Diversidad religiosa en el Sudeste Asiático: alcance de sus desafíos sociopolíticos

Diversidad religiosa en el Sudeste Asiático: alcance de sus desafíos sociopolíticos

Por *Maya Alvisa Barroso y **Ezequiel Ramoneda

Dentro de la gama de diversidades que caracterizan al Sudeste Asiático, una de las más particulares es la cuestión religiosa. Las distintas oleadas de influencia india, china, árabe y occidental fueron moldeando el mosaico de religiones existentes hoy en día. Si bien el escenario actual en la región es muy complejo, con una muy alta densidad de población, es destacable la convivencia armónica lograda dentro de dicha diversidad.
 
*Licenciada en Estudios Orientales y Doctoranda en Historia (Universidad del Salvador). Docente e investigadora. Miembro del Grupo de Trabajo sobre India y Asia del Sur, del Comité de Asuntos Asiáticos, del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) **Licenciado en Estudios Orientales y Maestreando en Relaciones Internacionales (IRI-UNLP). Docente y Coordinador del Centro de Estudios del Sudeste Asiático del Departamento de Asia y el Pacífico del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata


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La región del Sudeste Asiático se caracteriza por la diversidad, que se refleja en las particularidades geográficas de los países que la conforman (algunos continentales, como Tailandia y Vietnam, y otros isleños, como Indonesia o Filipinas), en sus particularidades políticas (algunos poseen regímenes monárquicos parlamentarios, como Malasia o Camboya y otros republicanos, como Vietnam o Filipinas), entre otras.

La cuestión religiosa no escapa a tal diversidad, se encuentra arraigada tanto dentro de cada país como entre ellos, siendo un dato de la realidad que los gobernantes deben considerar, ya que afecta la misma existencia del Estado, en tanto han existido, y todavía existen, movimientos secesionistas que afectan la integridad territorial, la autoridad del poder central y la coexistencia entre los Estados en pos de los proyectos de integración regional (el Ejército de Independencia Kachin en Myanmar, el Frente de Liberación Nacional Moro en Filipinas, el Frente de Liberación Nacional de Aceh en Indonesia, o la Organización para la Liberación de un Pattani Unido en Tailandia, para mencionar solo algunos).

Para entender la diversidad religiosa y los desafíos que esta representa, hay que tener presente el propio desarrollo histórico de los pueblos de la región, especialmente los procesos de influencia de grandes civilizaciones mundiales. Los pueblos del Sudeste Asiático estuvieron conectados al mundo por las rutas comerciales, especialmente las marítimas, que los vinculaban con los reinos/imperios chinos e indios, y más allá con el Medio Oriente y el Mediterráneo europeo, y a su vez lo suficientemente aislados por las barreras geográficas, especialmente montañosas, que les concedieron cierto grado de protección e independencia.

Entre los rasgos primigenios de los pueblos del Sudeste, anteriores al contacto con otras civilizaciones, podemos destacar el chamanismo, la magia, la creencia en los espíritus, el culto a la fertilidad y a los antepasados, y la importancia de la montaña como lugar sagrado, entre otros. Elementos que pervivieron al arribo de nuevas ideas y creencias provenientes de grandes civilizaciones y que de hecho se fueron adaptando a las mismas llegando hasta nuestros días.

Posteriormente, sobre el sustrato religioso de los pueblos autóctonos, empezaron a incorporarse ideas y creencias foráneas a partir del arribo de comerciantes provenientes de los grandes reinos de la India y China. Esos comerciantes se dedicaban a comerciar bienes suntuosos y exóticos, entraban en negociaciones con los líderes locales compartiendo entre otros elementos sus creencias, aunque de una manera no dogmática al no ser eruditos versados en sus sistemas de creencias y rituales. No es posible precisar una fecha cierta del inicio del sincretismo y la asimilación, no obstante entrado el siglo I de nuestra era (DNE), el mismo ya era manifiesto, como permite asegurar la evidencia artística y arquitectónica, producto de la conversión de jefaturas locales devenidas en reinos.

