El placer en la tercera edad. Validez de un impulso saludable

El placer en la tercera edad. Validez de un impulso saludable

Por Leopoldo Salvarezza


 
M√©dico, psicoanalista, psiquiatra y geriatra. Especializado en Psicogerontolog√≠a. Ex Profesor Titular Regular de la c√°tedra de Psicolog√≠a de la Tercera Edad y Vejez, Facultad de Psicolog√≠a, UBA. Miembro titular de la Sociedad Argentina de Gerontolog√≠a y Geriatr√≠a de la Asociaci√≥n M√©dica Argentina. Miembro fundador y Vicepresidente 1¬ļ de la Asociaci√≥n Latinoamericana de Psicogeriatr√≠a y Psicogerontolog√≠a (ALPP)


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Tab√ļes tan antiguos como el mundo condenaron desde siempre a los ancianos a dos modelos igualmente errados: el de asexuados o el de ‚Äúviejos verdes‚ÄĚ. En medio de estas dos exageraciones, los hombres y las mujeres de edad pretenden seguir disfrutando del sexo con todo lo que ello implica. Igual que cualquier otro ser humano de todas las edades. Porque desde el punto de vista f√≠sico las diferencias no son impedimentos.

El siguiente texto fue publicado originalmente en el n√ļmero 3 a√Īo 1 de Encrucijadas, revista de la Universidad de Buenos Aires, con fecha de enero de 2001¬†y lo publicamos como homenaje al Dr. Leopoldo¬†Salvarezza

La sexualidad humana ha estado, desde épocas remotas, envuelta en una fuerte capa de represión, tanto individual como sociocultural y especialmente religiosa. Esto ha llevado a que existiera un desconocimiento pronunciado sobre ella, que recién comenzó a develarse a principios de este siglo gracias a los aportes del psicoanálisis, y que se aceleró rápidamente en la década de los ’60 cuando apareció la así llamada revolución sexual.

Sobre esta conducta generalizada viene a insertarse el tema que nos ocupa: la sexualidad con el paso de los a√Īos. Y aqu√≠, sumado a lo anterior, nos encontramos con los mitos y prejuicios que recaen sobre la vejez ‚Äďel viejismo‚Äď y que tornan mucho m√°s dificultoso el entenderla.

El imaginario social piensa a los viejos en extremos opuestos: o son asexuados o son perversos o asquerosos. Este recorrido les recorta la dimensi√≥n del deseo y deja al amor sin objeto. La ignorancia juega un papel importante en este punto: todo lo que no se conoce cient√≠ficamente, es decir, todo aquello sobre lo que no se puede hacer un juicio adecuado, da lugar a un prejuicio. Este desconocimiento lleva inevitablemente a que la gente que envejece tenga que enfrentarse con preguntas tales como: ¬Ņdisminuye la sexualidad con el curso del tiempo? ¬ŅLos seres humanos se vuelven cada vez menos activos, menos interesados, menos inquietos sexualmente? ¬ŅDebemos prepararnos para gozar menos de nuestra sexualidad en nuestros √ļltimos a√Īos?

Para responder a estas preguntas debemos comenzar por considerar que en la vida humana hay conductas donde la obtenci√≥n del placer depende exclusivamente del funcionamiento de los √≥rganos genitales; a esto lo llamamos genitalidad. Pero hay otra serie de excitaciones, enraizadas en la infancia, como el tocar y ser tocado, el acariciar y ser acariciado, cierta forma de mirar y ser mirado, el buscar y ser buscado, la intimidad, la comprensi√≥n, que producen un placer que no puede reducirse a la simple satisfacci√≥n de una necesidad fisiol√≥gica primaria. Estas formas er√≥ticas pueden estar presentes o no en la actividad meramente genital. De esta forma la genitalidad queda subsumida en el movimiento m√°s abarcativo de la sexualidad, de la cual s√≥lo ser√° un representante, pero no el √ļnico.

Se comprende que así definida, la sexualidad no tiene límite de edad para su exteriorización: desde el nacimiento hasta nuestra muerte siempre estará con nosotros.

