La perspectiva industrial argentina

La perspectiva industrial argentina

Por Enrique M. MartĂ­nez

La idea de la producciĂłn industrial estĂĄ fuertemente asociada a la de evoluciĂłn econĂłmica. Pero para lograr un desarrollo sostenido en nuestro paĂ­s es necesario garantizar que los productores de cualquier dimensiĂłn tengan igualdad absoluta de condiciones con las primeras marcas. Es hora entonces de repensar el rol del Estado, tanto como regulador de ciertas actividades como en su rol de empresario, sumando en esta instancia porciones crecientes de la ciudadanĂ­a.
 
Coordinador del Instituto para la ProducciĂłn Popular (IPP)


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En la puja cultural que siempre caracteriza a las comunidades, que es especialmente fuerte en los paĂ­ses de la periferia mundial, se ha identificado a la producciĂłn industrial como una especie de escalĂłn superior en la evoluciĂłn econĂłmica, superando a la producciĂłn agropecuaria y en trĂĄnsito a la posmoderna sociedad del conocimiento, donde los servicios serĂ­an el componente central. Como esa secuencia se corresponde con etapas histĂłricas de la humanidad de los Ășltimos 300 años, es un lugar comĂșn sostener que repetir la experiencia de los paĂ­ses centrales nos hace iguales a ellos, o al menos subcentrales, si esa palabra existiera. No es una justificaciĂłn suficiente para ocuparse a fondo de la industria, sobre todo si se advierte que la etapa siguiente, la de la dominancia de los servicios, tiene facetas muy cuestionables desde la eficiencia social y tiene mĂĄs justificaciĂłn en las deficiencias del capitalismo globalizado que en sus virtudes. La importancia del tema emerge del sentido comĂșn. Aplicar inteligencia y organizaciĂłn social a agregar valor para fines comunitarios a los frutos de la tierra, sean recursos renovables o –con mĂĄs agudeza y urgencia– no renovables, puede asegurar mejor calidad de vida colectiva. Tanto por los bienes obtenidos en ese trĂĄnsito como por el tejido que se genera, que multiplica geomĂ©tricamente las posibilidades de trabajo creativo, de orientaciĂłn de vocaciones personales o de nuestros hijos, de construcciĂłn de patrimonios repartidos masivamente en la ciudadanĂ­a. Eso es la actividad industrial y esa es su justificaciĂłn primaria. Hay efectos secundarios de la actividad. Algunos positivos y otros negativos. En la medida que la industria no se basa exclusivamente en bienes extraĂ­dos de la naturaleza, sino que utiliza mĂĄquinas, agrega otros insumos o componentes producidos por otras industrias, compra tecnologĂ­a para ejecutar sus procesos, cada unidad productiva importa proporciones variables de los bienes finales o intermedios que produce. Asimismo, dependiendo de la identidad, el costo relativo y las vinculaciones comerciales, cada empresa puede exportar parte de lo que manufactura. Ese intercambio, sumado a posibles remesas de utilidades al exterior en caso de que parte o todo el capital sea propiedad de residentes de otro paĂ­s, configura un balance de divisas propio; define una propensiĂłn a invertir o reinvertir en el paĂ­s; caracteriza la utilidad –o la desutilidad– de una actividad industrial, en la condiciĂłn que se dĂ© en el paĂ­s. No suelen ser esos los parĂĄmetros con que se juzga la presencia de una empresa industrial. ErrĂłneamente se reduce su evaluaciĂłn a la ocupaciĂłn directa que genera, cuando en caso de que se analice toda la cadena señalada, se podrĂ­a –y deberĂ­a– medir la ocupaciĂłn directa e indirecta, a la vez que los efectos sobre el balance comercial, la salud financiera global y la perspectiva de inversiĂłn del paĂ­s, la generaciĂłn de tecnologĂ­a, parĂĄmetros que si se quieren reducir a trabajo generado, podrĂ­an bloquear esta generaciĂłn en tĂ©rminos presentes y, ostensiblemente, en tĂ©rminos futuros.

