El Estado Islámico, una amenaza real que vino para quedarse

El Estado Islámico, una amenaza real que vino para quedarse

Por Ruben Paredes

Hace dos años, y en un escenario caracterizado por un proceso de paz agonizante, Estados fallidos, conflictos interconfesionales, rivalidades religiosas interestatales y continuas incursiones externas diplomática y militarmente descoordinadas, apareció en Medio Oriente el EI. En la medida que no se reviertan las condiciones que hicieron posible su aparición en Irak y Siria, este proto-Estado seguirá ejerciendo el control de un territorio que reclama históricamente como propio.
 
Director Adjunto del Instituto Rosario de Estudios del Mundo Árabe e Islámico (IREMAI) de la UNR. Coordinador de Grupo de Estudios del Medio Oriente (GEMO)  del Programa de Estudios sobre Relaciones y Cooperación Sur-Sur (PRECSUR), UNR. Docente e Investigador de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de  la UNR en la cátedra Economía Internacional y del Seminario Religión, Política y Economía en las Relaciones Internacionales de Medio Oriente.


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La irrupción del Estado Islámico (EI) en junio de 2014 (también conocido como ISIS en inglés o Daesh en árabe) anunciando el establecimiento de un Califato captó la atención de la comunidad internacional y de los medios de comunicación de todo el mundo, por la crueldad de sus acciones reflejadas en imágenes. Torturas, crucifixiones, lapidaciones, ahorcamientos, reducción a la esclavitud, fosas comunes, crisis humanitaria y atentados terroristas son solo palabras que intentan describir las tres caras de una nueva amenaza que lamentablemente vino para quedarse… un tiempo.

Comprender la complejidad de este nuevo actor internacional implica tener en cuenta el contexto de una región intrínsecamente convulsa que le dio origen, pero de la cual ha trascendido sus fronteras hasta convertirse en una amenaza a la seguridad internacional. Una fotografía actual de la situación de Medio Oriente revela la presencia de un proceso de paz agonizante, Estados fallidos, conflictos interconfesionales, rivalidades religiosas interestatales, continuas incursiones externas diplomática y militarmente descoordinadas, con un nuevo enemigo que apela al radicalismo violento alterando aún más las inestables arenas movedizas que caracterizan la geografía del lugar.

En consecuencia, sus orígenes están relacionados con dos acontecimientos que impactaron de lleno en la región y cuyas consecuencias se dejan sentir in situ. Por un lado, la lucha global contra el terrorismo internacional emprendida por los Estados Unidos, y que tuvo como epicentro a Irak a partir de 2003, generó una sociedad desgarrada, sometida a pujas interconfesionales entre chiitas y sunitas. Independientemente de los motivos norteamericanos esgrimidos, la remoción de Saddam Hussein del poder alteró la geopolítica de Medio Oriente cuando el llamado a elecciones libres consagró por primera vez en la historia del país un gobierno árabe chiita, el cual se encargó de perseguir los vestigios sunitas del antiguo régimen. Situación que permite entender por qué partes de los antiguos aparatos de seguridad se integraron a las filas del Estado Islámico vengando el ostracismo y persecución a los que fueron sometidos.

Por el otro, la denominada Primavera Árabe desatada en el 2011 alteró el statu quo regional del mundo árabe que, hasta ese entonces, gozaba de una excepcionalidad histórica: la ausencia de regímenes democráticos. Sin importar la naturaleza republicana o monárquica de los mismos, el autoritarismo era entendido como sinónimo de estabilidad estratégica no solo para la región sino también para la comunidad internacional que hasta ese entonces poseía un doble rasero. La adopción de la democracia era un imperativo para otras regiones del sistema internacional pero, paradójicamente, era una amenaza desestabilizadora para el Medio Oriente –y norte de África– ante la posibilidad de que gane el Islam Político. La experiencia enseñaba que cuando se producía una apertura del sistema político con elecciones libres, los partidos islamistas se consagraban triunfadores según la voluntad popular –el Frente Islámico de Salvación en 1992 en Argelia o el Movimiento de Resistencia Islámica Hamas en la Autoridad Nacional Palestina en 2006–.

