Esa vieja costumbre de abusar. La responsabilidad social ante el abuso sexual infantil

Esa vieja costumbre de abusar. La responsabilidad social ante el abuso sexual infantil

Por Jorge Garaventa

El abuso sexual contra niñas y niños tiene una presencia contundente en la sociedad. Si bien muchos casos son denunciados, la mayoría de las veces se pone en marcha la hipócrita maquinaria de mirar para otro lado. El proceso judicial es fundamental, pero es apenas el primer paso. Se necesitan políticas públicas que contemplen la educación sexual desde los primeros estamentos, talleres para mayores y una mayor difusión de los caminos de la prevención para poder volver a soñar con una niñez feliz.
 
Psicólogo (UBA). Miembro del Tribunal de Pensamiento Contra Delitos de Lesa Humanidad


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Bajó la vista, ni por pudor ni por arrepentimiento. Apenas un gesto para rearmar la soberbia perversa que tanto daña y volver a izar la mirada desafiante. El tribunal acababa de condenarlo por abuso sexual contra un niño que se hizo adolescente de tanto transitar en busca de justicia. Aun en esa instancia, el abusador tratará de reencontrar los ojos de su víctima. Si lo logra será su triunfo. Lo último que se llevará el joven o el niño será esa mirada impertérrita, helada, paralizante. En el mejor de los casos ya no hará mella, pero los mejores casos suelen ser los menos.

Cuando se cierra un proceso judicial sobre abuso sexual infantil, con o sin condena, la sociedad se alivia y se desentiende; la macrosociedad y los cercanos. Pero para quien padeció el abuso comienza un proceso nuevo, cruelmente solitario, que es el de la reparación del daño, de acomodar la devastación psíquica que significó el vejamen. Porque bien lo dice el juez Carlos Rozanski: “Quien ha padecido abuso, en su psiquis, no cesa nunca de ser abusado”.

Intentando evitar que esta certera descripción sea una sentencia perpetua es importante entender que el proceso judicial es fundamental, pero es apenas el primer paso y que a veces ni siquiera es posible transitarlo.

Las niñas, niños, jóvenes y adultos que han padecido el abuso sufren el mismo estigma que las histéricas hasta antes de la llegada de Freud. Portan un sufrimiento extremo que a la ciencia le resulta poco creíble porque, se sabe, no hay ciencia sin ideología, mucho menos en los dominios de la cultura patriarcal y el capitalismo en crisis.

Hubo una psicoanalista inglesa, Melanie Klein, que describió un mecanismo psicológico, hoy tan necesario de ser recordado y tenido en cuenta como olvidado: la “proyección introyectiva”. Refiere a que por avatares del vínculo se traslada desde uno, una sensación, un sentimiento que el otro percibe y aloja. Un troyano, diríamos modernamente. Por eso afirmamos que si la impunidad es dañina, la ostentación de la impunidad es doblemente dañina y feroz.

Este mecanismo, en definitiva, inocula un malestar activo y constante en la psiquis de la víctima y es a su vez lo que perpetúa el dominio del victimario, aun en ausencia.

Mientras que quien padeció el abuso tiene la sensación de que su vida ha sido arruinada para siempre, observa cómo el abusador disfruta de su cotidianeidad sin mayores inconvenientes. Este mecanismo no es inocente. Esconde un mensaje de desaliento y desamparo para quien lo recibe.

Se comprenderá, a poco de andar en este artículo, por qué solemos poner tanto énfasis en la necesidad de la reparación simbólica que llega a través de la Justicia. También se comprenderá que con eso sólo no es suficiente pero sí altamente necesario.

El abuso sexual contra niñas y niños tiene una presencia contundente en la sociedad. Las pocas estadísticas que se conocen abonan la alarma ante el tema, pero más preocupante aún es cuando tenemos en cuenta las características particulares de estos hechos gobernados por el descreimiento, los secretos y el pudor. Por eso hablamos de cifras negras, que son los números que se esconden detrás del silencio en que el miedo y la vergüenza someten a las víctimas.

De los múltiples mensajes que vienen por añadidura, el más contundente es aquel que nos obliga a decir que las familias no necesariamente son el lugar más seguro para la niñez. La experiencia nos indica que un altísimo porcentaje de los abusos son intrafamiliares y que el perpetrador más frecuente es el padre y, siguiendo en orden de importancia, otros adultos significativos.

