Homosexualidad, hoy

Homosexualidad, hoy

Por Rafael Freda

A lo largo de las Ășltimas dĂ©cadas se han logrado avances significativos. De la persecuciĂłn se pasĂł a la tolerancia, y de allĂ­ a la promociĂłn de polĂ­ticas antidiscriminatorias. Los y las heterosexuales comenzaron a aprender el lenguaje y los modismos gaylĂ©sbicos. Varias subculturas de minorĂ­as sexuales estĂĄn emergiendo a la visibilidad social. Queda mucho camino por recorrer, pero hoy se estĂĄ construyendo el futuro.
 
Maestro. Activista gay desde 1983. Presidente de la Sociedad de IntegraciĂłn Gay LĂ©sbica Argentina. ComisiĂłn Directiva de la FederaciĂłn SexolĂłgica Argentina. Profesor invitado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Rosario y en la Universidad de LujĂĄn en San Miguel


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“En la calle se empezaron a ver parejas del mismo sexo de la mano desde el 2010”, afirmĂł el coordinador del grupo de reflexiĂłn de los viernes, despuĂ©s de dos horas de debate acalorado y mientras algĂșn participante gritaba para hacerlo callar. Trece personas de todas las edades, entre las que estaba incluido yo, estĂĄbamos de acuerdo en que la aprobaciĂłn de la ley habĂ­a significado un permiso y una inyecciĂłn de audacia: todos tenĂ­amos ejemplos. Yo habĂ­a narrado de un ex tesorero de la Sociedad de IntegraciĂłn Gay LĂ©sbica Argentina (SIGLA), de cuerpo pequeño y frĂĄgil, que solĂ­a proclamar estar conforme con su androginia. Cuando se aprobĂł la Ășltima ley feminizĂł su apariencia y cambiĂł su documento; no harĂĄ un mes que logrĂł someterse a una de las primeras operaciones de reasignaciĂłn sexual del Gran Buenos Aires.

EstĂĄbamos reunidos alrededor de una mesa en la SIGLA, con cartel a la calle, pĂĄgina de Internet y al menos veintitrĂ©s años de existencia. Yo, nacido en 1948 y criado en un hogar de clase media baja de Chiclana y Boedo (barrio sinĂłnimo de machismo porteño), atestigĂŒĂ© que en relaciĂłn con las minorĂ­as sexuales el paĂ­s habĂ­a dado una vuelta de campana. De la persecuciĂłn se pasĂł a la tolerancia, y de allĂ­ a la promociĂłn de polĂ­ticas antidiscriminatorias. HabĂ­amos pasado del ocultamiento defensivo y culposo, que solamente encontraba un respiro de libertad en las costumbres “del ambiente” (asĂ­ se decĂ­a en la dĂ©cada de los sesenta) a este mes de julio del 2015 en que algunos escuchaban con asombro incrĂ©dulo el relato de las agresiones que algunos habĂ­amos sufrido no hacĂ­a tanto.

Gays, lesbianas y trans pasamos de un mundo disgregado y nocturno a otro diurno. En el paĂ­s de mi juventud la provincia de Buenos Aires prohibĂ­a votar a los homosexuales; la pregunta que suscitĂł aquella descarnada y hoy olvidada ley era cĂłmo hacĂ­a el presidente de mesa para darse cuenta de quiĂ©n era homosexual o no. Por supuesto que la ley suponĂ­a que todos los homosexuales eran travestis o prostitutos, pero las extorsiones cortaban de cuajo casi todas las vocaciones polĂ­ticas. A fines de los ochenta me tocĂł ir a La Plata a entrevistar al senador Manuel De Armas, radical, para que se restaurasen nuestros derechos electorales; me asustĂ© al ver los fundamentos del proyecto de este senador autoritario pero el primero en defender nuestros derechos civiles. SegĂșn Ă©l, no era humanitario apilar otra desdicha mĂĄs sobre la miseria de nuestra condiciĂłn. AfirmĂł que lo Ășnico importante era que la ley se aprobase. Y asĂ­ volviĂł, creo que en 1989, el voto a los homosexuales bonaerenses.

Las leyes nacionales que garantizan los derechos de las minorĂ­as sexuales son un firme trĂ­pode: la ley 26.618 del 2010, felizmente bautizada “de Matrimonio Igualitario”; la 26.743 del 2012, “de Identidad de GĂ©nero”, y la 26.657 del 2010, de Salud Mental, cuyo magnĂ­fico artĂ­culo tercero declara: “En ningĂșn caso puede hacerse diagnĂłstico en el campo de la salud mental sobre la base exclusiva de:
” y agrega su inciso “c” dedicado a nosotros: “ElecciĂłn o identidad sexual”.

