El encuentro de los saberes en la construcción de la economía solidaria. Las incubadoras tecnológicas de cooperativas populares en Brasil

El encuentro de los saberes en la construcción de la economía solidaria. Las incubadoras tecnológicas de cooperativas populares en Brasil

Por Antônio Cruz

Tras el auge de las políticas neoliberales, algunos investigadores cuestionaron el sentido de la ciencia que producían y empezaron a pensar en otra tecnología, que pudiera ofrecer soluciones económicas, sociales y técnicas para reducir el desempleo, dando a los trabajadores la oportunidad de ser dueños de su propio trabajo. Un intercambio de experiencias, de vivencias, de conocimientos en la cual todos enseñan y todos aprenden.
 
Doctor en economía aplicada de la Universidad de Campinas y profesor de la Universidad Federal de Pelotas (Brasil). Ex Coordinador Nacional de la Red Universitaria de Incubadoras Tecnológicas de Cooperativas Populares (Red de ITCP) de Brasil.


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El contexto de su surgimiento

Cuando surgió la primera Incubadora Tecnológica de Cooperativas Populares (ITCP) en Brasil, en 1995/96, se vivían otros tiempos en el mundo y América latina, diferentes a los de hoy en día.

Durante la década de 1980, la crisis de la deuda externa había interrumpido un ciclo específico de desarrollo económico que había durado casi 30 años, a pesar de los muchos percances políticos que tuvieron lugar a lo largo de ese período (golpes militares, guerrillas, intensas movilizaciones sociales). Así y todo, en la mayoría de los países más densamente poblados del continente, en mayor o menor medida, se había dado un proceso de industrialización y concentración urbana. Los campesinos ya no eran la mayor parte de la fuerza laboral y, con la crisis de los ’80, las tasas de crecimiento económico fueron casi nulas, al punto de que se hablaba de la “década perdida” para la economía del continente. Además, la crisis económica ayudó a derrumbar a los regímenes militares en el Cono Sur de América.

Con la democracia, la movilización social se intensificó: los trabajadores de las ciudades estaban organizados en sindicatos; los campesinos luchaban por la tierra; los estudiantes salieron en defensa de las universidades comprometidas con los sectores populares; las comunidades reivindicaban el acceso a los servicios públicos: salud, educación, saneamiento, transporte público. Y la respuesta de las elites latinoamericanas a esta situación estuvo orientada por las recomendaciones de las organizaciones económicas multilaterales y los gobiernos de los países desarrollados: la liberalización de la economía. En Brasil, esto se inició en 1990, durante el gobierno del entonces presidente Collor de Mello, y se profundizó en los gobiernos posteriores.

Los resultados de la política neoliberal son por todos conocidos: empresas estatales privatizadas, reducción del papel del Estado en la esfera de la protección social (menos presupuesto para educación, salud y asistencia social), reducción de las protecciones legales contra la explotación del trabajo, liberalización e incentivo a los flujos de dinero y mercaderías extranjeras (especialmente los provenientes de los países centrales), precarización de las condiciones de trabajo y finalmente concentración de la riqueza y altas tasas de desempleo.

Fue en esta época, en el año 1996, cuando surgió la primera ITCP en Brasil, gestada en uno de los principales centros de investigación tecnológica del país, la Coordinación de Programas de Posgrado en Ingeniería (COPPE) de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), un centro de investigaciones de tecnologías especialmente dedicadas a “ahorrar trabajo” (y aumentar la acumulación de capital de las empresas). Algunos investigadores cuestionaron el sentido de la ciencia que producían y entonces se pusieron a pensar en otra “tecnología”, destinada a ofrecer soluciones económicas, sociales y técnicas, cuyo objetivo debería ser reducir el desempleo, dando a los trabajadores la oportunidad de ser dueños de su propio trabajo.

