El problema de la inseguridad no existe

El problema de la inseguridad no existe

Por *NicolĂĄs RodrĂ­guez Games **Santiago FernĂĄndez


 
*Licenciado en Ciencia PolĂ­tica. Profesor de la UNQui y de la UNLa. Investigador del ILSED **Licenciado en Ciencia PolĂ­tica (UBA). Profesor de la UNLa. Investigador del ILSED


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Las definiciones actuales del problema de la inseguridad limitan y condicionan las alternativas de polĂ­ticas. Para avanzar en un abordaje eficaz es necesaria una discusiĂłn seria y profunda acerca de la definiciĂłn del mismo, que posibilite intervenciones de corto, mediano y largo plazo

La Argentina atraviesa un proceso en el que confluyen incrementos en los índices delictivos, en la conflictividad social y en el temor ciudadano. La inseguridad tiene una relevancia social indiscutible dado que es percibida por la ciudadanía como la principal preocupación. En este contexto, el oscurantismo gubernamental vigente –que sostiene la “audaz” e increíble estrategia de no publicar la estadística criminal desde 2008– y las comparaciones tramposas con otros países intentando minimizar la situación, pretenden tapar el sol con las manos.

Frente a esta situaciĂłn, Âżpor quĂ© afirmar que el problema no existe? Una perspectiva de anĂĄlisis desde las polĂ­ticas pĂșblicas permite comprender que una situaciĂłn de insatisfacciĂłn social con el statu quo en determinado sector de polĂ­tica no implica la existencia de un Ășnico problema como realidad tangible sino que, por el contrario, supone la emergencia y manifestaciĂłn de distintas interpretaciones de tal situaciĂłn.

La inseguridad, como todo problema pĂșblico, no es un hecho objetivo sobre el que se pueda elaborar un Ășnico diagnĂłstico. Se trata de una construcciĂłn realizada por diferentes actores que interpretan la situaciĂłn en funciĂłn de sus intereses, valores y percepciones y que luchan por incorporar en la agenda gubernamental su propia definiciĂłn, para que en base a la misma se elaboren polĂ­ticas. En este sentido, no existe un Ășnico problema de inseguridad sino que coexisten distintas definiciones del mismo sostenidas por diferentes actores o coaliciones de ellos, quienes enfatizan determinadas dimensiones del problema, optan por atribuir su causalidad a ciertas variables explicativas y promueven algunas alternativas de polĂ­tica para su abordaje. Es decir, cada actor usarĂĄ diferentes criterios para interpretar y evaluar los “hechos” o “situaciones” con los que se enfrenta.

Un ejemplo para comprender que los problemas “no existen” sino que “se construyen” son las distintas interpretaciones posibles acerca de la corrupciĂłn policial. Algunos sostienen que se trata de un problema salarial de la policĂ­a. La alternativa de polĂ­tica en funciĂłn de esa interpretaciĂłn estĂĄ relacionada con la recomposiciĂłn de los sueldos. Para otros, el problema es educativo y como alternativa de polĂ­tica sugieren una reforma de los institutos o academias policiales. Por su parte, hay quienes sostienen que se trata de pocos o ineficientes controles, por lo que hay que mejorarlos o intensificarlos. Por otro lado, hay actores que consideran que el problema de la corrupciĂłn obedece a las necesidades de sostener el funcionamiento cotidiano de la policĂ­a. SegĂșn esta visiĂłn, el dinero de la corrupciĂłn no termina Ășnicamente en los bolsillos de comisarios corrompidos sino financiando las actividades rutinarias de la policĂ­a. La alternativa de polĂ­tica serĂĄ dotar de los recursos necesarios a la policĂ­a. Otros sostienen que el problema encuentra sus causas en unas “pocas ovejas negras”. Son esas personas y no la instituciĂłn las que explican la corrupciĂłn policial. Las purgas selectivas son la soluciĂłn. Por Ășltimo, y en contraposiciĂłn a la postura anterior, hay actores que argumentan que el problema es eminentemente organizacional. La causa del problema no son “los policĂ­as” sino “la policĂ­a” asĂ­ como estĂĄ configurada. Se pasa de la purga quirĂșrgica a una reforma policial estructural como alternativa de polĂ­tica.

