El mercado sexista

El mercado sexista

Por Dora Barrancos

El mercado laboral parece abogar de modo contrario a la participaciĂłn femenina, basĂĄndose en argumentos falaces como debilidad de carĂĄcter, poca capacidad de decisiĂłn propia y falta de entrenamiento en la toma de decisiones. La necesidad de una nueva conciencia para lograr una sociedad mĂĄs democrĂĄtica.
 
SociĂłloga (UBA) y Doctora en Historia (UNICAMP- Brasil) - Investigadora Principal y miembro del directorio del CONICET.


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Hubo tiempos, allĂĄ lejos y hace mucho, en que la especie humana no conocĂ­a la severa diferenciaciĂłn de tareas segĂșn los sexos. Es muy probable que en las primeras etapas de la hominizaciĂłn las mujeres practicaran las mismas labores que los varones. En efecto, las primeras fases de la humanidad seguramente no conocĂ­an especializaciones dominantes entre los gĂ©neros. Pero con el desarrollo del sistema patriarcal las funciones se hicieron tajantes y las actividades muy contrapuestas. Se impuso la norma segĂșn la cual las funciones femeninas deben ser esencialmente reproductivas; se sostuvo, con rotunda aceptaciĂłn hasta hace poco tiempo, que las labores a cargo de las mujeres no podĂ­an ser otras que el cuidado de la descendencia y la atenciĂłn del cĂłnyuge, y que en todo caso se debĂ­an a la vida domĂ©stica. Las sociedades tornaron incuestionable que las mujeres debĂ­an parir, criar y asistir.

Pero mĂĄs allĂĄ de este mandato, las mujeres siempre se desenvolvieron en labores y trabajos que se apartaban de la norma, y esto parece haber ocurrido en todas las sociedades aunque la mayorĂ­a de las veces las actividades en que se han desempeñado han guardado las caracterĂ­sticas mĂĄs cercanas al estereotipo del cuidado y la asistencia. Prueba de esto ha sido el largo desempeño como empleadas del servicio domĂ©stico –entre las menos calificadas– y en los servicios educativos y de salud para las que pudieron tener mejor educaciĂłn formal.

Voy a abordar sucintamente los cuatro principales problemas que hasta los dĂ­as que corren enfrentan las mujeres para desarrollar actividades econĂłmicas, a saber:

1) La segmentaciĂłn del mercado

A pesar de los grandes cambios tecnolĂłgicos y de las transformaciones en la organizaciĂłn del trabajo, la enorme mayorĂ­a de las actividades de transformaciĂłn siguen siendo ajenas a las mujeres. El mercado exhibe una fĂ©rrea divisiĂłn segĂșn la cual hay actividades masculinas y femeninas, aunque los cambios de las Ășltimas dĂ©cadas hayan modificado en parte esos tajantes escenarios. La opiniĂłn patriarcal ha sostenido que las actividades que exigen fuerza estĂ©n por completo vedadas a las mujeres, pero algunos puestos de trabajo se han “feminizado” –me refiero a los atributos “blandos” que obtuvieron, sustituyendo el esfuerzo corporal por la mediaciĂłn tĂ©cnica–, pero ello no ha significado un aumento de la participaciĂłn de las mujeres. Las plantas fabriles, por lo general, expresan esas segmentaciones: hay secciones donde no ingresan las mujeres, aun cuando haya habido adaptaciones ergonĂłmicas y cuando la mĂĄquina haya sustituido el brazo humano. La mayorĂ­a de los puestos, en casi todas las ramas de la producciĂłn, siguen siendo preferencialmente masculinos, de modo que podrĂ­a concluirse que la enorme mayorĂ­a de la actividad transformadora es “impropia” para el gĂ©nero femenino.

Ya que no es posible sostener la retórica del pasado respecto de la inadecuación de pesos y fuerzas, la principal argumentación es que hay un déficit de calificación entre los sexos, los varones estån mås preparados, son mås calificados.