Religión y medicina han sido opresoras de las minorías sexuales. De la acusación de pecado, Dios y las religiones piadosas defienden a gays, lesbianas y trans creyentes, pero la psiquiatría y la psicología ejercieron (y si se les permite todavía ejercen) humillación y tortura con o sin consentimiento familiar. Aunque supiéramos que éramos mentalmente sanos, conocíamos de sobra a personas de las minorías sexuales cuya estabilidad sucumbía a las presiones, ataques y culpas que la sociedad apilaba en nuestras espaldas. El tabaquismo, la obesidad y el alcoholismo hacen estragos entre las lesbianas, el VIH arrasa a gays, homosexuales y hombres que hacen sexo con hombres, y todas las minorías estamos sujetas a neurosis en proporción mayor que la población general. Las causas son externas: no necesitamos agentes de salud que eviten que nos suicidemos, como temía una alumna del mås famoso curso de Educación Sexual Integral de la Ciudad Autónoma; la asociación y la construcción comunitaria son sanadoras. Nuestros jovencitos gays y lesbianas en las secundarias sí tienen riesgo de suicidio incrementado: la escuela los deja solos y los ignora.

En los veintitrés años de existencia de SIGLA cientos de homosexuales, transexuales y lesbianas han compartido la compañía e ideas de sus pares; han revisado y comparado sus creencias, actitudes, håbitos y conocimientos frente a las creencias, håbitos, actitudes, valores y conocimientos de otros. Así construimos comunidad.

Uso el circunloquio “creencias, actitudes, hĂĄbitos, valores y conocimientos” porque aunque suelo decir “cultura gay”, el grupo rechazĂł mi frase que sugerĂ­a autosegregaciĂłn (ni insinuĂ© “subcultura” porque años atrĂĄs una compañera habĂ­a dicho “subcultura gay, sĂ­. ÂżPero cuĂĄndo vamos a tener una Cultura con mayĂșscula?” La resonancia emocional cambia el sentido de las palabras). La poblaciĂłn general tiene un conjunto compartido de creencias, actitudes, hĂĄbitos y conocimientos que forman su cultura. En su enorme mayorĂ­a esa poblaciĂłn es heterosexual, y a menudo ni siquiera sospechan que paralelamente gays, trans y lesbianas tienen un conjunto de creencias, actitudes, hĂĄbitos y conocimientos compartidos ajenos al mundo heterosexual.

En los Ășltimos treinta años los dos grupos se han ido acercando. Los y las heterosexuales comenzaron a aprender el lenguaje y los modismos gaylĂ©sbicos, fueron a boliches para ver cĂłmo eran y se comportaban las minorĂ­as sexuales. Los fantasiosos acudĂ­an entusiasmados, pensando encontrar dos lesbianas que admitieran formar con ellos un triĂĄngulo en la pista de baile y mĂĄs allĂĄ.

Esta intromisión generaba molestias y hostigamiento. De todos modos los voceros de la sociedad general (periodistas y estudiantes con un trabajo de investigación) pedían que reconociéramos que no había discriminación contra las minorías sexuales, sino que nos autodiscriminåbamos: por eso teníamos nuestros propios lugares de reunión y nuestras asociaciones civiles. Muy conveniente para la sociedad heterosexual.

Muchos gays, lesbianas y trans hicieron propio ese discurso y acusaron a su propia comunidad de ser discriminatoria y agresiva. Se repetĂ­a que en vez de dar ejemplo de solidaridad Ă©ramos peores que los hĂ©teros. El primer periodista de la Comunidad Homosexual Argentina protestaba en 1984: “¡En ningĂșn lugar me han tratado peor que aquĂ­!”. Aquel hĂ©roe cultural olvidado escribiĂł un librito cuyo tĂ­tulo parodiaba el lema electoral del primer presidente de la democracia, y que se esperanzaba en desarrollos que insumieron treinta años en concretarse.

A todos nos espoleaba la esperanza. Creíamos que la liberación estaba a la vuelta de la esquina. Nos reuníamos en pequeños grupos en salas de clase media. Organizamos la olvidada Coordinadora de Grupos Gays, de la que ya en democracia surgió la CHA, de la que se escindieron Gays DC y SIGLA. En poco tiempo hubo mås organizaciones, incluso de personas trans.

El activismo y el VIH se tragaron a estos primeros gays (en sentido estricto: habían asumido la cultura homosexual de los Estados Unidos). En el primer año de democracia se instalaron los boliches, que negociaban pobremente con la Federal. La CHA se opuso a los edictos policiales, sin saber bien a qué se enfrentaba. En poco tiempo la mayoría de esos pioneros se perdieron en la ciudad o en la muerte.

