Las corrientes de pensamiento predominantes de la política externa argentina

Las corrientes de pensamiento predominantes de la política externa argentina

Por Alejandro Simonoff

A lo largo de la rica historia de este campo disciplinar, es posible observar cómo diversas conceptualizaciones resultan centrales para comprender la variedad de interpretaciones de lo que acontece en la relación del país con el mundo. Nuestra condición periférica impide la transposición mecánica de modelos desarrollados en el centro, aunque algunos de ellos podrían adaptarse, en la medida en que no desvirtúen los dilemas de cómo congeniar los márgenes de maniobra con la inserción.
 
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Los primeros tiempos de la disciplina

El concepto de autonomía articuló un primer momento paradigmático en la disciplina. Se expresó en la confrontación entre autonomistas y occidentalistas de los años sesenta y setenta.

Como se observa en la obra de Juan Carlos Puig, Doctrinas internacionales y Autonomía latinoamericana (1980), la autonomía fue percibida como el desarrollo del Interés Nacional, objetivado por un uso racional. Sus análisis del sistema internacional se concentraron en la asimetría existente en la relación entre América latina y los Estados Unidos, los efectos negativos de ellas, pero también de los márgenes de maniobra que permitirían la consecución de objetivos nacionales por parte de las elites que conducen el Estado-Nación, siendo ellas su variable de análisis. La integración está subordinada a la consecución de la agenda autonomista.

En cambio, los llamados occidentalistas, como Gustavo Ferrari (1981), por ejemplo, propiciaban un alineamiento acrítico con Estados Unidos. Su enfrentamiento con Puig y su escuela se plasmaba en percibir las acciones autonómicas como aislacionistas. Para Mario Rapoport sus aportes teóricos no fueron significativos, y muchos de sus trabajos fueron “tendenciosos”, y “con un juicio crítico no fundamentado” (1990: 556).

Democracia, política exterior y un nuevo paradigma

El pasaje de los setenta a los ochenta estuvo marcado, entre otras cuestiones, por la crisis de 1973 y sus consecuencias sobre el sistema internacional y el rol de los Estado-nación en él, como también por el efecto de la dictadura sobre la enseñanza en general y, en particular, de las relaciones internacionales.

En los ochenta, la agenda política democrática estuvo concentrada en la reinserción, llevando a un desplazamiento de las investigaciones desde la autonomía hacia aquel concepto y se prefiguraron dos líneas críticas al autonomismo que marcaron otro momento disciplinar que se visualizó en la polémica entre Rapoport (1984) y Escudé (1984) por la aparición del libro de este último, La declinación argentina (1983).

Aunque este debate giró en torno a los orígenes de la desinserción por la Segunda Guerra Mundial, aparecieron en él ciertos instrumentos que después fundamentarían el Realismo Periférico, como también se observó cierta referencia implícita a la desinserción producida tras la guerra de Malvinas.

Ambos cuestionaron a la teoría autonomista desde nuevos puntos de vista. Mientras Escudé aportó una lectura de las claves autonómicas como confrontación y no como aislamiento (1988), la de Rapoport apuntó a calificarla como “sugerente” pero “insatisfactoria”, ya que reconoció que abrió “un fértil terreno para los estudiosos en la materia y tuvo fuerte influencia en escritos posteriores” (1990: 565-6).

Durante esa década, además, comenzó a pergeñarse otra línea de inspiración neoliberal o relacionalista. Las nuevas corrientes tuvieron, además de los impulsos generales que destacamos, otros especiales: el programa de Relaciones Internacionales de la FLACSO y el Proyecto RIAL, este último impulsado por el chileno Luciano Tomassini.

A la luz de los cuestionamientos, los autonomistas fueron constituyendo una agenda de trabajo consistente en determinar las pautas para la construcción de una estrategia autonomista, la elaboración de interpretaciones de la historia de la política externa argentina, y analizar la influencia de la autonomía en el desarrollo disciplinar.

La interpretación neoconservadora, próxima a las lecturas occidentalistas, encontró en la oleada ideológica de la nueva derecha del fin de la Guerra Fría un impulso singular y constitutivo del segundo momento paradigmático de la disciplina. El Realismo Periférico (1992), de Carlos Escudé, se sustentó en la aceptación del orden unipolar, que marcó la agenda en materia de seguridad rechazando los desarrollos de tecnologías sensitivas y, en lo económico, se concentró en el rol que las fuerzas del mercado internacional le otorgaron al país.

El Interés Nacional fue definido solo en términos económicos, haciendo de la autonomía –a través de un proceso de disección conceptual en consumo e inversión– un concepto vacío y cuyo uso fue diferido permanentemente hacia el futuro, hasta hacerlo desaparecer como práctica.

Por su parte, la escuela socio-histórica estuvo definida por los modelos de acumulación “en la evolución del Estado, los regímenes políticos y en la formación de la política exterior” (Rapoport y Spiguel, 2003:170-1). Aunque este grupo su ubicó dentro del campo de la Historia de las Relaciones Internacionales, elaboró conceptos y construcciones analíticas que orientaron sus trabajos hacia cuestiones teóricas.

A pesar de los cuestionamientos a la teoría autonomista, no existió un rechazo total del concepto, sino que lo reelaboró gracias a las vinculaciones con la Escuela de Brasilia. Esta última cuenta con una tradición académica en el ámbito universitario, tanto desde el Instituto Brasileño de Relaciones Internacionales de la Universidad de Brasilia y sus publicaciones, como la Revista Brasileña de Política Internacional.

