La historia de la globalización según Aldo Ferrer

La historia de la globalización según Aldo Ferrer

Por Mario Rapoport

Discutir la globalización nos obliga a retomar el debate sobre el papel de los mercados nacionales y de los Estados-nación como categorías históricas, porque fueron los Estados nacionales los que forjaron los mercados nacionales y luego el mercado mundial. La historia total y completa de este proceso se encuentra en la obra de Ferrer. Un recorrido por dos libros fundamentales.
 
Miembro del Plan Fénix. Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires


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“Toda la tierra habitable –decía Paul Valery en 1931– ha sido en nuestros días reconocida, relevada, compartida entre las naciones. La era de las tierras vacías, de los territorios libres, de lugares que no pertenecen a nadie (ha terminado)… la era de la libre expansión se ha cerrado. El tiempo del mundo finito comienza”.

Pero esta constatación puede llevarnos a conclusiones equivocadas en el análisis de la coyuntura actual y de sus perspectivas futuras si no recurrimos a la historia y si no nos interrogamos sobre las características del proceso histórico que nos condujo a la situación presente y sobre sus alcances. ¿Cuándo comienza? ¿Es un proceso reciente o viene de muy lejos en el pasado? ¿Representa un punto de inflexión de la sociedad moderna o no es más que un episodio, una etapa, difícil de poder cernir en sus límites temporales? ¿Es propio de la sociedad capitalista o tiene rasgos comunes con otras sociedades del pasado?

En verdad, la mayoría de los textos que hablan de globalización carecen de una perspectiva histórica o, si la tienen, esta es insuficiente o no bien fundamentada, aunque sus conclusiones prácticas aparecen evidentes. El problema principal es que quienes se refieren hoy a la economía mundial como una novedad, consideran que las economías nacionales están en vías de disolverse, ignorando el grado en el cual, a lo largo de varios siglos, el proceso de mundialización económica ha Estado íntimamente articulado a la formación y desarrollo de los espacios económicos nacionales. Es decir, discutir el estatus teórico e histórico de la globalización remite necesariamente a un nuevo debate sobre el papel de los mercados nacionales y de los Estados-nación como categorías históricas.

Sin embargo, algunos historiadores y economistas no han sido tomados por sorpresa y antes de que se acuñara el concepto de globalización ya existían otros que podrían abarcarlo. Así, por ejemplo, en espacios más limitados y circunscriptos en el tiempo, Fernand Braudel introdujo los conceptos de imperios-mundo y economías-mundo. No trataba de explicar fenómenos que se extendían a todo el globo terrestre pero sí a considerables extensiones de tierra, reconocidas y ocupadas por los hombres, que conformaban una misma unidad económico-política en determinados momentos históricos. Esta visión, que contribuyó a estimular una perspectiva de más largo alcance en los estudios históricos, se asocia a otro concepto “braudeliano” clave, el de “larga duración”.

Para Immanuel Wallerstein, cuya obra histórica estuvo dedicada a desarrollar esta idea “braudeliana”, el concepto de “economía-mundo” (world-system) no debe ser confundido con el de “economía internacional”, que se entiende como la suma de una serie de economías distintas de alcance nacional que, bajo ciertas circunstancias, realizan intercambios las unas con las otras. Según Wallerstein, estamos en presencia de una “economía-mundo” siempre que exista “una división internacional del trabajo… con un conjunto integrado de procesos de producción, unidos unos a otros por un mercado instituido o creado de alguna manera compleja”. La economía-mundo de forma capitalista, basada sobre un modo de producción definido, no resulta así una novedad del siglo XX, ni tampoco una simple yuxtaposición de economías nacionales, sino que ha existido, al menos en parte del globo, como un sistema social histórico, desde el siglo XVI.

Es cierto que en el siglo XIX las ideas dominantes del liberalismo, bajo la influencia del pensamiento de Adam Smith, representaban el desarrollo de la economía mundial y las tendencias a la internacionalización en todos los planos como resultado exclusivo y determinante de la expansión de los mercados. Pero esta visión unilateral, tanto del proceso de los siglos previos como de aquel mismo período, provenía de la necesidad del capitalismo industrial triunfante y de sus sectores dirigentes, sobre todo en la etapa del monopolio industrial de hecho de Gran Bretaña, de abrir el mundo a las mercancías de su industria en expansión. En realidad, como lo expuso Karl Polanyi, el comercio nacional que sirvió de base a la expansión capitalista no había sido el resultado de la expansión automática y espontánea ni de los mercados locales, ni del comercio exterior a gran distancia propio de los mercaderes medievales, sino de la acción de los Estados nacionales, desde las monarquías absolutas hasta List y el Zollverein alemán, por un lado, y el Japón Meiji, por otro, pasando por la revolución inglesa del siglo XVII, la francesa del XVIII, y el proceso de formación nacional de Estados Unidos influenciado fuertemente por las ideas “proteccionistas” de Hamilton. De hecho, afirma Polanyi, “el comercio interior… ha sido creado en Europa Occidental por la intervención del Estado”.