Así se debe destacar la influencia india, conocida como el proceso de indianización de los pueblos del Sudeste Asiático. Las grandes religiones de la India, el hinduismo y el budismo, llegaron, y junto con ellas arribaron nociones religiosa más complejas como el concepto del deva-raja o rey-dios, la importancia del monte Meru como eje del mundo, el ordenamiento mandálico de las relaciones políticas de vasallaje, además de la escritura. Es importante considerar que esa influencia no fue homogénea, ya que entre los siglos II y IV DNE fueron las vertientes Shivaísta del hinduismo y Mahayana del budismo las que primero llegaron a la región, pero luego, a partir de los siglos XI y XII, empezó a consolidarse la versión Theravada del budismo (peyorativamente conocida como Hinayana), que se terminó arraigando (de hecho en la actualidad la mayoría de la población de Myanmar, Tailandia, Laos y Camboya profesa esa versión del budismo). Finalmente, cabe considerar que este proceso de indianización fue pacífico.

Además de la influencia india debe considerarse la influencia china, conocida como el proceso de sinización. China, autorreferenciada como el País del Centro, entendía su civilización como superior a la de los pueblos circundantes, a su vez considerados como bárbaros. El esplendor de la corte china irradiaba sobre los gobernantes de los pueblos de la región, quienes enviaban misiones tributarias a aquella para obtener el reconocimiento y, por lo tanto, la legitimidad política por parte del emperador chino. En ese caso, fue mediante la conquista y el control militar que los pueblos experimentaron la influencia de la civilización china, es decir, el proceso de sinización fue violento. De esa manera los procedimientos burocráticos-administrativos, la vertiente Mahayana del budismo con impronta china, además del idioma, se transfirieron a aquellos pueblos incorporados dentro de la esfera de influencia del Imperio Chino, particularmente en el Sudeste Asiático continental, destacándose muy particularmente la población de Vietnam.

Entrado el siglo XI llegaría una nueva civilización a la región, la árabe. Nuevamente en el proceso de islamización de los pueblos de la región fue clave la intermediación de los comerciantes provenientes de la Península Arábiga y el Medio Oriente. Lo que superficialmente podría implicar un choque de creencias con la llegada de nociones monoteístas en un contexto ya arraigado de politeísmo, no fue tal. El proceso de islamización fue pacífico, debido en gran parte a la versión de la religión musulmana que llegó a la región, permeada por su paso por Medio Oriente, Persia y la India, con ideas esotéricas que sintonizaron con las concepciones religiosas hindú-budistas locales. Desde entonces, el Islam desplazó a las creencias hindú-budistas como creencias hegemónicas, aunque no eliminándolas, en la península malaya y en el archipiélago indonesio. En la actualidad la mayoría de la población de Malasia, Indonesia y Brunei, además de las del sur de Tailandia y Filipinas, profesan el Islam.

Finalmente, el último proceso a destacar es el de la occidentalización. Fue la llegada de los europeos a principios del siglo XVI (siendo los primeros en llegar los portugueses en 1511 y los españoles en 1521) la que implicaría realmente un quiebre en la mentalidad y en las creencias de los pueblos del Sudeste Asiático. Por un lado, la llegada de los portugueses por el oeste fue dramática al haber entrado en guerra con uno de los principales reinos islámicos de la región en aquel entonces, el Sultanato de Malaca en la península malaya, eclipsándose rápidamente su presencia por la posterior competencia con otras potencias europeas, especialmente con Holanda. Portugal solo logró mantener un bastión en Timor, en el archipiélago indonesio, hasta avanzado el siglo XX. Por otro lado la llegada de los españoles por el este fue exitosa al no tener que enfrentar a ningún gran poder local. El archipiélago filipino fue el menos afectado por los procesos de indianización, sinización e islamización (salvo este último en el sur), por lo que los españoles y junto con ellos el cristianismo pudieron arraigarse rápidamente e incorporaron a Filipinas al imperio español gracias al sistema de rutas comerciales por el océano Pacífico con el conocido Galeón de Manila como parte del Virreinato de Nueva España con centro en México. En la actualidad gran parte de la población de Filipinas profesa el cristianismo, mayoritariamente en su vertiente católica, a diferencia de la parte continental del Sudeste donde es minoría.

