Estados Unidos: la hegemonía no termina de morir, la fase de dominación ya ha comenzado

Estados Unidos: la hegemonía no termina de morir, la fase de dominación ya ha comenzado

Por Katu Arkonada

La caída del muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética dejaron un mundo unipolar. Sin embargo, en los últimos años se ha iniciado una transición post-hegemónica hacia un mundo multipolar con varios centros hegemónicos que compiten entre sí en un equilibrio precario. Este escenario de pérdida de hegemonía política, económica y sobre todo militar parece irreversible. El tiempo tendrá la respuesta.

No temas ser lento, sólo detenerte. Proverbio chino

 
Diplomado en Políticas Públicas. Ex asesor del Viceministerio de Planificación Estratégica, de la Unidad Jurídica Especializada en Desarrollo Constitucional de la Vicepresidencia y de la Cancillería de Bolivia. Miembro de la secretaría ejecutiva de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad. Colaborador de medios de comunicación como Le Monde Diplomatique, Russia Today (RT) y Telesur


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Vivimos tiempos tan confusos como convulsos. La crisis estructural del capitalismo en la que estamos inmersos y el nuevo escenario geopolítico rediseñan todas las variables de la ecuación. Durante mucho tiempo la triada del poder mundial conformada por Japón, la Unión Europea y Estados Unidos, bajo el liderazgo de esta última potencia, ha dominado el mundo, diseñando un sistema político y económico que se ha ido expandiendo por todo el planeta mientras construían todo un sistema cultural que permitía que el desarrollo de este sistema no requiriera en la mayor parte de los casos del uso de la fuerza sino que se implementaba, salvo contadas excepciones, por medio del consenso.

Estados Unidos comenzó su etapa de hegemonía a partir de la caída del muro y del colapso de la Unión Soviética, eventos que dejaron un mundo unipolar en el que paradójicamente la desaparición de la alternativa que suponía el socialismo real, al mismo tiempo que convertía al imperio norteamericano en potencia hegemónica, daba inicio al fin de la misma, pues una buena parte del mundo comenzó a desprenderse de la tutela que ejercían los Estados Unidos ante el “peligro comunista”.

Hoy en día, con el impacto de la crisis estructural del capitalismo en pleno centro del norte capitalista y con el surgimiento de nuevos actores del tablero geopolítico, podemos afirmar que la nueva triada del poder mundial está conformada por los Estados Unidos, China y Rusia; en dos bloques que sin ser monolíticos sí se muestran antagónicos en la mayor parte de los casos. La transición post-hegemónica ha parido un mundo multipolar en el que uno de los posibles escenarios hacia los que nos encaminamos es el de varios centros hegemónicos que compiten entre sí en un equilibrio precario.

Ese declive de la hegemonía estadounidense ha venido acompañado de una ofensiva en tres ámbitos, político, económico y militar, con el objetivo de mantener el liderazgo, pero en la medida en que este no puede ser logrado por consenso, debe ser alcanzado mediante la dominación violenta en una buena parte del tablero geopolítico.

Ofensiva política

La reciente Cumbre de las Américas simboliza perfectamente la ofensiva política emprendida por los Estados Unidos en su intento por no perder, no ya la hegemonía, sino incluso el liderazgo que mantenía en otrora su patio trasero. En un momento en que la hegemonía cultural también se resquebraja, en que el modelo de capitalismo neoliberal comienza a ser enfrentado en una América latina donde el vínculo tradicional entre democracia y capitalismo se ha roto, Obama trata de rescatar su viejo Ministerio de las Colonias, una OEA moribunda y agonizante, presentándose ante los países de América latina y el Caribe con la carta del inicio de negociaciones para el restablecimiento de las relaciones con Cuba.

Pero buscando el equilibrio interno, el tachar de la lista negra a Cuba obligaba a tener otro enemigo externo, en este caso Venezuela, en un enroque en la política exterior hacia America latina y el Caribe que probablemente supone el inicio del fin de la era Obama en el subcontinente por subestimar el avance que se ha dado en los últimos años en la unidad e integración latinoamericana, aun entre países y proyectos políticos y económicos muy diferentes.

