La nueva geopolítica de los recursos: nuevas tendencias globales y su impacto sobre Asia y Medio Oriente

La nueva geopolítica de los recursos: nuevas tendencias globales y su impacto sobre Asia y Medio Oriente

Por Lucia Martínez de Lahidalga

El control de los recursos naturales estratégicos por parte de las principales potencias del sistema internacional siempre ha sido una prioridad para las mismas. Si bien a lo largo de la historia muchos de los conflictos internacionales han sido justificados con los más variados motivos –militares, económicos, defensa, políticos, religiosos, etc.–, lo cierto es que los verdaderos intereses geopolíticos sobre los recursos han estado, en su mayoría, encubiertos.
 
Joven Investigadora del Instituto Rosario de Estudios del Mundo Árabe e Islámico de la Universidad Nacional de Rosario (IREMAI-UNR). Integrante del Grupo de Medio Oriente (GEMO) de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la UNR


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Años atrás, durante la Guerra Fría, las divisiones y alianzas internacionales se creaban por alineamientos ideológicos, hoy la competencia económica rige en muchos casos las relaciones internacionales. Es por esto que la competencia por el acceso a los recursos naturales y riquezas económicas se intensifica cada vez más, convirtiéndose en un aspecto estratégico. Esto resulta evidente en el caso del continente asiático y, más específicamente, en la región de Medio Oriente, donde las reservas de crudo y gas son los principales blancos.

La economía mundial y su desarrollo dependen de recursos estratégicos como son el petróleo y el gas natural. Tanto la región Asia Central como la de Medio Oriente poseen las mayores reservas de estos recursos (alrededor del 70%), siendo Arabia Saudita uno de los principales países exportadores de crudo del mundo y un actor clave en el balance de poder de la región. El interés geopolítico directo en controlar las riquezas de esta parte del planeta –las cuales albergan un alto poder económico– explica en gran parte los cambios en dinámicas de este sector del mundo. Es por ello que resulta trascendental poder comprender los nuevos movimientos que se suceden tanto en la nueva geopolítica de los recursos como en el mercado energético internacional y, al mismo tiempo, la forma en que países clave en estos aspectos –Arabia Saudita, China y Estados Unidos– hacen frente a los cambios en este terreno.

Nueva geopolítica: nuevos conceptos

En la última década mucho ha cambiado en la dinámica de conflictos en el mundo. Durante gran parte del siglo XX, los conflictos eran iniciados por motivos ideológicos –así como los alineamientos de países frente a estos–. No obstante, en los recientes años, uno de los principales motores generadores de conflictos y rivalidades a nivel internacional ha sido, sin duda, el factor económico. En este sentido, bien conocida es la influencia fundamental que poseen los recursos estratégicos –escasos y distribuidos de manera desigual a lo largo y ancho del globo– en el desarrollo económico mundial. Una nueva geopolítica de los recursos ha nacido, con características diferentes de las hasta ahora conocidas por todos.
Si bien se trata de un actor que no integra el continente asiático, no es menos relevante mencionar la irrupción en 2014 de los Estados Unidos como principal productor de crudo y gas shale, lo cual ha modificado la geografía de productores y exportadores de petróleo y gas a nivel global. Estados Unidos pasó de ser el principal importador de crudo del Medio Oriente, a autoabastecerse internamente de manera casi autónoma (en un 90% aproximadamente) con su explotación y producción local –2013 fue el primer año en que la producción propia norteamericana superó la importación de crudo–.

Esta modificación sustancial fue gracias a la técnica combinada de la fractura horizontal y el fracking, logrando tener acceso y extraer gas y crudo no convencional que permanece almacenado en rocas, en yacimientos donde la concentración de estos recursos no era suficientemente concentrada para llegar a ser rentable su extracción. La gran diferencia con los yacimientos de Medio Oriente radica en que estos pueden rendir décadas, distinto de aquellos explotados en Estados Unidos, que solamente son rentables entre cuatro y cinco años. Las empresas de fracking norteamericanas deben realizar perforaciones en la tierra de manera más asidua a fin de mantener la producción, lo cual no solo conlleva más altos costes por barril de petróleo sino que, al mismo tiempo, implica un mayor impacto ambiental.

