El sueño político del capital. Transformaciones en los modos de gobierno de la fuerza de trabajo

El sueño político del capital. Transformaciones en los modos de gobierno de la fuerza de trabajo

Por José G. Giavedoni

Los cambios acontecidos en el mundo del trabajo en las últimas décadas reflejan nuevas formas políticas y de control vinculadas a esta nueva morfología. Así, las transformaciones socioproductivas, políticas y en la subjetividad plantean nuevos escenarios y nuevas modalidades de dominación sobre los cuerpos de los trabajadores.
 
Doctor en Ciencia Política. Investigador asistente del CONICET. Profesor de la Facultad de Ciencia Política y RRII, UNR


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El presente trabajo pretende ofrecer modestamente algunas preocupaciones en torno a lo que podría llamarse dimensión política de las transformaciones productivas. El interés por los procesos productivos y la organización del trabajo no implica el interés por las cuestiones económicas o técnicas, sino el interés por ese entramado de relaciones sociales que las inscribe en determinado desarrollo del modo de producción capitalista, donde la explotación se encuentra atravesada por relaciones de dominación.

Unos años atrás surgieron con fuerza un conjunto de análisis que advertían sobre el “fin del trabajo”, en términos cuantitativos por la acelerada destrucción de puestos de trabajo a nivel global, como en términos cualitativos por la pérdida de centralidad como mecanismo de integración social. El propio Ricardo Antunes polemiza abiertamente con esta tendencia del fin del trabajo y, al parecer, el Informe sobre el Panorama Laboral en América Latina y el Caribe 2012 de la Organización Internacional del Trabajo le daría la razón a este último.

Dicho informe reconoce la tasa de desempleo en la región en sus mínimos históricos del 6,2%, producto de un mayor dinamismo en la creación de empleo en relación al crecimiento de la fuerza de trabajo. Pero, si bien hay un descenso de la tasa de desempleo, el 47,7% de la población ocupada urbana tiene un empleo informal, en el sector de empresas informales (31,1%), en empresas formales (11,4%) o el servicio doméstico (5,2%). Según el informe, en la Argentina el empleo asalariado experimenta una tasa de crecimiento negativa (-2,2%), pero que es compensado fundamentalmente por el cuentapropismo que, de una tasa negativa en 2011 de -2,0% asciende a un 5,8% en 2012. Entonces, el problema no es tanto la falta de trabajo como la diversificación del mismo, se requiere cada vez más de trabajo inestable, a decir de Antunes, “…defiendo la tesis de que la sociedad del capital y su ley de valor necesitan cada vez menos del trabajo estable y cada vez más de las diversas formas de trabajo de tiempo parcial o part-time, tercerizado, que son en escala creciente parte constitutiva del proceso de producción capitalista”. El problema no es que la fuerza de trabajo ha perdido centralidad, sino que su heterogeneidad y flexibilidad permitieron instrumentar diferentes tecnologías para su reproducción, en otras palabras, lo que suele interpretarse como un alto desempleo es una redistribución del trabajo. Unos años atrás, Luis Beccaria señalaba que si bien el porcentaje de pobres ascendió del 5% en 1974 al 30% en 2006, a diferencia de mediados de los ’70, actualmente la pobreza está constituida por jefes activos, “…algunos desempleados pero la mayoría ocupados en puestos de bajas calificaciones y precarios”. Entonces, adoptamos como supuesto la falsedad de la perspectiva del “fin del trabajo”, entendiendo que se trata de trabajadores en situación de informalidad, en negro, precarizados, sin beneficios sociales, sin cobertura de salud, con salarios bajos y condiciones de trabajo miserables, escondidos detrás de la figura de los trabajadores autónomos. Esta es la nueva condición en el mundo del trabajo, la fragmentación, la heterogeneidad y la complejidad, pero lejos estamos de su desaparición.

La metamorfosis del mundo del trabajo obliga a pensar también en la metamorfosis de las formas políticas y de dominación vinculada a esta nueva morfología. Este es el objetivo del siguiente trabajo.