Podrán variar sus manifestaciones; podrá aumentar, disminuir, desplazarse, dando contenido a infinidad de conductas que, para un observador no experto, podrían pasar inadvertidas o llevarlo a pensar que nada tienen que ver con la sexualidad. Ya sea que se busque la descarga de tensión, o el placer compartido con el otro, o una afirmación narcisista de sí mismo o todos estos fines al mismo tiempo, la dialéctica del deseo no se interrumpe nunca; solamente la represión, interna o cultural, la distorsiona de manera nefasta, produciendo no sólo los graves trastornos que vemos diariamente en los viejos privados del deseo de desear, sino también nuestras absurdas creencias prejuiciosas sobre ellos.

Los individuos que soportan una disminución o desaparición de sus funciones genitales no por eso son asexuados, y deberán realizar su sexualidad a pesar de estas limitaciones.

Justamente, este es el problema del viejo. Dos investigadoras brasile√Īas, Adriana Teixeira y Helena Balbinotti, consideran esto como una nueva fase de la evoluci√≥n libidinal y proponen denominarla posgenital. Agregan que esta fase no deber√≠a ser considerada como un movimiento meramente regresivo, en direcci√≥n al narcisismo y ligado a la introversi√≥n de la libido, sino que, recalcan, hay necesidad del otro para obtener placer.

Para entender esto tendremos que pensar, de acuerdo con las investigaciones actuales, que hay que poner en tela de juicio la frecuencia del coito como la medida tradicional de la actividad sexual y reemplazarla por las actividades tendientes a la b√ļsqueda de placer, ya que estas promueven, en lugar de inhibir, la gratificaci√≥n sexual. La erecci√≥n, el coito y el orgasmo son hechos deseables, pero ellos no son los √ļnicos necesarios para brindar placer.

Ramos y Gonz√°lez citan algunos estudios recientes muy demostrativos: ‚ÄúEn el trabajo de Laury se informa que los ancianos pueden sentir placer y llegar a la eyaculaci√≥n sin tener erecci√≥n y se comenta un estudio en el que el 25% de los hombres se hab√≠a masturbado sin llegar a la erecci√≥n. Para la mayor√≠a de las ancianas del estudio de Conway Turner, las caricias, besos y otras formas de contacto corporal resultaban ser una fuente de placer, y eran los aspectos que m√°s valoraban en sus relaciones √≠ntimas. La exploraci√≥n fenomenol√≥gica de Hite revela que muchos hombres prefieren el sexo oral al coito, a pesar de que este es considerado m√°s importante a la hora de demostrar su masculinidad. En cuanto a la mujer, estas disfrutan m√°s del prejuego o posjuego del coito, de las caricias y otros aspectos √≠ntimos de la relaci√≥n que del coito per se‚ÄĚ.

Hay un concepto que conviene introducir en este momento y es el de intimidad, que comprende los lazos afectivos compuestos por el cuidado mutuo, responsabilidad, confianza y una comunicación abierta. Tal vez una de las necesidades básicas del ser humano es la de afecto y de cuidado desde y hacia otra persona. Joven o viejo, sano o enfermo, en el ser humano que deja de tocar y ser tocado, el afecto y la confianza en la conexión humana se deterioran lentamente y se muere emocional y/o físicamente. El significado de las relaciones íntimas para el viejo es el de acrecentar su autoestima, una razón para existir y la seguridad de que alguien puede estar allí para él, así como para satisfacer la necesidad de saber que él está allí para otro.

Las relaciones √≠ntimas dentro y fuera del matrimonio sirven de protecci√≥n y soporte contra los sentimientos de soledad y de la disminuida demostraci√≥n de afecto que ocurre durante muchos a√Īos de estar juntos. En forma creciente, las personas viejas hacen esfuerzos para establecer lazos con amigos y confidentes, conexiones √≠ntimas que pueden ser emocionales, intelectuales, espirituales y potencialmente sexuales (f√≠sicas) y que los satisfacen y energizan.

