Irán y la región

Irán y la región

Por Luciano Zaccara

Desde el triunfo de la Revolución de 1979, la República Islámica de Irán ha estado envuelta por un aura de conflictividad regional e internacional constante. Desde el enfrentamiento original con Estados Unidos e Israel, pasando por la guerra con Irak en la década de los ’80 y las disputas con los talibanes afganos a fines del siglo pasado, hasta su posicionamiento durante la primavera árabe de inicio de esta década, la tensión exterior no cesa. Un escenario que tiene como telón de fondo la disputa por la hegemonía regional.
 
Licenciado en Ciencia Política por la UNR. Doctor en Estudios Árabes e Islámicos por la Universidad Autónoma de Madrid. Research Assistant Profesor en el Centro de Estudios del Golfo de Qatar University. Visiting Scholar en la Georgetown University School of Foreign Service in Qatar y en la Exeter University del Reino Unido. Director el OPEMAM, Observatorio Político y Electoral del Mundo Árabe y Musulmán de España


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Irán y la región tras la Revolución Islámica de 1979

La República Islámica de Irán ha estado envuelta, desde su establecimiento en febrero 1979 tras la revolución liderada por el ayatola Ruhollah Khomeini, por un aura de conflictividad regional e internacional a veces sobredimensionada. La revolución que derrocó la monarquía del sha Reza Pahlevi e implantó la república coincidió con otros momentos álgidos de la política internacional, la invasión soviética de Afganistán y la Revolución Sandinista en Nicaragua. Esto contribuyó a agitar el tablero de la disputa entre los bloques liderados por Estados Unidos y la Unión Soviética debido a la importancia estratégica y económica de un Irán que en tiempos del sha era un aliado vital de Estados Unidos en Medio Oriente. En este contexto, el nuevo gobierno iraní, que buscaba en principio mantener una posición equidistante entre los dos polos, se encontró de repente sin muchos aliados internacionales, sobre todo tras la ocupación de la embajada estadounidense en noviembre de 1979 y la ilegalización del partido Tudeh (procomunista), lo que generó la desconfianza tanto de Washington como de Moscú. La guerra iniciada por el Irak de Saddam Hussein en septiembre de 1980, con un apoyo tácito de Estados Unidos y la URSS, pero también de países europeos como Francia y el Reino Unido, y un claro respaldo financiero y político del recién creado Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), formado por Arabia Saudita, Omán, Bahrein, Qatar, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos, no hizo sino reafirmar ese aislamiento internacional al que la nueva república fue sometido.

Pero las posturas de estos países reflejaban en parte los temores y las percepciones de amenaza que la nueva república representaba. La prédica revolucionaria de Khomeini, líder espiritual de la república, hasta su muerte en junio de 1989, le granjeó a Irán numerosos enemigos declarados –aparte de Estados Unidos, que cortó relaciones diplomáticas tras la crisis de la embajada, Israel, que nunca fue reconocido, y Sudáfrica antes del fin del apartheid–. El propósito declarado de la República Islámica de Irán era, común a otras revoluciones, convertirse en un movimiento liberador transnacional, susceptible de ser exportado a otros países en donde las masas, fundamentalmente musulmanas, estuvieran sometidas por unos gobernantes ilegítimos y al servicio de las grandes potencias. La singularidad iraní, que en una mayoría del 90 por ciento profesan el Islam chiita duodecimano, respecto del mundo musulmán en general, en donde el 85% profesan el Islam sunita, puso en alerta a otros países de la región susceptibles de ser contagiados por la ideología revolucionaria khomeinista, principalmente Irak y las seis monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo.

