Libia: el Estado fallido que Occidente ayudó a construir

Libia: el Estado fallido que Occidente ayudó a construir

Por Noemí S. Rabbia

Desde la caída del régimen de Gadafi, Libia parece haber quedado detenida en el tiempo. Jaqueada por las disputas de poder entre actores locales y una puja de intereses geoestratégicos y económicos que trascienden las fronteras del país, la profundización del vacío de liderazgo regional disparó una ola migratoria y de actividades ilícitas que convierten al país en un verdadero Estado fallido. Una derrota de Naciones Unidas, y una amenaza latente para Europa.
 
Magíster en Diplomacia y Asuntos Internacionales, ADA University, Azerbaiyán. Licenciada en Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de Rosario (UNR). Investigadora del Programa de Estudios América Latina-África (PEALA) / Programa de Estudios de Relaciones y Cooperación Sur-Sur (UNR). Analista del Centro de Estudios Políticos Internacionales de la Fundación para la Integración Federal de Rosario


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Cuestiones preliminares

La caída del régimen autocrático conducido por Muammar Gadafi por más de cuarenta años en Libia significó el comienzo de una nueva etapa en el país del Magreb, tanto por las esperanzas y promesas que arrojó en sus inicios como por los sinsabores en los que resultó, los cuales no se han detenido a ya casi cinco años de la intervención de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Pero también fue, en aquel entonces, un alivio para aquellos gobernantes y grupos de poder extranjeros con intereses puntuales en Libia, que estimaron que la intervención les resultaría funcional para desviar la atención de las dificultades domésticas que las principales economías europeas sorteaban por aquel entonces. Si bien con el paso del tiempo los escenarios domésticos a uno y otro lado del mar han cambiado, lo hicieron no para volverse más estables, sino todo lo contrario.

En el contexto de las revueltas árabes, Libia fue el claro reflejo de cómo los intereses extrarregionales pesan en torno al destino de ciertas áreas del mundo, especialmente aquellas donde se concentran los recursos naturales estratégicos tan caros a la “seguridad energética” –un término que, si bien no es nuevo, se ha puesto particularmente en boga en los últimos años debido a la utilización de los recursos naturales estratégicos como palancas para ejercer dominio en los juegos de poder internacional–.

A casi un quinquenio de lo que se anunciara como un hito en la historia de aquel país y de la escena política internacional, en el cual la democracia se abriría paso en el corazón de esta “primavera”, Libia parece haber quedado detenida en el tiempo de cara a un panorama aún poco prometedor. El gobierno de unidad, surgido en diciembre de 2015, todavía lucha –no sin pocas dificultades– por consolidar su posición, lo cual llevará, de acuerdo con las estimaciones de las propias autoridades libias, no menos de tres años.

Más allá de cualquier deseo bienintencionado sobre el futuro libio, lo cierto es que durante el 2015 Libia ganó la denominación de “Estado fallido” debido a la convulsión social, política y económica generada por la violencia interna reinante y la incapacidad del Estado para proveer bienes públicos esenciales a sus habitantes, siendo la seguridad física uno de los fundamentales, sino el más importante.

Poderes en pugna

Las razones que desembocaron en el panorama reinante son múltiples, se entremezclan y presentan una complejidad que hace confundir muchas veces las causas con las consecuencias. Intentando poner un poco de orden a los hechos, podríamos afirmar que la primera razón funcional a la situación de violencia actual fue la lucha entre dos gobiernos rivales reinante desde la culminación de las primeras elecciones nacionales libres realizadas en junio de 2014.

En dicha oportunidad, un cuerpo legislativo de transición fue electo a través de las urnas (la denominada Casa de los Representantes (HoR, por sus siglas en inglés) para que la misma reemplazara al Congreso General Nacional (GNC, por sus siglas en inglés) en el poder hasta entonces. En consecuencia, la HoR se constituyó en Tobruk –1.400 kilómetros al este de la ciudad capital, Trípoli– con la meta de impulsar un nuevo gobierno que alcanzaría acuerdos con las milicias rebeldes para empezar a poner en orden el país y así reabrir y relanzar la producción de petróleo, vital para la reconstrucción post guerra. No obstante, la Asamblea General saliente nombró por su cuenta otro gobierno a comienzos de septiembre del mismo año. Desde entonces, ambos gobiernos se disputaron el poder del país, situación que no sería “resuelta” sino hasta mediados de este año.

También consecuencia de la situación de caos reinante, en agosto de 2014 la Organización de las Naciones Unidas (ONU) nombró a un ex diplomático español, Bernardino de León, como enviado especial de la organización para Libia. Pero lejos de alivianar la situación, su mediación en las negociaciones terminó revelando otros intereses no libios detrás de escena.