Si adoptamos el punto de vista de la b√ļsqueda de placer podremos encontrar otras formas v√°lidas de estimulaci√≥n que proporcionan un rango m√°s amplio para la satisfacci√≥n sexual de los sujetos, por ejemplo la masturbaci√≥n. Seg√ļn Starr, ‚Äúesta pr√°ctica, especialmente entre los viejos sin pareja, se ha convertido en una creciente y aceptable forma de sexualidad y es ampliamente practicada. Un alto grado de masturbaci√≥n es relatado por viejos solteros, viudos o divorciados, as√≠ como tambi√©n por muchos que son casados. Los expertos acuerdan con que la masturbaci√≥n en los viejos es una actividad saludable que puede reducir los sentimientos de frustraci√≥n y soledad. A pesar de que muchos de los viejos de la presente generaci√≥n se han desarrollado bajo severos tab√ļes hacia la masturbaci√≥n y que esto los lleva a experimentar una considerable cantidad de culpa al realizarla, existe evidencia de que el factor culpa est√° naufragando a la luz de la popularizaci√≥n de la masturbaci√≥n realizada a trav√©s de las terapias sexuales y la actividad del movimiento feminista. Dados el alto grado de inter√©s sexual expresado por los viejos y las dificultades que relatan para encontrar pareja, la masturbaci√≥n contin√ļa siendo una importante salida sexual para muchos de ellos‚ÄĚ.

Mitos y prejuicios

Palmore ha insistido en que un estereotipo constante es la creencia en que la mayoría de los viejos no tienen actividad ni deseo sexual y que aquellos pocos que la tienen son moralmente perversos o, por lo menos, anormales (viejo verde). Aun los médicos, que deberían saberlo mejor, frecuentemente asumen la postura de que la sexualidad no es importante ni necesaria en la vejez. El hecho es que muchos viejos creen en estos estereotipos, lo que los hace sentirse avergonzados de sus urgencias sexuales y los lleva a no poder gozar de una actividad sexual normal o a renunciar a ella. Esto también juega en contra del rehacer parejas a los viudos y viudas en la vejez.

El origen de los mitos y prejuicios se asienta en varios elementos. Entre otros debemos se√Īalar que la enorme mayor√≠a de los padres guardan en secreto su sexualidad ante sus hijos, de manera que podr√≠amos preguntarnos: ¬Ņpor qu√© los j√≥venes deber√≠an asumir que las personas mayores ejercen su capacidad sexual si la ocultan tan celosamente? Esto llevar√≠a a que neguemos la sexualidad de nuestros propios ‚Äúviejos‚ÄĚ y despu√©s, por extensi√≥n, la de todos los viejos. A esto se le suma la conducta represiva impuesta por patrones socioculturales muy extendidos, entre los cuales juega un papel predominante la idea religiosa de que la procreaci√≥n es el √ļnico fin de la sexualidad. Ramos y Gonz√°lez se√Īalan que la Cruz Roja Espa√Īola subraya que entre las inhibiciones para el desarrollo de la vida sexual de las personas mayores de 65 a√Īos en Espa√Īa, se encuentran en primer lugar las religiosas, que afectar√≠an en mayor grado a las mujeres que a los hombres.

Haciendo un r√°pido resumen hist√≥rico centrado en nuestro mundo occidental y cristiano podemos decir, siguiendo a Weg, que el juda√≠smo encontr√≥ que el sexo era algo m√°s que el deber de procreaci√≥n y que el placer a trav√©s de la expresi√≥n sexual deb√≠a ser apreciado por el hombre y la mujer dentro de la santidad del matrimonio. Los primitivos griegos, orientados hacia el placer e identificados con actitudes positivas hacia el sexo, segu√≠an considerando a las mujeres s√≥lo para ‚Äútener ni√Īos‚ÄĚ.

En la medida en que se fue desarrollando el cristianismo, la idealización del celibato y la percepción del sexo como pecado se fueron fortaleciendo. Al encontrar al sexo como no pecaminoso, y pocas virtudes en el celibato, se impusieron las ideas del Renacimiento y apareció la Reforma Protestante.

Sin embargo, las mujeres siguieron siendo vistas como ‚Äútenedoras de ni√Īos‚ÄĚ y fuente de satisfacci√≥n s√≥lo para los deseos sexuales de los hombres. En 1840, la era victoriana inici√≥ un largo per√≠odo de contradicciones, modestia, mojigater√≠a y reserva (especialmente entre las mujeres), ideolog√≠a que a√ļn prevalece en el siglo XX. La prostituci√≥n era legal, pero apareci√≥ la primera ley antipornograf√≠a.

La masturbación fue considerada la causa de una amplia gama de enfermedades mentales y de insania. La mujer era considerada siempre en desventaja: menos inteligente que el hombre desde el punto cognitivo, mínimamente libidinosa y con menos capacidad para la respuesta sexual. La virginidad era esperable de la mujer y el atletismo sexual para el hombre. Durante este período, la expresión sexual era generalmente discutida en términos genitales: coito, orgasmo y embarazo, dejando de lado las expresiones de satisfacción erótica personal como concepción global.