El primero en dar un paso para contener esa amenaza percibida fue el presidente iraquí Saddam Hussein, quien aprovechó la fragilidad del aún nuevo gobierno para reivindicar sus derechos territoriales sobre el estrecho de Shat al Arab, que habían sido resueltos en el acuerdo de Argel de 1975 y que ahora Hussein declaraba nulo. Pero el ataque iraquí no estaba justificado solo en términos territoriales, sino también ideológicos y políticos. La versión iraquí del partido árabe-socialista Ba’ath estaba disputando la supremacía ideológica del mundo árabe a los proyectos panarabistas egipcio y sirio, por un lado. Por el otro, también pretendía disputarle el liderazgo político de la región a Arabia Saudita, que estaba en pleno ascenso regional e internacional desde la cuadruplicación de los precios del petróleo tras el shock de 1973. Y por último, pretendía frenar cualquier intento transnacional chiita iraní que pudiera hacer peligrar la superioridad del partido Ba’ath en un Irak con mayoría de población chiita, objetivo que coincidía con las monarquías del Golfo, que en mayor o menor medida albergan minorías tanto chiitas como de origen persa. Por lo tanto, una victoria, si no territorial, al menos militar y política sobre Irán podría haber garantizado a Irak su hegemonía regional y a Saddam y el Ba’ath su permanencia en el poder. Sin embargo, los cálculos iraquíes fueron erróneos. La república islámica utilizó la guerra como acicate para consolidar el nuevo sistema y eliminar a la oposición interna, a la vez que la convertía en la víctima de una confrontación en la que la mayoría de los actores internacionales apoyaban a su enemigo. La historia demostró que Hussein volvería a caer en los mismos errores en 1990, y la consecuencia final la podemos seguir atestiguando hoy en día, con la guerra civil descontrolada que vive Irak desde la invasión de 2003.

El período de reconstrucción de Rafsanyani

Tras finalizar la guerra contra Irak en 1988, y con la muerte de Khomeini en 1989, la República Islámica, ahora liderada por el ayatola Ali Khamenei, tuvo que reducir el nivel de confrontación ideológica con los países vecinos, principalmente Irak y las monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo, para centrarse en la reconstrucción de la economía destruida por ocho años de guerra, y recomponer los vínculos internacionales, totalmente desatendidos en pos de la expansión revolucionaria. Así, el presidente Hashemi Rafsanyani inició una etapa pragmática en la que los vínculos con Europa florecieron en el ámbito económico, amparado por la estrategia del “Diálogo Crítico” esgrimido por la Unión Europea, que se distanciaba así de la más dura postura estadounidense, que abogaba por la extensión de las sanciones unilaterales. Los países de la región, principalmente Arabia Saudita, recibieron con buenos ojos esta iniciativa. Los vínculos comerciales y diplomáticos con la mayoría de los estados del CCG se reactivaron, con la excepción de Arabia Saudita, que había cortado sus relaciones en 1987 tras un incidente durante la peregrinación anual a La Meca en donde ciudadanos iraníes habían protagonizado un fuerte enfrentamiento con la policía que dejó más de 400 muertos. Sin embargo, Rafsanyani se reuniría con el rey saudí Fahd bin Abdel Aziz en abril de 1991, dejando claro que Irán ya no pretendía exportar la revolución a las minorías chiitas del otro lado del Golfo.

Si bien los ocho años de mandato presidencial de Rafsanyani, bajo el liderazgo espiritual de Khamenei, no terminaron con la desconfianza regional, sí habían dado muestra del interés iraní en normalizar su situación internacional. En este período, Saddam Hussein volvería a invadir un país, esta vez el emirato de Kuwait, en agosto de 1990. Sin que se hubiera firmado aún la paz con Irán, Hussein había enviado a Khamenei y Rafsanyani sendas cartas ofreciendo una paz definitiva, con el objetivo de contar con el apoyo iraní en su reclamo territorial sobre Kuwait. Sobre todo tras la decisión estadounidense de lanzar la ofensiva de “Tormenta del Desierto” con el apoyo directo del resto de las monarquías del Golfo, principalmente Arabia Saudita, Hussein alegaba que una alianza de los dos Estados antiimperialistas, Irán e Irak, sería lo más lógico. Como en su anterior conflicto, Saddam equivocaba de estrategia, y la respuesta iraní fue clara: lo sucedido en la guerra 1980-88 había dejado una herida muy grande en Irán, y en ningún caso se podría negociar con un gobierno liderado por Hussein. Irán optaría por lo tanto por la neutralidad en el conflicto, pero con un compromiso con la comunidad internacional –el Consejo de Seguridad había dado su apoyo a la guerra de liberación de Kuwait– de hacer cumplir todas las sanciones y normativas que se aplicaran para el caso iraquí. Irán cumplió a rajatabla con los embargos a los que Irak fue sometido, al mismo tiempo que albergó durante la Guerra del Golfo a cerca de un millón de refugiados iraquíes, principalmente chiitas que escapaban de la represión ba’athista en el sur del país.

