Las mujeres en la UBA

Las mujeres en la UBA

Por MĂłnica Pinto

La discriminaciĂłn resultante del andamiaje cultural se mantiene hoy en dĂ­a en la universidad. Si bien es cierto que la cantidad de estudiantes y docentes mujeres en la UBA es mayor que la de los hombres, los cargos de gestiĂłn siguen estando mayoritariamente en manos de estos Ășltimos. El camino de la igualdad es largo y todavĂ­a queda mucho por recorrer.
 
Decana de la Facultad de Derecho – Universidad de Buenos Aires


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Las mujeres somos personas pero hemos tardado mĂĄs tiempo que los hombres en ser reconocidas como sujetos de derecho. Cuando los instrumentos del iluminismo encontraron al “hombre” allĂ­ donde eventualmente no habĂ­a “ciudadano” –y eso fue valioso porque iniciĂł el camino del reconocimiento de la persona– se refirieron sĂłlo al hombre, esto es que no nos incluyeron a las mujeres. Cuando esos instrumentos expresaron –probablemente por primera vez con sentido laico o con tendencia a Ă©l– que todas las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos, no imaginaron ni remotamente que nosotras fuĂ©ramos libres ni iguales. En el camino en el que las libertades pĂșblicas o los derechos individuales del liberalismo constitucional de mediados del siglo XIX se transformaron en derechos humanos, las mujeres logramos que formalmente la nociĂłn de “persona” nos comprendiera y que, por ende, se pudiera inferir que se nos aplicarĂ­an sus consecuencias.

En ese andar, el feminismo, que habĂ­a empezado a trabajar la causa bastante antes, ya habĂ­a sostenido con Simone de Beauvoir que no hay determinismo biolĂłgico con la cĂ©lebre frase “No se nace mujer, se llega a serlo”.

Pronto nos darĂ­amos cuenta de que la igualdad era sĂłlo declamada. El derecho no habĂ­a modificado la realidad. Fue necesario constatar la discriminaciĂłn respecto de las mujeres para que las normas sobre derechos humanos de las mujeres fueran adoptadas.

La consagraciĂłn formal del principio de igualdad no permite en todos los casos consagrar una igualdad material. Para eso se hace necesario tomar en cuenta la distinta posiciĂłn en que se encuentran los distintos sujetos en la sociedad. De esta suerte, la consideraciĂłn social de las diferencias entre unos y otros ejerce una influencia decisiva en el goce y ejercicio de los derechos protegidos. Y es rigurosamente cierto que la consideraciĂłn social de mujeres y hombres no es anĂĄloga. Lo que para unos es un elogio –es un “atorrante”, simpĂĄtico, divertido– para otras es un demĂ©rito mayĂșsculo –es una “atorranta” tiene un innegable sentido disvalioso–.

La discriminaciĂłn es sustancialmente la resultante de una actitud cultural, de la percepciĂłn que una determinada cultura ha erigido respecto de un conjunto de sujetos. Por lo tanto, no es suficiente con actitudes individuales de no-discriminaciĂłn sino que son necesarios cambios estructurales, polĂ­ticas pĂșblicas.

Por años, las feministas han expresado disconformidad con el lenguaje neutral en cuanto a sexo de los instrumentos de derechos humanos, señalando que estas normas estån basadas en experiencias masculinas. La primera disposición que se hace cargo de la distinta situación de las mujeres es el artículo 6 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos que prohíbe la aplicación de la pena de muerte a las mujeres embarazadas.

En consonancia, la ConvenciĂłn sobre la EliminaciĂłn de todas las formas de discriminaciĂłn contra la mujer pone de manifiesto que las mujeres se encontraban subsumidas en el vocablo “persona”, cuando no en el mĂĄs comĂșn de “hombre”, e invisibilizadas en las normas generales de derechos humanos.

Hoy, las normas de derechos humanos de las mujeres han traĂ­do las acciones afirmativas, las polĂ­ticas de cupos, todas las cuales suponen una toma de conciencia del distinto punto de partida de las mujeres respecto de otros sujetos de derecho en el goce de los derechos humanos. Por ello, para propender a una igualdad se acepta una discriminaciĂłn que otorgue un trato mĂĄs favorable a quienes lo requieren para poder lograr la igualdad. Estas discriminaciones inversas tienen por caracterĂ­stica la temporalidad y estĂĄn concebidas como un instrumento para crear conciencia social.

