La irrupción de un sujeto inesperado en las instituciones

La irrupción de un sujeto inesperado en las instituciones

Por Alfredo J.M. Carballeda

Desde la perspectiva neoliberal utilitarista y el discurso de la meritocracia, las necesidades no son reconocidas como derechos sociales no cumplidos, sino que son atribuidas a falencias individuales, ya sea conductuales o genéticas. En este escenario de fragmentación social, quien demanda puede ser visto como un Otro amenazante por aquellas instancias que deberían cuidarlo e incluirlo.
 
Trabajador Social. Profesor Universitario UBA-UNLP. Doctor en Trabajo Social PUC - Pontificia Universidad Católica de São Paulo. Diplomado Superior en Ciencias Sociales (FLACSO)


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1. Subjetividad y fragmentación social

Nuestra sociedad viene atravesando desde hace más de un año y medio diferentes procesos
de fragmentación que construyen nuevas formas de desazón y desencanto. Se quebrantan los lazos sociales y, desde allí, se producen nuevos atravesamientos y sentidos de lo político, lo económico y lo cultural. La incertidumbre, asociada a una sensación de pérdida inminente de derechos o condiciones de vida que se presentaban como establecidas y previsibles, genera nuevos padecimientos y se relaciona con la aparición de diferentes formas de sociabilidad.

Por otra parte, desde un lenguaje hegemónico a través de los medios de comunicación, se construye un discurso fuertemente individualista que, pareciera, se introduce subrepticiamente en cada uno de nosotros y como forma de dominación a través una especie de autocontrol y punición que cada individuo ejerce sobre sí mismo, convirtiéndose en su propio celador y carcelero. El controvertido y engañoso discurso de autoayuda se transforma en una separación de los otros y especialmente actúa disciplinando a toda la sociedad.

Así, también se construyen formas de gobernabilidad. De esta manera, el neoliberalismo produce construcciones novedosas de subjetividad que pueden entenderse como esencial y necesariamente fragmentadas. La ruptura del lazo, el temor y la violencia hacia lo Otro se transforman tal vez en una necesidad que se explica como una forma de biopolítica que atraviesa cuerpos y subjetividades construyendo una forma de dominación que pareciera eficaz.

Esas condiciones van desde el lazo social hasta los cuerpos y la subjetividad. Es posible pensar que las subjetividades actuales atraviesan un proceso de fragmentación que se constituye desde la imposición violenta del neoliberalismo como un mandato social y cultural que se presenta como única alternativa posible a seguir, donde hay solo perdedores y ganadores temporales. Los que ganan solo consiguen un efímero, circunstancial y transitorio lugar dentro de una forma cada vez más ficticia de idea de inclusión social signada en una especie de necesidad de desigualdad. Una sociedad cada vez más cercana a la metáfora de sumatoria de individuos, sin relación con el pasado, presente o futuro colectivos. De este modo se fueron constituyendo formas de la individualidad que llevan a la sensación de degradación de uno mismo y consecuentemente de lo Otro. Quien no pertenece al mundo de los ganadores, dentro de esta lógica, debe revisar sus propias debilidades e incapacidades.

La subjetividad se moldea dentro de la lógica del mercado y es allí donde se fragmenta, se divide, para adecuarse engañosamente a cada demanda, pedido o mandato que surge de este. Desde la exacerbación del individualismo, el porvenir y los proyectos se empañan y quedan marcados por la angustia y la desazón. La promesa emancipadora de la educación, al carecer de puntales y certezas, gira nuevamente hacia un sinsentido que traspasa a todos los actores sociales que la constituyen. Desde los enunciados hasta la construcción de sentido en la vida cotidiana.

