los Estados, los sindicatos, los conflictos sociales, los nacionalismos de diverso signo, la puja por el dominio de los recursos naturales y por las rentas extraordinarias– reaparece hoy en el centro de la escena. No solamente en nuestra región, donde en los diez últimos años se produjo un manifiesto giro político y cultural, expresado en el surgimiento de experiencias populares diversas unidas en la exploración de rumbos alternativos al neoliberalismo, sino en todo el mundo. La crisis del modelo financiarizado de la globalización no se reduce al fracaso de ciertos resortes de control de los mercados; tiene una profunda raíz estructural que concierne a la distribución mundial de la riqueza y al modo en que nuestra civilización se relaciona con la naturaleza. La pretensión de salir de la crisis sin modificar el paradigma de época sólo puede augurar nuevas catástrofes.

La deshistorización y el provincialismo del debate político se dejan interpretar como recursos defensivos de las derechas. Si se mira más allá del “eterno presente” mediático, se rastrean las huellas de los conflictos que nos llevaron a la realidad actual y se piensa esta realidad en el contexto de la crisis de un paradigma mundial, resulta muy difícil de aceptar la versión tecnocrática, moralista y antipolítica que aparece como sentido común conservador. Todo, según este esquema, se reduce a la ética de los políticos –particularmente del gobierno nacional– y la solución de nuestros problemas está en alcanzar un gobierno de dirigentes probos, propensos al diálogo y dotados del saber técnico necesario para aplicar una política que debe surgir de un “gran consenso nacional”. Como se ve, no hay novedad en la proclama; es un revival poco creativo del cualunquismo antipolítico, que aquí y en todos lados encubrió los designios elitistas de los enemigos de la democracia.

Los partidos en cuestión

Una de las constantes de esta interpretación de los problemas del país es el lamento por los partidos políticos, ausencia que aparece como una clave de la pobre “calidad institucional” que sufrimos en los últimos años. ¿Quién tiene la culpa de ese descentramiento de los partidos? Según esta línea de análisis, naturalmente el gobierno que no los quiere porque reniega del diálogo y de los consensos y prefiere imponer su voluntad sin interferencias.
Allá por 2003, en la primera elección después del múltiple derrumbe de diciembre de 2001, asistimos a un fenómeno muy significativo y hoy casi olvidado. El peronismo fue a la elección con tres fórmulas presidenciales, en ninguna de las cuales figuraba el sello identificatorio del partido. Por su lado el radicalismo concurrió formalmente unido, pero su fórmula presidencial obtuvo un marginal 2 por ciento de los votos, mientras los ex radicales López Murphy y Elisa Carrió multiplicaban varias veces ese volumen electoral. Es decir, el sistema de partidos argentino lucía colapsado cuando Kirchner no era sino uno de los candidatos presidenciales. No es extraño: los partidos no nacen ni mueren como producto de voluntades caprichosas; son productos históricos y su historia es la de las sociedades en las que actúan. En el caso argentino, esa elección muestra el mapa más elocuente de la crisis de las formaciones políticas que organizaron en buena parte la disputa durante la segunda mitad del siglo XX. Es el mapa de los resultados de un profundo fracaso colectivo que, hace poco menos de una década, nos puso al borde de la disolución como comunidad política.

Sin embargo, el descentramiento de los partidos no es un fenómeno estrictamente nacional ni necesariamente ligado a circunstancias críticas como las que atravesó la Argentina. Una vasta literatura especializada da cuenta de las profundas mutaciones operadas en la representación política en todo el mundo. Son cambios que están vinculados a las transformaciones que suelen codificarse con la palabra globalización. Tienen que ver con el debilitamiento de los Estados nacionales en su relación con las transacciones económicas y sobre todo financieras, operado a partir de la crisis de mediados de los años setenta. Los Estados pierden buena parte de su capacidad de decisión sobre el destino de sus propias sociedades nacionales y, como consecuencia, la lucha entre partidos por el control del Estado pierde relevancia. Es la época también de cambios estructurales en el mundo productivo que traen aparejada la dilución de las pertenencias político-culturales asociadas a las grandes concentraciones obreras. En los países más vulnerables, como el nuestro, es también la época de la desindustrialización, la pauperización de las clases populares y la fragmentación social. Una nueva configuración de la escena política, montada sobre el desarrollo de conductas crecientemente individualistas y consumistas y la centralidad de los modernos medios de comunicación en la conformación de la agenda completan el cuadro en el cual los viejos partidos ideológicos y sostenidos en una sólida base social dejan progresivamente el terreno a una política personalizada en la que los partidos tienden a convertirse en séquitos más o menos pasivos de liderazgos surgidos en la relación directa –casi siempre televisiva– con la sociedad. Es lo que dio en llamarse “democracia de audiencia” o “democracia del público” en reemplazo de la “democracia de partidos”.