La agresión contra Venezuela es parte de un objetivo estratégico más amplio que pasa por desestabilizar a los países del ALBA y desplazar acuerdos como Petrocaribe, que agrupa a países centroamericanos y caribeños que tienen suministro de petróleo venezolano. No es casualidad que Obama se reuniera con el Caricom justo antes de viajar a Panamá, dentro de una estrategia definida como “Iniciativa por la Seguridad Energética del Caribe”.

Y si bien el núcleo bolivariano es objetivo de primer rango en esta ofensiva, el segundo anillo progresista también es parte de esta ofensiva política. La Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos coloca a Brasil como un “centro de influencia emergente” al que sólo lo superan en prioridades China, India y Rusia, además de “guardián de un patrimonio ambiental único y líder de los combustibles renovables”. No es casualidad por lo tanto que la mayor parte de bases militares estadounidenses se encuentren rodeando la Amazonia. La Argentina también es mencionada de manera explícita en dicha Estrategia en cuanto a país miembro del G20, y probablemente algún día leeremos en documentos desclasificados el vínculo entre la CIA y los fondos buitre que atentan contra la soberanía política y económica de este país.

Otro de los países que gozan de mención especial en esta Estrategia de Seguridad Nacional que rige la política exterior de la Casa Blanca, el Departamento de Estado y el Pentágono, es México. Reforzar México como frontera sur de los Estados Unidos como forma de extender el control geopolítico del Caribe y la influencia en Centroamérica es parte de la ofensiva estadounidense en el ámbito político. La reciente aprobación de una ley en México para dotar de legalidad a una realidad ya existente como es la de los miles de agentes estadounidenses que portan armas en territorio mexicano, es formalizar, como lo fue el Pacto por México y la reforma energética, la entrega de soberanía mexicana a una potencia extranjera. Frente a la integración latinoamericana y caribeña, Estados Unidos se asegura un aliado fiel en la región.

También parte de la ofensiva política es el financiamiento que se produce desde USAID, NED y otras organizaciones ligadas al Departamento de Estado y la CIA a una oposición de derecha en los países con gobiernos de izquierda o progresistas. Una nueva derecha reciclada que busca seducir no sólo a las clases medias sino también a los sectores populares con un discurso más despolitizado y light que la vieja derecha gorila neoliberal. Una oposición “civil y democrática” que incluso no tiene empacho en presentarse como de izquierda moderada frente a las izquierdas “radicales” y “populistas”.

Ofensiva económica

En el ámbito económico es claro el declive de la hegemonía que han ostentado los Estados Unidos durante las últimas décadas debido a una reducción de la competitividad, de los desequilibrios macroeconómicos en comercio exterior, del cada vez más grande déficit fiscal, y de una deuda pública que ya supera el 100% de su PIB y los 60 billones de dólares. Pero a pesar de la pérdida de capacidad en el ámbito comercial y económico, el ámbito financiero muestra todavía una superioridad indiscutible de la principal potencia capitalista. A pesar de que desde 2007 China es la principal productora de software y hardware, el 84% de las ganancias en este rubro siguen estando en manos de capitalistas estadounidenses, y lo mismo sucede en el ámbito especulativo donde las ganancias por servicios financieros han pasado del 47% de 2007 al 66% en 2013. Al mismo tiempo, un 45% de las 500 principales empresas transnacionales son de capital estadounidense, así como una buena parte de los medios de comunicación con más impacto mediático en la población mundial.

La ofensiva económica pasa también por garantizar la soberanía energética estadounidense a partir de la extracción de gas de esquisto y el uso del fracking a pesar de los peligros para el ecosistema que supone la fractura hidráulica. Pero esta técnica, más allá de su peligrosidad a nivel ecológico, sólo es rentable económicamente con un barril de petróleo que oscile al menos entre 60 y 70 USD, y por lo tanto con los precios actuales la dependencia de los países exportadores se mantiene.