Se trata, sustancialmente, de una óptica que permite dar cuenta de la heterogeneidad de las condiciones culturales, sociales y económicas que afectan la vida cotidiana de hombres y mujeres en su interacción. El género expresa los papeles, la inserción que la cultura tiene reservados para unos y otras en un determinado contexto social.

En rigor, toda la regulaciĂłn jurĂ­dica de los derechos humanos con base en el eje de gĂ©nero supone regular la protecciĂłn en un ĂĄmbito en el cual no deberĂ­a darse ninguna interferencia de autoridad pĂșblica. Sin embargo, para superar las desigualdades e inequidades de gĂ©nero, se han adoptado mĂșltiples normas internacionales en este sentido.

Nuestra Argentina sĂłlo reconociĂł derechos polĂ­ticos a las mujeres en 1948, inaugurando la posibilidad de que elijamos y podamos ser electas. Sin embargo, en 1991, hubo de adoptarse una “ley de cupo” para que la participaciĂłn femenina en la polĂ­tica parlamentaria pudiera lograrse y empezara a germinar cultura polĂ­tica en clave de gĂ©nero. Por cierto que, aunque la Argentina haya alcanzado el decimonoveno lugar en el ranking de la UniĂłn Interparlamentaria, con datos al 1 de diciembre de 2013, con el 36,6% de mujeres en la CĂĄmara baja y 28% en el Senado, la pedagogĂ­a de la ley de cupo no alcanzĂł para incrementar el nĂșmero de mujeres en los despachos del Ejecutivo, sĂłlo tres ministras a este inicio del 2014.

El CĂłdigo Penal argentino sĂłlo previĂł la no punibilidad del aborto si el embarazo proviene de una violaciĂłn o de un atentado al pudor cometido sobre una mujer idiota o demente.

SĂłlo una interpretaciĂłn jurisprudencial extensiva permitiĂł pensar que el supuesto cubre a todas las vĂ­ctimas mujeres y fue necesario que la Corte Suprema de Justicia lo explicitara en un fallo, señalando expresamente que no es necesaria la autorizaciĂłn judicial en esos casos e instando a los mĂ©dicos a tomar en cuenta este dato. Por cierto que eso no conmoviĂł a las aseguradoras que ante el riesgo de mala praxis o algo peor, siguen exigiendo a sus profesionales asegurados la “bendiciĂłn judicial” de la prĂĄctica.

El mismo CĂłdigo Penal argentino reprimĂ­a el adulterio de la mujer con pena de prisiĂłn si engañaba a su marido una sola vez, en tanto que para el hombre requerĂ­a “tener manceba”, esto es una relaciĂłn continuada. SĂłlo en 1995, la ley 24.453 reparĂł las cosas al suprimir el delito del cĂłdigo.

Nuestra Argentina sĂłlo entendiĂł que las mujeres podemos ser capaces civilmente a partir de la reforma del CĂłdigo Civil por la ley 17.711 en 1968. Antes de eso, la incapacidad de la mujer era suplida por el padre o el marido.

Nuestra Argentina sólo entendió que las mujeres tenemos derecho a la patria potestad de los hijos que criamos en nuestro vientre y en nuestro afecto en 1985, a partir de la reforma del Código Civil por la ley 23.264, de adecuación a la Convención Americana de Derechos Humanos o Pacto de San José de Costa Rica. Antes de eso, sólo el padre decidía sobre ellos en términos del derecho.

El acceso a la educaciĂłn es, entre otras variables, determinante de la situaciĂłn de las mujeres en una sociedad. En este sentido, la Universidad de Buenos Aires ha avanzado ciertamente en la senda de la apertura de todas sus carreras al estudiantado femenino. El Ășltimo censo publicado por la UBA, correspondiente a 2011, señala que el 60,9% de los 262.932 estudiantes de grado son mujeres, asĂ­ como el 61,8% de los 14.441 estudiantes de posgrado.

Del mismo modo, el censo de personal docente de 2004 revela 14.832 mujeres y 14.111 varones expresando mayores porcentajes de mujeres como auxiliares o profesoras adjuntas.

La tendencia creciente es clara, hoy somos muchas mĂĄs las mujeres de la UBA.

Nada dicen nuestras estadĂ­sticas del acceso a los cargos de gestiĂłn. Y bien que hacen porque las cifras son magras. No tenemos ni tuvimos rectoras, pocas decanas antes y ahora, pocas vicedecanas antes y ahora.

