Impuesto a la herencia contra la desigualdad de cuna

Impuesto a la herencia contra la desigualdad de cuna

Por Marcelo Zlotogwiazda


 
Licenciado en Economía. Periodista de Radio Mitre, TN, Veintitrés y El Cronista Comercial


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La reinstauraciĂłn del impuesto a la transmisiĂłn gratuita de bienes, derogado por la Ășltima dictadura militar, es fundamental para lograr una menor desigualdad social y favorecer la igualdad de oportunidades. AquĂ­ tambiĂ©n aparece la reforma tributaria como una asignatura pendiente.

George B. Kaiser es dueño del Bank of Oklahoma. Posee una fortuna de alrededor de 10.000 millones de dĂłlares que lo colocan en el top 100 del ranking mundial de millonarios de la revista Forbes. Es ademĂĄs uno de los principales aportantes a la campaña de Barack Obama, y estĂĄ entre los primeros cincuenta filĂĄntropos de los Estados Unidos. Kaiser explica su beneficencia de manera sencilla y muy interesante: “Mi compromiso con la caridad llegĂł fundamentalmente a travĂ©s de la culpa. Muy temprano entendĂ­ que la causa de mi gran fortuna tenĂ­a menos que ver con que tuviera un carĂĄcter o una capacidad de iniciativa superior, que con la suerte. Fui bendecido por haber nacido en una sociedad desarrollada y de padres muy atentos. Por lo tanto, he tenido la doble ventaja de la genĂ©tica (ganĂ© en la loterĂ­a del ovario) y de la crianza.

Cuando miro alrededor y veo a aquellos que no han tenido esas ventajas, me queda claro que tengo la obligaciĂłn moral de dirigir mis recursos a ayudar a equilibrar esa balanza.

El contrato social americano es la igualdad de oportunidades. Como considero que soy sĂłlo perifĂ©ricamente responsable de mi gran fortuna, tengo el deber moral de ayudar a aquellos que se quedaron atrĂĄs por el accidente del nacimiento”.

Lo anterior es parte de la carta con la cual el banquero se sumĂł a The Giving Pledge (El compromiso de dar), la iniciativa que hace un par de años lanzaron Bill Gates y Warren Buffett –los dos estadounidenses mĂĄs ricos– para comprometer a los mĂĄs grandes millonarios a donar al menos la mitad de su riqueza.

Algunos de los argumentos de Gates y Buffett van en igual sentido que Kaiser. El fundador de Microsoft sostuvo: “Uno de los principios que me animan es que toda vida tiene igual valor, lo que significa que creo que todo niño merece tener la chance de crecer, de soñar y de realizar grandes cosas”.

Por su parte Buffett, dueño del conglomerado Berkshire Hathaway y conocido como el “orĂĄculo de Omaha”, fundamentĂł: “Mi riqueza proviene de la combinaciĂłn de vivir en Estados Unidos, de algunos afortunados genes y del interĂ©s compuesto. Tanto mis hijos como yo ganamos lo que yo llamo la loterĂ­a del ovario. Ser hombre y ser blanco tambiĂ©n removiĂł obstĂĄculos que muchos enfrentan. Mi suerte se acentuĂł por vivir en un sistema de mercado que produce resultados distorsionados, aunque en tĂ©rminos generales es bueno para nuestro paĂ­s. Me he desempeñado en una economĂ­a que recompensa a quien salva vidas en una batalla con una medalla, que premia al excelente maestro con una nota de agradecimiento de los padres, pero al que puede detectar que en el precio incorrecto de un tĂ­tulo o de una acciĂłn hay una oportunidad, lo recompensa con sumas que llegan a los mil millones de dĂłlares. En resumen, el destino de los seres humanos se distribuye de manera bastante caprichosa”. Buffett se comprometiĂł a donar el 99 por ciento de su patrimonio, y asegura que el 1 por ciento alcanza para mantener intacto su nivel de vida y el de sus hijos. Dispone de unos 50.000 millones de dĂłlares.

No hay muchos mejores argumentos que los de Kaiser, Gates y Buffett para justificar el impuesto a la herencia. Si bien la política nada puede hacer para modificar la distribución de la herencia genética en la lotería del ovario, sí estå en condiciones de cambiar la distribución de la herencia material, que es, por definición, la raíz de la desigualdad social y la causa primera que imposibilita que exista la tan declamada igualdad de oportunidades.

