Estados Unidos, China y las nuevas narrativas de poder

Estados Unidos, China y las nuevas narrativas de poder

Por Ariel Armony

Para ser efectivos, los proyectos globales requieren una narrativa convincente. Durante el siglo XX la narrativa de los Estados Unidos se basó en los valores de democracia y libertad como bienes universales. En el nuevo siglo esa hegemonía norteamericana se ve amenazada por distintos factores y la emergente China empieza a plantear una narrativa diferente, basada en las nociones de diversidad, igualdad e inclusión. Riesgos y oportunidades para la región en un mundo en constante cambio.
 
Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Pittsburg. Director del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Pittsburg


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En un reciente editorial en el New York Times, Edward Snowden, ex miembro de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y ex consultor de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de los Estados Unidos, escribe que “pocos hubieran imaginado, al inicio del nuevo milenio, que los ciudadanos de las democracias desarrolladas se verían rápidamente obligados a defender el concepto de una sociedad abierta frente a sus propios líderes”. Snowden se ha transformado en elocuente portavoz de un valor que se impone como el eje central de la nueva narrativa de Occidente: el derecho a la privacidad.

Este mensaje tiene un fuerte atractivo para una generación “post-terror”, como la define Snowden, que “se resiste a una concepción del mundo definida por una única tragedia”, refiriéndose al 11 de septiembre de 2001. Snowden no habla de democracia. Habla de privacidad. El punto es absolutamente claro. Las encuestas de opinión pública muestran una fuerte preocupación por parte de los ciudadanos con respecto a la recolección de datos personales, sin su consentimiento. El énfasis en el derecho a la privacidad podría estar definiendo una nueva narrativa que distingue a los Estados Unidos, la Unión Europea e incluso Brasil, de países como China y Rusia.

Para ser efectivos, los proyectos globales requieren algo mucho más importante que el poderío militar y económico: necesitan una narrativa convincente. Por ello los discursos de potencias globales y de países con proyección de liderazgo global cumplen un papel fundamental. Por ejemplo, la segunda mitad del siglo veinte marcó el apogeo de un proyecto global definido por los Estados Unidos, cuya narrativa estuvo articulada alrededor del concepto de democracia. Este proyecto, entendido como la construcción de una retórica cuyo objetivo es legitimar la acción, ha perdido lustre en el siglo veintiuno. Está por verse si una narrativa construida en base al derecho a la privacidad podrá darle un nuevo brillo y generar suficiente tracción como para atraer una masa crítica de seguidores en Occidente.

Esta discusión es pertinente para Latinoamérica en un momento en que la región busca encontrar su posición en el mundo, inclinándose hacia el Pacífico en función de las oportunidades que presenta China y el resto de Asia. América latina se encuentra disponible para ser cortejada por una nueva narrativa que le indique una forma de pertenencia en el marco global.

Obviamente, si hay que mirar en algún lado es hacia la República Popular China, la potencia emergente del Pacífico.

Sin embargo, a diferencia de los Estados Unidos, China no tiene aún una narrativa propia. En la Weltanschauung norteamericana, es el amor propio lo que da raíces a la idea de una nación destinada a promover la democracia y la libertad como bien universal. China no cuenta aún con una narrativa que pueda ser equivalente al modelo norteamericano de “interés propio ilustrado”.

Al asignarse la autoridad moral para proteger la democracia y la libertad en el mundo, Estados Unidos conformó un discurso brillante que justificaba cualquier tipo de acción en pos de esos valores. Por ejemplo, la cruzada anticomunista de Ronald Reagan en Centroamérica en los años ochenta aglutinó las fuerzas más brutales y antidemocráticas del continente bajo la consigna de defender la democracia y los valores republicanos. Replicar tamaña ficción no es sencillo. El liderazgo chino lo sabe porque ha aprendido mucho de Washington.

China está intentando construir un proyecto de un alcance extraordinario: su justificación como poder global. Lo que está en juego no es tanto el “poder duro” de China sino su propósito y dirección como líder a nivel mundial.

En general, los expertos sostienen que la estrategia de proyección global de China es pragmática, enfocada fundamentalmente en su proceso de crecimiento económico. En el caso de América latina y el Caribe el objetivo principal de Beijing sería garantizar los insumos para alimentar dicho crecimiento y asegurar nuevos mercados. Este análisis es correcto, pero parcial: el pragmatismo chino requiere de una visión política que le dé sustento.