El neoliberalismo construye una forma de mirada impersonal, sin historia ni pertenencia, solo una supuesta individualidad que tiene valor y lógica desde la perspectiva utilitarista, donde la sociedad se construye en definitiva en soledad, sin los otros. Donde lo diferente y lo desigual tienden nuevamente a ser atravesados por el discurso de la psiquiatría positivista, transformando en individual el conflicto y el malestar social. Las reacciones químicas explican la vida cotidiana, en una nueva versión de la autoayuda que evoca inevitablemente al temor a las masas que podemos encontrar en los viejos textos de Ramos Mejía, cuando expresaba que, en la conflictividad de la Argentina de principios del siglo XX, las multitudes se mueven por instintos que podían entenderse desde fórmulas químicas. Una sociedad que no se reconoce como generadora de desigualdad y que pareciera necesitarla y hasta festejarla, forzosamente requiere apoyarse en la exaltación del egoísmo, en la meritocracia, en las debilidades de la voluntad, para autojustificarse. Las libertades transmutan, pierden su condición, quedan atadas al mercado, solo son económicas, se desprenden del todo social y se transforman en artificios que generan más sujeción. Así, las necesidades dejan de ser derechos sociales no cumplidos, para transformarse en falencias individuales, genéticas o conductuales. En sociedades como la nuestra en la actualidad, donde la apariencia de una felicidad artificial –publicitaria– es el reaseguro para seguir perteneciendo, todo aquello que diga algo diferente se presenta como disruptivo.

2. La fragmentación institucional

Por otra parte, también las instituciones, ahora acosadas más que nunca por esas formas discursivas, fragmentan cuerpos, trayectorias y subjetividades. Se muestran azoradas, con menor capacidad de respuesta, atravesando una intensa crisis de legitimidad y representación al no poder cumplir con sus mandatos fundacionales. La incertidumbre también atraviesa a las instituciones. Allí es posible visibilizar formas de fragmentación que se expresan a veces como puja de diferentes sectores, personas, espacios. Pareciera que cada lugar dentro de las instituciones construye, elabora y ratifica un sujeto de intervención social que es diferente, propio de cada microespacio y ajeno a los otros. Al terminar de desdibujarse el proyecto de nación, la fraternidad como elemento esencial en la constitución de este se evapora y se extravía el sentido, el “para qué” de las prácticas y los dispositivos.

Las instituciones estatales, nuevamente degradadas por el desfinanciamiento, la lógica de mercado y la desacreditación, se inscriben dentro de una lógica que vuelve a reafirmar que lo público es una carga que es sostenida por cada uno de los “incluidos” sociales.

La noción de solidaridad no se presenta como solidaria con la de la igualdad. En otras palabras, se logró instalar un discurso donde la solidaridad restringe la libertad. El neoliberalismo consiguió, por lo menos momentáneamente, separar las nociones de Igualdad, Libertad y Fraternidad, sembrando lentamente, a través del terrorismo de Estado y de mercado, una desconfiada mirada hacia lo Otro. Las instituciones del Estado se encargaban hasta no hace mucho de intentar ese reencuentro, donde la diversidad, lo heterogéneo, construía integración y fortaleza social.

3. La irrupción de un sujeto inesperado

La producción de subjetividad que surge de los escenarios actuales se relaciona con diferentes condicionantes que genera el neoliberalismo; es, de alguna manera, una subjetividad que se constituye dentro de una lógica de integración selectiva. Es decir, atravesada por la lógica de mercado desde donde se ponen límites, perfiles, recortes que se constituyen como un conjunto de elementos que demarcan aquello que posiblemente será aceptado o rechazado tanto a nivel social como institucional.

De esa manera, el sujeto que se presenta en las instituciones, demandando, transitándolas, puede generar una distancia, que se transforma en sensación de extrañeza, azoramiento y sospecha, convirtiéndose en un Otro que suele ser visibilizado desde el temor.

Es un sujeto que tampoco coincide con los mandatos fundacionales de las instituciones y es contradictorio con la idea de sujeto de intervención que estas generaron dentro de las fragmentaciones que se fueron construyendo desde las lógicas neoliberales. En otras palabras, una subjetividad que se funda desde la exclusión, dentro de trayectorias fragmentadas, marcadas por la pérdida de derechos y la incertidumbre.