Lo que Kaiser, Gates, Buffett y muchísima otra gente multimillonaria como ellos o no tanto, hacen voluntariamente, sea por sincera sensibilidad, para limpiar culpas, para desviar impuestos a un destino que ellos consideran preferible o por alguna combinación de esas motivaciones, es lo que debería hacer el Estado a través, precisamente, del impuesto a la herencia.

Kaiser, Gates y Buffett no dicen nada nuevo. A mediados del siglo XIX el prĂłcer liberal John Stuart Mill escribiĂł en su Principios de EconomĂ­a PolĂ­tica: “Las desigualdades en la propiedad originadas por desigualdades en la actividad, la frugalidad, la perseverancia, los talentos, y hasta cierto punto incluso la suerte, son inseparables del principio de la propiedad privada, y si aceptamos el principio hemos de aceptar tambiĂ©n sus consecuencias; pero no veo nada censurable en fijar un lĂ­mite a lo que una persona puede adquirir por la benevolencia de los demĂĄs, sin haber realizado ningĂșn esfuerzo para obtenerlo, y en exigir que si desea mayores bienes de fortuna trabaje para conseguirlos. (
) La riqueza que no pudiera seguirse empleando en sobre-enriquecer a unos pocos, se dedicarĂ­a a fines de utilidad pĂșblica, o bien si se distribuyen entre varios individuos, se repartirĂ­a entre mayor nĂșmero de personas”.

Para citar a un argentino, Fernando Seppi le atribuye al impuesto a la herencia la propiedad de “atenuar la reproducción de las desigualdades”. En su libro Consideraciones acerca de la imposición sobre herencias y donaciones, de 2005, explica que “Nacer en el seno de un hogar con una determinada dotación de riqueza o con ciertas relaciones sociales, o percibir una herencia relevante son factores condicionantes centrales en cuanto a las oportunidades de vida de este sujeto”.

Seppi no agota en el equilibrio de las condiciones iniciales los objetivos que el impuesto es capaz de lograr. Entre otros, obviamente incluye el aumento per se de los ingresos fiscales. Sobre esto Ășltimo, las experiencias internacionales enseñan que este tributo aporta alrededor del 0,5 por ciento de la recaudaciĂłn total. Pero, como se verĂĄ mĂĄs adelante, a esos niveles se llega con tasas mĂĄs bien moderadas y montos exentos bastante elevados.

AdemĂĄs de su prĂ©dica y prĂĄctica a favor de la filantropĂ­a, Buffett tambiĂ©n es un firme defensor del impuesto a la herencia para evitar una “aristocracia de la riqueza”, pero tambiĂ©n le adjudica “un rol fundamental en el crecimiento econĂłmico en la medida que sea un factor que ayude a crear una sociedad cuyo Ă©xito se basa en el mĂ©rito antes que en la herencia”. Ya en 1924 Winston Churchill habĂ­a elogiado el impuesto como un “antĂ­doto contra el desarrollo de una raza de ricos ociosos”. Buffett, que sigue trabajando, en el 2001 impulsĂł un petitorio en contra de una iniciativa del entonces presidente George Bush de eliminar el impuesto.

AgustĂ­n LĂłdola y Pedro Velasco, dos economistas del Ministerio de EconomĂ­a bonaerense, le adosan al impuesto otras justificaciones y objetivos. En un trabajo presentado en las 44 Jornadas Internacionales de Finanzas PĂșblicas, bajo el tĂ­tulo de“El impuesto a la transmisiĂłn gratuita de bienes”, dicen lo siguiente: “La fortuna no es sĂłlo fruto de las decisiones de sus dueños sino que tambiĂ©n deriva de una combinaciĂłn de beneficios concedidos por la sociedad y de la suerte”. Y destacan la funciĂłn que puede tener en “atacar la concentraciĂłn” y de esa manera contribuir a moderar una magnitud de “poder econĂłmico contrario al buen funcionamiento de gobiernos democrĂĄticos”.

El llamado impuesto a la herencia (con precisión, se trata de gravar a la transmisión gratuita de bienes) provoca dos tipos de debate. Uno es de caråcter económico, donde por ejemplo se discute si el gravamen afecta, y en tal caso en qué medida, el ahorro, partiendo de la base de que la certeza de que parte de ese ahorro va a ser quitado, desestimularía su acumulación. No parece haber evidencia de que eso sea así, y hay quienes, como Seppi, apuntan que si bien puede llegar a resentirse el ahorro del que lega, habría mayor incentivo a ahorrar por parte del que recibe una menor herencia.