El poder, como sabemos, no se construye únicamente con recursos económicos o militares. China ha avanzado notablemente en esas dimensiones. Le toca ahora crear una narrativa de legitimidad que pueda generar tanto influencia como respeto. Debe ser una narrativa persuasiva, apuntada a promover la idea de un bien universal, pero que no invoque una “misión civilizadora” que podría equipararse con un proyecto neocolonialista.

China ha desarrollado una retórica que expresa una conexión con los intereses y aspiraciones de otros países en desarrollo sin desafiar el paradigma global existente, aún centrado en el modelo establecido en el siglo veinte. Hasta el momento, la retórica y su aplicación práctica (inversión en infraestructura, créditos de todo tipo y demás) han seguido un esquema de promoción del desarrollo en el que, según Beijing, ganan las dos partes.
El Partido Comunista Chino tiene muy claro que, para alcanzar sus aspiraciones globales, China debe convertirse en algo más que un modelo de desarrollo económico. No es suficiente generar admiración; es necesario crear empatía, un sentido de destino común.

Durante el siglo veinte, Estados Unidos fue la fuerza dominante de la narrativa democrática. Basado en la noción de democracia y libertad como bien universal, Estados Unidos se asumió como líder mundial para un humanitarismo que se presentó como una herramienta moral, aunque obviamente contenía objetivos económicos y políticos. La Guerra Fría, entendida como confrontación política de proyectos ideológicos, constituyó un marco perfecto para este proyecto hegemónico. Al terminarse la Guerra Fría y al desaparecer el comunismo soviético, los Estados Unidos quedaron como el único superpoder con una narrativa de alcance global. Sin embargo, en el siglo veintiuno, el brillo de esa narrativa se ha diluido considerablemente. Ya nadie se entusiasma demasiado con el discurso democrático, al que vemos como un artilugio vacío. Hay que remozar el discurso o esperar que surja una nueva narrativa.

Una medida del auge de China como potencia global es la creciente fricción entre la narrativa democrática e individualista de Estados Unidos y las posiciones de Beijing.

Claramente, los valores que afirma la versión norteamericana de democracia y libertad no sirven para China. Pero en lugar de continuar atacándolos, Beijing está diseñando una estrategia de gran astucia. Y en esa estrategia, América latina tiene un papel importante.

China nos propone crear un orden internacional más justo, razonable y equitativo, guiado por los nuevos actores que mueven la economía mundial. Ahora bien, ¿qué significa un orden más justo, razonable y equitativo? No es sencillo desentrañar las características de este orden en la política global de China, pese a que muchos lo leen como la creación colectiva de un orden alternativo al del llamado “Consenso de Washington”, junto con la primacía de valores neoliberales. Por lo pronto, Beijing suscribe a la necesidad de reorganizar las instituciones internacionales, sin derrumbar el edificio existente. Este es el primer punto que define la agenda global que China pone sobre la mesa. El Nuevo Banco de Desarrollo y el Acuerdo de Reservas de Contingencia de los BRICS constituyen un ejemplo de “pasos importantes para la remodelación de la arquitectura financiera global”, utilizando las palabras de la presidenta Dilma Rousseff. Aún queda por ver, sin embargo, si este tipo de iniciativa tendrá el impacto esperado.

Este trazado no viene solo. El otro lado de la moneda es fundamental, porque es la mezcla que permite pegar los ladrillos. Más que erigir instituciones, requiere la construcción de un nuevo imaginario. China propone al mundo en desarrollo regresar a sus verdaderos valores. Esta noción se construye en función de dos conceptos que articulan el mensaje que promueve Beijing y que el presidente Xi Jinping presenta en sus visitas de Estado. Primero, la idea de civilización. Segundo, la idea de desagravio.

Al privilegiar la noción de civilización, el liderazgo comunista pone el énfasis en tres conceptos: diversidad, igualdad e inclusión. La diversidad de civilizaciones avala su igualdad y su derecho a una inclusión justa en el orden internacional. Según la perspectiva china, las diferencias entre civilizaciones no son necesariamente una fuente de conflicto, tal como lo señalaba Samuel Huntington. Para Beijing, afirmar que la política global está dominada por el choque de civilizaciones es una forma de justificar una estrategia norteamericana que promueve la occidentalización y la contención de los Estados islámicos y confucionistas.