Durante el período de Rafsanyani también se abrieron otros frentes diplomáticos para Irán que no habían sido importantes durante la primera etapa revolucionaria. Con la disolución de la Unión Soviética en 1990, surgían nuevos Estados limítrofes para Irán: Turkmenistán, Armenia y Azerbaiyán. Por el mismo motivo, el estatuto del Mar Caspio, por entonces con interesantes perspectivas de explotación petrolífera, dejaba de ser decidido por dos Estados, la URSS e Irán, y pasaba a ser decidido por los cinco Estados ribereños, Rusia, Kazajistán, Turkmenistán y Azerbaiyán, junto a Irán, que quedaba en clara minoría. Esto obligó al gobierno iraní a utilizar una estrategia regionalista con el objetivo de mejorar sus opciones en el Caspio, del mismo modo que podría servir para influir en la nueva configuración de Asia Central ex soviética utilizando los recursos disponibles: la afinidad religiosa (chiita duodecimana) con Uzbekistán y Azerbaiyán, y la lingüística (persa) con Tayikistán, en detrimento de las similitudes étnicas de Azerbaiyán y Armenia con las minorías iraníes, que podrían resultar peligrosas para la integridad territorial iraní.

El nuevo contexto internacional, llamado “nuevo orden internacional”, representó por lo tanto una nueva oportunidad para que Irán recompusiera sus relaciones exteriores y utilizara mecanismos diferentes para extender su influencia en la región para recuperar su prestigio internacional.

Khatami y la distensión regional

La llegada de Mohammad Khatami a la presidencia iraní en 1997 representó un gran avance en la distensión en el Golfo Pérsico, debido a la nueva diplomacia esgrimida por el político reformista. Su iniciativa de “Diálogo de Civilizaciones”, propuesta en la Cumbre de la Conferencia Islámica de Teherán en diciembre del mismo año, representó un hito en la relación entre Irán y los países árabes y musulmanes. En esa misma cumbre se dieron los pasos necesarios para que el príncipe regente de Arabia Saudita, Abdullah bin Abdul Aziz, visitara Teherán y se comenzara a discutir el reinicio de relaciones diplomáticas. También Egipto, otro país que había cortado sus relaciones con Irán, comenzó a cambiar su postura respecto de la república islámica. La iniciativa fue apoyada por la cumbre, que seguía viendo al conflicto árabe-israelí como la principal amenaza a la paz regional, sobre todo desde la llegada de Benjamin Netanyahu al poder en 1996 y el congelamiento de los acuerdos de paz de Oslo. Irán se convirtió, con su negativa a apoyar los acuerdos, en uno de los campeones de la causa palestina, en detrimento de otros países árabes que sí los apoyaron. En 1999 la Asamblea General de Naciones Unidas decidiría nombrar al 2001 como el año internacional del “Diálogo de Civilizaciones” al suscribir la propuesta iraní. Paradójicamente, ese año su iniciativa quedaría oscurecida por los acontecimientos del 11 de septiembre y los posteriores eventos.

La llegada de los Talibán al poder en Afganistán en 1996 tendría también consecuencias negativas para Irán. En su ofensiva para ocupar todo el país los Talibán ocupaban la ciudad de mayoría chiita de Mazar-e Sharif, atacando el consulado iraní y asesinando a nueve diplomáticos. La crisis hizo poner a Irán en pie de guerra, con la movilización de tropas hacia el este en previsión de un posible ataque de represalia. Sin embargo, tanto el presidente Khatami como el jefe del Consejo de Discernimiento y ex presidente Rafsanyani convencieron a los sectores más belicistas de la inconveniencia de introducir a Irán en una nueva guerra. La respuesta estadounidense a los ataques terroristas de 2001 daría sin embargo a Irán la posibilidad de ver cumplido su objetivo de eliminar la amenaza Talibán. El gobierno de Khatami apoyó tácitamente a la coalición internacional, asegurando apoyo humanitario, permitiendo tácitamente el uso de su espacio aéreo y garantizando la detención de aquellos miembros de Al Qaeda que escaparan por territorio iraní. Sin embargo, esta colaboración no implicó la reivindicación internacional de Irán, que fue nombrado como parte del “Eje del mal” por parte del presidente George Bush en 2002.
El período de Khatami se cerraría con un balance positivo en cuanto a las relaciones de Irán con los países del Golfo Pérsico y árabes en general, pero nuevamente el contexto internacional, esta vez la lucha global contra el terrorismo de Al Qaeda, iba a dar por tierra con el objetivo iraní de normalizar sus relaciones exteriores.