Adelantándonos a posibles refutaciones viene bien aclarar que también existen madres que abusan sexualmente de sus hijos, pero estadísticamente es inequiparable, lo cual no implica que no haya que prestarle atención e intervenir con absoluta contundencia. De cualquier forma, analizar lo hegemónico es lo que nos convoca en este espacio.
Este recorrido nos lleva a detenernos un momento en un tema al que la Dra. Eva Giberti ha dedicado dos libros, uno de ellos de reciente aparición. Nos referimos al incesto paterno filial contra la hija-niña. Si se advierte la gravedad intrínseca en el abuso sexual infantil, mucho más ha de entenderse lo que significa que una niña sea abusada sexualmente por aquel que tiene la responsabilidad social, moral, familiar, económica de tutelarla, pero en lugar de ello, o además de hacer un como si de ello, termina en una utilización sexual de esa niña arrojándola a la inermidad que conlleva ser abusada por su propio padre, reducida al mero lugar de desecho en que la coloca la utilización sexual de su persona en formación, y en formación precisamente bajo la responsabilidad del perpetrador.

Hacemos un paréntesis para intentar explicar por qué, pese a que son conceptos cuestionados aun desde algún sector de las ciencias sociales, seguimos insistiendo con que en esta problemática es necesario hablar de “víctimas” y “victimarios”.

La Dra. Irene Intebi, una de las investigadoras más prestigiosas sobre este tema, plantea que el abuso sexual infantil es un balazo que se descerraja en la psiquis de quien lo padece. Coincidiendo con ese concepto planteamos que el efecto es devastador y la necesaria reparación sumamente compleja y tan dificultosa como necesaria.
Decíamos que el concepto de víctima viene injustamente vapuleado. Tal vez, como ha ocurrido con otros términos, producto, en parte, de la banalización en su uso. Pero en este caso hay un algo más.

Quien ha sufrido abuso sexual infantil ha sido despojado de muchas cosas, entre las cuales su dignidad, su alegría y su lugar en la niñez ocupan un lugar destacado en este desalojo. Se lo ha privado de todo, incluso de su posibilidad de reconocerse como víctima.

La víctima es aquel que ha padecido un daño que lo sobrepasa, y que por la contundencia del mismo no ha tenido posibilidades de reaccionar adecuadamente. Lucha desigual y salvaje si las hay.

Por eso reivindicamos la necesidad de afirmar que en este tipo de delitos, porque de eso también se trata, existen claramente diferenciados víctimas y victimarios.

Adentrándonos un poco más en lo que ocurre en quienes han padecido el abuso, se verá con claridad el porqué de la reivindicación de este estado como punto de partida hacia otra situación que conduzca a la reparación de lo padecido.

El victimario no actúa espontáneamente, y mucho menos de manera compulsiva. Precisamente la paciencia, la estrategia en el tiempo y la seducción ocupan un lugar central.

El abuso sexual infantil es perpetrado por un adulto que tiene una relación significativa con el niño, por proximidad familiar, porque es amigo de la familia, docente, etc. La relación es siempre cercana afectivamente. En muchas ocasiones se comprueba que dicha proximidad es intencional y que el abusador ha realizado estrategias de acercamiento, pacientes y de larga data cuando no es familiar conviviente. El niño, como todo niño, demanda amor y en esa demanda queda atrapado en la perversión del adulto que responde irrumpiendo sexualmente bajo el disfraz del cariño. Esta estafa paraliza y confunde. Lo lleva a pensar que el cariño que sintió y siente hacia ese adulto lo hace responsable de la situación que, dicho sea de paso, rara vez conlleva violencia física.

Es precisamente en esta etapa cuando el abusador descarga toda su artillería que conlleva al silencio de la situación. Suele haber amenazas que aterrorizan al niño acerca de lo que puede ocurrir con sus seres queridos y con su familia en general si estos hechos trascienden, pero lo que más paraliza es la sensación interna de responsabilidad con lo que está ocurriendo.

El pudor y el miedo gobiernan esta etapa que se puede extender durante años, aún cuando el sometimiento próximo haya cesado.

También esta es la razón por la que se reclama la imprescriptibilidad de este tipo de delitos.

Sean como fueren las formas en que se desarrolló la situación, ha de quedar en claro que la responsabilidad es siempre del adulto que porta un recorrido vital y una capacidad asimétrica por sobre la psiquis en formación del niño.

No obstante, más allá de miedos, pactos, silencios y amenazas, el niño siempre da señales que permiten concluir a la mirada atenta del adulto que algo grave está sucediendo.

La carga del abuso sexual es inmensa, pesada e intolerable para quien la porta, razón por la cual el niño recurre a los más variados artilugios de defensa para soportarlo, pero en ello se le va la niñez y la alegría.

Rozanski dice, en relación con el abuso intrafamiliar, que hay que imaginarse cómo transita su vida ese niño que luego de ser abusado por las noches, por la mañana necesita hacer un ejercicio extremo de disociación para concurrir a la escuela y desarrollar todas las actividades que le depara la vida moderna.

Es precisamente la “disociación” uno de los mecanismos de defensa más usuales en estos casos. A quien observa le da la sensación de un niño disociado del mundo y de sí mismo. Pero el precio que paga es alto. No es raro, entonces, chocar contra una personalidad visiblemente empobrecida.