AsĂ­, ante una misma situaciĂłn (“la corrupciĂłn policial”) las distintas interpretaciones de la misma (es decir, las distintas definiciones posibles del problema) conducen a caminos diferentes. Por eso, en polĂ­ticas pĂșblicas se sostiene que “quien define es quien decide”. Al respecto, en la actualidad se observan tres formas alternativas de definir el problema de la inseguridad, y a partir de las cuales se elaboran polĂ­ticas:

“Una cuestión de fuerza”

Una de las interpretaciones mĂĄs instaladas en el discurso pĂșblico del problema de la inseguridad es que la misma estĂĄ relacionada con la debilidad estatal en tres sentidos: la debilidad de las leyes, la debilidad la policĂ­a y la debilidad de la polĂ­tica (en tĂ©rminos de falta de liderazgo y voluntad).

AsĂ­, sanciones muy blandas para los delincuentes, policĂ­as dĂ©biles que no imponen respeto y polĂ­ticos sin la firmeza requerida son interpretadas como las principales causas del problema. En consecuencia, debe abordarse el mismo endureciendo las penas, alentando una policĂ­a “brava” y con la intervenciĂłn mesiĂĄnica y voluntarista de un polĂ­tico corajudo que, con cara de malo y apretando el puño, ponga las cosas en orden.

El uso del lenguaje bĂ©lico para aparentar dureza (con palabras como “combate, ataque, tropas, aspirantes, reclutas”) va de la mano de estas iniciativas.

SegĂșn el actor que lo sostenga, se pondrĂĄ mĂĄs o menos Ă©nfasis en alguna de estas causas y sus alternativas de polĂ­tica. La primera alternativa de toma de posiciĂłn consiste en proponer un aumento de las penas y apostar al encierro como recurso, con frases del estilo “que se pudran en las cĂĄrceles” o “pena de muerte ya”. La segunda visualiza a la policĂ­a como parte importante de la soluciĂłn y sugiere darle mĂĄs poder: mĂĄs hombres, mĂĄs patrulleros, mĂĄs competencias, mĂĄs discrecionalidad. Un ministro llegĂł a prometer “
mejoraremos la potencia de fuego de los cuadros policiales
”. Una tercera, por su parte, propone la intervenciĂłn del superhĂ©roe que tiene el poder para “luchar contra el enemigo”. Se presenta como la mismĂ­sima soluciĂłn al problema prometiendo “voy a erradicar la inseguridad”, “tengo un plan”, “si gano bajo el delito un 30 por ciento”. La soberbia voluntarista al momento de definir el problema conduce a minimizar sus causas, sus dimensiones, su contexto y su historia.

Se trata de respuestas simples y oportunistas para un fenómeno complejo, que no profundizan en las causas estructurales y se concentran en intervenir sobre los efectos. Sin embargo, resultan muy funcionales en la competencia por los votos y la legitimidad, ya que pueden ser comprendidas fácilmente y generan empatía en “el vecino” que necesita tener la sensación de que se puede hacer algo rápido y tangible.

Esta definiciĂłn del problema es sostenida por actores que creen que la soluciĂłn estĂĄ en el poder fĂĄctico y simbĂłlico del aparato coercitivo del Estado. Incluso, el sentido comĂșn que se ha construido en torno a estos temas abona esta interpretaciĂłn relacionada con la “debilidad”. Algunas frases repetidas hasta el cansancio como “entran por una puerta y salen por la otra”, “los derechos humanos son solamente para los delincuentes”, “quien mata tiene que morir”, “los ladrones estĂĄn mejor armados que la policĂ­a”, “meterles bala a los delincuentes”, o “esto con los militares no pasaba”, son indicativas de ello.

“Una cuestión ajena”

Otra forma clĂĄsica de construir el problema ha sido la de definirlo como si no hubiera posibilidad de hacer algo al respecto. Algunos actores polĂ­ticos han optado por interpretar el problema identificando como responsable del mismo al accionar de otro actor polĂ­tico o poder estatal que escapa a sus mĂĄrgenes de maniobra. AsĂ­, gobernadores, intendentes y comisarios han declarado tener las manos atadas, no conseguir las leyes necesarias desde el Parlamento, sufrir las consecuencias del garantismo judicial, no poder hacer nada sin el traspaso de la policĂ­a, o no contar con los recursos necesarios.

Definiendo de esta forma al problema de la inseguridad, no hay nada o poco para hacer desde el lugar de la “vĂ­ctima”. Y ÂżquĂ© se puede pedir a una vĂ­ctima? Lo Ășnico que puede hacer es dar su testimonio, recurriendo a la advertencia o la denuncia como alternativa de polĂ­tica.

De esta manera, con las encuestas de opiniĂłn en la mesa, ciertos actores han optado por presentar el problema como si estuviese fuera de sus posibilidades de acciĂłn, independientemente de las propias competencias y capacidades.