Pero más que propiamente el cristianismo, fue la mentalidad europea la que marcó un quiebre en las creencias de los pueblos de la región a partir del fines del siglo XVIII, y muy particularmente en el siglo XIX. Sistemas de gobiernos basados en la concepción del gobernante absoluto divino o con legitimación divina debieron reciclarse e incorporar la noción de la legitimidad popular; un sistema de leyes caracterizado por la división por estatus y personalismo fue reemplazado por uno en el que primaba la igualdad de los individuos y la racionalidad impersonal; un entendimiento de la realidad basado en el monte Meru como eje del mundo se desplomó por el establecimiento de una arquitectura astronómica basada en un sistema heliocéntrico y un mundo dividido en países expresados en mapas. Es decir, se alteraron los fundamentos de los sistemas de creencias de los pueblos de la región, por los cuales se fundamentaba el entendimiento del mundo y en los cuales los gobernantes eran pieza central, siendo corroídos y transformados por las nuevas ideas occidentales. Esto último en un contexto de debilidad de los grandes referentes de civilizaciones de la región, India y China, frente a la superioridad material occidental que para esta época registraba ya la colonización de la primera y los embates fulminantes de las potencias occidentales sobre la segunda.

Así, hacia fines del siglo XIX, las potencias europeas habían colonizado gran parte de la región del Sudeste Asiático. Con excepción de Tailandia que logró mantener su independencia, Inglaterra se hizo de lo que actualmente es Myanmar, Malasia, Singapur y Brunei; Holanda, de Indonesia; Francia, de Laos, Camboya y Vietnam; y Estados Unidos, tras la guerra con España, se hizo de Filipinas. Dominios coloniales que duraron hasta terminada la Segunda Guerra Mundial, habiendo sido desplazadas estas potencias por el imperio japonés en una avanzada relámpago marítimo-aérea a fines del año 1941, aprovechando el descuido de atención de aquellas sobre sus territorios coloniales al estar volcadas en los acontecimientos europeos, y que a la vez fomentó el nacionalismo en los pueblos colonizados de la región.

Fueron los movimientos nacionalistas, conformados bajo el yugo colonial europeo y madurados bajo la experiencia de la opresión japonesa, los encargados de llevar a la independencia a los pueblos de la región, proceso independentista que en algunos casos fue pacífico como en las colonias inglesas o estadounidense, en otros violento como en las colonias francesas y holandesa, pero finalmente indefectibles.

No solo la resistencia nacional de los pueblos del Sudeste Asiático se había consolidado, sino que también las potencias europeas habían perdido su prestigio y la capacidad de imponer su voluntad en un nuevo escenario mundial liderado por las dos superpotencias surgidas al finalizar la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos y la Unión Soviética. Así, los procesos de descolonización se interrelacionaron, en tanto ámbitos calientes, con el contexto de la Guerra Fría. Surgieron de ese modo los nuevos Estados-nación en la región del Sudeste Asiático, que desde los primeros momentos debieron afrontar, entre otras cuestiones, la diversidad religiosa, factor que podría constituir potencial o realmente una amenaza para la integridad territorial, el orden social interno, la centralización del poder y la identidad nacional.

Para la nueva dirigencia era necesario tener un entendimiento de las realidades religiosas como también elaborar estrategias y políticas para contener y administrar esa diversidad dentro del marco del Estado. Atendiendo a ello, se desarrollaron políticas de identificación nacional a partir de eslóganes en los que se menciona la creencia en una única divinidad o la importancia de la religión, pero sin especificar las mismas, destacándose el hecho de que en casos como los de Indonesia, Malasia o Filipinas, al ser Estados isleños, se cuenta con islas o regiones con una marcada preponderancia de una minoría religiosa, en el marco de una mayoría religiosa diferente. La mencionada realidad complejiza el manejo de las políticas en la búsqueda de una identidad nacional pretendiendo no excluir a grupos que son potenciales focos de conflictos separatistas.