Pero hay otras circunstancias que además de enmascarar el abuso los someten a otro tipo de maltratos de la mano de la psiquiatría, la psicología y la medicina en general. Esto merece una breve introducción: la sociedad en general y la sociedad científica en particular son sumamente reticentes a aceptar la presencia extensa del abuso sexual en la niñez. A veces por carencia empática pero otras, no pocas, porque actúa la “desmentida”, es decir, esa trampa de nuestra psiquis que para no angustiarnos prefiere no ver lo que está ocurriendo delante de los ojos.

Puede entonces negarse la presencia del abuso pero no la persistente denuncia sintomática de niñas y niños. La psiquiatría, la neurología, los laboratorios y la psicología se asocian entonces para habilitar nuevos cuadros que agrupen la sinfonía de síntomas y habiliten correctivos terapéuticos y baterías medicamentosas. Todo al servicio de silenciar la denuncia de niños y niñas. Nace entonces la patologización y medicalización de la infancia y una cierta nomenclatura que rápidamente circula de boca en boca ya que cada padre, madre o docente puede funcionar como auxiliar de diagnósticos en esta cacería nosográfica.

Hablamos entonces, como si se tratara de un kilo de yerba, de ADD, ADHD, incapacidades, espectro autista y otros menjunjes.

El espectro autista y varios otros que están en boga son un ejemplo de lo que venimos diciendo. Actúa en forma de red que intenta que ningún pez, ni el más pequeño, escape a la encerrona. Es así como quedan incluidos en el mismo espacio signos y síntomas, hasta contradictorios, que poco o nada tienen que ver con los títulos en cuestión.

Son los casos en que las disciplinas funcionan como “disciplinadoras”, valga la redundancia, al servicio del orden social. No decimos por supuesto que todas actúen así, pero no se pueden negar las fuertes tendencias, a veces hegemónicas, epocales y… subvencionadas.

Lo que no debe perderse en todo este análisis es que estos cuadros, al ser desgajados de los acontecimientos que originan la rebelión infantil, son refugio de encubrimientos de violencias y maltratos, siendo el del abuso sexual uno de los más recurrentes.
Pero no son las interpretaciones de los síntomas procedentes de la disociación los únicos atajos por los cuales la ciencia y la sociedad colaboran en el silenciamiento de la palabra infantil, y si los traemos, pese a su apariencia académica, es porque están instalados en los diálogos cotidianos, más allá de las comunidades profesionales involucradas.

Cuando un niño o una niña hablan denunciando abuso sexual hacen temblar las estructuras en las que se asientan los valores tradicionales de la sociedad y las instituciones que los representan y recrean: familia, escuela, iglesia.

Esa es una lacerante realidad que no puede soslayarse. Los espacios de contención de la niñez suelen convertirse en cuevas de maltratos, violencias y abusos. En ocasiones es lícito suponer que detrás de los abusos sexuales que se producen en ámbitos institucionales se esconden redes de pedofilia y pornografía infantil. Independientemente de la credibilidad que jueces y fiscales hayan tenido sobre los testimonios de pequeños, estos han denunciado en forma sistemática la presencia de terceros con cámaras fotográficas o filmadoras.

El tema de la incredulidad, por otra parte, es una de las mayores crueldades que sufren las víctimas de abuso sexual infantil. No es fácil develar el secreto y cuando después de miedos y luchas internas sin cuartel logran hablar, chocan primero con el descreimiento de los próximos y luego de jueces, psicólogos y fiscales.

Los niños y las niñas hablan. El tema es si quienes tienen que poner la oreja para validar su palabra o para impartir justicia están dispuestos a emular la valentía de los pequeños.
Por eso, a riesgo de ser reiterativos, subrayamos: con señas, con signos, con síntomas o con palabras los niños y las niñas denuncian. Algunas veces se los escucha y se les cree; otras, las más, se pone en marcha la hipócrita maquinaria de mirar para otro lado.

Decíamos al principio que el abuso intrafamiliar en primer término y el abuso paterno filial son lo prevalente. Esto ha llevado a que las madres queden instaladas a menudo en el lugar de la sospecha de complicidad. ¿Cómo no han advertido que su hijo o hija estaba siendo abusado por su compañero? ¿Es posible no ver?
La experiencia indica que son muy pocas las madres cómplices pero sí variados los mecanismos autores de esta ceguera psicoafectiva.

La complicidad es la decisión consciente e intencionada de ser partícipe de ese abuso. El resto son distintos derivados de la desmentida, la negación y la desidia. Cuando esto último ocurre, la alarma es inevitable ya que hablamos de alguien con serias dificultades para empatizar con el sufrimiento de los niños, y más aún para implementar mecanismos de protección que garanticen el bienestar.