Todas estas creencias irracionales chocan con los hechos de la realidad. Est√° comprobado cient√≠ficamente que la mayor√≠a de las personas mayores de 60 a√Īos contin√ļan teniendo inter√©s en el sexo y que la capacidad para mantener relaciones sexuales satisfactorias puede continuar m√°s all√° de los 70 u 80 a√Īos en las parejas saludables.

Muchos viejos manifiestan que el sexo después de los 60 es tanto o más satisfactorio que cuando eran jóvenes. Las razones dadas para esto incluyen una mayor y mejor apreciación sobre lo que es el sexo, la pérdida del temor a embarazos no deseados, menos estrés laboral, menos preocupaciones por el cuidado de los hijos, sentimientos de mayor libertad, más tiempo para el ocio, mayor variación en el tiempo para tener relaciones y relaciones más maduras.

No hay duda alguna ‚Äďcomo veremos despu√©s‚Äď de que existen cambios fisiol√≥gicos a medida que las personas envejecen, pero es importante saber que estos cambios, por s√≠ solos, no deber√≠an llevar a que la funci√≥n sexual sea afectada negativamente. Aparte de la programada terminaci√≥n gen√©tica de la fertilidad con la menopausia, los cambios son m√≠nimos. La falta de relaciones sexuales en la vejez no es el resultado de la p√©rdida de capacidad sino de las represiones y de la ausencia de oportunidades. Alex Comfort es quien m√°s ha insistido en que la capacidad del viejo para mantener una vida sexual activa se debe, en parte, a su experiencia sexual en √©pocas anteriores.

Envejecimiento sexual masculino y femenino

En este tema hay que hacer una distinci√≥n fundamental para no incurrir en inexactitudes al confundir t√©rminos. Tanto en la mujer como en el hombre aparecen, alrededor de los 50 a√Īos, una serie de cambios multidimensionales en sus aspectos circulatorios, neuronales y psicosociales, entre otros. Este per√≠odo se llama climaterio y se extiende durante varios a√Īos. Un particular estado dentro del climaterio femenino se caracteriza por la cesaci√≥n, gradual o s√ļbita, de las menstruaciones, debida generalmente a la p√©rdida de la funci√≥n ov√°rica, que lleva a una continua disminuci√≥n de la producci√≥n de estr√≥geno y progesterona. Junto con otros factores, esto puede afectar directamente la funci√≥n sexual femenina. Este estado se llama menopausia y presenta s√≠ntomas tales como jaquecas, nerviosismo, calores, accesos de llanto y otras respuestas desagradables.

Sin embargo, Weg se√Īala que el porcentaje de mujeres que sufren estos s√≠ntomas ha sido exagerado. En una investigaci√≥n reciente, el 75% de las entrevistadas dijo no tener s√≠ntomas, en tanto que en otro estudio solamente lo dijo el 26%, lo cual muestra que la respuesta de la mujer a su menopausia es altamente idiosincr√°sica. Por otra parte, factores psicosociales aparecen relacionados con las dificultades asociadas con la menopausia. Un estudio muestra que las mujeres que trabajan o que tienen intereses adicionales sufren menos dificultades que aquellas cuya √ļnica funci√≥n es la de ser amas de casa o madres.

De los numerosos estudios realizados, pero especialmente de los de Masters y Johnson de 1978, se desprenden las principales características de estos cambios. Empecemos por las mujeres.

Disminuye la reacci√≥n normal de vasodilataci√≥n de los senos frente al aumento de tensi√≥n sexual y, por consiguiente, no se produce el caracter√≠stico aumento de tama√Īo de los mismos. Sin embargo, la erecci√≥n del pez√≥n como signo de excitaci√≥n sexual se sigue manteniendo como respuesta a cualquier tipo de est√≠mulo. La vasodilataci√≥n superficial corporal, que se traduce en el enrojecimiento de algunas partes del cuerpo (‚Äúcalentura‚ÄĚ) y el aumento de la tensi√≥n muscular estriada van disminuyendo lentamente con la edad.