El mismo nombre del proyecto, incubadora tecnológica de cooperativas populares, fue una construcción política. El adjetivo “populares” intentaba diferenciar los emprendimientos a los que se pretendía atender de las cooperativas tradicionales, de tipo empresarial, así como de las “falsas cooperativas”, arreglos para la superexplotación de la fuerza de trabajo, ambas muy comunes en Brasil (en ese entonces, los términos “economía solidaria” y “emprendimientos económicos solidarios” no eran normalmente utilizados).

“Incubadoras tecnológicas”, por otro lado, era una expresión que no traducía exactamente el tipo de acción que se quería construir, ya que remitía a un modelo tecnicista volcado a las “innovaciones tecnológicas emprendedoras” de tipo capitalista. Mientras que representaba una posibilidad mucho mayor de obtener apoyo de las entidades de financiación de proyectos de interacción entre “universidad y empresas”. La elección fue exitosa como estrategia y luego se convirtió en una “marca registrada” de los programas que se afiliaron a aquel modelo y constituyeron una identidad muy fuerte para los que participaron en las ITCP.

Muchas nuevas incubadoras

Tomando el modelo de la ITCP/UFRJ, se organizaron diversos grupos en diferentes universidades en los dos años posteriores. En 1998, por ejemplo, fue posible crear la Red Universitaria de Incubadoras Tecnológicas de Cooperativas Populares, que en ese momento tenía sólo ocho programas en funcionamiento. En 1999, el gobierno del entonces presidente Fernando Henrique Cardoso financió un primer Programa Nacional de Incubadoras Tecnológicas de Cooperativas Populares (PRONINC) como una experiencia piloto con seis universidades que se extendió hasta el año 2001.

Al pasar a formar parte de la Red Unitrabajo [Rede Unitrabalho], que reunía otros grupos de investigación en otras áreas (desempleo, calificación profesional, restructuración productiva, etc.), la Red de ITCP les dio visibilidad a sus “tecnologías de incubación” y en 2001, cuando una financiación de la Organización Intereclesiástica de Cooperación Internacional (ICCO) de Holanda permitió realizar una primera investigación sobre las ITCP brasileñas, estas ya ascendían a veintidós.

A partir de 2003, con la llegada del profesor Paul Singer (renombrado economista brasileño y miembro de ITCP de la Universidad de San Pablo −USP−) a la recién creada Secretaria Nacional de Economía Solidaria (SENAES), las incubadoras tuvieron un nuevo impulso. Hubo nuevas ediciones del PRONINC en 2004, 2007, 2010 y 2013. Además, entre 2011 y 2013 se financiaron muchas incubadoras con recursos del Programa Nacional de Extensión Universitaria (PROEXT), también del gobierno federal.

En 2009, el Comité de Gestión del PRONINC (formado por representantes de varios ministerios de gobierno y por las redes de incubadoras, entre otros) encargó una evaluación externa del programa con recursos de la SENAES. Los datos de la encuesta de evaluación, desarrollada por una ONG, el Instituto de Asesoría para el Desarrollo Humano (IADH), evaluaron a las incubadoras que estaban activas y que habían recibido recursos del programa desde 2003. Se visitaron 54 ITCP, de un total de 65 que en ese momento eran financiadas por el PRONINC. Los datos de la encuesta (que vale la pena leer en detalle) indicaban que en ese momento cada incubadora atendía, en promedio, 10 emprendimientos de economía solidaria, que a su vez reunían también un promedio de casi 33 asociados cada uno. Según esos datos, en esas 54 incubadoras encuestadas, en 2010 había 537 emprendimientos bajo asesoramiento, sumando así un total de 18.074 trabajadores y trabajadoras asociados.

En la actualidad, según los datos de la SENAES, el PRONINC y el PROEXT financian 103 programas de incubación de cooperativas en diferentes universidades brasileñas y movilizan aproximadamente 1.600 universitarios, entre docentes, técnicos y estudiantes.