Finalmente, la corriente neo-institucionalista liberal, o neoliberal estuvo formada principalmente por Roberto Russell y Juan Gabriel Tokatlián y giró en torno al concepto de autonomismo relacional, que devino de varias influencias como las de Alexander Wendt, Kenneth Waltz y Stephen Walt. Entendieron a la autonomía puigiana como exclusivamente dependiente del grado de oposición a Estados Unidos y resaltaron el carácter determinante del tipo de régimen que la impulsa. Este nuevo tipo de pensamiento concentró su radio de acción en el Cono Sur, propició el multilateralismo y la creación de instituciones “que sirvan a nuestros intereses”. Su variable de análisis estuvo en la construcción de una “estrategia de internacionalización, o de regionalización, más que de nacionalización como en el modelo clásico”, en palabras de Russell y Tokatlián (2003: 108).

El interés nacional se compone tanto por cuestiones económicas y morales, de acuerdo con la ideología neoliberal, satelizando y reduciendo el rol del Estado periférico en el concierto internacional.

Esta corriente fue crítica del autonomismo y del neoconservadurismo, aunque compartían con este último su diagnóstico de la primera escuela, e incluso pretendieron erigirse en alternativa a aquel durante los años ochenta y los primeros del nuevo milenio.

La crisis de 2001 y una disciplina sin discursos predominantes

La crisis de 2001 generó una nueva instancia, sin que existiera una primacía de algunas de las escuelas. A pesar de la hegemonía de las corrientes neoliberales y conservadoras de los años noventa y el desplazamiento de los sucesores de Juan Carlos Puig a la periferia de la academia, esta Escuela siguió evolucionando, como lo demostraron los trabajos de Luis Dallanegra Pedraza, que apuntaron a pensar la construcción del poder más allá del concepto de suma cero, como creía Puig (2009). Raúl Bernal Meza, quien resaltó que la dependencia no desapareció, sino que se profundizó y, por ello, valorizó la integración como salida colectiva (2013), y Myriam Colacrai, que sostuvo la centralidad de la autonomía en el contexto actual, también vinculada a la integración como construcción identitaria regional para enfrentar los desafíos de la globalización (2009: 45).

El quiebre de la segunda instancia paradigmática llevó a Escudé a avizorar la llegada del Estado Parasitario y la flexibilización de su realismo periférico. En el primer concepto la política exterior “se convierte en un instrumento” de la política interna, alejándose de políticas exteriores racionales en función de intereses de largo plazo (2005: 117).

El alejamiento del horizonte de un mundo unipolar lo llevó a sostener que, en los últimos años, producto del “caos sistémico”, se “han reducido los costos de las confrontaciones con la potencia hegemónica” y esto tuvo como consecuencia que las “ecuaciones del ‘realismo periférico’ se ha(ya)n transformado” (Escudé, 2004: 19).

Esta transformación produjo a una revisión del proceso, al considerar que las políticas exteriores de las administraciones kirchneristas fueron una expresión de realismo periférico blando, frente a una aplicación ortodoxa de su teoría en los noventa (Escudé, 2009). Este giro escudeano ha dejado huérfanos a sus antiguos compañeros de ruta, quienes han regresado a la insulsa categoría de aislamiento.

Al avanzar este tiempo, el neoliberalismo derivó el acento puesto originalmente en el autonomismo relacional hacia la problematización de la llamada “Gran Estrategia” (Tokatlián, 2003). Su objetivo fue encontrar “un principio ordenador de la acción externa de los países de la región que permanece constante a pesar de los cambios en el entorno estratégico, tanto en el plano global como regional”, según indican Russell y Tokatlián (2013: 160).
Mientras que la Escuela Sociohistórica definió una “autonomía regional”, entendiéndola como la superación tanto del concepto puigiano como de la relacional, ella debe, tal como indica Rapoport: …partir de otras relaciones de fuerza, basadas en los propios derechos de cada uno como nación y del conjunto… posibilitando que la negociación con los poderes hegemónicos no la hagan preferentemente naciones aisladas, sino un bloque o un conjunto de ellas (2013: 17).

El autor estableció seis parámetros: la existencia de un mercado interno amplio y una economía de base nacional; soberanía en la protección del territorio y de sus recursos; alianzas estratégicas con países pares para negociar con las grandes potencias; recuperar el control sobre los movimientos de capital y las inversiones; promover un intercambio comercial equilibrado y la revalorización de la identidad nacional y regional (Rapoport y Míguez, 2015). Junto con los presentados por los herederos de Puig, estos postulados de Rapoport podrían estar reconfigurando un polo al interior del campo disciplinar, que abriría nuevas perspectivas de análisis en el marco de una autonomía renovada.

Recapitulando

Existieron dos momentos paradigmáticos, el de la Autonomía y el del Realismo Periférico, pero el campo no se limitó a estas opciones, sino que también surgieron otras.

La crisis de la hegemonía neoliberal produjo el fin de un momento paradigmático; las tendencias marginadas en los noventa (la autonomista y la sociohistórica) volvieron a ocupar un lugar destacado, aunque no lograron desplazar totalmente a aquel discurso dominante.

Mientras, la percepción neoconservadora perdió su centralidad, llevando al resto de los autores a volver a formas críticas más tradicionales, como la categoría de aislamiento. En las fases actuales, es probable que este último concepto gane relevancia, a pesar de la inconsistencia demostrada en el pasado.

En el caso de la versión “neoliberal” podemos señalar que la relación con la Autonomía está más simulada, casi invisibilizada, pero que emerge constantemente.

Pero, a diferencia de esta corriente, el autonomismo continuó reflexionando y planteó el rescate de la autonomía, la redefinición de la construcción del poder, un nuevo rol a la integración entre otros elementos, que mejoraron su versión clásica, sin alterar lo central: la búsqueda de márgenes de maniobra.

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Relaciones Internacionales

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