La respuesta clitor√≠dea ‚Äďaumento del cuerpo esponjoso por vasodilataci√≥n‚Äď contin√ļa en las mujeres de 70 a√Īos, pero la reducci√≥n hormonal produce una p√©rdida del tejido adiposo y el√°stico de los labios mayores as√≠ como una p√©rdida de reacci√≥n de la piel sexual de los labios menores. La secreci√≥n de las gl√°ndulas de Bartholin, responsable de la lubricaci√≥n vaginal, se hace m√°s lenta desde el envejecimiento y decrece paulatinamente hasta llegar a su extinci√≥n. Sin embargo, existe la impresi√≥n cl√≠nica, como lo recalca Comfort, de que la actividad sexual regular y el orgasmo son, por lo menos, tan efectivos como los estr√≥genos externos para prevenir cambios secretorios o atr√≥ficos.

Donde se producen las mayores modificaciones, que en definitiva provocar√°n la aparici√≥n de trastornos, es en los √≥rganos genitales externos. Despu√©s que el ovario disminuye o cesa su producci√≥n, las paredes vaginales comienzan a involucionar. En lugar del aspecto rugoso, grueso, rojo purp√ļreo de la vagina bien estimulada, se observa un adelgazamiento pronunciado de las paredes que pierden estas caracter√≠sticas de nido y toman un color rosado p√°lido y se hacen tan delgadas que dan la impresi√≥n de que se pudiera ver a trav√©s de ellas. Adem√°s, disminuye en longitud y anchura y se hace menos expansiva. El √ļtero involuciona notablemente en su tama√Īo y las contracciones r√≠tmicas que acompa√Īan al orgasmo siguen produci√©ndose pero espasm√≥dicamente, lo cual puede provocar molestias dolorosas. La plataforma org√°smica, cuyas contracciones son las responsables de las reacciones correspondientes al orgasmo, ocurre en la mujer de edad de la misma manera que en la joven, con la diferencia de que duran menos tiempo.

De todas estas consideraciones se puede decir que las razones más comunes para la inactividad sexual de las mujeres viejas no son los cambios morfológicos de la menopausia sino las convenciones sociales y la falta de pareja.

El enlentecimiento en las respuestas suele ser un punto caracter√≠stico de muchos procesos de la vejez y, en consecuencia, afecta tambi√©n a la sexualidad masculina. ‚ÄúEn el hombre de edad, las mayores diferencias en la respuesta sexual se relacionan con la duraci√≥n de cada una de las fases del ciclo sexual. En oposici√≥n al joven, que presenta una erecci√≥n casi inmediata, r√°pido acoplamiento y r√°pida eyaculaci√≥n, el hombre a√Īoso (en particular despu√©s de los 60) es lento en la erecci√≥n, en el acoplamiento y en la eyaculaci√≥n, y advierten que no pueden desarrollar otra erecci√≥n por un per√≠odo de 12 a 24 horas despu√©s de una eyaculaci√≥n‚ÄĚ, sintetizan Masters y Johnson. La erecci√≥n comienza a depender cada vez m√°s de la estimulaci√≥n directa del pene y el √°ngulo de ella, medida desde la pared abdominal, se hace cada vez mayor (90 grados contra 45 en la juventud). Una vez alcanzada esta erecci√≥n puede mantenerse durante un largo per√≠odo antes de eyacular pero esto, por supuesto, no incluye a aquellos que han tenido eyaculaci√≥n precoz a lo largo de su vida.

El orgasmo masculino tiene su expresión biológica en la expulsión del semen por los órganos primarios y secundarios de la reproducción. Esto se realiza en dos etapas:

1. La expulsión del semen desde los órganos accesorios hacia la uretra prostática.

2. El progreso del semen a través de la uretra membranosa y esponjosa hasta llegar al meato uretral.

Desde el punto de vista subjetivo, en la primera etapa se produce la sensación de inevitabilidad eyaculatoria. En ese momento ya no se puede demorar ni controlar el proceso y entre esto y la salida del semen al exterior hay un breve intervalo de dos a tres segundos.

A medida que se envejece este proceso reduce su eficiencia fisiológica y en vez de ocurrir en dos tiempos se reduce a una sola etapa. Suele no existir la sensación de inevitabilidad y puede no existir la satisfacción psicosexual de las contracciones peneanas. En otras palabras: no siempre se llega al orgasmo.