“Una cuestión social”

Otros sectores, generalmente aquellos que integran el espectro ideolĂłgico del progresismo, han definido el problema de la inseguridad poniendo el foco en las causas estructurales del delito y la violencia, y supeditan su soluciĂłn a la mejora de las condiciones sociales. SegĂșn ellos, esta es la alternativa de polĂ­tica para resolver “de raĂ­z” el problema de la inseguridad. Sostienen que “educaciĂłn es seguridad”, “agua potable es seguridad”, “la asignaciĂłn universal por hijo es seguridad”. Se confĂ­a, como alternativa de polĂ­tica, en que la inversiĂłn social producirĂĄ en el largo plazo sociedades con menores niveles de conflictividad y violencia.

Esta forma de construir el problema no explica quĂ© hacer en el “mientras tanto” sobre las consecuencias y manifestaciones de la criminalidad. En este marco, la Ășnica recomendaciĂłn para la coyuntura es que la policĂ­a debe ser considerada como parte del problema: son corruptos, abusivos y tienen complicidad con el delito, es mĂĄs, lo regentean. Se piensa que frente a la “crisis”, la salida no estĂĄ por ahĂ­, y se sugiere que se deben esperar los resultados de la inversiĂłn en polĂ­ticas sociales.

Desde esta visiĂłn, en seguridad, hay que esperar que mejoren las condiciones sociales, la distribuciĂłn o la equidad y no hay nada para hacer sobre las policĂ­as, las cĂĄrceles, o la prevenciĂłn social. Es como dejar de invertir en planes sociales con el argumento de que a largo plazo todo se solucionarĂĄ con el empleo.

Un camino posible

No faltan polĂ­ticas. Por un lado, nadie puede dudar de que abundan polĂ­ticas que conciben la inseguridad como una cuestiĂłn de debilidad normativa o policial. ÂżPuede sostenerse que no ha habido compras de patrulleros o aumento de penas? Por el otro, tampoco han faltado polĂ­ticas elusivas, ya sean basadas en la adjudicaciĂłn de responsabilidades a terceros o en la confianza en las polĂ­ticas sociales en tĂ©rminos de seguridad futura. Frente a la recurrente demanda de polĂ­ticas de seguridad es necesario advertir que si algo no faltaron fueron polĂ­ticas de “restauraciĂłn del orden” y polĂ­ticas “de escape”.

Lo que faltan son definiciones del problema de la inseguridad que conduzcan a políticas eficientes. Las construcciones del problema vigentes han llevado a la situación actual, ya sea cuando el problema fue concebido en términos de debilidad y derivaron en slogans de mås penas y mås policías, cuando se especula con la victimización, o cuando se confía en que la inversión social derrame seguridad a largo plazo sin propuestas sobre cómo abordar los efectos contemporåneos de la criminalidad.

No hay que empezar por las soluciones sino por el problema. Se debe construir una definiciĂłn del problema que se aparte de las actuales y posibilite intervenciones de corto, mediano y largo plazo. No es consuelo para el temor de hoy la hipotĂ©tica tranquilidad de mañana, como consecuencia de la generosa agenda social. Para los delitos y el miedo de este tiempo hay que definir el problema de tal forma que sea posible intervenir en el “ahora” desde las ĂĄreas especĂ­ficas de seguridad pĂșblica, mĂĄs allĂĄ del intento de transformar la estructura social desde otros ĂĄmbitos del Estado.

Como carta de navegaciĂłn en el intento por formular este problema, puede resultar Ăștil tener en consideraciĂłn cinco referencias:

1) La inseguridad tiene una dimensiĂłn objetiva y otra subjetiva de las cuales debe dar cuenta la definiciĂłn del problema. Distintos estudios demuestran que no hay una correlaciĂłn directa entre el miedo y la inseguridad objetiva. En consecuencia, la construcciĂłn del problema debe contemplar una definiciĂłn del mismo para la dimensiĂłn objetiva y otra para la subjetiva, con sus respectivas alternativas de intervenciĂłn. No sĂłlo es importante lo que sucede sino lo que se percibe que estĂĄ sucediendo. En este punto, no puede soslayarse la gravitaciĂłn que tienen los medios masivos de comunicaciĂłn y su influencia en la opiniĂłn pĂșblica. En un contexto de competencia por los puntos de rating y el beneficio econĂłmico, su metodologĂ­a consiste en invocar “periodismo puro e independiente” mientras apelan a la emociĂłn para generar empatĂ­a con la vĂ­ctima, agresividad con los delincuentes, y crĂ­tica de la actuaciĂłn de las instituciones estatales. Por todo esto, es imprescindible formular polĂ­ticas que den respuesta al temor a la inseguridad considerando estas dimensiones.

