Economía feminista y decolonialidad, aportes para la otra economía

Economía feminista y decolonialidad, aportes para la otra economía

Por Natalia Quiroga Díaz

La mercantilización de la vida lleva a que sin ingresos o rentas una persona no se sienta incluida en la sociedad. Pero además de esto, es fundamental también el cuidado de las tareas de reproducción cotidianas. Este es un rol centralmente ocupado por mujeres y que debe ser cambiado para poder construir e institucionalizar una economía que nos cuide.
 
Coordinadora Académica de la Maestría de Economía Social del Instituto del Conurbano-Universidad Nacional de General Sarmiento, Argentina. Economista de la Universidad Nacional de Colombia. Especialista en Desarrollo Regional de la Universidad de los Andes. Magister en Economía Social de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Doctoranda en Antropología Social Universidad Nacional de San Martín


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Este artículo está basado en “La economía no es sólo mercado. El aporte de la economía feminista decolonial para el fortalecimiento de las economías populares”. Publicado por la Alcaldía de Bogotá en Economía popular, ¿qué es y para dónde va en Bogotá? (2013)

¿Por qué es necesario hablar de una economía feminista y decolonial?

Una economía no androcentrada

La economía feminista, al contrario de lo que sugeriría el sentido común, no es el estudio de la economía y la mujer: es el estudio sobre la manera en que la economía, en su desarrollo teórico y en su práctica, está imbricada por las relaciones de género al punto de que una de sus principales instituciones, el mercado laboral, está organizado por la división sexual del trabajo. Esta corriente se pregunta por la forma en la que hombres y mujeres participan de forma diferencial en la institucionalización de la economía.

Considerar la economía feminista como una reflexión de las mujeres y para las mujeres ha sido un mecanismo eficaz para ignorar las críticas que este campo hace al núcleo teórico de la economía hegemónica y así invisibilizar la pertinencia de sus aportes en la construcción de otra economía para el desarrollo de otra sociedad.

Este campo ha surgido como una respuesta a las limitaciones conceptuales de una disciplina que asume los supuestos de universalidad y neutralidad propios del paradigma científico.

La teoría económica se ha presentado neutral al género aunque su agente prototípico, el homo economicus, ha sido dotado con valores asociados a lo masculino: autosuficiente, competitivo, egoísta, calculador, sus acciones se desarrollan en la esfera pública del mercado, mientras que en el ámbito no económico de las familias se ha supuesto la generosidad, la solidaridad, la igualdad.

Esta visión dicotómica en la teoría neoclásica es radicalizada en la perspectiva de Becker, quien explica la situación de la mujer frente a las tareas reproductivas como un problema de eficiencia y maximización de recursos. Esta perspectiva ha sido ampliamente discutida por la economía feminista evidenciando su sesgo androcéntrico y heterosexual.

El supuesto del hombre económico racional es uno de los pilares de la teoría económica neoclásica, que lo plantea como norma para el comportamiento humano y como mecanismo para asegurar el buen funcionamiento del mercado competitivo. La adopción de esta racionalidad como ideal, no reconoce los comportamientos basados en otras relaciones como las de reciprocidad, solidaridad, altruismo, amor y cuidado, entre muchos otros, los cuales, además, la cultura patriarcal en el capitalismo asocia al universo de lo femenino. Por esta vía se instaura en la teoría una separación ficcional entre las lógicas que gobiernan el comportamiento en el mercado, considerado como una esfera pública, y el hogar, relegado al ámbito de lo privado.

Esta pretensión de universalidad asignada al homo economicus y su racionalidad instrumental, como supuesto del ser humano en su relación con la economía, es otro de los aspectos discutidos, porque niega la presencia de otro tipo de comportamientos que hacen parte del mercado, tales como la solidaridad, la reciprocidad y la preocupación por los demás. Dichas conductas están presentes en muchas de las economías populares ya mencionadas. La economía feminista, al mostrar el ámbito reproductivo como inherente al proceso, ha profundizado en el análisis de las consecuencias de limitar lo económico al ámbito del mercado.

El desarrollo conceptual asociado al homo economicus y su racionalidad instrumental es una expresión acabada de la manera como la teoría económica ha interiorizado los valores del patriarcado, para considerar extraeconómica la dependencia que tienen los seres humanos del cuidado y de la protección para hacer parte de sus instituciones.