A veces se escucha, maliciosamente y a caballo de la falencia del Estado que no elabora estadísticas fiables, que hay un crecimiento importante de falsas denuncias sobre esta temática.

Los escasos sondeos referidos a esto permiten una primera respuesta. Se trata de una afirmación tan infundada como interesada.

El tema es complejo y casi específicamente técnico, pero es necesario aclararlo. A los fines de abultar lo que se quiere afirmar o lo que se pretende desacreditar, se hace una sumatoria de denuncias que no han sido sustanciadas, lo cual implica que a la vista de los jueces las pruebas aportadas no son suficientes para condenar al acusado, pero que distan de ser una denuncia falsa.

En España y Estados Unidos las estadísticas informan que las falsas denuncias rondan entre el 2 y el 3 por ciento de los casos. En nuestro país las que surgen de sectores judiciales u organismos paragubernamentales que investigan seriamente el tema, los guarismos son similares. No es ocioso recordar que la falsa denuncia es un delito que obliga al tribunal de justicia a procesar a la persona responsable, cosa que rara vez ocurre.

Estas situaciones y muchas otras revelan a menudo déficits en la formación en quienes intervienen en estos procesos, tanto desde la Justicia como desde el campo de la salud. Otras, no pocas, estamos hablando de posicionamientos ideológicos.

Por otro lado, no podemos obviar miradas comprensivas hacia los perpetradores, que surgen aún desde las entrañas de las ciencias. Se ha dicho históricamente que los abusadores son personas que han sufrido ellos mismos el abuso cuando niños. Esto se deduce de la concepción que supone que se elabora en activo aquello que se sufrió pasivamente. Este constructo tiene al menos dos falencias. Por un lado es aplicable a la psicología de la niñez, no de los adultos. Pero por otro lado la experiencia clínica demuestra largamente que quien ha padecido abuso sexual en su niñez está lejos de construir una subjetividad perpetradora. Mas bien los efectos son tan devastadores que queda en condiciones de ser devastado en todas y cada una de sus instancias vitales.
Vamos a intentar cerrar este análisis desde un optimismo fundamentado. Es verdad que las consecuencias en la psiquis de niñas y niños que han padecido abuso sexual son serias y preocupantes. Pero también es cierto que las intervenciones adecuadas esperanzan la reversión del daño. Esto es, que los adultos inmediatos tengan actitudes de comprensión y cobijo, que se los separe inmediatamente del abusador, que concurran a un proceso terapéutico con profesionales formados en la materia y que no se dé lugar a la estigmatización subjetivante. Por supuesto que la reparación simbólica que implicaría la condena del abusador sería un aporte fundamental. Pero no podemos confiar el futuro bienestar de buena parte de la niñez en el desenlace de situaciones judiciales. Lo que ha de quedar claro es que un niño que transitó semejantes experiencias necesita retomar la niñez que le ha sido arrebatada. Importa entonces confiar en que ello es posible y actuar en consecuencia.

Desde lo social, las políticas públicas son centrales. La educación sexual desde los primeros estamentos del sistema ocupa un lugar de privilegio complementado con talleres para mayores y difusión de advertencias preventivas a nivel público.
No se trata de políticas paranoides. Lejos estamos de proponer la formación de brigadas detectoras de abusos. Hablamos de sensibilizar a todos los sectores sociales sobre la importancia de prestar atención a la palabra, verbal o no, de niños y niñas. Serán luego quienes se han formado para ello quienes puedan decodificar qué malestar denuncia su decir. Pero para los próximos al niño o a la niña no habrá dudas de que algo grave le está ocurriendo.

Es hora entonces de que se establezca que quien utiliza su matrícula para desestimar la palabra del niño que denuncia un abuso, valiéndose de instrumentos de dudosa procedencia e intencionalidad, está incurriendo en una falta ética de relevancia. Nos referimos explícitamente a quienes diagnostican actitudes de alienación o inculcación maliciosa de discursos o co-construcción de relatos, situaciones estas cuya cientificidad ha sido largamente descartada por las instituciones científicas.

El abuso sexual infantil es uno de los delitos cuya tasa de incidencia no ha decrecido con la visibilización; las políticas preventivas se demoran y los mantos de impunidad siguen abrigando a muchos abusadores.

Los psicólogos no somos jueces, ni fiscales, ni abogados, somos profesionales de la psicología que tenemos una única herramienta: un conjunto de conocimientos validados científicamente. La sonrisa, y hasta la vida de muchos niños, dependen de la eficiencia de su utilización.

Cerramos recordando que la sociedad no puede presumirse inocente ante tanta niñez agraviada. Quienes borran las sonrisas de nuestro futuro también son productos sociales. Hacerse cargo de ello implica facilitar los caminos de la prevención y la reversión del daño y volver a soñar con una niñez feliz.

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