En tal sentido, la Primavera Árabe volvió a alterar el mapa geopolítico generando equilibrios frágiles en donde algunos países como Egipto y Túnez emprendieron la transición democrática –aunque fallida– y otros se sumergieron en la implosión sectaria como ocurrió en Libia, Yemen y especialmente en Siria. El caos que desde entonces atravesó –y atraviesa– el país del Levante se convirtió en el terreno fértil para que el Estado Islámico creara el Califato, una entidad con reminiscencias religiosas que había desaparecido en la historia moderna y al cual se remitió intencionalmente con el fin de hallar legitimidad en el mundo árabe-islámico.

A dos años de la aparición del EI, este nuevo actor en el escenario internacional presenta características multifacéticas, lo que implica realizar un abordaje integral con el fin de no incurrir en enfoques parciales y muchas veces errados en donde las antiguas lentes teóricas no dan cuenta de su real existencia. Por tal motivo, se considera necesario realizar un análisis de las tres caras que posee y de las mutaciones que ha venido desarrollando como un proto-Estado, una ideología que apela a la religión con objetivos políticos y una organización terrorista internacional.

El Estado Islámico como un proto-Estado

El 10 de junio de 2014, como una tormenta de arena típica del lugar, se esparció la noticia de que Mosul –la segunda ciudad en importancia de Irak después de Bagdad– había caído sin resistencia por parte del ejército regular en manos de un grupo autoproclamado como el EI. Inmediatamente, se generó una confusión acerca de si era una “extensión territorial de Al Qaeda”, dado que en plena ocupación norteamericana en 2004, el entonces número dos de la organización, Al-Zarqawi, había creado una filial con el nombre de Al Qaeda en el Tigris y el Éufrates, en honor a los dos ríos que atraviesan Irak. Pero con la muerte de este en 2006, cambió de nombre a Al Qaeda en Irak, y luego a Estado Islámico de Irak y el Levante coincidiendo con la escisión operativa y estratégica de la organización que lideraba Osama Bin Laden.

Una vez iniciada la Primavera Árabe en Siria, el EI –a secas– se trasladó a este último país para emprender la guerra contra el régimen “apóstata” de Bashar Al-Assad, conquistando las ciudades de Raqah al norte –la supuesta capital– y Deir al-Zor al este, para luego volver a Irak. En ese retorno removió los puestos fronterizos entre Siria e Irak –Al-Qaim y Tal Afar, respectivamente–, anexó las ciudades de Falluya, Tikrit y Mosul, y el 29 de junio de 2014 declaró la creación del Califato.

Con excepción de la creación del Estado de Israel en 1948 sobre la Palestina histórica, el mundo árabe moderno, nacido del desmembramiento del Imperio Otomano, y dividido en diferentes Estados recelosos de su soberanía, evitó bajo toda circunstancia uno de los peores temores, como ha sido siempre la “balcanización” de la región. Sin embargo, la aparición del Califato con su líder Abu Bakr al-Baghdadi, borró las fronteras reconocidas internacionalmente e impugnó al “sistema westfaliano” de Estados diseñados hace un siglo por la pluma de las potencias europeas, creando un nuevo Estado “sunita”.

A diferencia de Al Qaeda, cuyo objetivo a largo plazo es establecer un califato mundial para enfrentarse a Occidente, empleando tácticamente el accionar terrorista y en términos logísticos a países desgarrados por conflictos, el EI coincidió en el enemigo pero buscó un anclaje territorial para emprender las acciones políticas aplicando la Sharia (ley islámica). De esa manera, con el lema “permanecer y expandirse” pasó a controlar 215.000 km2 y a 6 millones de personas que quedaron bajo su dominio, sumadas las “provincias distantes”, es decir, los territorios bajo milicias del EI en Libia y en la Península del Sinaí en Egipto. Por eso, una vez controlado el territorio, se conformó un ejército de 35 mil miembros vestidos de negro, muchos de ellos ex militares del gobierno de Saddam Hussein, más los milicianos que fueron llegando de países vecinos y de Europa con el fin de recibir entrenamiento y defender el Califato.

Para reproducir las bases materiales del “Estado”, incautaron los fondos de los bancos iraquíes, acuñaron una moneda, establecieron un sistema de impuestos y controlaron los pozos petroleros de Siria e Irak, exportando el crudo a precio inferior al del mercado ante la mirada cómplice de algunos países. Con la renta obtenida, se pagaron los sueldos de la nueva burocracia y la financiación de la compra de armas en el lucrativo mercado negro de Medio Oriente. A ello se sumaron los secuestros extorsivos y el contrabando como prácticas cotidianas en los territorios controlados.