Encuadre conceptual de la industria en la Argentina presente

La producciĂłn industrial representa alrededor de un 20% del Producto Bruto Interno (PBI), al cual debe añadirse una parte significativa de los servicios, que no existirĂ­an sin industria, ademĂĄs de la industrializaciĂłn minera y petrolera, que se computan en forma independiente. En tiempos de gigantismo del sistema financiero y de algunos segmentos comerciales, en todo el mundo, esas cifras son aceptables. Las dificultades, bien serias por cierto, no aparecen en las cifras del agregado macroeconĂłmico de aporte al PBI. El primer problema cuantitativo es el fuertĂ­simo saldo negativo de la balanza comercial industrial, que es estructural, ya que se presenta en tiempos de crisis –como en 2001– y se incrementa en tiempos de expansiĂłn, como en los 10 años siguientes. La industria automotriz, la industria ensambladora de equipos electrĂłnicos y todo el sector de bienes de capital son los principales actores negativos en esta despareja relaciĂłn con el mundo. Por otro lado, la siderurgia y la industria alimenticia son los sectores con nĂ­tida posiciĂłn favorable. El segundo problema cuantitativo se origina en la composiciĂłn accionaria de las empresas lĂ­deres y de un buen nĂșmero de empresas menores, que son proveedoras de aquellas, especialmente en la cadena automotriz. Al tratarse de filiales de corporaciones multinacionales, la remisiĂłn de utilidades agrega una presiĂłn adicional a la debilidad de nuestra balanza de pagos. En el mismo acto se agrega otra fragilidad con efectos cuantitativos para nuestra economĂ­a, porque esas utilidades giradas se restan de las inversiones de los años siguientes en nuestro paĂ­s. Esos pagos han llegado a mĂĄximos anuales equivalentes al 18% de la inversiĂłn industrial, que es una cifra muy relevante, ademĂĄs de tener en cuenta la incertidumbre que genera sobre el pronĂłstico de desarrollo el hecho de que exista una opciĂłn concreta de derivar las inversiones al exterior. AdemĂĄs de los temas ostensibles, que afectan la balanza comercial y la balanza de pagos del paĂ­s, hay un elemento adicional, normalmente invisibilizado, que pone en jaque la paz social de la NaciĂłn. Lamento ser algo grandilocuente en la afirmaciĂłn, pero no hay manera de calificar de otro modo al comportamiento de un actor productivo cuyos intereses objetivos lo llevan a bloquear el aumento del salario real de sus trabajadores, provocando un verdadero efecto cascada que se contagia al conjunto de la economĂ­a. En efecto, una filial de una corporaciĂłn multinacional actĂșa por supuesto bajo las leyes nacionales, pero con objetivos empresarios corporativos que la llevan a competir con otras filiales del grupo. En esa competencia debe demostrar que su rentabilidad es suficientemente alta como para que se le puedan asignar fracciones crecientes del negocio global. Esa rentabilidad depende de numerosos factores. Sin embargo, con un criterio bien bĂĄsico del capitalismo, las corporaciones suelen utilizar la relaciĂłn entre salario y productividad para calificar a un paĂ­s en tĂ©rminos relativos de calidad de clima de negocios. Las mejores cifras de un parĂĄmetro que no es habitual que sea estimado por organismos nacionales de estadĂ­sticas, y cuya mediciĂłn queda entonces a cargo de estudios especiales de investigaciĂłn, suministran algunos datos interesantes de fijar: 1) La productividad industrial de la Argentina, Brasil y MĂ©xico es muy similar y ronda el 28/30% de paĂ­ses como Francia o Estados Unidos. 2) A su vez la productividad industrial (PI) en el mundo central tambiĂ©n converge en una banda donde las diferencias entre extremos es de un 10%. 3) El crecimiento de la PI ha tocado picos de 3% anual en China o Corea del Sur, pero en series largas crece alrededor del 1,3/1,5% anual en el mundo central. 4) En LatinoamĂ©rica, ese aumento es del 0,8/1% anual, con lo cual la brecha se ensancha.

La implicancia prĂĄctica de estas cifras es que cuando el salario real en un paĂ­s como la Argentina se acerca al 30% del salario real francĂ©s o norteamericano, se encienden luces amarillas que ponen nerviosos a los gerentes locales de corporaciones, que pasan a señalar que “los salarios estĂĄn altos en dĂłlares” y señalan dos caminos: o devaluar o trasladar unidades de negocios a otros paĂ­ses. Un escenario industrial signado por los elementos cuantitativos mencionados, que presionan sobre nuestro flanco dĂ©bil –la disponibilidad de divisas– y por los elementos de estrategia empresarial especĂ­ficos de las corporaciones, plantea horizontes muy endebles para la calidad de vida general. En efecto: se podrĂ­a resumir la conclusiĂłn señalando que en el actual contexto el crecimiento estĂĄ vinculado a salarios reales bajos en tĂ©rminos internacionales. Para agravar esa conclusiĂłn cabe agregar que esa comparaciĂłn se deberĂ­a aplicar a sectores de alta intensidad de trabajo y poca tecnologĂ­a (indumentaria y calzado) o a sectores de mediana complejidad, en que la tecnologĂ­a la define la casa matriz, con alta densidad de ocupaciĂłn (ensamblado automotriz o electrĂłnico; lĂ­nea blanca). En ningĂșn caso estarĂ­amos hablando de salarios bajos en comparaciĂłn con niveles vigentes en el mundo central para industrias de punta, lo cual definirĂ­a escenarios al menos tolerables para pensar sobre ellos una estrategia de desarrollo.