El hecho de que Estados Unidos haya desplazado a países como Arabia Saudita o Rusia como principales productores, se debe a que –gracias a la fractura hidráulica– desde 2014 el país norteamericano logró incrementar su producción diaria en 1,6 millones de barriles. Esto tuvo una consecuencia directa en el mercado energético mundial, donde el precio del barril se rige por la ley de oferta y demanda, dando origen a una guerra comercial entre las principales potencias productoras. El precio del barril se vio recortado hasta un 50%, llegando a reducirse a los 50 dólares a principios de 2015.

Existe además otro factor más reciente que ha modificado el panorama de la geografía de los recursos: la irrupción de Irán en el mercado energético global, luego del levantamiento en enero de 2016 de las sanciones impuestas por Estados Unidos y Europa cuatro años antes, a fin de intentar disuadir al gobierno iraní de desarrollar y poseer armas nucleares. Estas sanciones consistieron en cerrar las importaciones de crudo iraní a dichos mercados. Cuando las sanciones fueron levantadas, como consecuencia de la entrada en vigor del acuerdo nuclear entre Irán y seis potencias, la oferta de crudo iraní se volcó nuevamente en el mercado (500.000 barriles por día), los precios del barril que ya venían sufriendo una fuerte caída se vieron afectados aún más, alcanzando los 30 dólares. Si bien Irán aún debe recuperar su capacidad de producción máxima (debido a la mala condición de sus instalaciones y la falta de inversiones), se estima que su capacidad actual se duplicará para fines de 2016.

Este panorama se complejiza aún más dado que Irán estaría dispuesto a vender su crudo más barato que los precios en el mercado internacional, agudizando la rivalidad con Arabia Saudita no solo en el plano geopolítico sino también en el religioso –el primero es el mayor país con población chiita de la región, mientras que la segunda es una de los principales representante de los sunitas–.

Por otra parte, no menos importante es mencionar la alteración que ha causado en el panorama geopolítico regional la expansión geográfica del Estado Islámico sobre Irak, Siria y otras áreas inestables de la región. El Estado Islámico no solo ha encendido divisiones y subdivisiones sectarias, también ha traído al escenario un nuevo desafío geopolítico para la región. Esto se debe a que el control que ejerce sobre los recursos de las zonas donde se encuentra asentado lo mantiene gracias a una gran variedad de medios que van desde los estrictamente militares hasta el uso de las representaciones culturales y religiosas. Es claro que una parte muy importante del sustento económico del Estado Islámico proviene de los pozos petroleros de los territorios sobre los que se ha expandido (cabe recordar que Irak se encuentra entre los primeros puestos de países productores de petróleo). Este crudo, barato y mal refinado, no solo se comercializa al interior del Estado Islámico, sino que también estaría siendo exportado a través de las porosas fronteras sirias con destino a Turquía.
Aquí no solo entra en juego Arabia Saudita, sino también los países del Golfo, como defensores, protectores y financiadores de los grupos insurgentes sunitas frente al gobierno alawita de Bashar Al-Asad en Siria (apoyado por Irán y Rusia). El reino saudí y sus pares del Golfo han canalizado de forma encubierta cientos de millones de dólares para apoyar al Estado Islámico en la cruzada sectaria, tanto económica como militarmente.