Desde un punto de vista simbólico, las banderas negras comenzaron a flamear en los edificios públicos y en los nuevos puestos fronterizos. Además, inmediatamente dictaron una Carta de 16 artículos para ser implementada como una política de gobierno sobre la población. Entre las medidas estipuladas, se prohibió el tabaco, el fútbol y demás formas de entretenimiento. Asimismo, se obligó a las mujeres a usar el niqab –el velo negro– y a los hombres a no rasurarse la barba y a alistarse en el ejército. La necesidad de homogeneizar la población bajo su dominio condujo a una conversión compulsiva y a una “limpieza étnica” sobre las minorías –cristianos, yadezíes, ismaelíes y drusos– donde las mujeres fueron esclavizadas, violadas y vendidas –la pregunta que se impone es a quiénes–, los hombres asesinados en fosas comunes y los niños torturados como una forma de demostrar la falta de límites y de sembrar el miedo entre los propios y ajenos.

El Estado Islámico como ideología

A fines del siglo XX, muchos pensaron que los grandes relatos habían llegado a su fin, por lo menos en su versión laica y secular. Sin embargo, en el siglo XXI, las ideologías impregnadas del cariz religioso en el Medio Oriente y el norte de África han cobrado auge con el denominado Islam Político. Una de sus expresiones es la que plantea el EI al instrumentalizar la religión en un proyecto político como forma de alcanzar una nueva identidad sin importar las acciones y los medios empleados.

Para ello plantea una ideología que se denomina salafista yihadista. La noción de salaf evoca a los primeros tiempos de esplendor de la cultura islámica sin ningún tipo de contaminación occidental y a los ancestros piadosos, la cual busca ser revivida y resignificada en los tiempos modernos. Por eso comulga con la doctrina wahabita –imperante en Arabia Saudita–, de carácter rigorista y ortodoxa, en la que se hace una lectura literal del Corán, sin intermediaciones interpretativas y de prácticas ajenas que no estén contenidas en el “libro”.

La noción de Jihad evoca al esfuerzo que se debe llevar adelante para alcanzar la pureza en el Islam, pero interpreta que no solo debe ser un acto individual de todo creyente sino una práctica real en la que se legitima el uso de la violencia evocando a una “guerra santa”. Es una respuesta radical ante una inseguridad existencial. Por eso, toda persona que no adscriba a su ideario se encuentra en un estado de ignorancia (yahiliya) que hay que combatir.

Bajo esta concepción ideológica no queda lugar para el disenso ni para los enemigos que según el EI son los chiitas considerados herejes (rawafidh), los que buscan combatirlo en la región y el mundo a los que denomina apóstatas (kufr), y los gobiernos árabes traidores aliados a Occidente. En las lista de prioridades, las comunidades chiitas dispersas en Irán, el Líbano y Siria son el primer flanco a atacar en la nueva geopolítica de acuerdo con el Califato sunita. Pero tampoco hay que perder de vista que el EI generó una situación impensada de competencia intrayihadista con Al Qaeda, la cual desde la muerte de su líder en mayo de 2011, se encuentra preocupada por seguir existiendo y presentarse –paradójicamente– como la versión moderada de un Islam Político que es radicalizado. Un ejemplo de esto fue la decantación del grupo Boko Haram de Nigeria a favor del Califato y su incorporación como la provincia occidental en África.

Una ideología sin seguidores se convierte en una entelequia o una cáscara vacía sin el recurso humano. Por eso, más allá de las acciones cometidas, el EI emprendió una campaña de adoctrinamiento y reclutamiento a nivel mundial utilizando las tecnologías 2.0. Mientras que para algunos los videos colgados en YouTube son la expresión de una barbarie que no respeta los más elementales derechos humanos, para otros, los que se identifican con él, son la propaganda que atrae a los desheredados –que no necesariamente son los pobres y los analfabetos sin acceso a dichas tecnologías– a un paraíso terrenal como una suerte de profecía autocumplida.

El Estado Islámico como organización terrorista

Si bien el fenómeno del terrorismo internacional no es nuevo en la historia de la humanidad y en las relaciones internacionales, el EI en su estrategia política ha recurrido al mismo como táctica con el objeto de propagar su ideología. No solo en una clara demostración de fuerza que puede burlar los sistemas de seguridad más desarrollados sino también en una forma de generar terror en los vivos sin importar el número de muertos.

