El gimnasio, el crossfit y el running aportan pistas para pensar un nuevo modo de individuación

El gimnasio, el crossfit y el running aportan pistas para pensar un nuevo modo de individuación

Por Alejandro Damián Rodríguez

En los últimos años nos encontramos ante la aparición y masificación de una serie de rutinas y técnicas corporales que poco tienen que ver con el deporte. La competencia frente a otras personas, característica central y excluyente de toda disciplina deportiva, es reemplazada por la competencia contra uno mismo. Rasgo distintivo de los vientos neoliberales que vuelven a soplar, la individuación tachada de pragmatismo es un signo de estos tiempos.
 
Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) y el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES). Becario Posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)


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El campo de los estudios sociales del deporte se ha constituido, en las últimas décadas en nuestro país, en un espacio prolífico para la producción de literatura especializada. Y ello aun a pesar de que, en el campo académico en que está inserto, continúa siendo catalogado como una variante socioantropológica dedicada al estudio de un tema menor.

La producción socioantropológica del deporte se ha concentrado en estudiar el fenómeno desde dos perspectivas opuestas y fundadas en el terreno: la primera colocando el foco en los espectadores, la segunda decididamente concentrada en sus practicantes, ya sean deportistas profesionales o amateurs. El fútbol, la natación, el boxeo, el rugby, el polo y el automovilismo, entre otras manifestaciones deportivas que podríamos denominar tradicionales, han sido objeto privilegiado de los cientistas sociales que se dedicaron a pensar el fenómeno.

Sin embargo, las últimas décadas del siglo XX nos ha alumbrado una novedad que tiene plena vigencia también en la actualidad: la aparición de un conjunto de técnicas corporales que de manera muy difícil, salvo a costa de volver muy elástica la categoría aglutinadora de deporte, podrían ser clasificadas como tales. Me refiero específicamente a la aparición y/o masificación de: a) el entrenamiento mecánico y rutinario del gimnasio; b) las técnicas corporales que mixturan gimnasia y danza denominadas de fitness grupal; c) el entrenamiento militarizado del crossfit, y d) el running, disciplina hermanada al deporte atletismo pero que se ha ampliado para un público que excede notoriamente a los atletas federados en esa competencia o que lo practican de modo recreativo.

La notoria visibilidad de gimnasios, boxes de crossfity espacios de entrenamiento montados en plazas y parques públicos para runners son muestra suficiente de que el objeto de estudio ha cambiado, y del mismo modo, la disciplina que pretende estudiarlos también debería mutar, a menos que nos cerremos a dar cuenta de una realidad que se muestra sumamente dinámica, con categorías que ya la exceden. Algunas fuentes periodísticas ratifican lo antepuesto. Según un periódico de tirada nacional, para el año 2005 existían alrededor de tres mil gimnasios en todo el territorio nacional. Por su parte, actualmente es posible encontrar más de 60 boxes de crossfit en la CABA mientras se cuentan alrededor de 500 mil corredores anotados en alguna de las muchas maratones –4k, 8k, 21k, 42k– de una agenda de carreras que año tras año se multiplica. Los grupos de entrenamiento donde entrenan los corredores muestran un crecimiento también constante.

En definitiva, el deporte tiene ahora un hermano no reconocido, pero que a costa de su cada vez mayor popularidad se ha ganado un lugar dentro de este campo de estudios.

La aparición y/o la masificación de este conjunto de técnicas corporales plantean un desafío para el campo de los estudios sociales del deporte. ¿Cómo se procesa dentro de su ámbito un conjunto de prácticas que evita la competencia, característica central y excluyente de toda disciplina deportiva, o que, en otros términos, remplaza la competencia individual y/o grupal frente a otras personas o equipos por una donde el elemento central para comprenderla es la competencia que el entrenado en estas técnicas emprende contra sí mismo?

La hipótesis que propongo es que para comprender la aparición y/o masificación de este conjunto de prácticas es necesario prestar atención a un nuevo modo de individuación que corre en paralelo. Algunos autores lo han denominado el individuo pragmático. Fundados en la sociología de Gabriel Tarde, en la filosofía norteamericana pragmatista primero, y en la sociología pragmática francesa post-bourdieuana segundo, el enfoque del individuo pragmático propone un nuevo tipo de individuación caracterizado por los ajustes prácticos entre acciones y contextos en los que el “actante” –utilizando una categoría propia de los pensadores pragmáticos– se desenvuelve. El individuo pragmático pone a prueba sus acciones en situaciones reales de interacción hasta que logra “puntos de ajuste” siempre móviles y sujetos a evaluaciones. Es decir, se mueve en función de contratos, que si bien no son efímeros tampoco son eternos. La puesta a prueba supone evaluaciones constantes de sus acciones.