Arabia Saudita y China, actores centrales en geopolítica de los recursos desde la oferta y la demanda

Durante el desarrollo de los cambios que afectaron el panorama geopolítico mundial, emergió un actor clave en cuanto a la demanda de recursos: China. El gigante asiático pasó a ser el principal importador de crudo desplazando a Estados Unidos, producto de su exponencial crecimiento económico, con un promedio de 7,6% anual, y el incremento en su demanda energética. Durante la Guerra Fría, China fue capaz de autoabastecer sus necesidades energéticas. No obstante, a partir de 1993 el consumo chino comenzó a exceder su propia producción. Desde ese momento, el crecimiento del consumo y de la importación de crudo pasó a ser una preocupación para los dirigentes chinos, convirtiéndose en una cuestión de seguridad nacional para el país de Lejano Oriente.

China ha perseguido el objetivo de lograr seguridad energética de varias maneras: estableciendo una presencia significativa en muchas regiones productoras, desarrollando lazos políticos y militares con grandes productores extranjeros y diversificando tanto las fuentes de energía importadas como las rutas por las cuales estas llegan al país. Se calcula que el suministro proveniente de Medio Oriente representa aproximadamente el 60% de las importaciones energéticas chinas; es por ello que se ha detectado un grado de intervención china en los intereses petroleros de Medio Oriente.

Cabe destacar el acercamiento entre Arabia Saudita y China desde que el reino saudí se ha convertido en su principal proveedor, mientras que la alianza entre las principales empresas petroleras de ambos países (Saudi Aramco y Sinopec) se ha reforzado. Sin embargo, el gobierno chino es consciente de la inestabilidad que sufre la región de Medio Oriente, razón por la cual también busca reducir –en lo posible– su dependencia energética, haciendo que los países de Asia Central se conviertan paulatinamente en proveedores confiables de recursos energéticos.

Asimismo, desde el lado de la oferta energética y de recursos no se puede dejar de analizar el rol de otro actor clave: el reino de Arabia Saudita. Este gigante productor y exportador de petróleo, miembro fundamental de la OPEP, es sin lugar a dudas un país central a la hora de pensar las nuevas dinámicas en la geopolítica de los recursos.

Entre las principales razones por las cuales el papel de Arabia Saudita resulta ser sumamente relevante a la hora de analizar la nueva geopolítica de los recursos, podemos destacar algunos factores. Su riqueza petrolera: su capacidad de producción es la más alta a nivel mundial –10 millones de barriles al día aproximadamente–. El reino saudí posee unos de los primeros puestos en las exportaciones de crudo, en su subsuelo se encuentran 1/5 de las reservas mundiales comprobadas de petróleo y tiene posibilidades de aumentar la producción.

Por otro lado, es propietaria una de las empresas más grandes de crudo y gas a nivel mundial: Saudi Aramco. Se trata de una empresa estatal que cuenta con alrededor de 55.000 empleados y es propietaria de una de las mayores redes de hidrocarburos.

Otro motivo que alimenta el rol central del reino saudí tiene que ver con su fuerte posición en el interior de la OPEP, institución que ha posibilitado proyectarse más allá de su influencia sobre los países árabes de la región. A Arabia Saudita le fue asignado el título de Swing Producer, haciendo referencia a su capacidad de producción excedente de crudo para paliar las disrupciones en el abastecimiento y nivelar el mercado: balancear y mantener el precio.

El gran poder geopolítico de Arabia Saudita se apoya principalmente en su capacidad de influencia en el mercado de los hidrocarburos. Hasta hace poco tiempo, 2014-2015 aproximadamente, esta buscaba mantener altos los precios del barril (fruto de la fuerte demanda proveniente de China, principalmente, cuyo crecimiento económico presionaba los niveles de la oferta mundial de hidrocarburos de aquel momento), a los fines de maximizar las ganancias de las exportaciones petroleras y expandir la utilidad de las reservas. El gobierno saudita estaba dispuesto a combatir los precios por debajo de los 90 dólares mediante la reducción de su producción.