Estos cambios son extremadamente variables en cada individuo, y la importancia de esto reside en que mientras un hombre sexualmente activo y poco ansioso, acostumbrado a un largo juego amoroso durante el coito, puede experimentar estos cambios como una ganancia en el control, aquellos otros cuyo estereotipo de virilidad depende de la rapidez de la erección seguida de un coito rápido, pueden interpretar la lentitud como una pérdida de la función y, consecuentemente, la ansiedad puede hacerles perder la erección. Ahora bien, puede decirse con seguridad que la impotencia nunca es solamente la consecuencia de la edad cronológica. Su frecuente incremento con la edad se debe a una variedad de causas:

1. La creciente prevalencia de diabetes, de la cual la impotencia suele ser su síntoma de presentación.

2. Un incremento en la incidencia de una insuficiencia vascular autónoma.

3. Condiciones tales como la hipertensión y agrandamientos prostáticos, los que pueden llevar a problemas a través del uso de medicaciones (especialmente la reserpina y algunos agentes bloqueantes ganglionares), de los cuales la impotencia es un efecto colateral.

4. Operaciones radicales innecesarias o mal realizadas y, sobre todo, la expectativa de la impotencia con la edad reforzada por pérdida, enfermedad o envejecimiento de la pareja, obesidad, ingesta creciente de alcohol e incidencia creciente de depresiones.

Lo que se puede ver es una exacerbación de los problemas psicosexuales comunes a hombres más jóvenes, como la pérdida de interés en la actividad sexual, que refleja la pérdida de una autoestima competitiva y que resulta como una excusa bienvenida para abandonar la actividad sexual en todos los que han sentido la sexualidad como fuente de culpa o ansiedad. Aquellos individuos para quienes la sexualidad ha sido siempre positiva seguirán potentes y activos a través de toda su vida.

La deficiencia androgénica no parece jugar un papel preponderante en la declinación de la función sexual ni son los suplementos androgénicos los más indicados para remediar los problemas de potencia. La fertilidad puede persistir en los hombres hasta la décima década.

La sexualidad en personas viejas con discapacidades

No hay nada que podamos agregar, desde el punto de vista de la vejez, a lo que ya sabemos con respecto a la sexualidad en discapacitados de cualquier edad: cada uno hará lo que pueda y como pueda. Pero sí debemos dedicarle un párrafo al ejercicio de la sexualidad en una enfermedad altamente discapacitante y de enorme importancia en la vejez: la demencia.

Para esto recurriremos a los estudios recientes de Flores Colombino, quien nos familiariza con el concepto de función erótica, que junto con la función reproductiva constituirían la función sexual. Esta función erótica abarca el placer sexual, el lenguaje sexual de la comunicación y el vínculo afectivo del amor. Es esta función erótica la que está conservada en todos los ancianos, a cualquier edad y aun dentro de una patología demencial, aunque “la más alterada es la capacidad de amar a medida que se profundiza el déficit intelectual y simbólico. Pero la capacidad de sentir placer sexual está conservada, así como buena parte de lo más primitivo del lenguaje sexual, como el tacto, por ejemplo (...) Sabemos que el contacto físico es fundamental para estos pacientes, pues así lo expresan generalmente.

Tambi√©n los c√≥nyuges de estas personas pueden sentir deseos de abrazar y ser abrazados, de besar y ser besados, de tocar y ser tocados. No solamente las manos, estrecharlas con afecto, sino tambi√©n de tocar y ser tocados en las zonas er√≥genas sexuales; y esto es normal, no debe ser motivo de verg√ľenza o de culpa‚ÄĚ... pero... ‚Äúla tarea que tienen las personas que acompa√Īan a los pacientes demenciados, sobre todo si se trata del o la c√≥nyuge, es una de las m√°s duras, dif√≠ciles, complejas y sacrificadas que se conocen. Si no la m√°s dura, dif√≠cil, compleja y sacrificada de todas‚ÄĚ.

¬ŅQu√© ocurre durante las relaciones sexuales de una pareja con uno de los miembros demenciados? Depender√°, fundamentalmente, de c√≥mo haya sido la historia de la sexualidad entre ellos. En aquellas parejas con una actitud positiva hacia la sexualidad, esta se seguir√° manteniendo con afecto y cari√Īo mientras sea posible y dentro de ese marco se podr√°n superar las inevitables dificultades que se ir√°n presentando: desconocimiento del otro, no recordar su nombre, p√©rdida de la iniciativa u olvido de las etapas del acto sexual.