El escenario actual en la región es muy complejo e interesante ya que constituye una zona de alta densidad de población en la que existen actualmente once Estados-nación donde tradicionalmente existieron diversos reinos y sultanatos con diferentes fronteras que fueron forzados a transformarse bajo el proceso colonial occidental que definió en gran medida el actual mapa regional. Ante esta situación es paradójico que a la región se la considere como un bloque regional cuando realmente se discute en qué medida puede ser estudiada como una unidad, existiendo la referida diversidad étnica, religiosa, lingüística, geográfica y económica que determina una heterogeneidad esencial.

Sin embargo, y a pesar de lo planteado, es innegable que muchos procesos de su historia antigua y reciente la constituyen en una región de procesos similares y que actualmente, a pesar de los conflictos complejos que enfrenta por tensiones entre etnias que han derivado en conflictos armados de carácter separatista, se viene impulsando, desde mediados del siglo XX, una interesante política de integración regional.

En ese sentido se pueden destacar varias organizaciones surgidas en el siglo XX (algunas con alcances extrarregionales) que impulsaron alianzas regionales. Dentro de esa lógica podemos referirnos a algunas que no se mantuvieron en el tiempo pero que iniciaron ese proceso, siendo importante destacar a la SEATO (Organización del Tratado del Sudeste de Asia), cuyos objetivos fueron fundamentalmente defensivos y que surgió del Tratado de Defensa Colectiva del Asia Sur Oriental, conocido como el Pacto de Manila (8 de septiembre de 1954, constituido por Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Australia, Nueva Zelanda, Filipinas, Tailandia y Pakistán), que desde 1975 experimentó su disolución gradual luego del retiro de los Estados Unidos tras el fin de la guerra de Vietnam. También vale considerar a la COMECOM (Comité de Ayuda Mutua Económica), creada por la Unión Soviética en 1949, en la que participaron Vietnam como miembro pleno y Laos como observador, con el objeto de contribuir al desarrollo de la economía y la industria, y promover el bienestar de los pueblos entre los países socialistas, y que dejó de funcionar en 1991 tras la caída del bloque socialista.

Posteriormente se crearon otras que no solo existen hoy sino que se fortalecieron en el tiempo y se ampliaron a todos los países de la región, destacándose el Movimiento de Países no Alineados (MPNA) cuyo antecedente más directo fue la Conferencia de Bandung, en Indonesia en abril de 1955, y su primera reunión en la Conferencia de Belgrado, en Yugoslavia en septiembre de 1961. El MPNA tenía la finalidad principal de conservar la posición neutral de sus miembros y no aliarse a ninguna de las superpotencias de la era de la Guerra Fría con el interés común de consolidar las independencias y soberanías logradas, defender de la cultura, desarrollar la cooperación mutua y el bienestar económico, junto a un fuerte compromiso por la paz y en contra del imperialismo y de las armas de destrucción masiva. El movimiento pasó de 25 miembros iniciales, entre los que se encontraba Indonesia, a 120 en la actualidad, siendo miembros todos los países del Sudeste Asiático. Pero la organización regional más importante es la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático), creada el 8 de agosto de 1967, cuyos principales objetivos estaban dirigidos a acelerar el crecimiento económico y fomentar la paz y la estabilidad regionales, inicialmente con cinco miembros: Indonesia, Malasia, Filipinas, Singapur y Tailandia, a los que se sumaron posteriormente Brunei en 1984, Vietnam en 1995, Laos y Myanmar en 1997, y finalmente Camboya en 1999, siendo hoy Timor Oriental un país candidato a unirse.