Michel Foucault, al analizar el panoptismo como dispositivo de poder sobre los cuerpos, menciona la peste como hecho histórico que habilitaba un conjunto minucioso de reglamentaciones en torno a los cuerpos, los espacios, las movilidades, la mirada, la vigilancia, el registro permanente, en otras palabras, un dispositivo de orden sobre la ciudad se hacía presente cuando la peste la invadía. Sin embargo, desaparecida la peste del horizonte histórico, lo que no desaparece es el sueño político que la peste habilitaba, del control, los cuerpos, la mirada, el registro, la vigilancia y el sentimiento de la vigilancia constante. Foucault señala en Vigilar y castigar: “La peste como forma a la vez real e imaginaria del desorden tiene por correlato médico y político la disciplina. Por detrás de los dispositivos disciplinarios, se lee la obsesión de los ‘contagios’, de la peste, de las revueltas, de los crímenes, de la vagancia, de las deserciones, de los individuos que aparecen y desaparecen, viven y mueren en el desorden”. Entonces, la peste como telón de fondo implica la amenaza del conflicto, la vagancia, el desorden, y con ello la posibilidad de reeditar de manera permanente el sueño político de la peste que no es otro que el sueño político del capital, considerando el control de la fuerza de trabajo como una de las constantes pretensiones del capital, lograr una fuerza de trabajo útil económicamente y dócil políticamente, es decir, aumentar la capacidad productiva de los trabajadores al tiempo de disminuir su potencialidad política. Con ello, esa reedición del sueño político se materializa en la relación capital-trabajo en momentos de la manufactura y la gran industria, luego en la relación máquina-trabajador con el taylorismo-fordismo y, finalmente, trabajador-trabajador con la producción flexible: capataz, cronómetro-línea de montaje y teamwork. Desde luego que estas figuras no agotan todas las posibilidades de relaciones de dominación en un momento determinado, ni tampoco deben ser pensadas como compartimentos estancos que se reemplazan unos a otros sin contagios. Se trata de las formas que asumen predominantemente en determinados momentos históricos sin desplazar a los anteriores mecanismos de dominación.

Marx en El Capital analiza tres formas de procesos de trabajo que hasta ese momento se habían desplegado como puntapié del capitalismo (Cooperación, Manufactura y Gran Industria), invitando a pensar las dimensiones políticas de los procesos de trabajo. La reunión de muchos trabajadores en el taller bajo el régimen de la cooperación, reunión que es producto de la voluntad del capitalista, implicó comprender ese conjunto de trabajadores aislados como fuerza de trabajo colectiva y combinada. Fuerza de masa, dice Marx, esta fuerza productiva social del trabajo o fuerza productiva del trabajo social es el resultado y, al mismo tiempo, el punto de partida de operaciones que realizan los trabajadores individuales pero que configuran partes articuladas de una operación total. No es menor pensar en la envergadura que supuso la transformación de procesos individuales de trabajo en un proceso combinado y social, ya que la articulación y el acoplamiento del conjunto de piezas constituidas por los trabajadores era función del capitalista. Por esta razón Marx señala que “las órdenes del capitalista se vuelven, actualmente, tan indispensables como las órdenes del general en el campo de batalla”, en la medida que al tratarse de un trabajo colectivo a gran escala, se requerirá de una dirección identificable. El propio Foucault señala que la disciplina no sólo es un arte sobre el cuerpo del individuo con el fin de moldearlo, sino la composición de fuerzas con el fin de obtener un aparato eficaz, sea este en el campo militar, escolar o en la producción. Esta composición de fuerzas se logra articulando los cuerpos, las funciones, los lugares que ocupan y las regularidades que deben mantener, todo ello es posible sólo con un sistema preciso de mando.

La maquinaria específica del período manufacturero es el obrero colectivo formado por la combinación de muchos obreros parciales, combinación que requiere de la dirección, una dirección que se hace más fuerte y clara en la medida que crece la resistencia de los trabajadores. Elias Canetti señala en Masa y Poder que el director de orquesta es la expresión más vívida del poder. Se encuentra de pie solo, el resto de las personas están sentadas, tanto al frente como a sus espaldas. El director, con un mínimo movimiento despierta a la vida esta o aquella voz, y lo que él quiere que enmudezca, enmudece. Esta es la expresión del poder sobre la vida y la muerte de las voces; de esta manera, una voz que durante mucho tiempo estuvo muerta, por una orden suya puede resucitar. Existe cierta similitud con el espacio de la producción, la disciplina férrea se hace necesaria porque, si bien el proceso de trabajo pertenece al capitalista, en la medida en que es el único interesado en la valorización de su propio capital, el ritmo y la dinámica quedan a merced de los trabajadores. El trabajador tiene en sus propias manos la posibilidad de interrumpir, ralentizar la producción. Se trata de un modelo de organización verticalista que vigila y castiga a los trabajadores en la medida que cuenta con el poder sobre la producción, imprimiéndole su propio ritmo y dinámica. Una relación directa, personal, aún no mediatizada por la máquina, donde las relaciones sociales de producción se presentan en su mayor transparencia, destilando relaciones de poder. Es a partir de esta transparencia y de este contagio tan evidente entre relaciones de producción y relaciones de poder que el capitalista se corre del lugar de la vigilancia y la asume la figura del suboficial industrial, el capataz, un tipo especial de asalariado. Primera mediatización entre el capital y el trabajo, la aparición de la figura del capataz, sin embargo, la relación sigue siendo personal y el proceso productivo sigue estando en manos de los trabajadores, lo que habilitará a una segunda transformación.