Estas aseveraciones son falaces en varios sentidos. Hay puestos en donde no es requerida una calificaciĂłn especial y sin embargo no se permite el ingreso de mujeres. El axioma podrĂ­a ser algo asĂ­ como “a igualdad descalificatoria, se prefiere a los varones”. Las calificaciones previas completamente pertinentes a ciertos puestos laborales son tambiĂ©n escasas entre los varones, pero se opta por entrenar a estos y no a las mujeres. Pero lo notable es que estas son, prima facie, mĂĄs calificadas en promedio que los varones, ÂżcĂłmo entender si no las estadĂ­sticas de escolaridad relativas a ambos sexos? En nuestro paĂ­s, las mujeres poseen mayor educaciĂłn formal, su proporciĂłn es mayor entre quienes terminan el nivel secundario, y tambiĂ©n son mujeres quienes en mayor medida completan la formaciĂłn universitaria; y si esto fuera poco, son las mujeres quienes ostentan los mejores promedios en estos dos ciclos educativos. ÂżCĂłmo podrĂ­a sostenerse que hay menor calificaciĂłn entre las mujeres? Y en el peor de los casos, ÂżcĂłmo es posible convalidar la selecciĂłn de varones ante un dĂ©ficit equivalente de formaciĂłn? Ambas preguntas se responden apelando a la intervenciĂłn de los dispositivos ideolĂłgicos, a la eficacia de los estereotipos de gĂ©nero, a la espesura que alcanza el valor simbĂłlico de la diferencia sexual en nuestras sociedades.

2) La brecha salarial

La diferencia entre los salarios masculinos y femeninos se manifiesta todavĂ­a de manera ominosa, aunque se hayan corregido las groserĂ­as del pasado. La masa salarial representada por el sexo femenino se sitĂșa en torno del 70 por ciento de las remuneraciones. Esa brecha, desde luego, se profundiza o no dependiendo de los sectores econĂłmicos y por cierto de las diferentes ramas de actividad. Estudios recientes han mostrado que la diferencia se acorta bastante entre los segmentos que comportan menor calificaciĂłn, y en algunos lugares del paĂ­s parecerĂ­a que en determinados puestos de trabajo de muy baja calificaciĂłn la brecha es inexistente. Pero se trata de situaciones muy puntuales. Resulta indiscutible que a medida que se asciende en la jerarquĂ­a de las funciones, en las ĂĄreas de mayor calificaciĂłn, los salarios masculinos son cerca del 35 por ciento mĂĄs altos que los de las mujeres. Es muy probable que la masa salarial del profesorado universitario, para poner un caso en el que la calificaciĂłn promedio es muy alta, exhiba una notable divergencia. La mayor educaciĂłn femenina paradĂłjicamente parece ser un obstĂĄculo para la equidad en el mercado laboral. Esta circunstancia fuerza a reconocer las dificultades que deben sortear las mujeres para el reconocimiento, puesto que a menudo lo que se pone de manifiesto es que las mujeres altamente capacitadas no pueden hacer la misma carrera laboral que los pares masculinos y que estos son privilegiados a la hora de los ascensos y de otras formas de legitimaciĂłn de su desempeño.

3) El techo de cristal

El fenĂłmeno discrecional que padecen las mujeres cuando llegan a determinados niveles laborales sin poder trasponerlos se denomina “techo de cristal” en la crĂ­tica feminista. Carreras femeninas interesantes se detienen en una determinada marca ascensional debido a que actĂșan fuertes restricciones de gĂ©nero: los altos cargos, las jefaturas y, en general, los puestos de decisiĂłn y de mayor rango se reservan para los varones. Se trata de un fenĂłmeno complejo puesto que a menudo las preferencias por los candidatos varones se justifica con evaluaciones “objetivas” acerca de los mĂ©ritos demostrados. Por lo general, se ha naturalizado, hasta hacerse inexorable, que la selecciĂłn para los puestos en donde cuenta un mayor ejercicio de poder recaiga en principio en candidaturas masculinas. La observaciĂłn crĂ­tica de este fenĂłmeno ha concluido en una serie de aspectos entre los que señalo los principales, a saber:

a) Las dificultades para una adecuada visibilidad de las contribuciones femeninas puesto que los resortes gerenciales, los altos mandos, estĂĄn en manos de varones.

b) Las dificultades de las propias mujeres que a menudo se sienten con poca vocaciĂłn competitiva frente a los varones.

c) Las dificultades en tornar verdaderamente objetivas las evaluaciones, teniendo en cuenta los significados diferenciales de la maternidad y la esfera doméstica en la construcción de una carrera laboral.

d) Las falsas atribuciones de que las mujeres pueden “cumplir menos”.