A mediados de los ’80, la normalizaciĂłn de los claustros produjo la primera mujer decana electa de la UBA, Juana MarĂ­a Pasquini, en 1986, en la Facultad de Farmacia y BioquĂ­mica. La modernidad post-restablecimiento democrĂĄtico trajo a Carmen CĂłrdova a la Facultad de Arquitectura, a Sara Slapak a la de PsicologĂ­a, a donde volverĂ­a ocho años despuĂ©s de sus dos primeros perĂ­odos de gestiĂłn; a Susana Mirande a la Facultad de Ciencias Veterinarias; a Regina Wikinski a la de Farmacia y BioquĂ­mica, tambiĂ©n por dos perĂ­odos; a Beatriz Guglielmotti a la de OdontologĂ­a por otros dos.

El Consejo Superior que se inicia en 2014 tendrĂĄ cuatro decanas, la cifra mĂĄs alta de los Ășltimos años: Cristina Arranz en la Facultad de Farmacia y BioquĂ­mica; Graciela Morgade en la de FilosofĂ­a y Letras; NĂ©lida Cervone en la de PsicologĂ­a y yo en la de Derecho.

La lista de las vicedecanas es bastante mĂĄs rica que la anterior aunque el dato se opaque cuando se observa que la mayorĂ­a de ellas no accediĂł al decanato. Adela Fraschina en AgronomĂ­a; Carolina Vera en Exactas; Graciela Filippi y LucĂ­a Rossi en PsicologĂ­a; Adriana Clemente de Ciencias Sociales; Edith Litwin, Marta Souto, Ana MarĂ­a Zubieta y Leonor Acuña de FilosofĂ­a y Letras; Graciela Ferraro de Farmacia y BioquĂ­mica, ilustran que el nĂșmero por sĂ­ solo es inconducente.

El dato puede no ser importante aunque en una comunidad docente de nĂșmeros parejos como la nuestra, parecerĂ­a lĂłgico que lo femenino como candidatura fuera ordinario. Mas no lo es. En todo caso, como modo de hacer mĂĄs plena la democracia representativa en que vivimos, el tema merece reflexiĂłn.

Sucede que la meritocracia, que es el norte de la tarea acadĂ©mica, todavĂ­a no computa los tiempos femeninos. AĂșn no hemos entendido que existen etapas vitales en las cuales las mujeres con carrera profesional y acadĂ©mica queremos ser madres y que eso no es un trĂĄmite que se resuelve en nueve meses y la licencia por maternidad sino que implica una inversiĂłn de tiempos femeninos –y tambiĂ©n masculinos– que se prolonga por muchos años.

No se trata de delegar en otro la tarea de cuidar a nuestros hijos porque queremos hacerlo, porque nos importa, porque eso forma parte de los intereses de los nueve meses. Queremos acompañarlos al jardín y hacer la adaptación, ir a las reuniones de padres y a las fiestas.

Queremos llevarlos al colegio y ocuparnos de dar de merendar a sus amigos. Queremos salir y compartir con ellos.

Se trata, pues, de no tener que poner entre parĂ©ntesis esa experiencia materna para poder seguir en carrera en la ruta de la meritocracia. Se trata de entender tan razonablemente que tenemos otros tiempos como que aprendemos a funcionar multibanda, con varias pistas en simultĂĄneo; que logramos combinar mamaderas y pañales con la lista de supermercado y con los oradores de un seminario que aĂșn no conseguimos cerrar.

Tampoco es importante el nĂșmero de mujeres que acceden a la mĂĄxima jerarquĂ­a docente regular de la UBA. Las profesoras titulares son, en promedio, sĂłlo un 35% de la planta docente de regulares.

En este hacer, la universidad tiene un papel que jugar. MĂĄs allĂĄ de ayudar a desprejuiciar, a vencer los estereotipos que obstaculizan la igualdad, la tarea consiste en demostrar en los hechos que la igualdad no consiste en que intentemos hacer todo de la misma manera, que tengamos las mismas reacciones, sino todo lo contrario; que ello no impide que seamos iguales.

La universidad debe plantearse el enfoque de género como una militancia a su interior pero también como parte de la tarea de enseñanza, investigación y extensión. La sociedad en que vivimos nos lo exige. Nosotras se lo debemos a las que nos siguen.

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ArtĂ­culos de este nĂșmero

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Los caminos del feminismo en la Argentina: historia y derivas
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GĂ©neros, identidades y familias diversas. DesafĂ­os al derecho a la igualdad
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