Precisamente, fueron estos altos niveles en los precios del crudo los que motivaron las inversiones para lograr la extracción de hidrocarburos en lugares de difícil acceso y con costes muy por encima de los promedios de los productores tradicionales. Este tipo de crudo, conocido como tight oil, ganaba cada vez más terreno en el mercado frente al crudo proveniente de la OPEP y, por consiguiente, al saudita.

No obstante, hacia fines de 2015 y principios de 2016, la caída de los precios de los hidrocarburos se profundizó llegando a los 30 dólares el barril, ocasionando una gran preocupación en los países productores de la OPEP. Arabia Saudita, si bien ha recalculado su perspectiva económica a largo plazo, no parece estar dispuesta a cooperar a fin de llegar a un acuerdo para recortar su oferta a pesar de los bajos precios.

La estrategia saudí parece clara: no reducir su cuota de producción (lo cual le es posible dado que los costos de producción de los países del Golfo siguen siendo más económicos que los precios del barril en el mercado) ni su posición en el mercado mundial, y con ello obligar a que el ajuste en los niveles de producción –a fin de recortar la oferta y lograr un repunte en los precios– deba ser llevado a cabo por aquellos países productores extra OPEP (como Estados Unidos) con altos costos de extracción (fracking).

Otro objetivo de la estrategia saudita se relaciona directamente con la rivalidad que mantiene con la República Islámica de Irán. Arabia Saudita intenta disminuir la rentabilidad de las nuevas exportaciones iraníes que comienzan a insertarse en el mercado y, al mismo tiempo, que los bajos precios obstaculicen la concreción de las inversiones necesarias para aggiornar su industria petrolera. Esta situación acrecienta la ya mencionada rivalidad Riad-Teherán que vuelve a estar en el centro del ojo de la tormenta.

No obstante, el gobierno saudí ha recalculado su posicionamiento económico a largo plazo. Es por ello que el pasado mes de abril lanzó el denominado plan “Visión Saudí para 2030” a los fines de lograr la diversificación de su economía y así apuntar a reducir su dependencia –en un 80%– de los hidrocarburos. Este plan contempla, entre sus principales medidas, la privatización del 5% de Saudi Aramco y el incremento del fondo soberano de inversión saudí.

Conclusión

El actual escenario geopolítico dista considerablemente del que conocíamos hasta hace pocos años atrás. A las nuevas dinámicas impuestas por actores como los que fueron mencionados –Estados Unidos, Estado Islámico, Irán, entre otros– se suman hoy nuevas preocupaciones. Estas tienen que ver con la tendencia a la ralentización del crecimiento económico de los llamados países emergentes, entre los cuales se encuentra China, y las tímidas pero cada vez más oídas demandas climáticas sobre el consumo de energías renovables a nivel mundial.

El panorama comercial global de precios, oferta y demanda de recursos energéticos se ha modificado en el último año y ha provocado que muchos actores centrales deban reacomodarse. Arabia Saudita es consciente tanto de su capacidad de influencia –fruto de su poder petrolero indiscutible– como de que el despliegue de su estrategia geopolítica tiene un amplio impacto sobre el resto de los actores. De hecho, no solo ha sabido capitalizar de manera pragmática estos cambios en la geopolítica de los recursos sino que, hasta el momento, se ha visto capacitada para proyectarse a largo plazo en un escenario aún más cambiante.

Nos encontramos frente a un panorama que refleja la caída de los precios de estos commodities durante un período más prolongado de lo que se estimaba, donde impactan nuevas tendencias tanto en la oferta como en la demanda del mercado energético, el factor del cambio climático, y el hecho de que los principales productores no estén dispuestos a ceder en su posición el mercado. Inclusive, la alta inestabilidad política de la región del Medio Oriente conlleva la necesidad de tener que repensar casi permanentemente cómo esta afecta la dinámica con la que se manejan los recursos estratégicos a nivel global. La nueva geopolítica de los recursos se refleja en estos factores fundamentales, los cuales no deben ignorarse o perderse de vista dada su alta volatilidad y tendencia al cambio.

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