En lo que ahora se ve como una prueba más del entonces creciente optimismo reinante, en dicha ocasión De León se apresuró a afirmar que “la somalización de Libia estaba muy lejos”. La realidad terminó diezmando dichas palabras. De León culminó sus funciones como enviado de la ONU en medio de un escenario de creciente violencia doméstica, dominado por la transnacionalización de los problemas internos libios, e inmerso en un escándalo político de corrupción. De León fue acusado de haber favorecido a una de las partes involucradas en las negociaciones de paz a instancias de intereses de los Emiratos Árabes Unidos, cuyo interés era volcar la balanza de las negociaciones de paz hacia la HoR, en detrimento de los intereses del GNC, situación que no solo dilató las tratativas iniciadas, sino que además recrudeció la rivalidad y desconfianza mutua entre los dos gobiernos en pugna.

La segunda razón para el actual caos en Libia, aunque a la vez consecuencia del punto anterior, fue la ausencia de un poder centralizado que permitiese, en primera instancia, obtener resultados en la reconstrucción del país y, en segunda, la reactivación de su economía, más allá del tercio de la producción petrolera recuperada. Cabe señalar que la misma solo alcanza para cubrir la cuota de interés de las empresas extranjeras allí instaladas, pero no para financiar los planes de reconstrucción necesarios para cimentar el proceso de paz.

La consecuencia más preocupante de esta acefalía de poder ha sido el avance del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés), que contó con una ventana estratégica de más de un año para ganar posiciones en el terreno libio. En cierto modo, podríamos afirmar que de todos los bienes públicos que se esperaría que un Estado moderno provea, la seguridad (en su concepción más amplia) es el más crítico de todos. La seguridad como bien público difícilmente pueda ser superada por la seguridad como bien privado, a nivel individual y grupal. En consecuencia, y siguiendo esta línea argumental, podríamos afirmar que esta es una de las principales razones por la cual Libia se ha convertido en merecedora del título de Estado fallido.

No obstante, la situación libia no es solamente consecuencia de la inoperancia de sus actores domésticos para dirimir sus diferencias y asegurar una transición ordenada, sino que también existe una puja de intereses que trascienden las fronteras del país y han sido funcionales a la dilatación de la agonía libia y su agudización.

Spaghetti bowl of interests

Los medios de habla inglesa suelen referirse a la situación en Libia como un spaghetti bowl of interests, es decir, un “tazón de espaguetis de intereses”. La metáfora no podría ser más precisa, dado que los intereses que Libia ha conjugado desde el comienzo de la revolución en febrero de 2011 no solo han sido variados y numerosos, sino que además están tan entrelazados entre sí que en general no se sabe a ciencia cierta dónde comienzan y/o terminan. Cualquier explicación se torna viable.

En Libia es posible hablar tanto de intereses regionales como extrarregionales, los cuales a su vez pueden subdividirse en políticos, económicos y geoestratégicos. Hasta la firma del acuerdo en marzo de este año, los apoyos externos también estuvieron divididos: por un lado, Estados Unidos y Europa Occidental apoyaron al gobierno de Tobruk debido al temor a la consolidación de un gobierno de corte islamista como el GNC (compuesto por miembros de la Hermandad Musulmana, salafistas, grupos islámicos menores y el Grupo Libio de Lucha Islámica). A nivel regional, Egipto, Chad y Níger, de igual modo que Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, también le dieron su apoyo por similares razones y por el malestar generado porque la inestabilidad libia se propagó hacia sus fronteras. En tanto, Sudán apuntaló al GNC, mientras que Túnez y Argelia intentaron funcionar como mediadores con un pobre éxito.

No es posible dejar de mencionar a Rusia también en este punto, sin la cual, paradójicamente, la intervención en Libia no habría sido posible: el 17 de marzo de 2011 el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la resolución número 1973 que autorizaba a los miembros de la organización a actuar como actores individuales o a través de organizaciones regionales para tomar todas las medidas necesarias en pos de proteger civiles y áreas civiles en Libia. En esta oportunidad, la abstención de Rusia (y no su veto) posibilitó legitimar la intervención occidental. Por ese entonces, la actual situación de Siria había comenzado a gestarse y las potencias occidentales intentaron pasar una resolución de similares características, pero sus intentos fueron diezmados por los vetos de Rusia y China. ¿Por qué Rusia actuó diferente en dos situaciones similares? Porque Rusia tenía y aún tiene en Siria un interés estratégico que Libia no revestía. En última instancia, la penosa actuación occidental en Libia no ha hecho más que fortalecer la posición rusa en los últimos años.