2) Para construir una nueva definiciĂłn del problema de la inseguridad hay que incorporar conocimiento, pero la definiciĂłn del problema no es sĂłlo una tarea tĂ©cnica, es una cuestiĂłn polĂ­tica. No cabe duda de la importancia del conocimiento frente a problemas pĂșblicos que se han vuelto cada vez mĂĄs complejos en relaciĂłn con su escala, variabilidad e interdependencia. En estos casos, el aporte de los saberes es fundamental para su comprensiĂłn y abordaje. Por su parte, el conocimiento tambiĂ©n ocupa un papel clave para avalar la nueva definiciĂłn del problema, es decir, la importancia de los datos como insumo para la argumentaciĂłn y la persuasiĂłn. Sin embargo, los datos por sĂ­ solos no permiten construir el problema. Los diferentes actores competirĂĄn en la arena polĂ­tica por intentar imponer su definiciĂłn del mismo y ello serĂĄ objeto de conflictos y disputas de poder.

3) En la definición del problema de la inseguridad son tan importantes sus causas como sus consecuencias. Intuitivamente se supone que las políticas que abordan los efectos son reactivas e ineficientes mientras que las que atacan las causas son superiores porque son planificadas y duraderas. Sin embargo, es importante definir el problema complementando ambos aspectos, ya que por sí solo “el garrote” es ineficiente, pero no es posible concebir políticas de seguridad prescindiendo del mismo. El abordaje de las causas y las consecuencias del problema debe realizarse siempre contextualizándolo y considerando su historia.

4) La construcciĂłn del problema de la inseguridad tiene que articular una dimensiĂłn sustantiva y otra instrumental. Es habitual que frente a una crisis de seguridad los polĂ­ticos recurran a asesores pidiendo soluciones. ComĂșnmente se llevan como respuesta otro problema: “Con esta policĂ­a no podĂ©s”, “con este presupuesto no alcanza”, “esta tecnologĂ­a es obsoleta”. Preguntan quĂ© hacer con el problema sustantivo y encuentran como respuesta un cuestionamiento a los instrumentos. Al respecto, es importante no caer en dos tentaciones por igual de perjudiciales. Por un lado, hacer de cuenta que todo es abordable con las capacidades institucionales disponibles. Por el otro, proponer reformas institucionales y normativas sin comprender que frente al crecimiento de la inseguridad la sociedad espera un resultado y no el anuncio de la reforma orgĂĄnica de la policĂ­a. Es necesario complementar las propuestas de reformas organizacionales con alternativas de polĂ­ticas sustantivas a partir de concepciones integrales sobre la criminalidad comĂșn y la organizada.

5) La definiciĂłn de los problemas de inseguridad no debe circunscribirse a la policĂ­a ni Ășnicamente a aspectos normativos. Hay una especie de acto reflejo dirigencial que cree que en materia de seguridad no se puede hacer otra cosa que purgar a la policĂ­a o aumentar las penas. Pero la policĂ­a no es el Ășnico actor ni debe ser el Ășnico destinatario de las polĂ­ticas. A su vez, la realidad no se estructura sĂłlo a partir de las leyes. Puede resultar interesante aprender de experiencias que vienen trabajando con modelos de enfoques multiagenciales de la cuestiĂłn criminal. Sin embargo, la interpretaciĂłn vernĂĄcula insiste con la fĂłrmula de demagogia punitiva + pacto delegativo con la policĂ­a. EstĂĄ largamente probado que esta perspectiva resulta inexorablemente insuficiente, y que el fracaso de estas polĂ­ticas remite al momento de la construcciĂłn del problema.

Las definiciones actuales del problema de la inseguridad limitan y condicionan las alternativas de polĂ­ticas a la demagogia punitiva y las variadas formas de escape o elusiĂłn, todas las cuales se han mostrado ineficaces. No hay que seguir tropezando con la misma piedra. No es momento de pensar en polĂ­ticas, es el tiempo de formular una construcciĂłn alternativa del problema de la inseguridad con posibilidades de competir para ingresar en la agenda gubernamental y gestar polĂ­ticas. No va a ser posible formular polĂ­ticas estatales de seguridad que sean democrĂĄticas y eficientes sin sacarse las anteojeras que imponen las construcciones del problema aĂșn vigentes.

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ArtĂ­culos de este nĂșmero

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