El orden jerárquico que ha marcado la política exterior de los Estados Unidos, basado en una arraigada percepción de inferioridad hacia regiones como Latinoamérica, no tiene sustento bajo el marco de un mundo pensado como una suma positiva de civilizaciones. El mensaje quedó muy claro cuando el presidente Xi visitó las pirámides mayas de Chichén Itzá en ocasión de su viaje a México en 2013. Como señaló Xi Jinping, “China y México son civilizaciones milenarias y grandes poderes culturales”. Es imposible decir ambas cosas de los Estados Unidos. Y aunque quisiera decirlo, ¿desde dónde lo haría? ¿Desde el Googleplex en Mountain View, California?

Hablar de civilizaciones no es simplemente un recurso retórico. Es una manera de cambiar la perspectiva, planteando un marco temporal muy distinto al del estado-nación o régimen político. ¿Qué son doscientos años de independencia republicana frente a seis milenios de identidad cultural? ¿O cuatro décadas de democracia, en esta última “ola” de democratización nacida en los setenta? Esto es significativo para los latinoamericanos porque nos confronta con una cuestión primordial: ¿cuáles son nuestros verdaderos valores?

La pregunta va directo al corazón de las nociones de democracia y derechos humanos. China nos plantea: ¿son estos los valores que definen la identidad latinoamericana? Sería muy sencillo rechazar la pregunta de plano, pero está enmarcada en una narrativa que toca fibras sensibles. China nos dice, a los latinoamericanos, que tenemos algo muy importante en común con ellos: hemos sido víctimas de poderes extranjeros. Nos han colonizado, humillado e impuesto valores ajenos. Beijing tiene claro que el Estado debe sustentar las normas y, a su vez, los derechos de sus ciudadanos. El Estado debe ser capaz de proteger a sus ciudadanos de la depredación de otros Estados. Cuando un poder colonizador somete o subyuga a un Estado débil, este último ya no puede brindar la protección que sus ciudadanos se merecen. Esta racionalidad, presente en la memoria colectiva de décadas de humillación y explotación, es fundamental para Beijing. El Estado chino se ocupa de recordar este mensaje a sus ciudadanos constantemente.

La nueva narrativa china sugiere: ¿no será que la democracia y los derechos humanos son una forma de sumisión, es decir, valores que nos forzaron a tomar como nuestros? ¿No será que nos olvidamos que somos una conjunción de grandes civilizaciones? ¿No será tiempo de volver a los valores propios, que habrá que desentrañar mirándonos a nosotros mismos?
Para China, es tiempo de desagravio.

Estas preguntas pueden ser peligrosas. Pero ignorarlas puede ser aún más peligroso. Para bien o para mal, el desinfle de la narrativa del siglo veinte sostenida por los Estados Unidos y la creciente influencia de China en América latina amplifican la resonancia de estas cuestiones.

Es ingenuo pensar que China representa una amenaza a la democracia en América latina, simplemente porque el modelo económico chino pueda ser objeto de admiración en varios países de la región. Es errado pensar que el modelo político chino podría venir de la mano del modelo económico. Esto no quita que la narrativa que China está desarrollando tenga elementos atractivos para Latinoamérica, especialmente a nivel internacional. Sin embargo, al mismo tiempo, contiene ideas que pueden erosionar las bases institucionales de estos países.

Está por verse si la proyección de China en América latina consigue afirmar dos valores importantes que la diferenciarían de Estados Unidos. En contraste con la dicotomía característica de Washington (aliado o enemigo), China parece avalar la moderación y, por ende, un modelo de relación marcado por los claroscuros. A su vez, China podría avanzar una agenda de complementariedad enfocada en el conjunto de valores que ambos lados tienen en común. Pero claro, esto requiere que la relación no sea definida sólo por Beijing. ¿Existe una visión latinoamericana de la relación que se quiere construir con China? Esta es una pregunta clave, urgente, para la región.

A China le falta recorrer un largo camino antes de encontrar su propia justificación como poder global. Pese a que la respuesta pública de cualquier vocero chino (del gobierno o la academia) sea que China no pretende erigirse en poder global, la realidad que se confiesa en los pasillos es que se trata de una trayectoria ineludible. Nos guste o no, a los latinoamericanos, estemos donde estemos, nos debe preocupar esta cuestión.

Las perspectivas de una relación más creativa con Estados Unidos son pocas. China hace negocios e invierte en Latinoamérica. Pero detrás de los negocios y las inversiones viene la política pensada como gran estrategia. Es en nuestro interés desentrañar esa agenda para comenzar a darnos cuenta de dónde estamos parados.

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