Finalmente, debemos tener en cuenta que cuando hablamos de Libia ni siquiera nos referimos meramente a actores estatales sino también a actores no estatales, como sería el caso de las tribus y clanes. Libia posee una realidad política distinta de otros países, ya que su composición es eminentemente clánica: está compuesta por al menos 150 clanes diferentes. La vida y estructura tribales en Libia fueron un patrón predominante en la historia del país desde mucho antes de su independencia. Durante la monarquía de Idris I –quien había delegado parte de su autoridad en poderosas familias locales, las cuales consolidaron esta base de poder a través de lazos matrimoniales–, el “tribalismo” fue un elemento central del Reino Unido de Libia. La pertenencia a diferentes tribus produjo un alto nivel de fragmentación que acompañó las diferencias sociales vinculadas a la educación y la calidad de vida.

El gobierno de la revolución de 1969 se opuso a la influencia ejercida por estos clanes en los asuntos políticos del país y buscó debilitar las lealtades tribales existentes y destruir sus organizaciones. Sin embargo, pese a los esfuerzos del régimen, los factores ideológicos nunca tuvieron el mismo peso que los lazos tribales y de sangre. Desaparecido Gadafi de escena, las luchas se reanudaron e intensificaron. Y peor aún, dichos actores han sido prácticamente piezas marginales de las negociaciones internacionales, en parte porque desde el comienzo de la intervención en Libia se ha buscado la implantación de algún tipo de democracia liberal, sin tener en cuenta las particularidades propias del país.

Finalmente, no podemos dejar de hacer algún tipo de observación en relación a los intereses geoestratégicos y económicos en torno al oro negro libio. El argumento de la guerra y la intervención por el petróleo y el uso del discurso de los derechos humanos para encubrir otros intereses, han sido utilizados en tantas ocasiones, en este como en otros casos, que terminamos por naturalizarlos o simplemente los consideramos como algo demasiado “rebuscado” para ser real.
No obstante, y pese al esfuerzo que podríamos invertir intentando descartar esta línea argumental, existen cada vez más razones/pruebas para confirmarla. No solo hablamos de hechos tales como la vertiginosa manera en que la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad fue aprobada, o el doble estándar ruso en su crítica a tal situación –el cual se vio claramente reflejado primero en Siria y luego en Crimea–. Hacemos también referencia a los cientos de correos electrónicos recientemente revelados de una cuenta personal de la ex secretaria de Estado norteamericana y ex candidata a la presidencia, Hillary Clinton, donde se pone de manifiesto que las intenciones de la mencionada resolución lejos están de fines nobles (para acceder a algunos de dichos e-mails, véase el artículo “Hillary Emails Reveal True Motive for Libya Intervention” disponible en la web).

Consideraciones finales: Libia, el karma de Europa

La situación antes descripta desembocó a lo largo del último año en el deterioro de la seguridad, que a su vez contribuyó al avance del ISIS bajo “las narices” de los dos gobiernos en pugna y más allá de las fronteras libias. Lo que en enero del 2015 comenzó siendo una advertencia sobre la creciente presencia de ISIS en el país se convirtió en un hecho fehaciente para finales del mismo año, en el cual la agrupación terrorista consolidó su presencia, aprovechando el vacío de poder dejado por los dos gobiernos rivales libios y sus milicias aliadas. Para fines de junio de 2016 se estima que la agrupación extremista cuenta con al menos cinco mil miembros en todo el país.

De hecho, ya en 2014 los yihadistas habían tomado el control, total o parcial, de varias ciudades costeras del Mediterráneo, como Derna y Sirte, creando provincias (wilayats) en torno al modelo que ISIS adoptó en Irak y Siria, donde introdujeron el terror. Apenas dos ejemplos de los muchos que podrían mencionarse son las decapitaciones de cristianos, como las que les costaron la vida a dos decenas de cristianos coptos y a unos treinta hombres provenientes de Etiopía y Eritrea, la mayoría refugiados.

Como se sabe, el avance de ISIS puede verse en los dos arcos contiguos a Libia. Por un lado, en Europa Occidental, en especial Francia y el Reino Unido, los dos principales involucrados en la intervención en Libia (que cuentan además con antecedentes de participación en la guerra de Irak). Por otro lado, en la región del Sahel (que de oeste a este, cubre el norte de Senegal, el sur de Mauritania, Malí, el extremo sur de Argelia, Níger, Chad, el sur de Sudán y Eritrea, y al norte está delimitado por el Sahara y al sur por la sabana), que es una frontera cultural y política entre el mundo árabe-islámico y la heterogénea África Subsahariana, razón por la cual su crítica situación es materia de importancia tanto para gran parte de los Estados subsaharianos como para los países vecinos del Magreb.