El otro pilar sobre el que se sustenta la ofensiva económica es el de los tratados de libre comercio. Por un lado buscando reforzar el TLCAN y la integración subordinada de México para garantizarse el acceso a sus recursos naturales al mismo tiempo que negocia su incorporación al Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico de Asociación Económica (TPP) para ampliar su influencia en la zona Asia-Pacifico además de intentar frenar la creciente presencia de China en la zona. El otro tratado clave es el de la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP), tratado ultrasecreto que se está negociando con la Unión Europea y que, como ha sido denunciado, ni los mismos europarlamentarios conocen su contenido salvo borradores parciales. El TTIP supondrá, entre otras muchas cosas, una puerta abierta para el fracking y los transgénicos, la eliminación de las barreras sanitarias y la reducción de los derechos de los trabajadores destruyendo y relocalizando empleos allá donde la legislación sea más flexible. Asimismo no podemos olvidar el apoyo de los Estados Unidos a la Alianza del Pacifico, con el objetivo de desgastar el proceso de integración latinoamericana y caribeña; alianza que como proyecto económico no logra avanzar pues a pesar de haber liberalizado el 92% de su comercio intrarregional, el mismo sólo representa un 3,5% del comercio total de los países miembros (México, Colombia, Perú y Chile). Sin embargo hay que ser realistas y manejar un posible escenario donde a pesar de que los proyectos de integración política como Unasur o CELAC sigan profundizándose, proyectos de integración económica como Caricom y SICA, o herramientas de dicha integración económica como el Banco del Sur o el propio Sucre, sufran una ralentización, sobre todo por el escenario de guerra económica al que es sometida Venezuela, uno de los principales impulsores de estos mecanismos.

Pero probablemente es el principal icono de los Estados Unidos, el dólar, el que mejor simboliza esta nueva fase. Un dólar en declive como principal moneda internacional que a pesar de seguir siendo la referencia, va perdiendo peso e influencia frente al yuan y el rublo, que ya han comenzado a ser utilizados por China y Rusia en sus transacciones comerciales, sobre todo en la venta y compra de petróleo y gas.

Ofensiva militar

En el plano militar, a pesar de seguir manteniendo el liderazgo en el mundo, fruto de un gasto 10 veces superior al de por ejemplo China, que cuenta con 250 ojivas nucleares frente a las 4.500 de Estados Unidos, que dispone además de 20 portaaviones frente al único barco chino de estas características, ya no tiene el control geopolítico del que disponía hace pocos años.

Estados Unidos puede hoy destruir cualquier ejército o país si se lo propone, pero no puede mantener el control territorial sobre el mismo. Se calcula que ocupar Irak y Afganistán le ha costado al contribuyente estadounidense unos 4 billones de dólares, que han provocado el enorme gasto público y déficit del país.

La potencia imperialista construyó su hegemonía sobre la dominación militar, sí, pero también sobre un consenso a escala planetaria con muy poca contestación. Ese consenso fue roto por Bush y hoy difícilmente Obama puede restaurarlo.

Ucrania es probablemente el escenario que metafóricamente simboliza el fin de una época. En Ucrania los Estados Unidos sufrieron una derrota parcial a manos de Rusia, pues a pesar de conseguir impulsar un golpe de Estado y poner un gobierno amigo que permita la expansión de la OTAN hacia el este, no pudieron evitar la anexión de Crimea a Rusia. Algo similar ha sucedido en Siria, donde obviamente contaron con los medios, la financiación de la CIA y la tecnología para provocar una violenta guerra civil, pero no han podido controlar a los “rebeldes” que financiaron y que se han terminado convirtiendo en el Estado Islámico, fracasando también en su objetivo de derrocar al legítimo presidente Bashar Al Assad.

Los últimos acontecimientos les han obligado asimismo a negociar un acuerdo con Irán, uno de los principales Estados del eje del mal, sobre la cuestión nuclear, con el fin de mantener una cierta estabilidad en el tablero geopolítico de Oriente Medio. Incluso recientemente China se ha atrevido a desafiar el control estadounidense en la región mandando buques de guerra a las costas de Yemen a pesar del bloqueo impuesto por Arabia Saudita.

A pesar de algunas derrotas parciales en el campo de batalla físico, no podemos olvidar que los Estados Unidos siguen dominando el otro campo de batalla, el del ciberespacio y el espionaje.

Y si miramos la geopolítica regional en Nuestra América, tenemos un despliegue militar sin precedentes. Sólo en Panamá, sede de la última Cumbre de las Américas, existen 12 bases militares estadounidenses; en Perú se acaban de firmar acuerdos para autorizar el ingreso de unos 3.500 marines con el pretexto de la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, y en Colombia, otro país clave para el objetivo de mantener presencia en Sudamérica, el Comando Sur de las Fuerzas estadounidenses (SOUTHCOM), mediante el ejército y policía colombiana, sigue entrenando a miles de oficiales militares y policiales de diferentes países de América latina y el Caribe, en particular de México y Centroamérica, República Dominicana, Perú y Paraguay. Bajo el pretexto de la lucha contra las drogas o el lavado de dinero, los Estados Unidos seguirán teniendo presencia en nuestra región mediante la Iniciativa Mérida, la Iniciativa Regional para la Seguridad Centroamericana (CARSI), el denominado “Plan Biden para el Triángulo Norte Centroamericano” y la Iniciativa de Seguridad para la Cuenca del Caribe (CBIS).