Dos horizontes: uno dependiente y otro autĂłnomo

La perspectiva industrial, en un contexto con muchas tensiones internacionales por la poca dinĂĄmica de la economĂ­a global, combinado con polĂ­ticas pĂșblicas que trasladan a los actores privados buena parte de las decisiones, sin fijar prioridades significativas, exige mucha reflexiĂłn y prudencia. Una posibilidad bien concreta –tal vez la de mayor probabilidad de ocurrencia en el contexto polĂ­tico actual– es que se ponga el Ă©nfasis en crear condiciones que los dueños del capital perciban como favorables y que en consecuencia se deje a estos actores la iniciativa de quĂ© y cĂłmo producir. En tal caso, las situaciones previsibles son: profundizaciĂłn de la concentraciĂłn en la industria de bienes de consumo no durables, especialmente en la alimentaciĂłn, ya que si subsisten las dificultades para exportar en un mercado mundial sobreofertado, el mayor poder econĂłmico de las empresas lĂ­deres continuarĂĄ desplazando o absorbiendo a las empresas mĂĄs pequeñas. NegociaciĂłn permanente con las terminales automotrices o electrĂłnicas, ante la posibilidad de trasladar actividad a Brasil –las primeras– o al sudeste asiĂĄtico –las Ășltimas–. Creciente competencia de importaciĂłn en los rubros sensibles tradicionales, como indumentaria, calzado, muebles. Continuidad de la desarticulaciĂłn en las cadenas de valor con liderazgo multinacional, debida a la tendencia de las empresas a preservar a sus proveedores externos y ante la dificultad para la apariciĂłn de proveedores nacionales, ya que las terminales no comparten desarrollos tecnolĂłgicos en casi ningĂșn caso. Como resumen de todo lo anterior, un sector industrial que no implementa su potencial de ocupaciĂłn en el paĂ­s, especialmente de los segmentos con mayor valor agregado y que mantiene y profundiza sus efectos negativos sobre la balanza comercial y la balanza de pagos.

Al solo efecto de establecer pautas comparativas, se detalla a continuaciĂłn un conjunto de acciones que podrĂ­an ser mĂĄs amigables para el futuro nacional, siendo a la vez compatibles con un grado importante de independencia en la toma de decisiones para la actividad empresaria.