Estas ideas y muchas otras Ferrer las desarrolla en dos libros imprescindibles, Historia de la globalización I e Historia de la globalización II, el primero abarcando lo que denomina Orígenes del Primer Orden Mundial y el segundo, la Revolución Industrial y el Segundo Orden Mundial. Con estos libros Ferrer agrega al hecho de ser un gran economista e historiador económico local con un pensamiento nacional, como lo conocemos a través de un prolífica obra, en la cual sobresale su clásico La Economía Argentina, el de ser también un gran historiador, que poco tiene que envidiar a un Braudel o un Hobsbawm. En este sentido toma el difícil sendero que me enseñó otro gran maestro, Pierre Vilar: la historia total. Pero no como un conjunto desordenado de hechos o acontecimientos de orden económico, social o político, sino en un todo coherente y riguroso basado en documentos y fuentes incontrastables. Para Vilar el vicio mayor de la práctica histórica, que se consagró particularmente a combatir, era el muy universitario respeto por los “compartimentos estancos”: a ti la economía, a ti la política, a ti las ideas. Y agregaba: “Solo una historia comparada (y total –economía, sociedades, civilizaciones–) es el instrumento adecuado para distinguir en las múltiples combinaciones entre ‘lo viejo’ y lo ‘nuevo’, lo que es promesa –y esto lo agrego yo– (desde los descubrimientos geográficos a las nuevas técnicas e ideas científicas y sociales que conducen al desarrollo económico y a la mayor igualdad y libertad de los hombres, a la democracia y a la economía de bienestar de épocas más actuales), de aquello que es amenaza (las guerras, el hambre, la esclavitud, las dominaciones imperiales y el colonialismo, el subdesarrollo, las epidemias, la destrucción de la naturaleza, los genocidios)”.

Una cita larga, cuyas ideas comparten, sin duda, Braudel, la Escuela de los Annales, Cipolla, Hobsbawm, Bairoch, Kennedy, Pirenne, Wallerstein, pero también grandes economistas como Joseph Schumpeter (aquel que decía que de las tres grandes ramas de la economía: la teoría, la estadística y la historia, prefería la historia), Karl Marx y John Maynard Keynes y a las que debemos redescubrir, porque nos las han ocultado al amparo de las teorías económicas neoliberales de la globalización, que Ferrer conoce bien, y que solo nos ofrecen un mundo ideal para los muy ricos, excluyendo al resto de la población, donde una centena de individuos tiene un ingreso similar en su monto al de dos mil millones de habitantes, como lo revelan cifras de organismos internacionales. Lo cierto, de todos modos, es que Aldo cumple en sus libros con todas las premisas que plantea Vilar: una historia total, interdisciplinaria, que descubre los procesos y pone a prueba los modelos pero, sobre todo, una historia comparada, muy lejos del eurocentrismo o la suficiencia anglosajona que no salen del viejo continente o del universo de habla inglesa. Para Ferrer el mundo es verdaderamente uno solo y es a la vez un conjunto de civilizaciones y países diferentes, ricos y pobres, con diferentes economías, costumbres, culturas, estructuras sociales y de poder.

No voy a referirme in extenso a los dos libros, que leí con fruición y di a leer a mis alumnos, porque llevaría horas y espero que ustedes los descubran por sí mismos, degustándolos como un buen Malbec. ¿Pero qué nos dice Ferrer? En su primer libro nos explica de qué manera, desde el siglo XVI, la articulación de un primer mercado mundial, denominado sugerentemente como primer orden económico mundial, vinculado al ascenso del capitalismo naciente, estuvo íntimamente ligado al proceso de conformación de las naciones europeas, a la acción de los Estados bajo el mercantilismo, y a los inicios de la expansión colonial. Pero la piedra de toque de este proceso de globalización fue el descubrimiento de América o, mejor dicho, el descubrimiento por los europeos de que otras civilizaciones existían aún en el mundo y que era posible llegar a ellas. Lo increíble es que esas civilizaciones, superiores en número y también en muchos aspectos en sabiduría, son arrasadas por un puñado de aventureros, que tienen la ventaja de armas y conocimientos más modernos. Sin embargo España, una de las naciones atrasadas de Europa, cabalga con sus nobles y sus soldados para destruir la avanzada civilización árabe y judía, y luego, sin solución de continuidad, continúa cabalgando imaginariamente en los barcos de Colón para apoderarse de América en busca del oro y la plata que necesitaban los europeos para terminar de conformar sus propios mercados, porque, como lo dijimos y lo demuestra bien Ferrer en su libro, fueron los Estados nacionales los que forjaron los mercados nacionales y luego el mercado mundial.