El factor chino

El mayor responsable de la pérdida de la condición de potencia hegemónica de los Estados Unidos y su entrada en una fase de dominación violenta es China, que algunos teóricos ya definen como un Estado-civilización. Una China que a partir del desarrollo de un inmenso mercado interno, y a pesar de un cierto estancamiento en el crecimiento, pues en 2014 “sólo” creció el 7,4% (Estados Unidos creció un 2,4%, la Eurozona un 0,8% y Japón un 0,2%), ya es el primer consumidor de energía del mundo y está a punto de superar el PIB de Estados Unidos.

Precisamente esa necesidad de recursos naturales para seguir creciendo hace que China haya desarrollado una política de poder blando y relaciones internacionales en las que por un lado estrecha su relación con Rusia reduciendo su vulnerabilidad energética, a la vez que establece una serie de alianzas con África y América latina para el suministro de recursos naturales clave para el desarrollo de su economía. Pero todas las relaciones económicas y comerciales están basadas en el respeto al sistema político y económico de cada país y desde luego China no tiene intención de instalar ninguna base militar en territorio africano o latinoamericano-caribeño.

Pero quizás el principal escenario donde China comienza a construir su propia hegemonía a costa de los Estados Unidos es el económico-financiero mediante la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII), que junto con el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS, impulsa una nueva arquitectura financiera internacional que desplace la hegemonía del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (donde la potencia del norte tiene el 17,1% y poder de veto frente al 3,7% chino). El BAII fue propuesto por Xi Jinping en 2013 y constituido formalmente en octubre de 2014 en Beijing con 21 países fundadores (China, India, Tailandia, Malasia, Singapur, Filipinas, Pakistán, Bangladesh, Brunei, Camboya, Kazajstán, Kuwait, Laos, Myanmar, Mongolia, Nepal, Omán, Qatar, Sri Lanka, Uzbekistán y Vietnam), pero al día de hoy ya cuenta con 57 países de los cinco continentes (34 asiáticos, 18 europeos, 2 africanos, 2 de Oceanía y 1 de América latina, entre ellos todos los pertenecientes a los BRICS) que tienen intención de formar parte, algunos de ellos estrechos aliados de los Estados Unidos como Gran Bretaña, Alemania, Francia, Arabia Saudita o Israel. El capital inicial del BAII para proyectos de infraestructura, electricidad, agua potable o saneamiento básico estará conformado por unos 100 mil millones de dólares, de los que China aportará un 49 por ciento.

China, asimismo, con sus 4 billones de dólares en reservas, según anunció en la reciente cumbre China-CELAC su presidente Xi Jinping, va a invertir en los próximos diez años 250 mil millones de dólares en América latina y el Caribe, región que ha pasado de dejar atrás en buena parte de los países el Consenso de Washington, a moverse entre el consenso bolivariano y el Consejo de Beijing.

Horizontes geopolíticos

Es más que probable que Estados Unidos y China continúen durante los próximos años incrementando una disputa a modo de guerra de posiciones en el ámbito del soft power, la combinación de disputa cultural, ideológica y diplomacia. Pero pase lo que pase en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016, no parece que el escenario de pérdida de hegemonía y ofensiva política, económica y sobre todo militar mediante la dominación violenta en el que está inmersa la principal potencia capitalista e imperialista del mundo, vaya a cambiar.

Deberemos seguir estudiando los escenarios que esta nueva fase imperial puede traer para América latina, que dependerán también de la correlación de fuerzas y de los gobiernos de izquierda y progresistas que se puedan mantener en las próximas citas electorales, además de la capacidad que estas fuerzas y gobiernos tengan para seguir profundizando un proceso de integración latinoamericana y caribeña no sólo en el ámbito político, sino económico, financiero, energético, tecnológico y cultural.

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