Hoy no hay necesidad de esconderse y la policĂ­a no es nuestra enemiga, pero muchos y muchas se esconden. Se puede revelar la propia condiciĂłn sexual en donde se quiera, pero muchos y muchas no la revelan mĂĄs que a pocas personas, en circunstancias especiales. No estĂĄn tan errados, porque harĂĄ dos meses el intendente de SIGLA iba viajando en el subte con una amiga trans, una peruanita joven y hermosa bajo cualquier norma hĂ©tero o gay, y un pasajero que descendiĂł al andĂ©n apenas se cerraron las puertas los escupiĂł aprovechando una ventanilla bajada. No hubo a dĂłnde recurrir ni a quiĂ©n quejarse. La moraleja era, dado que nuestro intendente es un muchacho masculino, “no viajes con chicas trans ni les muestres amistad”. La discriminaciĂłn intracomunidad (masculinos despreciando a femeninos, gays segregando a las trans, trans operadas contra trans no operadas, lesbianas contra mujeres bisexuales o lesbianas con hijos, “busco chico de 25 a 30 cero ambiente, no plumas” y todo lo demĂĄs que acompaña a este folklore viene desde el exterior, igual que el escupitajo.

La discriminaciĂłn intracomunidad existe. Es lĂłgico: nacemos, crecemos y nos educamos en familias, barrios y sociedades de heterosexuales con sus instituciones, y nos embebemos de su ideologĂ­a discriminatoria (gordo de mierda, negro villero, puto de porquerĂ­a), de sus envidias dañinas (hacete la linda, quiĂ©n te creĂ©s que sos) y de sus idolatrĂ­as (divinas y populares, diosa, potro, yegua, y nuestra ofrenda lingĂŒĂ­stica al repertorio de los animadores televisivos: chongo).

Otra acusaciĂłn habitual es la voracidad sexual. Si el gay es afeminado, se descuenta que es un puto que se presta a todo; si es una chica trans, se dedica necesariamente a la prostituciĂłn; si es un varĂłn trans, busca lesbianizar a todas las mujeres. Las lesbianas son insatisfechas y esperan al hombre adecuado. Ya se acepta que hay homosexuales varones masculinos, morochos y pobres, pero son Manuel y Cogote (Âżrecuerdan el video viralizado en todas las oficinas, fĂĄbricas, comercios y escuelas?) y el locutor termina interpelĂĄndolos: “¿Se puede saber de quĂ© se rĂ­en?” mientras los argentinos machos, derechos y humanos (incluyendo varios gays) rumoreaban que eran reclutas paraguayos.

Un excelente salto adelante de nuestra sociedad es que ya no justificamos la violaciĂłn de una mujer en sus modales o su apariencia. De todos modos, el Bambino Veira cada tanto vuelve a ser un Ă­dolo televisivo con sus amigotes Beto y Guillote. No creo que esto hubiera pasado si en vez de violar a un chico femenino que devino en mujer trans hubiera violado a una mujer de nacimiento. Casella repite una y otra vez su “Pan Casero” amanerado por radio y televisiĂłn, y hasta la TV pĂșblica lo imita. Otra moraleja: el miedo debe seguir persiguiendo a las minorĂ­as sexuales. Ahora debemos vocear “Pan Casero” con voz gruesa, mientras la sociedad heterosexual
 perdĂłn, la poblaciĂłn general se rĂ­e y pide que tengamos sentido del humor.

Entre las creencias sociales generales estå que el VIH-sida es una enfermedad ya controlada. Se conocen una ristra de triunfos, que hoy corona Cuba, que erradicó la transmisión de madre infectada a hijo. Los fracasos en las vacunas apenas si son noticia. El optimismo domina porque la estrategia diseñada por ONUSIDA y la comunidad médica estå dando resultado: en los diversos grupos vulnerables de los países desarrollados del norte la epidemia retrocede, en los demås pierde ímpetu. Excepto entre gays, mujeres trans y hombres que hacen sexo con hombres (HSH en su designación epidemiológica).

El descontrolado avance del VIH en la poblaciĂłn de hombres que hacen sexo con hombres, gays y trans no es titular en ningĂșn medio. Entre gays, trans y HSH el uso de preservativo es inconsistente; no llegan al 20 por ciento quienes lo usan de modo que impida con certeza la transmisiĂłn. Los ministerios de Salud de todo el mundo recetan mĂĄs de lo mismo: preservativos, informaciĂłn, educaciĂłn de pares, e innovan con terapia preexposiciĂłn (tome antirretrovirales antes de hacer sexo). QuĂ© pasa en la mente de los individuos nadie lo sabe ni lo investiga. La policĂ­a paulista ofreciĂł este año investigar los clubes de carimbo, donde presuntamente gays y trans hacen sexo sin preservativo para transmitir el VIH. Vuelven la desconfianza y el temor, resurgen los rumores estigmĂĄticos como aquellos relatos sobre quienes dejaban en la almohada una rosa roja y una tarjeta que decĂ­a “bienvenido al club del sida”, o sobre adictos que enterraban agujas infectadas en los areneros.