Pensar a partir del surgimiento del individuo pragmático –y cómo piensa y actúa en el mundo– puede ser una estrategia útil para interpretar de qué hablamos cuando sostenemos que estamos frente a un cambio de época, frente a la renovación del liberalismo, o lisa y llanamente, que nos encontramos frente a una sociedad que se ha vuelto neoliberal. El neoliberalismo se ha impuesto en nuestra sociedad, de eso no hay dudas, pero también se ha impuesto como “piedra de toque”; todos los males que la aquejan parecen poder ser imputados como sus consecuencias. Sin embargo, este tipo de estrategia rápidamente encuentra sus propios límites. Convertido en un significante vacío capaz de albergar los más confusos y contradictorios significados, la apelación al neoliberalismo y sus consecuencias termina por convertirse en un lugar común y remanido. Su aparente capacidad todo-explicativa se nos vuelve en contra: de pretender explicarlo todo con él, termina sirviéndonos para muy poco.

Pensar a partir del individuo pragmático, como modo de individuación propio de la época neoliberal puede ser una estrategia alternativa y más viable para interpretar de qué se trata ese cambio de época y que la apelación al fenómeno no se transforme en parte de una retórica vacía. Entonces, ¿de qué tipo de individuo hablamos en este nuevo contexto?
Algunos autores sostienen que la aparición del individuo pragmático debería ser relacionada con el surgimiento de una nueva derecha menos conservadora y más ajustada a los tiempos actuales. Así, Lucas Rubinich, en su texto Productores privilegiados de visiones del mundo. Nociones de libertad en disputa, de 2011, nos dice:

“Lo que podría denominarse una nueva derecha, una vez superado el terrorismo de estado, podía aparecer despojada de togas medievales, de inciensos ahuyentadores de blasfemias y renegar de discursos oscurantistas. El centro de la cuestión estaba puesto en el individuo libre y esto permitía, a la par que un mundo darwiniano ‘que descubre las motivaciones de la adhesión al trabajo y a la empresa en la inseguridad, el sufrimiento y el estrés’ (Bourdieu 1999: 141), también una relación amable con espacios de la cultura y la ciencia, cuyas zonas más dinámicas siempre habían confrontado con un poder que revestía formas tradicionales ligadas, en Latinoamérica principalmente, al catolicismo conservador. Un tipo ideal de joven emprendedor de una empresa transnacional –sinónimo del nuevo hombre neoliberal– posee elementos relativistas culturales en relación a sus consumos musicales o gastronómicos, acepta la diversidad sexual, no es religioso en un sentido fuerte, considera lógico el divorcio, puede relacionarse con objetos de artes visuales contemporáneos. Es de alguna manera la culminación del proyecto liberal que parece acercarse, si no a la política, sí a las formas y estilos de vida de estos sectores. Y estos estilos de vida suponen, por lo menos, algún tipo de relación con las zonas dinámicas del campo cultural y de las formas de producción simbólica a la vez que dinámicas, heterónomas”.

El autor nos describe un individuo renovado, flexible, de opiniones y gustos relativistas; los valores-guías –apartados del mundo real– no parecen ser para este individuo ni útiles ni necesarios para pensar, juzgar y actuar. Por el contrario, se asemejan más a un lastre. Él se guía por sus normas propias que va rearmando en la práctica. Pensar a partir de la idea del individuo pragmático también permite cruzar y estudiar diversos planos de la vida cotidiana bajo un mismo enfoque. ¿Cómo actuaría el individuo pragmático en relación al amor o la religión? Podríamos hipotetizar.

En el amor, el individuo pragmático no contraería lazos con proyección de largo plazo. Sus vínculos pueden ser estables en el tiempo, pero siempre están siendo puestos a prueba, renovados una y otra vez cada día. El individuo pragmático puede contraer o no matrimonio y considera lógico el divorcio, tal cual sostiene el autor citado. El individuo pragmático descree de las instituciones, especialmente del Estado, lo cual lo lleva a evitar cualquier tipo de contrato que no involucre sólo un acuerdo entre privados. El Estado no debería intervenir en la vida íntima de las personas, sostiene. El individuo pragmático prefiere los lazos construidos en la práctica. Todo un repertorio de frases comunes, naturalizadas y de total vigencia hoy día son la mejor muestra de la aparición de esta pragmática individual: “Nos elegimos todos los días”; “No necesito del Estado para comprometerme con otra persona”; “No necesito que un juez y/o cura ratifiquen mi amor”, entre muchas otras que alargan la lista.