Esa vigilancia de espíritu militar sobre el trabajador con el fin de domeñar su capacidad por parte del capataz fue sustituida por la sujeción silenciosa e impersonal de la máquina. La organización científica del proceso de trabajo por un lado elimina el trabajador de oficio, una suerte de herencia que seguía presente en las manufacturas, al permitir la entrada masiva de trabajadores no calificados en la producción y, por otro lado, libera el proceso de trabajo del poder que los trabajadores de oficio tenían sobre el mismo al instaurar un trabajo parcelado. El control obrero sobre el proceso de trabajo es sustituido por un conjunto de “gestos” de producción en torno a tablas de tiempo y movimientos elementales, un código general de ejercicio del trabajo que garantiza la integración progresiva de los trabajadores no especializados, es decir, la articulación esta vez de trabajadores no especializados, en un proceso de trabajo cada vez más fragmentado y dirigido por un código general y formal diseñado e implementado por la empresa. La organización científica del trabajo pensada por Taylor supone que ingenieros y técnicos asocian microtiempos a micromovimientos en razón de un puesto de trabajo. De esta manera se asigna a un trabajador individual la cantidad de unidades que debe producir en una jornada de trabajo que se encuentra mecánicamente determinada. Sin embargo, la productividad del conjunto se encuentra determinada por la eficacia de cada trabajador individual en su puesto. El eje de esta transformación político-tecnológica se encuentra en la separación tajante entre trabajos de concepción y trabajos de ejecución, antes reunidos en el trabajador o, como lo denomina Gramsci, separación entre el trabajo manual y el contenido humano del trabajo: “Taylor expresa con un cinismo brutal el fin de la sociedad norteamericana: desarrollar en grado máximo en el trabajador las actitudes maquinales y automáticas, destruir el viejo nexo psicofísico del trabajo profesional calificado que exigía una cierta participación activa de la inteligencia, de la fantasía, de la iniciativa del trabajador y reducir las operaciones productivas a su sólo aspecto físico y maquinal”.

Esta transformación se completa con la incorporación de la línea de montaje, donde la cadencia del proceso está determinada completamente en el exterior del trabajador, regulada mecánicamente por la velocidad dada al transportador, parcelando aún más los trabajos de ejecución. Como señala Coriat, “en el origen de la cadena, violencia calculada, sistemáticamente aplicada contra el trabajo de los hombres, ese ‘sueño’ original del capital en busca del ‘movimiento perpetuo’ de la fábrica”. De esta manera, el grito furioso del capataz se transforma en la fijación autoritaria del ritmo de la cadena de montaje, lo que permite la socialización del ritmo de trabajo. Se trata de un instrumento de control político sobre el trabajo, organización científica del trabajo que además de dinamizar el proceso productivo, refuerza el control político del trabajo al mediatizarlo, despersonalizarlo y disimular las relaciones de poder, se transfiere la disciplina del encuadramiento jerárquico a la propia máquina.