Naturalmente los efectos de esos cambios son diferentes en cada sociedad nacional concreta. En la nuestra no cuesta trabajo rastrear una tradición poco fértil para los partidos orgánicos e institucionalizados; nuestro siglo XX es, más bien, una época de grandes movimientos populares carismáticos y de una batalla política que se desarrolló casi siempre fuera de las reglas de juego establecidas. Los nostálgicos de los grandes partidos deberán reconocer que fueron las dictaduras militares, como instrumento de coaliciones sociales privilegiadas, las que hicieron más por destruir el sistema democrático de partidos.

No es muy difícil percibir el vínculo entre el proceso de debilitamiento de los partidos en las últimas décadas con la hegemonía de una concepción de la democracia más asociada a un esquema de competencia análogo al del mercado que a una idea de pertenencia común ciudadana. Las metáforas de “oferta” y “demanda” son ilustrativas de una representación del mundo en el que personas y grupos tratan de ocupar determinadas posiciones de poder a través del voto y no de una lucha por imprimir un rumbo determinado a la Nación. Ya no hay lugar para izquierdas y derechas –a no ser como alusiones rituales a una tradición político-cultural–, sino que rige un amplio consenso “de centro” en el que el statu quo es unánimemente respetado y todo se reduce a la tecnología administrativa. Es el mundo de la pospolítica congruente con la utopía del fin de la historia y más aún con el reinado de poderes transnacionales que no demandan legitimación alguna de la voluntad popular.

En busca de los cambios

El proceso político argentino de los últimos seis años no puede separarse de la crisis nacional de 2001 ni pensarse al margen de un movimiento orientado al cambio operado en buena parte de la región en visible sincronía con nuestra propia crisis. El signo común que tienen los procesos sudamericanos de la última década es el de la reaparición de la política. Es el fracaso de las recetas del piloto automático y de la construcción de “sociedades de mercado” en las que el Estado se limitaba a crear las mejores condiciones a la acumulación del capital, lo que marca el punto común de la agenda de los gobiernos de orientación genéricamente progresista de nuestros países; se abandona la naturalización de la pobreza y la marginación para situarlas como fenómenos sociales que, además de ser injustos, convierten en ingobernables nuestras sociedades. La lucha por la recuperación de los recursos naturales y la participación del Estado en la apropiación de rentas económicas extraordinarias puede considerarse también un rasgo común a las nuevas experiencias políticas en la región.

Dentro de ese marco común, cada país presenta especificidades. Desde el punto de vista de la organización política, resalta la distinción entre aquellos países en los que la crisis arrastró a la implosión de los partidos principales y a la reconfiguración del sistema de aquellos en los que los gobiernos de corte reformista se desarrollaron en un terreno de estabilidad político partidaria. Claramente Venezuela, Bolivia y Ecuador son casos de implosión del sistema político y cambios institucionales radicales que alcanzan a su propia constitución, mientras que Uruguay y Brasil (el caso chileno presenta otras peculiaridades que merecerían un trato particular) son ejemplos de cambios de elenco gubernamental en un contexto de estabilidad sistémico.

¿Qué lugar ocupa la Argentina en esta clasificación?

No forma parte, en principio, de ninguno de los dos grandes tipos mencionados. Así como en los países del primer grupo, el cambio de rumbo argentino en lo económico y en lo político sigue a una grave crisis que abarcó todas las esferas. El nivel de separación e indignación de amplias franjas de la sociedad con la política alcanzó puntos marcadamente altos. El ya mencionado episodio electoral de 2003 revela una crisis de los partidos mayoritarios que lucía por entonces irreversible. Sin embargo, la implosión de los partidos no se produjo. Durante el mismo año 2003, las elecciones provinciales que sucedieron a las presidenciales mostraron la continuidad del predominio de peronistas y radicales en la escena federal. A partir de entonces, la política argentina presenta una particular combinación de cambios y continuidades.