Ahmadineyad y la subida de tensión regional

La llegada del ultraconservador Mahmud Ahmadineyad a la presidencia iraní en 2005 representaría una vuelta de tuerca a la política exterior iraní. No solo en relación con el programa nuclear y su posición respecto de Estados Unidos, sino también en relación con los Estados del Golfo, Irán volvería a experimentar el crecimiento de la tensión exterior, y comenzaría a ser aislado internacionalmente, a pesar de que la iniciativa diplomática de Ahmadineyad atraería nuevos aliados en África, Asia y América latina. A pesar de su declarada política de amistad con los Estados del CCG, que lo llevó a ser el primer presidente iraní (y único hasta el día de hoy) en ser invitado a una cumbre del Consejo en 2007, Ahmadineyad también llevó a cabo acciones que crisparon las ya complicadas relaciones bilaterales. Como ejemplo, su visita (la primera de una alta autoridad iraní) a la isla de Abu Musa en 2012. Esta isla había sido ocupada por el sha en 1971, y reclamada por Emiratos Árabes Unidos, siendo uno de los contenciosos territoriales fundamentales entre ambas partes. Junto a otras declaraciones de altas autoridades de su gobierno, las de Ahmadineyad suscitaron en ocasiones la dura crítica de los gobernantes del Golfo, toda vez que consideraban que Irán seguía manteniendo pretensiones expansionistas sobre Bahrein y otros territorios árabes.

Como contrapartida, Irán consiguió llamar la atención de aquellos países y poblaciones que criticaban la implicación de Estados Unidos en la región, y sobre todo el rol de Israel. Durante los primeros cuatro años de su mandato, entre 2005 y 2009, diversas encuestas realizadas en la región demostraban que Irán, y Ahmadineyad en particular, contaban con una muy buena imagen en la calle árabe, principalmente en Egipto. Y no era difícil encontrar biografías o libros escritos sobre él en los quioscos de El Cairo o Amman. El estilo populista puede que no fuera del agrado de los autócratas regionales, pero sí de parte de sus poblaciones que veían en su discurso irreverente y férreas posiciones antiimperialistas y antiisraelíes un modelo político a seguir, a pesar de ser no árabe y chiita. Incluso las opiniones públicas de los habitantes del Golfo contradecían el discurso oficial en relación al programa nuclear iraní. Mientras que los gobernantes lo veían como una amenaza a la estabilidad regional, la mayoría lo apoyaba como un derecho inalienable de un país musulmán frente a las imposiciones del sistema internacional.

Sin embargo, la crisis política iraní tras la controvertida reelección de Ahmadineyad en 2009 afectó severamente la opinión pública regional, al menos en relación a su administración. La llegada de la primavera árabe, y la manera en que los diferentes estamentos políticos iraníes reaccionaron a la misma, también generaría rechazo y criticismo por parte de gobernantes y habitantes árabes, principalmente del Golfo. Mientras que el líder Khamenei declararía a las revueltas como la continuación de la revolución islámica de 1979, las apoyaría en todos aquellos países cuyos gobiernos habían sido, si no hostiles, al menos no amigables con Irán: Egipto, Libia, Yemen, Arabia Saudita y Bahrein principalmente, etiquetando oficialmente a las revueltas como “Despertar Islámico”. En aquellos en donde los une una alianza estratégica histórica, como Siria, Irán declararía a las revueltas el resultado de la intervención extranjera, principalmente de Arabia Saudita y Estados Unidos. Pero la posición oficial del Líder no coincidía con la de Ahmadineyad, que veía la mano de Estados Unidos en todas las revueltas, con el objetivo de sacudir el sistema regional en su favor. Tampoco con la de la oposición del Movimiento Verde, liderada por Mir Hussein Musavi y Mehdi Karrubi, quienes apoyaron las revueltas por ser consideradas como la continuidad de las protestas prodemocráticas iniciadas en Irán en 2009.

Los países vecinos consideraron la versión oficial como la única válida, y por lo tanto criticaron duramente la posición iraní, al considerar que significaba una intromisión en los asuntos internos de los países árabes. Al llegar al fin de su mandato, Ahmadineyad dejaba a Irán casi tan aislado como lo había estado durante la primera etapa revolucionaria, y otra vez, el contexto regional era un factor clave en determinar el destino de las relaciones de Irán con los Estados de la región.