Finalmente, se asiste a una repersonalización del poder en el espacio de producción pero ya no verticalista, como era el caso del capataz-trabajador, sino horizontalista, del trabajador consigo mismo y entre trabajadores. No es el patrón el que vigila y controla, sino los propios trabajadores a sí mismos y entre sí. Las condiciones de posibilidad de esta nueva modalidad de control político del trabajo se encuentran en las nuevas técnicas de gestión de la fuerza de trabajo: trabajo en equipo, células de producción, grupos semiautónomos. La reestructuración productiva, con la informatización y la microelectrónica, implicó nuevas formas de organización social del trabajo que ya no descansa en el puesto individual, sino en la existencia de diversos segmentos productivos a cargo de un grupo de trabajo, el teamwork. La relación que establecen estos diferentes segmentos productivos, estos diferentes grupos, es una relación de cliente/proveedor, cada grupo de trabajo asume la posición de cliente respecto del grupo que lo precede y de proveedor con quien lo sigue. Por esta razón, cada grupo es responsable colectivamente de la calidad y cantidad de los productos que ofrece a quienes intervienen posteriormente. Respecto de este dispositivo de responsabilidad colectiva como columna vertebral de las nuevas formas productivas, Durand, en La cadena invisible, señala que “…en las sesiones de formación se recurre con frecuencia a la metáfora del equipo deportivo; y es que este, al igual que el equipo quirúrgico o el gerencial, se moviliza hacia un objetivo único: enfrentar exitosamente un desafío. Esta ya no hace competir a los equipos de los talleres o de los departamentos entre sí sino, de manera más global, a la firma con las demás empresas; de esta manera el equipo, incluso local, combate al lado de su dirección para ganar y vencer a la competencia”. De esta manera, si el trabajador no concurre al trabajo, llega tarde o tiene un mal desempeño, serán los propios colegas trabajadores del equipo quienes le reclamarán la falta, en la medida en que retrasa su propio desempeño grupal, la parte de trabajo de cada uno aumenta y, al mismo tiempo, quedan expuestos frente a los grupos subsiguientes. Para decirlo en términos coloquiales, se alienta a que los trabajadores “se pongan la camiseta” de la empresa, involucrándolos en sus planes, creando instancias de participación en la misma, como nuevas modalidades de fidelidad y sujeción.

El principio de la “calidad total” que emerge en el marco de estas nuevas transformaciones socioproductivas aparece como uno de los elementos que entran en juego en estos nuevos dispositivos de control grupal horizontal. De esta manera, el flujo continuo, la velocidad en la producción, la ausencia de descanso en la misma suponen un control de la calidad a lo largo de todo el proceso, no ya al final de la producción. Por esta razón, el autocontrol al que cada trabajador se somete de manera constante refleja la responsabilidad personal y, al mismo tiempo, la exigencia de esa misma responsabilidad en los demás. Como resultado, cada trabajador procurará evitar defectos y mala calidad en su propio trabajo, así como también denunciar los defectos de los puestos anteriores que llegan a él.

Por otro lado estas formas particulares de organizar la producción que conllevan novedades en las relaciones de poder que se gestan en los espacios de trabajo implican toda una nueva racionalidad alrededor de la figura del “trabajador autónomo”, trabajador que poseería la ventaja de la libertad de trabajar sin la presencia de un jefe. Sin embargo, esta figura asociada sin más al valor absoluto de la “libertad”, emerge como el dispositivo que permite a las empresas contar con la disponibilidad de una fuerza de trabajo en espera, un ejército industrial de reserva dedicado a diferentes trabajos mientras espera ser contratado. La ventaja la adquieren los contratistas, ya que se encuentran con una disponibilidad de mano de obra, sin la obligación de absorber los costos que supone el mantenimiento y la reproducción de esa mano de obra ociosa. La libertad, de esta manera, es la condición para el ejercicio del poder, la libertad no es la contracara del poder, sino su misma condición de existencia.

Estas inquietudes tienen que ver, en definitiva, con lo que queda expresado en el trabajo: transformaciones socioproductivas, políticas y en la subjetividad como dimensiones entrelazadas para pensar los nuevos escenarios y nuevas modalidades de dominación en la configuración del orden social. El trabajo precarizado, parcial, tercerizado. Estas formas de trabajo son parte constitutiva del proceso de producción capitalista contemporáneo, no se trata de efectos no deseados del mismo. De esta manera, la volatilidad, flexibilidad e inestabilidad de las condiciones actuales no responden a erróneos armados institucionales, desviaciones de un modelo, sino a las condiciones a través de las cuales el capital pretende recuperar nuevamente su dinámica para la acumulación. En ese sentido, la flexibilidad no se combate, como muy bien lo expresara la OIT, sino que se integra y se regulariza. Esta integración implica la articulación de los procesos productivos, la forma de organización y control de la fuerza de trabajo dentro de los mismos y, finalmente, los cuerpos de los trabajadores, sujetos volátiles para este nuevo patrón de acumulación.

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