Pero ‚Äúdebemos saber que, en cualquier etapa de la demencia, tenemos tratamientos para los problemas sexuales que se plantean, que van desde simples consejos u orientaciones o la prescripci√≥n de conductas sexuales espec√≠ficas hasta terapias sexuales de variado formato, seg√ļn el caso‚ÄĚ (...) ‚ÄúMuchas veces, el conocimiento de la fisiolog√≠a sexual de las personas mayores, la adecuaci√≥n de valores, la remoci√≥n de mitos y prejuicios equivocados sobre la sexualidad permiten grandes logros en el mejoramiento de la calidad de vida de las personas demenciadas, as√≠ como para preservar la de los acompa√Īantes, c√≥nyuges o no, lo que, sin duda, tiene la mayor importancia‚ÄĚ.

Conclusiones

Un estudio detallado de las aportaciones producidas desde los campos de la sociología, fisiología y psicología, sumado a la experiencia clínica diaria, nos permite extraer tres premisas fundamentales que es importante recalcar:

a) No hay ninguna causa para que un sujeto, en un razonable buen estado de salud general, no pueda continuar experimentando deseos sexuales y ejercitando su función genital anterior hasta estadios de edad muy avanzada.

b) La posibilidad de que esto ocurra efectivamente est√° en raz√≥n directa de la actitud que el sujeto haya tenido para con su sexualidad a lo largo de toda su vida. Aquellos que han sabido gozar de ella, convirti√©ndola en fuente de placer en el goce compartido y de autoafirmaci√≥n de su identidad deseante m√°s all√° de los tab√ļes, prejuicios e imposiciones socioculturales, son los que se mantienen activos durante m√°s tiempo. Por el contrario, los que han actuado con temor, repugnancia, rechazo o los que la han acatado s√≥lo como imposici√≥n de cualquier √≠ndole, son los que antes invocar√°n las razones de la edad para retirarse. ‚ÄúUna identidad de g√©nero en la infancia (la forma en la que el individuo siente su individualidad como hombre o mujer) positiva y consistente, junto a unos primeros encuentros sexuales valorados y disfrutados por el joven, son dos aspectos que abrir√°n las puertas a una extensa e intensa vida sexual en la √©poca adulta. Esta, a su vez, ser√° la mejor garant√≠a del mantenimiento y satisfacci√≥n de la actividad sexual hasta edades muy avanzadas de la vejez‚ÄĚ.

c) En ning√ļn caso debe tomarse comparativamente como medida de normalidad la actividad de la juventud o la adultez joven. A este respecto no hay que olvidarse de que el peor enemigo del viejo suele ser la comparaci√≥n con √©l mismo joven.

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Impacto del envejecimiento en el capital de salud
Alberto Bonetto
¬ŅPor qu√© se envejece? Teor√≠as actuales
Lía Susana Daichman
Envejecimiento productivo y longevidad: un nuevo paradigma
Ricardo Iacub
Masculinidades en la vejez
Mónica Roqué
Un mundo envejecido es un mundo mejor
Romina Rubin
Impacto de los f√°rmacos en la personas mayores
Alexandra Biasutti
Alcance de la cobertura de la seguridad social para los adultos mayores. Especial referencia a las jubilaciones y pensiones
Margarita Murgieri
Controversias en la institucionalización de una persona adulta mayor
Graciela Zarebski
¬ŅQu√© nos indica la prospectiva gerontol√≥gica?
María Julieta Oddone
El desafío de la diversidad en el envejecimiento en América latina
Rosana G. Di Tullio Budassi
Aspectos legales del abuso y maltrato en la vejez
Laura C. Pezzano Pegorer
Reflexiones sobre el proceso de toma de decisiones en el √°mbito de la salud. Directivas anticipadas, expectativas y repercusiones
Diego Bernardini
¬ŅA qui√©n le importa el envejecimiento de la poblaci√≥n? Una visi√≥n regional para una respuesta local
Susana Ordano
La formación en Gerontología como una política social
Solchi Lifac
Nosotros y la vejez
Daniel L. Mingorance
El miedo a la vejez
Sonia Arias Diego Bernardini
Retos económicos del envejecimiento
Leopoldo Salvarezza
El placer en la tercera edad. Validez de un impulso saludable

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