Desde la caída del régimen de Gadafi la atención sobre la región del Sahel se renovó, debido al aumento de hechos desestabilizadores cuyos coletazos se hicieron sentir en Europa, siendo los ejemplos más cabales de esto la crisis de refugiados y la multiplicación de los ataques terroristas. Lejos del discurso occidental, cargado de optimismo los primeros meses posteriores a la caída de Gadafi, la profundización del vacío de liderazgo regional disparó una ola migratoria y de actividades ilícitas, como el tráfico de armamentos, entre otras, que fluctúan hacia la región en un contexto que mezcla necesidades básicas, oportunidades de negocios y la ausencia o debilidad del Estado.

Es cierto que la relación de Libia con sus vecinos no fue siempre pacífica. Sin embargo, durante décadas, Gadafi invirtió grandes cantidades de dinero en la región del Sahel, convirtiéndose en uno de los sostenedores económicos más importantes de países como Malí y Níger, con el consecuente efecto estabilizador que esta situación acarreó. Asimismo, la economía libia absorbía una considerable cantidad de fuerza laboral proveniente del Sahel, la cual comenzó a ser expelida tras el estallido del conflicto.

Con gobiernos no preparados para recibir a estas personas debido a falencias de infraestructura, muchos de los migrantes se vieron forzados a reinsertarse económicamente de maneras alternativas para sobrevivir, incluyendo actividades ilícitas, incluso la incorporación a grupos terroristas, y otros tantos siguen intentando llegar hasta Europa ilegalmente. Pese a los esfuerzos de la comunidad internacional por ejercer un control sobre el flujo de armas y de personas, la situación no ha sido corregida desde entonces.

Cabe señalar entonces por qué Libia es importante para el ISIS. En términos geopolíticos, aunque Libia no se encuentre en el corazón de Medio Oriente y entre las prioridades de esta agrupación extremista, el caos en que se encuentra inmersa ofrece una puerta de fácil acceso a Europa y a la concreción de los planes de la agrupación terrorista.

La proliferación de olas de migrantes, mayoritariamente refugiados, que llegan a Europa a través de Libia, dada la debilidad del control policial de las fronteras, ha ofrecido una ventana estratégica de ingreso a través del Mediterráneo. Asimismo, las fuerzas armadas en ambos continentes han demostrado tener poco éxito en la lucha contra el ISIS, debido a que agrupaciones como esta utilizan tácticas irregulares de lucha, como el uso de los llamados “lobos solitarios”, que han sido los ejecutores de los últimos atentados en el viejo continente. Numerosos ejemplos muestran que los ejércitos convencionales son poco efectivos a la hora de combatir a agrupaciones que, como ISIS, funcionan con un modelo de guerra partisana, de trincheras. Más aún, muchos casos señalan que las guerras iniciadas en pos de intervenciones humanitarias en las últimas décadas no han dejado mayor legado que la desorganización tras su paso, haciendo el trabajo de organizaciones extremistas de diverso tipo mucho más simple.

De acuerdo con el Informe Anual sobre Terrorismo Internacional elaborado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, Libia se convirtió en un “espacio y asilo seguro para grupos terroristas” debido a la inexistencia de instituciones de seguridad, situación que sumada al fácil acceso a armamentos y la porosidad de las fronteras dan suficientes recursos a los grupos extremistas para planificar y ejecutar operaciones. De cara a esta situación, desde entonces Estados Unidos ha demandado una nueva intervención en Libia y el accionar de Naciones Unidas al respecto ha quedado paralizado, debido a una mezcla de intereses y opiniones opuestos, principalmente entre Estados Unidos y Rusia.

En 2016 se cumplirán no solo cinco años de la caída y muerte de Muammar Gadafi, sino que además Libia habrá consolidado su tristemente célebre nuevo estatus a nivel internacional: el de Estado fallido. Una derrota para Naciones Unidas, para la Doctrina de la Responsabilidad de Proteger y para los objetivos de la revolución iniciada en 2011 en nombre de la libertad y la democracia.

Para Europa tampoco pareciera haber buenas nuevas. Ya la intervención en Libia ha contribuido a propagar el fervor “antioccidental”, no sin justa causa, el cual una vez más ha sido funcional a que agrupaciones extremistas encuentren seguidores, no por simple convicción, sino porque en última instancia actores como ISIS se tornan el mal menor para personas que no tienen nada más que perder, porque ya lo han perdido casi todo. Una vez más, como lo que ocurriera en Irak, el remedio (a la usanza norteamericana) ha sido peor que la enfermedad.

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