En primer tĂ©rmino, deberĂ­an aparecer un conjunto de acciones, que pueden ser una amplia gama, para respaldar a la producciĂłn popular de alimentos, de indumentaria, toda la gama de bienes de consumo no durables, estableciendo con base institucional las formas que acerquen estas producciones a los consumidores. Al presente, desde la salida de fĂĄbrica hasta el consumidor un alimento aumenta su precio al menos un 80% y una prenda de vestir al menos 200%, a pesar de que solo el primer eslabĂłn de la cadena industrial le agrega valor al producto final. En el Departamento de Agricultura de Estados Unidos una oficina lleva estadĂ­sticas desde hace muchos años de la relaciĂłn de precios entre el producto en puerta de chacra y el producto listo para consumir. En ningĂșn caso la situaciĂłn argentina resiste la comparaciĂłn. Pocos estudios comparativos se podrĂ­an hacer que dejen mĂĄs en evidencia la ineficiencia abusiva de nuestros sistemas de distribuciĂłn y comercializaciĂłn minorista. El concepto de democracia econĂłmica, que asegure la libertad de trabajar, producir y comerciar, no puede seguir asociado –paradojalmente– al reclamo de los mĂĄs poderosos para poder avanzar sin restricciones en el mercado internacional y tambiĂ©n en el mercado interno. Es necesario, por el contrario, que los productores de cualquier dimensiĂłn tengan derecho a transportar su mercaderĂ­a por toda la geografĂ­a argentina y –en cada lugar– tengan derecho a exhibirla y venderla en los lugares de concentraciĂłn de consumidores, en igualdad absoluta de condiciones con las primeras marcas. Ideas tan bĂĄsicas se plasmaron en una sĂłlida legislaciĂłn en Estados Unidos hace 80 años y buena parte de los conceptos han sobrevivido a la presiĂłn de una economĂ­a que no ha dejado de concentrarse. Los resultados han sido tibios y por lo tanto debe crearse un marco protector de la libertad de acciĂłn de la industria mĂĄs pequeña, que supere la concepciĂłn de aquel entonces. Una de las alternativas que serĂ­a importante estudiar es el dictado de normas que ayuden a segmentar algunos mercados donde la Argentina tenga potencial exportador significativo. Una polĂ­tica inteligente en estos espacios darĂ­a beneficios a empresas con capacidad de venta externa, condicionados a que cedieran parte del mercado interno a empresas mĂĄs pequeñas, en condiciones de concurrencia amplia. De tal modo se lograrĂ­a habilitar un trabajo mĂĄs distribuido, a la vez que mayor competitividad externa para algunas unidades. En los sectores de bienes durables, casi todos ellos liderados por filiales de multinacionales, es imperioso definir explĂ­citamente por quĂ© la NaciĂłn quiere que se produzcan esos bienes. Es claro que esas industrias aseguran gran volumen de empleo; diseminan tecnologĂ­a a sus redes de proveedores; constituyen un tejido que a travĂ©s del trabajo mejora nuestra comunidad en varios aspectos. Debe quedar claro, sin embargo, que eso es lo que necesitamos y nos interesa y no tiene que suceder a cambio de problemas en nuestra disponibilidad de divisas, que pueden anular las ventajas mencionadas e incluso superarlas. En lugar de premiar con beneficios impositivos una integraciĂłn nacional de componentes, que parece ser el reclamo empresario con aristas de chantaje, deberĂ­amos premiar resultados mĂĄs solventes. A saber: una polĂ­tica impositiva solvente deberĂ­a premiar a una empresa a partir de que su balance integral de divisas (exportaciones menos importaciones por todo concepto, giro de utilidades, regalĂ­as u otros servicios) pueda mostrar resultados positivos. Contrario sensu deberĂ­a castigar impositivamente a quienes tengan saldos negativos. Una decisiĂłn de ese tipo simplemente marca quĂ© desea el paĂ­s de esas empresas y enfatiza quĂ© es lo que no queremos. A partir de allĂ­, tendrĂ­an varios menĂșs de decisiones posibles: exportar equipos terminados o componentes; desarrollar proveedores nacionales; reinvertir utilidades en el paĂ­s. Lo que importa es el saldo agregado y no acciones menores o parciales.

Para la industria de insumos difundidos, incluyendo la industria petrolera o minera o de generaciĂłn de energĂ­a, el paĂ­s tiene la posibilidad de imitar experiencias positivas europeas de asociaciĂłn pĂșblico privada en que hay dos tipos de socios privados: uno que aporta tecnologĂ­a y otro que aporta capital, donde el segundo es en realidad la ciudadanĂ­a, que vuelca sus ahorros a esos ĂĄmbitos, con tasas mĂ­nimas que garantizan su retorno y participaciĂłn en las utilidades. De la mĂ­tica y ya obsoleta industria estatal se debe pasar a empresas transparentes, con mayorĂ­a de capital estatal, pero con participaciĂłn amplia de la ciudadanĂ­a en su financiamiento, respaldĂĄndose en la confianza que implican proyectos bien concebidos y bien controlados. Finalmente, es necesario un pĂĄrrafo sobre la industria de bienes de capital. Este es el sector que distingue a un paĂ­s desarrollado y autĂłnomo de los que no lo son. BasĂĄndose en reales o ficticias urgencias, cada uno de los gobiernos ha postergado y hasta sacrificado este sector, exponiendo la necesidad de asegurar el financiamiento de la obra pĂșblica; renovar una red ferroviaria en un par de años; cubrir un dĂ©ficit energĂ©tico acumulado por dĂ©cadas; y asĂ­ siguiendo. La falta de autĂ©ntico planeamiento detrĂĄs de esas decisiones se pagĂł y sigue pagando con centenares de miles de puestos de trabajo calificado y con muchos miles de millones de dĂłlares por año. Es necesario construir desde lo que ha sobrevivido a tanto descuido y desde un menĂș bĂĄsico de necesidades de la industria mĂĄs dependiente de bienes de capital de alta calidad. La industria petrolera; buena parte de la industria mediana; hasta los talleres de indumentaria, utilizan equipo importado que admite una progresiva sustituciĂłn por oferta nacional, en un proceso de protecciĂłn y de exigencias combinadas, que se puede nutrir de la lĂłgica impulsada por el gran Aldo Ferrer hace mĂĄs de cuarenta años.

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