Poderosos influjos androcéntricos se encuentran en la base explicativa de la discriminación sufrida por las mujeres cuando se trata de acceder a cargos decisorios. Forman parte central de esos imaginarios las expectativas negativas que suelen representar los mandos femeninos debido a los estereotipos construidos de modo falaz hace muchísimo tiempo, y que también son paradójicos. Por una parte se asocia a las mujeres con debilidad de caråcter, poca capacidad de decisión propia y falta de entrenamiento en la toma de decisiones. Pero por otra parte, se vincula la idiosincrasia femenina con el exceso emocional, la falta de control y la incapacidad para resolver racionalmente los problemas. Se trata de cuestiones por completo ideológicas, sin sustento racional, que revelan la hondura de los arquetipos de género.

4) La discriminaciĂłn sexista

El mercado laboral en buena medida parece abogar de modo contrario a la participaciĂłn femenina, aunque siempre hayan existido experiencias sectoriales que la prefirieran. Tal lo que ha ocurrido histĂłricamente con el sector servicios, que de lejos ha sido el de mayor convocatoria de mujeres a lo largo de los tiempos en nuestro paĂ­s. Sin duda, resalta la enorme legitimidad del magisterio femenino. La feminizaciĂłn de la docencia estaba ya presente en el siglo XIX, con excepciĂłn del nivel secundario que requerĂ­a especializaciones a las que no accedĂ­an las mujeres. Las maestras han tenido una aceptaciĂłn singular en nuestras sociedades, un verdadero contraste con las congĂ©neres que ejercĂ­an alguna forma de servicio domĂ©stico. Los servicios pĂșblicos incorporaron una buena proporciĂłn de mujeres. Fuera del sector servicios, que hegemonizĂł siempre la presencia femenina, en el pasado hubo una alta proporciĂłn de mujeres dedicadas a la confecciĂłn de ropa, de la misma manera que hubo obreras textiles, del calzado, de la industria frigorĂ­fica y de muy diversos rubros productivos. El comercio fue histĂłricamente un segmento de captaciĂłn de mujeres. Pero el conjunto de trabajadoras, con excepciĂłn del magisterio, durante la mayor parte del siglo pasado, no logrĂł legitimidad social: fue moneda corriente identificar a las trabajadoras con un dĂ©ficit en materia de moral.

Sin duda, estamos frente a grandes transformaciones de nuestra sociedad y la autonomĂ­a femenina estĂĄ esencialmente ligada al desempeño de actividades econĂłmicas. En la actualidad, la participaciĂłn de las mujeres en la PEA estĂĄ por encima del 40 por ciento y ocurre mucho menos el fenĂłmeno de ingresar soltera, retirarse para criar hijos, y reingresar mĂĄs tarde. Pero aun en las tareas y puestos que parecieran no obturar su inscripciĂłn, persisten formas discriminatorias. Para ocupar puestos en las industrias, los comercios, ciertas dependencias gubernamentales y hasta en las residencias mĂ©dicas, las postulantes suelen ser indagadas sobre el estado civil, el nĂșmero de hijos, y hasta las expectativas de matrimoniarse. A menudo, fĂłrmulas mĂĄs sutiles pero igualmente indignas se utilizan en las entrevistas de empleo.

No hay duda de que circulan las viejas construcciones generizadas en las mĂĄs renovadas estructuras institucionales, aun cuando se hayan sumado derechos y garantĂ­as para igualar los derechos de varones y mujeres, comenzando por el propio plexo constitucional. Lo cierto es que el mercado laboral exhibe a su antojo bieses sexistas, por completo inconstitucionales. PodrĂ­amos afirmar sin equivocarnos que es allĂ­ donde mĂĄs se infringen los derechos de las mujeres.

Se impone entonces un nuevo estado de conciencia para hacer posible una sociedad mĂĄs democrĂĄtica. El trabajo no debe tener sexo.

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