La coalición internacional que se conformó para intervenir en el conflicto sirio –pese a los intereses encontrados entre Estados Unidos y Rusia– logró mermar la capacidad operativa del EI reduciendo en un 40% su presencia en Irak y un 25% en Siria. Sin embargo, los ataques aéreos generaron un efecto que se empezó a sentir en la región y algunos países del mundo cuando ello produjo que salieran de su madriguera.

Para algunos analistas los atentados terroristas fuera de sus fronteras significaron una “re-alqaedización” del EI porque lo llevó a centrarse en el nivel internacional. Pero no se debe perder de vista que esta es solo una de las caras que posee como actor internacional.
Las primeras acciones terroristas se realizaron en el Líbano, en virtud de que las Brigadas de la Noche, pertenecientes al partido de adscripción chiita Hezbollah, ingresaron en el teatro de operaciones sirio en defensa del gobierno de Bashar Al-Assad. Luego se produjeron atentados en Turquía –cuando este país, por la presión internacional, comenzó a perseguir al EI en su frontera– y en Egipto –sobre un avión de línea comercial de bandera rusa– coincidiendo con los ataques aéreos de Moscú sobre los rebeldes sirios, incluidas las zonas dominadas por el Califato.

Pero sin lugar a dudas, la conmoción en la comunidad internacional se propagó cuando se produjeron los ataques en el semanario Charlie Hebdo, seguido por los cinco ataques en simultáneo en el teatro Bataclán en París, en el aeropuerto internacional de Zaventen de Bélgica, en la discoteca de la Florida, en los festejos del 14 de julio en Niza y en el tren de Baviera en Alemania. Por un lado, los atentados en Europa pusieron al descubierto la falta de coordinación de los servicios secretos de inteligencia para desbaratar los ataques, que el EI se adjudicó a través de comunicados en la web. Pero por el otro, reflejó el síntoma de descomposición del tejido social europeo, donde no solo la presencia de ex milicianos que regresaron a sus hogares sino también hijos y nietos de inmigrantes árabes –los cuales se perciben como ciudadanos de segunda– realizaron dichas acciones en nombre del EI.

Uno de los principales problemas que enfrentan las sociedades occidentales es la mutación que esta organización terrorista ha alcanzado haciendo uso de los denominados “lobos solitarios”. Situación que conduce a replantear el combate contra el terrorismo internacional porque ya no basta con descabezar a la organización para desbaratar un futuro accionar sino que su atomización –bajo la lógica de red– plantea un nuevo reto. La amenaza a la seguridad internacional dejó de ser latente para convertirse en una realidad en donde los más sofisticados programas de inteligencia cibernéticos no pueden frenar a una sola persona. En cuanto a los medios para infligir terror, no requieren de un arma de alto calibre o una bomba, sino que un hacha o un simple vehículo de uso civil se puede convertir en una herramienta útil para lograr su cometido.

Esta situación alteró la vida cotidiana a través de una mayor “securitización” con las fuerzas de seguridad en los espacios públicos, pero también generó una sensación conspirativa, donde el terrorista solitario es a la vez uno o todos.

Reflexiones finales

La aparición del EI con sus múltiples caras debe conducir a realizar un análisis profundo en pos de eliminar sus acciones dentro y fuera de la región que lo vio nacer.

En la medida en que no se reviertan las condiciones que hicieron posible su aparición en Irak y Siria –dos países que viven las consecuencias ya sea de la intervención norteamericana que prometía instalar la democracia o de los efectos no deseados que produjo la Primavera Árabe– el EI encontrará las chances de seguir controlando el terreno que reclama históricamente como propio. Por eso, la ausencia de una estrategia basada en la cooperación internacional y, por el momento, reducida a tan solo ataques aéreos sin la incursión terrestre con los ejércitos de los países de la región, ha sido una de las principales limitantes, dado que terminó alimentando una ideología que aduce defenderse en términos religiosos de la tradicional penetración occidental.

Por tal motivo, mientras su ideología siga siendo atractiva para aquellos que se identifican con ella y no se cambien los enfoques tradicionales sobre el accionar actual del terrorismo internacional para combatirlo, el EI seguirá mostrando sus caras por un tiempo más. En tanto la comunidad internacional no se ponga de acuerdo en cómo sobrellevar la situación de Medio Oriente, la dialéctica que pareciera imponerse es el caos o el autoritarismo. Una sombra que se cierne sobre la región y que amenaza al sistema internacional.

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