En este texto se intenta mostrar cómo la hegemonía del capitalismo en la organización de la producción, la distribución, la circulación y la reproducción, dentro y fuera de la familia, está estrechamente vinculada con la asignación de los géneros. El patriarcado ha producido una jerarquización del valor social de lo femenino y masculino. De ahí que el acceso a los recursos para la producción y reproducción esté enmarcado por el lugar que a unos y otras se les asigna dentro de la cultura patriarcal. Una expresión de ello son las diferentes actividades y remuneraciones a las que pueden acceder en el mercado de trabajo.

No se trata, por supuesto, de considerar que la desigualdad entre hombres y mujeres se encuentra reducida al determinismo económico, sino que las tendencias del mercado son procesadas socialmente, empeorando o mejorando la situación en respuesta a otras relaciones no estructuralmente económicas.

En consecuencia, uno de los aportes centrales de la economía feminista es la redefinición del concepto de trabajo, dado que la visión de “lo reproductivo” y “del cuidado”, en sus diferentes dimensiones, permite incluir dentro de “lo económico” aquellas actividades que no están dirigidas al mercado, sin las cuales la vida humana sería imposible. Por ello, un objetivo de esta corriente es visibilizar el valor que producen las actividades del cuidado por medio de la cuantificación en la generación de la riqueza. La Comisión Económica para América Latina (CEPAL) ha venido mostrando en sus informes que sin el trabajo de cuidado realizado por las mujeres, la pobreza en la región se incrementaría en aproximadamente 10 puntos, y ha estimado que el trabajo doméstico no remunerado equivaldría al 25% del PIB de la región; no obstante las mujeres enfrentan una situación de menores ingresos y acceso a la propiedad:

“El 31,6% de las mujeres en América latina no tiene ingresos propios. Solo el 10,4% de los hombres se encuentra en esa situación. O sea, casi un tercio de las mujeres de América latina no recibe remuneración por su trabajo, es decir, no participa del mercado laboral, ni de forma dependiente ni independiente, formal o informal, no cuenta con protección social (asociada al empleo formal), no recibe transferencias ni del Estado, ni de familiares, no recibe pensión alimenticia ni de ningún tipo, tampoco jubilación (ni tendrá derecho a ella), no tiene propiedades ni activos a su nombre. Casi un tercio de las mujeres de América latina son dependientes de otros, es decir, no cuentan con autonomía económica, por lo tanto, no cuentan con autonomía en general y se encuentran en posición de franca desigualdad con sus pares hombres. Esto las hace especialmente vulnerables a la pobreza. En México, el valor económico del trabajo no remunerado equivale al 21,6% del Producto Interno Bruto. De este, el 78,3% es contribución de las mujeres”.

En esta perspectiva se profundiza en el análisis de las contradictorias y complejas relaciones existentes entre el capitalismo y el trabajo reproductivo. Se pone de manifiesto que las mujeres se encargan del cuidado de la vida humana, garantizando que la producción de mercancías sea posible. Este trabajo, realizado sin remuneración, favorece que el salario que pagan los capitalistas y el gasto público del Estado evadan los costos de la reproducción de las personas y, por lo tanto, una parte de la actividad realizada en el hogar no sería el momento final del disfrute del consumo, sino el momento de producción de la fuerza de trabajo que el sistema económico requiere.

La mirada decolonial

La economía feminista en la perspectiva decolonial hace explícita la necesidad de indagar en los procesos políticos y económicos que en la región han encarado los grupos en condiciones de subalternidad, en particular releva las experiencias económicas de las mujeres indígenas, afrodescendientes, campesinas y de sectores populares para pensar desde sus economías enraizadas en saberes construidos por las situaciones de clase, etnia, raza y de origen territorial.

En estas economías la participación de hombres y mujeres es también diferencial. La teoría hegemónica ha naturalizado el lugar masculino, blanco y europeo o norteamericano desde el que se ha venido pensando, por lo que esta diversidad ha sido abordada desde las categorías de atraso, informalidad, empujando un ideal de modernización que ha subalternizado activamente estas experiencias. Así, por esta vía, ha negado su importancia y relevancia teórica en la economía.

El feminismo decolonial reconoce la subordinación de las mujeres como parte de un proceso histórico que las sitúa en una posición de desventaja en relación a los hombres, en distintas esferas e instituciones de la vida en sociedad, la teoría feminista aportó el concepto de patriarcado: una estructura de dominación que contiene relaciones de poder concretas, por lo tanto no es una formación transhistórica, transcultural o estática. Es además dinámica en el sentido en que se transforma y modifica con el paso del tiempo y con el relacionamiento con otras estructuras de dominación como el capitalismo, el colonialismo y el imperialismo.