Entre el sujeto que cada institución sigue esperando y el que realmente llega se produce una distancia que varía según diferentes circunstancias, que en determinadas situaciones puede ser transitable y, en otras, produce un hiato, un vacío que lo torna irreconocible y ajeno. Esa ajenidad se transforma en una forma de temor que paraliza, desconcierta y, desde el rechazo, construye una especie de limitación que se expresa como incapacidad. Así, las instituciones, frente a ese sujeto inesperado, dejan de contener, de escuchar, de socializar y fundamentalmente de cuidar. Paradojalmente, se invierte el sentido; quien debe ser cuidado, alojado, produce muchas veces una acción inversa que se puede sintetizar en cuidarse de quienes deben cuidarlo.

Por otra parte, en el tránsito de una sociedad que se proponía recuperar la integración a otra que ratifica la dualidad de la integración y la exclusión, las instituciones acrecientan la falta de solidaridad de unas con otras.

Los cambios sufridos en los últimos meses dentro de nuestra sociedad, que generan incertidumbre en el plano de los derechos y la pérdida de libertades, impactan singularmente en diferentes sectores: salud, educación, acción social, a partir de la pérdida concreta de apoyos, acompañamientos y acciones que se orientaban a sostener a ese sujeto que llegaba a cada institución, hoy entran en un plano de incertidumbre y el impedimento en la accesibilidad que genera desconcierto e indignación. Ese sujeto inesperado se ratifica como producto del padecimiento de no formar parte de un todo social que vuelve a separarse ahora con nuevas formas de la violencia. Transformando la promesa de derechos subjetivos y libertades en una manera de opresión que se expresa en biografías donde sobresalen los derechos vulnerados, su reparación desde políticas activas, y ahora, nuevas pérdidas.

En otras palabras, emerge un sujeto que no es ya homogéneo, sino que más bien es un sujeto que muestra la fragmentación y la desorientación que lo constituye. Un desconcierto que se presenta como premeditado, impulsado desde el temor y la represión que evoca lo siniestro de nuestra historia.

Ese sujeto inesperado surge allí donde la complejidad del sufrimiento marca las dificultades de los abordajes uniformes y preestablecidos, en expresiones transversales de la cuestión social que superan muchas veces los mandatos de las profesiones y las instituciones. Así, es solo un individuo precario, temporal, al cual se le obtura su posibilidad de ser en su relación con otros. Todo este proceso se da en una sociedad donde el porvenir vuelve a oscurecerse y a enfermarse de incertidumbre, a través de acciones de todo tipo que atraviesan de manera tenaz, persistente y silenciosa lo cotidiano.

4. Subjetividades resistencias y futuro

Las condiciones de construcción de subjetividad surgen también desde la resistencia, desde la posibilidad de generación de disrupciones en el orden social que pretende establecerse. Se expresan y sostienen desde la construcción de acontecimiento.

Los espacios de socialización que aún poseemos, tanto formales como informales, muestran la posibilidad de recuperar el lazo social que vuelve a ser acosado a través de una premeditación abierta y descarada. Estamos posiblemente ante una serie de nuevas acciones siniestramente diseñadas, muy similares al terrorismo de Estado, que apuntan a una destrucción sistemática del lazo social, de nuestra integración, de nuestra solidaridad.

Es desde la recuperación de la identidad, la pertenencia, lo propio situado e imbricado con nuestra condición latinoamericana, que es posible transitar los recorridos que llevan a transformaciones, a la reconstitución de integraciones perdidas y recuperadas desde la conquista.

Tal vez desde allí se puedan generar nuevas formas de institucionalidad que den cuenta de lo heterogéneo, de las posibilidades de acompañar y cobijar que siguen latentes y presentes en nuestras prácticas. Para ello necesitamos implicarnos intensamente en un compromiso que parte de la idea de que no hay sociedad posible sin un Otro.

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