En materia religiosa, podría inferirse una actitud similar. El individuo pragmático rechazaría de plano y por igual todas las religiones tradicionales. El judaísmo, el cristianismo o el islam le resultan igualmente incomprensibles desde su punto de vista pragmático. La improvisación es su mejor estrategia, razón por la cual los repertorios de normas religiosas, que se suponen viables y útiles para todo tiempo y lugar, le resultan inútilmente incomprensibles. Esto no quiere decir que el individuo pragmático no sea religioso. Por el contrario, si se vuelve religioso, él prefiere crear su propia religión. Puede creer en un Dios o no, en una fuerza sobrenatural, en la existencia de energías vitales, en la inmortalidad del espíritu, o en la existencia de todo ello al mismo tiempo sin observar contradicción alguna entre las partes. Puede también mixturar su creencia con algunos símbolos de las grandes religiones mundiales que consideró apropiados. El sincretismo es una actitud de vida para el individuo pragmático. No está de más decir que la relación con Dios, si es que cree en su existencia, es estrictamente personal. Él no necesita de mediadores, de los cuales también descree, del mismo modo que ocurre con casi todos los representantes de instituciones, en especial los del Estado. El individuo pragmático entabla un contacto directo con Dios, con su Dios que construyó a partir de un rompecabezas de partes extraídas de múltiples religiones, como si fuera un acuerdo entre privados. Él y Dios, Dios y Él en un mismo pacto mutuo que los une, al menos momentáneamente, hasta que el individuo pragmático decida ajustar su situación religiosa a un nuevo contexto de cosas.

El mismo ejercicio podría realizarse para pensar la relación del nuevo individuo pragmático con el mundo del trabajo o con lo que aquí nos atañe, que es el deporte. Pensar la aparición de este conjunto heterogéneo de prácticas que difícilmente pueden ser rotuladas como deportivas, es un ejercicio que debería hacerse en sintonía con este nuevo individuo pragmático. ¿Qué mejor escenario para un individuo pragmático que uno como el que componen todas estas técnicas deportivas renovadas, caracterizadas por la idea de que hay que autosuperarse constantemente y ponerse a prueba una y otra vez todo el tiempo? Esto es exactamente lo que se hace en estos nuevos espacios de entrenamiento: entrenar, sin una meta precisa en el horizonte, solo con la obligación moral de tener que estar autosuperándose todos los días. Sin ningún plan de acción preestablecido y de largo plazo, los nuevos escenarios deportivos del gimnasio masificado, el crossfit y el running constituyen el mejor teatro de operaciones para este tipo de individuo que buscar probarse a sí mismo todo el tiempo. La única competencia que vale para este individuo pragmático y su vínculo con estos nuevos deportes es aquella en la que compite contra sí mismo. La particularidad de esta competencia radica en que si bien es posible datar un punto de inicio, difícilmente pueda colocarse una meta final como en otros deportes clásicos; aquí, por el contrario, la competencia nunca acaba. Debe reiniciarse siempre, una y otra vez, a fin de, en los términos propios de los actores con los que interactué en mi investigación sobre el tema, “sacar lo mejor de uno mismo”. Y siempre parece haber algo más para “sacar” de adentro del yo para ponerlo a prueba. Se trata de un modo de mejorarse, de rehacerse, de convertirse, en cada nuevo entrenamiento que se lleva a cabo. Claro está, todo esto vuelve mucho más complejo el escenario de estudios de esta disciplina denominada en términos muy amplios socioantropología del deporte.

En resumen, pensar el cruce entre un nuevo tipo de individuación, que puede ser rotulado como pragmático, y la aparición y/o masificación de un conjunto de técnicas corporales que exceden a lo deportivo pero que se encuentran emparentadas, es la clave de análisis que propongo. Como otra clave conexa, el individuo pragmático que busca poner(se) a prueba todo el tiempo en este amplio repertorio de técnicas corporales fitness, basadas en la autosuperación constante de sí mismo, también encuentra una estrategia efectiva a través de la cual delimitarse de los demás, en un contexto donde las marcas de diferenciación tradicionales (profesión, educación, gustos) se han vuelto menos efectivas o, por lo menos, a las que ahora se les ha adosado una nueva: “Yo me pongo a prueba todos los días y de ese modo me mejoro” es también otra manera de decir “yo soy mejor que el resto”. Es tarea de los estudios sociales del deporte interpretar qué es lo que está cambiando dentro de su campo.

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