La perspectiva decolonial en su relación con la economía es fundamental porque permite entender la manera en que los distintos grupos sociales tienen posibilidades diferenciales para solventar sus necesidades materiales y simbólicas. Un ejemplo de ello es el mercado de trabajo en el que se produce una jerarquización entre los géneros, las etnias, las razas, las clases y la edad. Esta segmentación ha sido cuantificada mostrando el impacto de las brechas salariales por género y por etnia como una de las razones que explican que América latina sea la región más desigual del planeta.

La existencia de otro tipo de economías y de lógicas de organización social por parte de grupos subalternizados nos lleva al debate sobre la idea de desarrollo y de modernidad que propone la superación de las economías comunitarias vistas en esta perspectiva desde una lógica de atraso. Más que una modernidad incompleta o mal llevada a cabo, de lo que se trata es de reconocer que existen opciones económicas distintas ya presentes y actuantes en la región, muchas de las cuales son alimentadas por las ontologías indígenas y afrodescendientes, por las prácticas de la economía social y solidaria.

En ese sentido, es con sus pueblos, sus culturas y sus nichos sociales, con quienes una economía feminista decolonial puede contribuir a pensar opciones de economías otras.

En este sentido, el reconocimiento al trabajo de cuidado es un aspecto nodal para resolver la separación artificial reforzada por el capitalismo entre producción y reproducción. El giro decolonial contribuye a preguntarse qué significa el cuidado en cada contexto y la forma en que puede garantizarse sin limitar las alternativas a las formas de institucionalización estatal ya conocidas y tampoco a las propuestas de autoorganización de los pobres vaciadas de política que fomenta el neoliberalismo.

En la economía social la interacción entre el trabajo familiar y las relaciones comunitarias apoya muchas de las actividades que se desarrollan en el mercado. Los valores de cambio producidos están orientados por una racionalidad que procura sostener los vínculos y las necesidades de grupos sociales que pugnan también por su reproducción simbólica.

La relación entre economía social y feminismo muestra que la naturalización de lo reproductivo como algo extramercado y como una responsabilidad femenina, y la separación entre producción y reproducción, generan condiciones de vulnerabilidad estructural para estas iniciativas. El reconocimiento y fortalecimiento de las condiciones para el cuidado son entonces un factor central para su sostenibilidad.

Cuando la economía se observa desde la perspectiva del cuidado y de la reproducción, se rompe con el encarcelamiento de la economía en el mercado tan propio de la teoría neoclásica y se expanden las posibilidades de acción para los actores organizados y para quienes construyen alternativas comprometidas con la vida y no con el capital.

La interacción entre la economía feminista decolonial y la economía social releva la importancia de los escenarios no mercantiles, así como la comprensión de los diferentes aportes y necesidades de las mujeres y los hombres en contextos producidos histórica, política y culturalmente. Muestra la existencia de una multiplicidad de prácticas económicas enraizadas contribuyendo a ampliar los escenarios y alternativas para el fortalecimiento de una economía que cuide la vida humana y no humana.

Fortalecimiento de los escenarios no mercantiles

La imaginación sobre el ¿qué hacer? en el campo económico ha sido capturada por la relación con el mercado. La mayor parte de las políticas desarrolladas en apoyo a la economía popular están centradas en facilitar el proceso de inserción al mercado, sin considerar la intervención sobre las condiciones de una competencia que es más aguda para quienes no tienen una posición dominante en el sistema de privilegios que produce el capital, mientras que los actores con mayor nivel de acumulación fijan las condiciones de intercambio de sus productos.

En palabras de Hinkelammert y Mora:

“El análisis del valor de uso mira el proceso económico bajo el ángulo de las condiciones de posibilidad de la vida. Formula, por tanto, la pregunta de cómo tiene que ser producido, distribuido y consumido el producto para que el ser humano pueda vivir, esto es, cómo se puede realizar el proceso de reproducción en términos de un proceso de reproducción de la vida humana. Esto no implica una reducción del ser humano al producto (“eres lo que comes”), pero sí significa que ningún valor humano puede ser realizado si no entra en esta simbiosis con los valores de uso”.

Recuperar la producción de valores de uso cuyo consumo no esté mediado por el mercado como un objetivo para el fortalecimiento de las unidades domésticas, así como del conjunto de la economía popular y de la economía social, contribuye a reconocer que en la sociedad existen capacidades de trabajo que en la actualidad no están siendo valoradas en términos monetarios, lo que implica que amplios sectores de la sociedad no pueden contribuir con su trabajo, ni cuentan con ingresos para atender sus necesidades y sin embargo pueden activarse para resolver necesidades. Una vivienda protege aunque no sea producida como mercancía, la ropa abriga aunque no sea comercializada. Los bienes pueden ser impulsados por la función social que suplen y no por la ganancia.