Actualmente esta asociación es considerada una de las más exitosas de su tipo a nivel mundial y ha logrado una interesante convergencia de intereses dentro la absoluta diversidad de sus países miembros. En el ámbito de la ASEAN la región ha logrado coordinar políticas económicas de alta eficacia, se ha constituido en un ámbito de resolución de conflictos entre los países miembros, y es un espacio en el que se trabaja para construir un frente de defensa regional.

La ASEAN además ha logrado articular relaciones económicas y estratégicas con otros países de la región del Asia Pacífico a través de: ASEAN + 3 (con China, Japón y la República de Corea); ASEAN + 6 (con China, Japón, República de Corea, India, Australia y Nueva Zelanda); la Cumbre de Asia del Este (con China, Japón, la República de Corea, Australia, Nueva Zelanda, India, Estados Unidos y Rusia), y el Foro Regional ASEAN (con China, Japón, República Democrática Popular de Corea, la República de Corea, Mongolia, Papúa Nueva Guinea, Timor Oriental, India, Sri Lanka, Bangladesh, Pakistán, Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Canadá, Rusia y la Unión Europea). Ha logrado también un acuerdo de libre comercio con China desde 2010 (lo que la ha convertido en la mayor zona de libre comercio en términos de población, y la tercera más grande en términos de volumen); y la entrada en vigor, en enero de 2016, del mercado único entre los diez países miembros, conformado por más de 600 millones de habitantes, que permitirá la circulación libre de bienes, capitales y mano de obra, para integrar a sus diez economías que suman un PIB de más de 2,5 billones de dólares.

Ante semejante poder de coordinación regional y los logros en el ámbito del consenso, el debate sobre las complejidades por la diversidad están centradas muy particularmente en los retos que implican los conflictos religiosos latentes en la región. Tensiones como las existentes en las islas del sur de Filipinas, de mayoría musulmana, que aspiran a una independencia del país con mayoría cristiana; las de Myanmar, con grupos étnicos y religiosos en conflictos como los protagonizados por las etnias Karen tradicionalmente cristianos o los Rohingya musulmanes, los grupos musulmanes separatistas del sur de Tailandia, o los conflictos en Indonesia con los movimientos separatistas de las regiones de Papúa y Aceh entre otros, sumados a los atentados con bomba sufridos por este país en Bali en 2002, en Yakarta en 2009 y en 2016, encienden las alarmas en la región.

En el actual contexto mundial de lucha antiterrorista, la región, a través de la ASEAN, ha acordado cooperar entre sus miembros, a pesar de haber mantenido siempre una política de cooperación pero de no injerencia en asuntos internos, compartiendo información de inteligencia sobre actividades de elementos radicalizados y grupos separatistas. No obstante las tensiones mencionadas, nos parece importante destacar que las comunidades musulmanas de la región han logrado un alto grado de armonía interétnica e interreligiosa en general, y han convivido armónicamente con budistas, cristianos y otros grupos, siendo una realidad que los movimientos militantes musulmanes no han sido la norma.
Es destacable en la región, más allá de su diversidad, la convivencia armónica lograda dentro de dicha diversidad, la existencia de patrimonios culturales tanto del hinduismo, del budismo como del islam, que son explotados turísticamente y mantenidos por los diferentes gobiernos más allá de la mayoría religiosa que tengan, sin que se sucedieran hechos de destrucciones o enfrentamientos religiosos de magnitud.

Consideramos que aunque el tema de la diversidad religiosa es un conflicto latente en la región, está en manos de sus Estados lograr articular políticas que no recurran a la politización de la etnicidad y la religión para evitar aumentar dichos conflictos. Las tensiones secesionistas han acudido a los conceptos de etnia y religión para definir tanto al país como al grupo, constituyéndose en dimensiones identitarias que deben ser hábilmente canalizadas para lograr que el desarrollo espectacular de sus países continúe, y lograr la convivencia armónica que ha caracterizado al Sudeste Asiático a pesar de las diversas interferencias y de los conflictos actuales del mundo globalizado.

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