Pero la intención de Ferrer es mucho más ambiciosa: quiere descubrir los orígenes del desarrollo y el subdesarrollo, explicar las razones por las cuales civilizaciones, países y territorios que hacia el 1500 tenían niveles de ingreso y vida parecidos, cada cual con sus propias peculiaridades, van distanciándose paulatinamente. Como él mismo dice, “la observación del pasado ayuda a distinguir qué hay de realidad y cuánto de prejuicio en el debate en curso acerca de la globalización del orden mundial contemporáneo. Porque su objetivo es esclarecer aquellos interrogantes que plantea la inserción internacional de países como el nuestro”. Ferrer trabaja con algunas variables o conceptos fundamentales, la dimensión endógena, es decir el peso decisivo de la cultura, los mercados y los recursos propios, algo que más tarde en otros libros llamará densidad nacional, y la articulación de esa dimensión con el contexto externo, ese proceso de globalización que explica a lo largo del libro, y que determinan en conjunto el desarrollo o el atraso de los países. Para ello va estudiando el escenario mundial y las grandes civilizaciones antes del dominio europeo, que no difieren económicamente en tecnologías o estándares de vida que la propia Europa, y luego la revolución cultural de la baja Edad Media y la época del Renacimiento que van a terminar por permitirle al viejo continente conquistar el mundo e imponer sus tecnologías, su comercio y sus ideas.

Entre 1500 y 1800, en el transcurso del primer orden mundial, dice Ferrer, “todas las civilizaciones quedaron vinculadas a un sistema mundial organizado en torno de los objetivos de las potencias atlánticas. Pero sus respuestas a esta vinculación fueron distintas y dependieron de sus propias circunstancias internas”, una cuestión que Ferrer remarcará luego a lo largo de este y otros trabajos. De los tres modelos existentes, el primero y el segundo, Asia y África, por un lado, y los países iberoamericanos, por otro, cayeron pronto o más tarde en el dominio colonial y la subordinación a las potencias imperiales. El tercer modelo, el de las colonias británicas continentales en América del Norte, entre las cuales surgieron Estados Unidos y Canadá, se movilizaron factores endógenos del desarrollo y la generación de un poder intangible que determinaron una evolución diferente. A eso se asoció el poder de inmensos y ricos territorios y recursos humanos que las transformaron en naciones independientes, más adelante en países desarrollados y, en el caso de Estados Unidos, en una gran potencia mundial. Ferrer introduce dos conceptos que van a ser fundamentales en su interpretación: los factores tangibles del poder (población y territorio) y los intangibles (acumulación en un sentido amplio). El primero incluye recursos humanos y naturales, el segundo una serie de elementos que sería largo enumerar aquí pero en el que destaco una visión del mundo que valorizaba la propia identidad y elección del estilo de desarrollo e inserción internacional; y un Estado capaz de cohesionar los recursos de la nación y viabilizar la participación en la globalización afianzada en procesos autocentrados de acumulación y de cambio tecnológico. No hay país alguno que haya alcanzado de otro modo altos niveles de desarrollo.

Pasando al segundo libro, este trata el extenso y fecundo período desde la revolución industrial hasta fines del siglo XIX. Allí se advierte más claramente que la interacción entre Estado y mercado ha sido el eje determinante en el proceso, también mutuamente articulado, entre la evolución de las naciones y el sistema económico internacional. El proceso de expansión del capitalismo, aun en sus períodos de mayor liberalización comercial y económica, como desde mediados del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial (bajo el signo del patrón oro y de la pax britannica) estuvo enmarcado por la acción permanente de los Estados tanto en el interior de cada país como en el de las relaciones económicas internacionales (colonialismo, proteccionismo de potencias emergentes), como bien lo señala Paul Bairoch.

En este libro hay un excelente análisis de las enseñanzas de la revolución industrial, y una sintética pero impecable descripción del desarrollo de la escuela económica clásica, desde Ricardo, que continúa y perfecciona las ideas de Adam Smith y su fiero contendiente Thomas Malthus, hasta Marx que las cuestiona, y luego de las teorías, nacionalistas, historicistas, neoclásicas y revolucionarias que, como gran economista que es, desarrolla con maestría. Pero también dedica un espacio importante a las ideas que producen la revolución de la ciencia y la técnica, y las ideas sociales y políticas que permiten transformar las monarquías absolutas en Estados modernos.