Qué es una ITCP

Una incubadora tecnológica de cooperativas populares es una estructura académica que brinda soporte a un programa de extensión universitaria (que también involucra o puede involucrar enseñanza e investigación) y cuyo objetivo es asistir a grupos de trabajadores y trabajadoras que desean iniciar un emprendimiento económico regido por los principios de la economía solidaria: cooperación, autogestión, solidaridad, sustentabilidad (económica, social y ambiental).

La principal diferencia entre una incubadora y un programa o proyecto de extensión reside en su condición estructural orgánica: una ITCP es una unidad de investigación y extensión (en algunos casos puede incluir actividades de enseñanza), que desarrolla simultáneamente proyectos destinados a diferentes grupos, pero bajo una misma propuesta teórica y metodológica de intervención en la realidad.

La estructura de una incubadora es relativamente simple, pero requiere recursos: mesas y sillas para reuniones, computadoras para trabajar, salas en las que se puedan reunir grupos pequeños y grandes, medios de locomoción (bicicletas, automóviles, dinero para transporte colectivo, etc.), recursos para participar en congresos y seminarios. También debe tener un cuerpo profesional permanente formado por docentes y/o técnicos y un cuerpo técnico temporario, formado por estudiantes de carreras de grado, posgrado (que normalmente reciben subsidios, aunque el trabajo voluntario también es bastante común) y, en unos pocos casos, por trabajadores de emprendimientos.

El proceso de incubación en sí es un proceso pedagógico, de carácter necesariamente interdisciplinario, participativo y flexible en términos de tiempo de duración, en el cual interactúa un grupo de trabajadores y un equipo de incubación (normalmente formado por docentes, técnicos y estudiantes), con personas de diferentes áreas del conocimiento: economía/administración; psicología/servicio social; tecnologías/ingenierías; derecho/contabilidad, diseño, publicidad, etcétera.

En la gran mayoría de los casos, las incubadoras cuentan con diversos equipos de incubación, que pueden ser igualmente flexibles en su composición, en términos de cantidad de personas, áreas involucradas y categorías incluidas (docentes, técnicos, estudiantes). Las actividades se realizan normalmente en el lugar donde funcionan los emprendimientos, aunque también es común la realización de actividades (cursos, seminarios, conferencias, etc.) en el ambiente de las universidades (ídem).

La incubación se desarrolla a partir de un pacto construido entre la incubadora y el grupo/emprendimiento, en torno a un conjunto planeado (pero también flexible) de actividades de consultoría y de formación sistemática en las diferentes áreas que componen la consolidación de un emprendimiento económico colaborativo (económica, jurídica, relacional, tecnológica, mercadológica).

Generalmente, hay un primer período de aproximación (preincubación) que dura algunos meses entre la incubadora y el grupo, lo que garantiza el mutuo reconocimiento y la elaboración de un diagnóstico participativo que debe llevar a un planeamiento de corto plazo. El período siguiente (incubación) lleva normalmente dos años o más. Este tiene lugar bajo una evaluación y reprogramación sistemáticas, ya que cada paso del proceso produce efectos diferenciados para cada caso. Se trata de un proceso muy dinámico, en el cual la evaluación y la acción se ven permanentemente repensados. La desincubación tiene lugar cuando la relación entre incubadora y emprendimiento perdió el sentido original: o el emprendimiento ya no necesita el trabajo cotidiano de la incubadora, o las divergencias en términos de principios de funcionamiento (relacionados con los fundamentos de la economía solidaria) no permiten que la incubadora continúe asesorando al emprendimiento.

Algunas incubadoras desarrollaron también acciones de “posincubación”, es decir, acciones y proyecto de carácter focal, que apuntan a asesorar a los emprendimientos en cuestiones muy específicas: un curso de formación, el desarrollo de un producto o proceso productivo, o un proyecto puntual de planeamiento económico participativo son ejemplos esta modalidad de acción.