Durante la primera etapa de su mandato, Néstor Kirchner enunció la necesidad de una reconfiguración del sistema político argentino en torno a dos grandes bloques de centroizquierda y centroderecha, de modo de expresar alternativas reales en la orientación de las políticas públicas. La iniciativa correspondió a una etapa en la que el entonces presidente tenía que superar una situación de debilidad que provenía de su magro caudal electoral en la primera vuelta electoral y de la deserción de Menem al ballottage. Ese impulso, que dio en llamarse “transversalidad”, comenzó a debilitarse en la medida en que los tiempos de la conducción de un país que no había terminado de superar la crisis no coincidieron con los de la construcción de una nueva base de sustentación para el gobierno que pudiera proyectarse hacia el futuro. De la “transversalidad”, con sesgo progresista, se pasó a la “concertación”, basada fundamentalmente en el acuerdo con un grupo de gobernadores provinciales radicales; la suerte de esta última construcción no fue mejor que la de la primera.

Los conflictos y el futuro

Sin duda el momento culminante que condicionaría toda la segunda etapa de la gestión kirchnerista con la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner fue el conflicto desarrollado por las cámaras empresarias del agro desde marzo hasta julio de 2008. La importancia del episodio no consiste tanto en la materia concreta de la puja sino en su capacidad de poner en escena y potenciar desgarramientos muy profundos de la sociedad argentina. Por eso no es la caída del proyecto de gravar con retenciones móviles a las exportaciones de algunos granos el saldo principal. La gran revelación de la saga agraria es la existencia de una amplia base social potencial de apoyo a un nuevo ciclo neoconservador. Y simétricamente puso en el orden del día la inexistencia de una subjetividad política orgánica capaz de sostener las líneas directrices de la orientación estatal de estos últimos años.

El paro agrario galvanizó una disconformidad que se había expresado ya en la elección ganada por Fernández de Kirchner en 2007 y logró extenderla, no sin un papel crucial de los medios de comunicación monopólicos, a otros vastos sectores de la población. Los aumentos de precios en combinación con la manipulación de los índices oficiales que deben medirlos ya había creado un clima propicio para la contestación mediático-política al gobierno. Pareció salir a escena algo así como un difuso “partido del orden” que, en aras de la necesidad de vagas reconciliaciones e imprecisos consensos, ponía en cuestión el impulso desde el gobierno de conflictos contra la Argentina “de siempre”. Las capas medias parecen ser, en buena parte, fuerza de choque eventual de ese partido del orden.

La coalición neoconservadora está lejos de haber sido concretada. El personalismo, la falta de propensión a la acción colectiva y la apatía conspiran en su contra. Pero está claro que las consecuencias del déficit de construcción de subjetividad política transformadora no serán compensadas por los tropiezos circunstanciales de la derecha.

El ciclo político abierto en 2003 combina audacia y radicalidad en el ensanchamiento de los márgenes de autonomía de la política democrática frente a los poderes fácticos. Sin embargo, encara una agenda claramente transformadora con las herramientas heredadas de la crisis sin que hayan prosperado sus intentos por construir otras alternativas. La consistencia y perdurabilidad del rumbo emprendido quedan en entredicho ante la falta de un sujeto plural que lo sostenga. Los límites de los cambios “desde arriba” están a la vista. Como también está a la vista que el kirchnerismo, con aciertos y debilidades, volvió a instalar la política en el centro de nuestra vida social, que es una manera de decir que devolvió a la acción colectiva el lugar que el economicismo neoliberal reservaba a individuos atomizados, solamente asociados por las redes del mercado.

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Artículos de este número

Aldo Ferrer
2001-2010: una década extraordinaria de la economía argentina
Carlos Leyba
Estructura y política productiva
José Miguel Amiune
El dilema de América latina
Edgardo Mocca
Los límites del cambio
Gustavo Eduardo Lugones
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Julio Sevares
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Héctor Recalde
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