En tanto, en la comunidad gay el nĂșmero de infecciones nuevas aumenta y la investigaciĂłn psicosociolĂłgica que nos haga dar el salto cualitativo en prevenciĂłn no aparece. Nadie sabe por quĂ© entre gays y hombres que hacen sexo con hombres la educaciĂłn superior no es preventiva. En los demĂĄs grupos vulnerables (heterosexuales y adictos a drogas) a mayor nivel educativo menor probabilidad de infectarse; pero en el grupo de gays quienes terminan la secundaria y los que siguen en la universidad son, desde 1988 hasta hoy, alrededor del 67% de su grupo de transmisiĂłn. El nivel educativo pierde la facultad preventiva que tiene en otros modos de transmisiĂłn. ÂżPor quĂ©? ÂżQuĂ© se estĂĄ haciendo para cambiar esta negada e invisibilizada realidad? La mayorĂ­a de quienes reconocen el problema cargan la responsabilidad en los individuos; yo la cargo en el sistema de salud y en el conjunto compartido de creencias, conductas y conocimientos que quedan de la antigua subcultura gay (perdĂłn, amigos), que hoy ayuda a la difusiĂłn del VIH.

Quizå la mejor medida sanitaria tomada para reducir la expansión del VIH en la comunidad gay-trans haya sido la Ley de Matrimonio. Pero los mås jóvenes no crecen pensando en casarse, y sí sienten el deseo del sexo y quizå del enamoramiento. No tienen dónde conocerse ni dónde ir a bailar. No hay matinés gay-lésbico-trans. No hay modelos de rol. Una cierta amnesia inducida borra toda la historia gay-lésbico-trans. No hay adultos a los que parecerse o evitar parecerse. Las parejas igualitarias dominan el ideario; las parejas transgeneracionales son casi desconocidas. Y encuentran parejas sexuales en la Internet, donde ni el estatus serológico ni la precaución estån garantizados.

A mi modo de ver, varias subculturas de minorĂ­as sexuales estĂĄn emergiendo a la visibilidad social, la sociedad general comienza a integrarlas, y ambos ĂĄmbitos se acercan y se interpenetran. Surgen conflictos de mayor o menor grado, chocan conocimientos, creencias y actitudes, y mientras se van produciendo reacomodamientos y encastres (no sin chirridos), las viejas costumbres se resisten a desaparecer, y los viejos prejuicios insisten en permanecer.

El Estado ya se ha reformado; si queda algo por ganar en derechos civiles, ha de ser poco. La sociedad estå reestructuråndose para hacernos lugar. Los espacios que nos corresponden hay que pedirlos sin enojos pero sin servilismos. Tenemos libertad y hay que perfeccionar la igualdad: no es posible consentir el sometimiento de tantas personas trans a la miseria y el VIH, pero entre nosotros no es grande la solidaridad (nuestro moderno equivalente de la fraternidad), que exige saltar barreras de clase, estatus socioeconómico y educación: como la sociedad general es incapaz de sobreponerse al miedo que le inspiran los pobres y los jóvenes, no es extraño que nos cueste comprender que nuestra preferencia sexual nos hermana con ellos.

Gays, lesbianas y trans tenemos mucho trabajo interno que hacer; individuos que crecieron condenados al silencio, al aislamiento y a la soledad no saben relacionarse bien. El humor, que solía ser buena defensa, no es buen sanador. Necesitamos lugares de reunión, conversación, debate y reflexión; en esas horas de socialización se van cicatrizando las heridas de infancia y adolescencia, de tantos recreos solitarios, de tantas horas de ver cómo los demås jugaban mientras uno se preguntaba por qué a mí. De esas reuniones saldrå el futuro, que debe girar sobre la construcción comunitaria.

Los grupos polĂ­ticos y sociales que hay son pocos. Deben proliferar. Faltan equipos deportivos, bibliotecas, cursos, librerĂ­as, clases de baile, guitarreadas, competencias, bandas, escuelas, agrupaciones de policĂ­as y bomberos, asociaciones de padres, familiares y amigos, cementerios, geriĂĄtricos, asociaciones de padres y madres gays. Todas esas estructuras deben estar compuestas de minorĂ­as sexuales y tener dirigencias de esas minorĂ­as. Su gobierno se puede compartir en alianzas hĂ©tero-gays, fundamentalmente en escuelas y centros de salud; pero la red comunitaria serĂĄ el lugar a donde recurran los individuos afrentados o agredidos por los sectores homofĂłbicos, que irĂĄn disminuyendo en nĂșmero y poder, pero que difĂ­cilmente desaparezcan. El hoy de la homosexualidad, con todas sus ramificaciones, es la construcciĂłn del futuro.

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