Pero hay una discusiĂłn previa que no es de Ă­ndole econĂłmica sino de tipo moral o, si se quiere, polĂ­tica, y viene dada por las distintas concepciones sobre el derecho individual y la propiedad privada. Una polĂ©mica que en uno de sus extremos tiene a quienes plantean que existe pleno derecho a disponer quĂ© serĂĄ del patrimonio al fallecimiento, y en la otra punta a los que creen que la cuna no otorga ningĂșn derecho patrimonial.

Resulta interesante subrayar que la adhesiĂłn estricta y rigurosa al concepto de igualdad de oportunidades como valor bĂĄsico de una sociedad implica reconocer que la cuna no otorga ningĂșn derecho patrimonial. No cabe duda alguna de que son principios excluyentes.

Respecto de lo anterior, es muy revelador advertir con qué naturalidad la gente se define a favor de la igualdad de oportunidades, pero la mayoría reacciona en contra y con vehemencia a la idea de que la cuna no debería otorgar privilegios materiales.

Como de lo que se trata es de equilibrar las condiciones iniciales, o en verdad de atenuar los desequilibrios iniciales, el impuesto deja exento un determinado monto y grava con alĂ­cuotas progresivas lo que excede a dicho piso. En Estados Unidos, por ejemplo, donde el impuesto rige desde 1916, se empieza a pagar (sin entrar en detalles) a partir de los 5 millones de dĂłlares, y la tasa mĂĄxima es del 35 por ciento (en los años ’70 llegĂł a tener una alĂ­cuota del 70 por ciento). Anualmente el impuesto alcanza a entre el 1 y 2 por ciento de los legados, y contribuye con nada mĂĄs que el 1 por ciento de la recaudaciĂłn federal. En Inglaterra hay un monto exento equivalente a un poco mĂĄs de 400.000 dĂłlares y una tasa mĂĄxima de 40 por ciento. En Alemania los hijos pagan por encima de 200.000 euros y la alĂ­cuota llega al 30 por ciento.

En los paĂ­ses miembros de la OECD el impuesto a la herencia representa en promedio el 0,5 por ciento de la recaudaciĂłn total. Pero hay paĂ­ses como BĂ©lgica, Francia y JapĂłn, donde ese porcentaje mĂĄs que se duplica.

En la Argentina la herencia sĂłlo estĂĄ gravada en la provincia de Buenos Aires. El año pasado comenzĂł a regir un impuesto a la transmisiĂłn gratuita de bienes por encima de los 200.000 pesos con una escala de alĂ­cuotas que va del 9 al 16 por ciento, y que en 2011 recaudĂł 26 millones de pesos. A nivel nacional fue derogado por la Ășltima dictadura militar y la decisiĂłn no habrĂ­a sido ajena a un legado en la familia del entonces ministro de EconomĂ­a JosĂ© Alfredo MartĂ­nez de Hoz. HabĂ­a sido sancionado a principios del siglo XX, pero hay antecedentes de impuesto a la sucesiĂłn que se remontan a la RevoluciĂłn de Mayo.

Desde 1983 hubo varias iniciativas para reponerlo. Proyectos de ley de diputados radicales, de la Coalición Cívica, de legisladores oficialistas, y hasta se llegó a elaborar un esbozo de proyecto en el Ministerio de Economía hace cinco años. No prosperó ninguno. No debería sorprender teniendo en cuenta que la reforma tributaria es una de las tantas importantes asignaturas pendientes del kirchnerismo.

Si la Argentina tuviera un impuesto que agregara un 0,5 por ciento a la recaudaciĂłn, implicarĂ­a una inyecciĂłn adicional de alrededor de 3.000 millones de pesos. AlcanzarĂ­a para duplicar el presupuesto del Ministerio de Ciencia, TecnologĂ­a e InnovaciĂłn Productiva, o para reforzar en un 25 por ciento el programa de AsignaciĂłn Universal por Hijo.

Eso con el 0,5 por ciento. Aunque si de verdad se quisiera eliminar considerablemente la desigualdad de cuna, con voluntad polĂ­tica y eficacia de gestiĂłn un impuesto a la herencia da para mucho mĂĄs.

En la Argentina no hay millonarios de la envergadura de Kaiser, Gates o Buffett. Pero sobre un total de 10 millones de hogares hay cientos de miles de familias con apreciable fortuna y, como se sabe, la gente muere. Como Amalia Lacroze de Fortabat, que dejĂł una herencia estimada de 1.200 millones de dĂłlares. La mitad de eso alcanza para duplicar el presupuesto de la SecretarĂ­a de Cultura y construir ademĂĄs no menos de diez hospitales de complejidad.

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