La tarea cotidiana de los equipos de incubación se divide en reuniones de evaluación y planeamiento, visitas a los emprendimientos y reuniones con sus colectivos, actividades de formación dirigidas a los grupos atendidos (seminarios, cursos, visitas guiadas, intercambios, etc.), tareas de asesoramiento y también investigaciones que apuntan a brindar soporte calificado a todas las demás acciones. Además de esto, la mayor parte del tiempo se invierte en autogestión de las mismas incubadoras, es decir, en la toma colectiva de decisiones relativas al funcionamiento interno de los programas: selección y formación de beneficiarios de subsidios, tareas de representación académica, elaboración de proyectos e informes, trámites burocráticos, decisiones sobre gastos relativos a los recursos disponibles, etcétera (ídem).

Un elemento importante de la metodología es que las acciones deben tener siempre en cuenta su carácter pedagógico, tratando de involucrar la totalidad del emprendimiento al que se brinda asistencia. Las actividades de formación en especial deben ser compartidas por todos/todas o, por lo menos, por la mayor cantidad posible de trabajadores. En algunos casos, alguna actividad es específica, como por ejemplo el diseño de una plantilla de control de gastos para el encargado de la contabilidad, o un curso de alfabetización para una parte del grupo de trabajadores. De cualquier forma, la regla es el desarrollo de actividades en conjunto, bajo el principio de la pedagogía del trabajo colaborativo.

En el proceso de enseñanza-aprendizaje típico de las incubadoras, se prueban y utilizan diferentes metodologías: la educación popular de jóvenes y adultos; la investigación-acción; el desarrollo de tecnologías sociales específicas para cada emprendimiento: técnicas de agroecología, de producción de artesanías, de reciclado de residuos, de organización comunitaria, de monedas sociales, etcétera.

Evidentemente, todo esto involucra compromisos y dedicación y, por supuesto, conflictos. Hay conflictos en el interior de los grupos y de las incubadoras. Hay desavenencias personales; existe una dificultad de diálogo entre personas de diferentes campos del conocimiento que deben trabajar juntos (es difícil que se entiendan entre ingenieros y psicólogos o que administradores de empresas y asistentes sociales construyan acuerdos sobre la forma de actuar); hay dificultades de interacción entre el “mundo de los trabajadores” (con sus vivencias y experiencias específicas) y el “mundo de la universidad” (con sus teorías y resultados de investigaciones); hay diferencias de perspectiva teórica y ética, etc. Y si bien todo esto torna muy complejo y desafiante al proceso de incubación, igualmente se trata de un espacio riquísimo en términos de aprendizaje y construcción social.

Para los estudiantes universitarios, se trata de una oportunidad sin parangón de evaluar y transformar los contenidos del aula, a la luz del conocimiento y las experiencias de los trabajadores, y por otro lado, es una posibilidad de colocarse al servicio de las demandas y necesidades de las personas que, al estar organizadas, experimentan una nueva vivencia de las relaciones económicas. Para los trabajadores, se trata de la posibilidad de tener acceso a conocimientos reservados a aquellos que consiguen tener acceso a cursos universitarios y que comúnmente no están a su alcance. Es un intercambio de experiencias, de vivencias, de conocimientos en la cual todos enseñan y todos aprenden.

Las ITCP brasileñas de hoy

En 2002, la Red de ITCP se separó de la Red Unitrabajo, como resultado de un acuerdo entre las coordinaciones de ambas. Entre ellas había diferencias organizativas y políticas. De la separación nacieron dos redes de incubadoras: la Red de ITCP y la Red de Incubadoras de Unitrabajo. Y ahora uno de los desafíos es construir puentes de diálogo y cooperación entre ellas.