Rohani, distensión internacional y aislamiento regional

La llegada del presidente moderado (o pragmático, pero no reformista) Hassan Rohani en 2013, trajo aparejado el inicio de la distensión internacional respecto de Estados Unidos y la comunidad internacional en relación al contencioso nuclear. Sin embargo, no tuvo el mismo efecto a nivel regional. El rápido inicio de conversaciones directas con Estados Unidos en noviembre de 2013 terminaría con la firma del primer acuerdo provisional de febrero de 2014, y las sucesivas extensiones del mismo hasta la firma del definitivo “Plan de Acción Conjunto y Completo”, JCPOA por sus siglas en inglés, en julio de 2015. En el mismo, Irán se comprometía a reducir notablemente los objetivos de su programa nuclear civil, bajo la estricta supervisión internacional, a cambio del levantamiento de las sanciones impuestas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la Unión Europea y el poder ejecutivo de Estados Unidos. La solución negociada y pacífica de este contencioso, sin la utilización de la amenaza militar, no significó para la región un buen acuerdo, sino todo lo contrario. Desde el principio de las negociaciones las autoridades regionales, principalmente israelíes y sauditas, advirtieron de la peligrosidad de conceder a Irán un tratado que lo dejaría con las manos libres para ganar en influencia regional e incluso, según ellos, iniciar más guerras en la región. Si bien oficialmente los Estados del CCG apoyaron el acuerdo, tras las garantías dadas por la administración Obama de que Estados Unidos seguiría proveyendo a la seguridad de las monarquías, la percepción de las mismas era que su aliado había decidido cambiar de socio regional por Irán, y que de esta manera estaban solos en su lucha por evitar la expansión iraní en la región.

La respuesta saudita fue clara en ese sentido. Con Salmal bin Abdul Aziz como nuevo rey a partir de enero de 2015, Arabia Saudita ostentaría la política exterior más agresiva de toda su historia, promoviendo por primera vez una guerra fuera de su territorio bajo su liderazgo al lanzar la “Tormenta Decisiva” en Yemen, para desplazar del poder a la guerrilla huthi, y al ex presidente Ali Abdullah Saleh, supuestamente aliados de Irán. Arabia Saudita también insistió y convenció a sus socios del CCG de que Irán era la principal amenaza a detener, más allá de lo que ISIS representaba como desafío tanto ideológico como político, tanto para las monarquías como para las otras repúblicas de Medio Oriente. De allí que la gran alianza islámica contra el terrorismo, promovida por Arabia Saudita en 2015, y supuestamente dedicada a combatir la amenaza de ISIS, no incluyera a Irán, ni Irak ni Siria, principales Estados que perciben al grupo salafista como enemigo ideológico declarado.

A pesar de que la administración Rohani ha dado grandes pasos hacia la distensión respecto de la comunidad internacional, sobre todo con el “Gran Satán” (Estados Unidos) al que Khomeini había declarado la guerra en 1979, Irán no ha podido conseguir que el entorno regional acepte la voluntad iraní de mejorar las relaciones bilaterales, ya que conciben a los acontecimientos suscitados por la primavera árabe como favorecedores de la expansión de la influencia iraní. Principalmente en Irak y Siria, se percibe que Irán decide más que los gobiernos locales, lo que resulta sin duda sobreestimar la capacidad iraní. Así también resulta exagerado entender que la guerra de Yemen esté justificada para evitar que Irán controle el país, ya que las dinámicas políticas internas distan mucho de favorecer el interés iraní, toda vez que las alianzas tribales transárabes han discurrido por carriles totalmente diversos a los puramente ideológicos o religiosos que Irán podría favorecer. Para concluir, el surgimiento de ISIS en los contextos iraquí y sirio, abrió sin duda un nuevo frente internacional en el que las grandes potencias y las potencias regionales no han sabido actuar conjuntamente, ya que tanto Irán como Arabia Saudita, Qatar o Turquía se han acusado mutuamente de la creación del monstruo, y de la falta de voluntad política para destruirlo. Sin duda, el primer mandato de Rohani, que concluye en junio de 2017, estará marcado por la manera en que Irán y sus vecinos han manejado la lucha contra ISIS, y cómo tanto Irán como Arabia Saudita han fracasado en intentar anteponer el interés común por sobre los intereses particulares de los dos Estados.

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