La mercantilización de la vida lleva a que sin ingresos o rentas no se puedan alcanzar las condiciones de vida para participar en condiciones de inclusión en la sociedad. Y el desarrollo actual del capitalismo considera excedente y no útil para el capital buena parte de las capacidades de trabajo. Por lo tanto, el bienestar no puede ser un resultado del devenir económico del mercado liberado por el neoliberalismo, sobre todo cuando de manera creciente la acumulación de ganancias es fruto de la actividad especulativa.

Por lo tanto, la producción de valores de uso para el propio consumo puede fortalecer la autonomía de los sectores considerados no blancos y en particular de las mujeres negras, indígenas, campesinas y de sectores populares sobrerrepresentadas en la población sin ingresos. En especial, porque muchas de sus economías vinculadas con circuitos territoriales en lo urbano y lo rural sufren la constante presión de las políticas de modernización capitalista asociadas a la gentrificación, especulación inmobiliaria, etc., y la violencia propia de la acumulación originaria y/o extractivista que ensancha las tasas de ganancia del capital y despoja a grupos enteros de las condiciones necesarias para su reproducción material y simbólica.

Una economía que cuida

La prevalencia de los valores del mercado sobre la vida humana y planetaria ha llevado a que el cuidado de las personas sea ubicado en la política al campo de “lo social”, considerado residual compensatorio de los efectos excluyentes y discriminadores del mercado y crecientemente focalizado en los más desfavorecidos, individualizando las intervenciones. Así, las familias y en particular las mujeres con sus recursos disponibles terminan asumiendo los problemas de reproducción como si fuesen problemas del orden privado y como gestoras de los programas de asistencia.

La tensión entre la lógica del lucro respecto del bienestar social se ha explicitado con los programas de ajuste estructural, en los que puede verse cómo la reducción de gastos estatales (en programas que no atiendan la emergencia social) ha estado correspondida con el traslado de costes a los hogares que son afrontados con el incremento del trabajo gratuito en su mayoría femenino. Esto ha llegado a sus límites, siendo evidente la insuficiencia de las acciones atomizadas para reproducir la población y cohesionar la sociedad.

Por lo tanto, la socialización de las necesidades de reproducción conlleva a que el Estado y el sector capitalista también asuman las responsabilidades que implican ciudadanos incluidos y trabajadores calificados. Se trata entonces de incorporar teórica y prácticamente una racionalidad reproductiva que integra la producción y la reproducción viendo como un todo el proceso económico. Esta racionalidad reproductiva sustituye la lógica utilitarista del homo economicus y se relaciona con las propuestas que se vienen formulando como alternativas al desarrollo vinculadas con el Buen Vivir.

La perspectiva de la Buena Vida y su racionalidad reproductiva permite formular políticas de cuidado no antropocéntricas, dado que la tierra es considerada como sujeto de reciprocidad (si la protegemos, ella nos cuida). A la vez que abre una dimensión comunitaria, de autonomía, autoorganización colectiva que amplíe las alternativas para pensar las políticas de cuidado.

En la dirección de fortalecimiento práctico de la economía popular y de la economía social, se trataría de promover espacios para la autogestión creciente de la reproducción pero con recursos sustantivos y con capacidad de decisión. Advirtiendo que en el neoliberalismo se ha llevado las responsabilidades de cuidado y de empleo a las familias y a la autoorganización de los más pobres (asociaciones de trabajadores que por esta vía son tercerizados, promoción de los circuitos de filantropía para el mejoramiento de vivienda para los pobres meritorios). Se trata de no replicar la lógica de la contraprestación o coparticipación que extrae de los procesos organizativos y en particular de las mujeres su capacidad asociativa y el poder transformador de sus iniciativas, despolitizando así la reproducción para inscribirla en la racionalidad de los proyectos que extienden la acción del mercado en detrimento de la vida.

Se trata entonces de promover una economía que reconoce la opción por la vida del otro como constitutiva de la opción por la vida propia, no solamente como un mandato de cuidado para las mujeres, sino como una alternativa para institucionalizar una economía que nos cuide. Y esto supone significativas redistribuciones de recursos y capacidades productivas, pero también potenciar los espacios de constitución de actores colectivos y con otro proyecto de economía.

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