Por otro lado, después de tanto tiempo y de mucha lucha, las incubadoras ya lograron el reconocimiento académico necesario para sus supervivencias institucionales. En algunas universidades el apoyo institucional llega a ser mayor que el reconocimiento académico, al punto de que algunas incubadoras están directamente vinculadas a los gabinetes de los rectores. No obstante, en la mayor parte de las universidades continúan ocupando un espacio marginal (o nulo) en la distribución de recursos presupuestarios y en la valoración de los currículos académicos. Sin embargo, en casi todas ellas hay programas externos a las instituciones que garantizan su financiamiento a través de programas del gobierno federal y, en algunos pocos casos, de gobiernos estaduales. La reivindicación de un flujo continuo de recursos que garantice el funcionamiento permanente de las incubadoras continúa siendo una reivindicación, aunque la última edición del PRONINC de 2013 haya dado pasos importantes en esa dirección.

Hay diferencias metodológicas entre las incubadoras (inclusive entre las que participan en una misma red), lo cual parece normal: son personas diferentes, con perspectivas teóricas diferentes, en instituciones diferentes, con diferentes realidades regionales. No obstante, los objetivos y la perspectiva metodológica general son compartidos por la mayoría, independientemente de la red a la que pertenezcan.

En los últimos años, el desarrollo de la economía solidaria en Brasil ha presentado a las incubadoras el desafío de enfrentar realidades innovadoras. Como meros ejemplos: la incubación de redes de emprendimientos, de colectivos de consumo responsable y de bancos comunitarios de desarrollo. Y todo eso demandó nuevas reflexiones teórico-metodológicas. Además de eso, hay una mayor aproximación a las áreas de las llamadas “tecnologías duras” para el desarrollo de tecnologías sociales.

Otro desafío que continúa en vigencia desde siempre: dar visibilidad y consistencia académica a las incubadoras. La carga cotidiana de trabajo relacionado con las actividades de incubación impide que haya una dedicación más sistemática de aquellos involucrados en los procesos de investigación, análisis y reflexión de las prácticas desarrolladas. El volumen de las acciones es claramente desproporcionado en relación con la insuficiente producción científica que, aunque exista, no traduce la riqueza de las experiencias desarrolladas.

Finalmente, el mismo cúmulo de tareas impide muchas veces hacer un análisis con una mejor construcción colectiva de los cambios coyunturales y la necesidad de las incubadoras de reflejar y actualizar sus prácticas en función de esos cambios.

Por nuestra parte, después de 15 años de trabajar en as incubadoras de tres diferentes universidades (UCPEL, UNICAMP, UFPEL), la pasión continúa. Tal vez más fuerte que nunca. Porque este encuentro de dos saberes, del “mundo” de la universidad y del “mundo” del trabajo, que lucha por derrumbar las fronteras que hay entre ellos, hace que las incubadoras sean un espacio de acción raro y privilegiado para la transformación social.

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Economìa Social y Solidaria

Artículos de este número

Jeannette Sánchez
Políticas públicas para la economía social y solidaria en un contexto de transformación productiva: el caso ecuatoriano
Paul Singer
La construcción de la economía solidaria como alternativa al capitalismo en Brasil
Alberto Gandulfo
Finanzas solidarias en la profundización del proyecto nacional y popular
Andrés Ruggeri
Una aproximación a las empresas recuperadas por sus trabajadores
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La economía social y las cooperativas en la Argentina
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Los desafíos de la producción autogestiva en la Argentina
Antônio Cruz
El encuentro de los saberes en la construcción de la economía solidaria. Las incubadoras tecnológicas de cooperativas populares en Brasil
Rodolfo Pastore
Construyendo espacios universitarios de formación de actores de la economía social y solidaria. Reflexiones desde una práctica académica-territorial
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Los bachilleratos populares: educando para otra economía
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Las cooperativas y la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual: no hay otra economía sin otra comunicación
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Economía Social y Comunicación Popular. Aportes desde la experiencia del Movimiento Nacional Campesino Indígena
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Grupo de Teatro Catalinas Sur. Una experiencia de ESS en el Arte.

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