El análisis de los países y regiones ocupa un espacio fundamental del texto. Gran Bretaña, con la revolución industrial, la adopción del libre cambio a partir de la abolición de las leyes de granos en 1846 (pues hasta allí fue proteccionista), el apogeo imperial y su declinación. Estados Unidos y Alemania, las potencias emergentes del período –a diferencia de la Argentina, que integra desde las últimas décadas del siglo XIX el esquema de división internacional de trabajo hegemonizado por Gran Bretaña–, se transforman en países fuertemente proteccionistas y hacia fines del período ya superan en producción y tecnología a los ingleses; el caso particular del desarrollo de Francia y Japón, y luego del mundo periférico de esa época en Asia, África, y América latina.

Aquí observamos con claridad su método de análisis y su interpretación del fenómeno globalizador. Ferrer describe la trayectoria del orden mundial mostrando que las asimetrías en el desarrollo de los distintos países, que se acentúan en este período, parten de sus diferencias internas y de su visión con respecto al desarrollo. La existencia conjunta de factores tangibles e intangibles no es siempre una condición necesaria. Países pequeños y con escasos recursos como los escandinavos y Suiza alcanzaron altos niveles de desarrollo. Y debemos destacar, por supuesto, el caso más anómalo de todos, el de Gran Bretaña, un país pequeño en territorio, pero cuya transformación en un potencia mundial se debe no solo a que allí se produce en primer lugar la revolución industrial, para la cual está preparada por su nivel de tecnología, educación y capital, sino también a su aislamiento geográfico participando en guerras pero no sufriéndolas en su territorio, y finalmente a la apropiación de las mejores colonias que le proveen materias primas y alimentos. Sin duda que el factor intangible, si le agregamos estas variables, se suma a un también importante factor tangible. Prebisch lo denomina en sus Apuntes de Dinámica Económica, a pesar de su larga duración, “el caso fugaz de Gran Bretaña en el desarrollo económico”. Viendo sus limitaciones de recursos, la debilidad de su mercado interno y su alto coeficiente de importaciones, sólo la City financiera va a permitirle mantener por un tiempo su lugar en la economía mundial. Como dice bien Hobsbawm, ya hacia principios del siglo XX vivía de los restos de sus riquezas pasadas.

Para Ferrer la revolución industrial se limitó a Europa Occidental, Estados Unidos y los dominios blancos. Mientras que el estilo de desarrollo hacia afuera de la Argentina, el supuesto granero del mundo, la dejó fuera del Segundo Orden Mundial y, diríamos también del tercero. Aquí los factores intangibles se nutrieron de una dominante oligarquía rentística, que no apostó a la industrialización y obturó la posibilidad de crear una clase media rural como en las colonias anglosajonas. Para Ferrer, América latina en general es la región del mundo en la cual la globalización ha impactado más profundamente y la persistencia del subdesarrollo y la situación de los países de la región a principios del siglo XXI sugieren que, en el largo plazo, han prevalecido más las malas que las buenas respuestas al dilema del desarrollo económico. De vuelta, en el epílogo de este libro Ferrer vuelve a enumerar los factores intangibles como determinantes del desarrollo y del subdesarrollo, entre los que debemos destacar las ideas económicas, la participación del Estado y el comportamiento de las elites, que en todos los casos jugaron en contra del desarrollo argentino y latinoamericano.

El estudio de la historia permite descubrir que la ilusión de lo nuevo debe ser contrastada con ciertos rasgos que aún perduran y que tienen varios siglos de existencia (la articulación de la tendencia a la mundialización con la formación y persistencia de los espacios nacionales; la conexión orgánica entre Estados y mercados) pero, a la vez, que cada etapa ha tenido elementos cualitativamente distintos, decisivos en la estructuración de la economía y del sistema internacional. Y los dos libros de Ferrer nos ayudan brillantemente a identificarlos y a comprender las causas profundas del problema del desarrollo económico.

Para terminar, un pequeño ejemplo de lo que ocurre hoy día, con una profunda crisis mundial. En una revista francesa se publicó hace un tiempo un chiste gráfico al mejor estilo del Quino de Mafalda, traduciendo con humor la realidad actual. En ese dibujo, que representa el globo terrestre en medio del universo, dos globitos de historieta nos dan su mensaje. En uno de ellos se lee: seamos positivos. En el de más abajo se completa la idea: el mercado interno es de 7 mil millones de clientes. No se habla más de globalización; frente al desafío de la crisis la tierra todavía tiene un “mercado interno” que debe aprovecharse. Es el “vivir con lo nuestro” del planeta que habitamos, esa nave espacial cuyo equilibrio económico, social y ecológico está en peligro por la imprudencia de los que producen sin control, saquean sus riquezas o especulan con el dinero y las condiciones de vida de los demás. Es lo que nos quiere decir Ferrer en su magnífica obra.

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Homenaje a Aldo Ferrer

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