Deporte y clase social

Deporte y clase social

Por Rodolfo Iuliano

Hoy en día los mundos deportivos tienen un papel central en la conformación de las sociedades y las subjetividades contemporáneas. Si nos paramos desde la perspectiva de las clases sociales podremos ver cómo las preferencias deportivas de los sujetos guardan una correspondencia profunda con el resto de las preferencias que componen sus estilos de vida, ya sean estas alimentarias, de vestimenta o musicales. A continuación, un detallado análisis desde la corriente disposicionalista.
 
Lic en Sociología (UNLP). Mg en Ciencias Sociales (UNLP) y Candidato a Dr. en Antropología Social (IDAES-UNSAM). FaHCE-CIMeCS-IdIHCS-UNLP


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La vinculación de los fenómenos deportivos con las clases sociales ha sido objeto de reflexión tanto desde las ciencias sociales como desde los discursos corrientes. Con frecuencia se ha concebido al deporte como agente integrador cuando los destinatarios imaginados fueron los sectores populares o las clases trabajadoras (especialmente en cuanto a sus fracciones desempleadas o informales). Incluso se han formulado programas estatales basados en categorías específicas de deporte, como las referidas a la promoción del “deporte social” (o “comunitario”), donde “social” remite a la población en situación de pobreza, y donde “deporte” remite a un conjunto de iniciativas civilizatorias tendientes a disminuir los umbrales de violencia, a recuperar a las poblaciones vulnerables del consumo de drogas, a sacar a los chicos de la calle, etc.; es decir, a compensar desde el deporte el conjunto de carencias imaginadas para las clases bajas.

Desde las ciencias sociales la perspectiva clasista ha postulado el supuesto de que las formas de la existencia dependen de las condiciones materiales de vida de los sujetos. El análisis de clase implica, por lo tanto, una teoría de las determinaciones, una elaboración del modo en que las formas de la conciencia, de la vida simbólica y sus productos se relacionan con la existencia material del sujeto, en definitiva, con su condición de clase. Las versiones más reduccionistas derivan directamente de la posición de clase del sujeto (sea el lugar que ocupa en las relaciones de producción o la posición socioeconómica, dependiendo de la perspectiva) sus modos de pensar y de actuar. Las versiones menos reduccionistas conceden diferentes grados de autonomía (nunca absoluta) y positividad a las formas de la conciencia y sus manifestaciones prácticas.

Considerando a los deportes modernos como formas que asumen un conjunto de instituciones, prácticas y simbolizaciones relacionadas con la disposición de los cuerpos en juegos sociales singularmente reglados, el punto de vista clasista se ha interrogado por las lógicas que inscriben a aquellas instituciones, prácticas y simbolizaciones en un orden desigualmente estructurado, que podemos denominar estructura de clases. Así, los análisis que apuntan a comprender al fenómeno deportivo desde la óptica de las clases sociales procuran reconstruir las vinculaciones existentes entre la posición de clase de los sujetos y sus preferencias deportivas, sea como practicantes o como espectadores.

Existen diferentes orientaciones de la pregunta por la relación entre deporte y clases sociales, de las cuales solo mencionaremos algunas. Los análisis economicistas han enfocado sus esfuerzos a la imputación de clase de determinadas prácticas o consumos deportivos. Por su parte, las perspectivas inspiradas en la teoría crítica han encuadrado su punto de mira en los procesos de mercantilización del deporte, el cual es conceptualizado como una instancia de distracción que enajena al sujeto de una experiencia directa de sus condiciones materiales de explotación, componiendo representaciones de las industrias deportivas como maquinarias de imposición de mercancías deportivas consumibles, y de los practicantes y espectadores como sujetos aspiracionales los primeros, y consumidores irreflexivos los segundos. Por su parte y en consonancia con los desarrollos del materialismo cultural, tomaron forma interpretaciones de la expansión del fenómeno deportivo que han puesto el acento en las experiencias de adhesión e identificación hegemónicas de las mayorías respecto de las producciones deportivas particulares. Por último, y procurando superar el reduccionismo economicista, un conjunto de producciones han configurado la corriente disposicionalista, en el marco de la cual se han formulado sugestivas posibilidades analíticas para el fenómeno deportivo.

Por cuestiones de espacio no podremos profundizar en cada una de estas corrientes, así que vamos a centrarnos en las posibilidades y alcances de la interpretación disposicionalista, la cual ha representado una importante contribución al análisis clasista de los fenómenos deportivos, tanto por su elaboración conceptual como por la repercusión que tuvo entre los investigadores sociales del deporte.

El clasismo de la perspectiva disposicionalista radica en su operación de reconstrucción analítica de los vínculos estructurales existentes entre el universo de las posiciones sociales de los sujetos (las clases) y sus estilos de vida, entendiendo al deporte como una de las dimensiones constitutivas de esos estilos de vida. Sin embargo, la relación de determinación entre clase y práctica deportiva no es conceptualizada en términos mecánicos, sino modulada a través de la mediación de las disposiciones. Estas disposiciones son formas de percibir, sentir, valorar y actuar que fueron incorporadas por los sujetos en diferentes procesos de socialización de clase. En efecto, la perspectiva disposicionalista apunta a reconstruir el proceso por el cual determinadas estructuras sociales (clases) se incorporan bajo la forma de disposiciones en los sujetos, a partir de procesos de socialización (más tempranos o más tardíos) y que se activan en determinados contextos de acción.

Siendo esto así, y fruto de la acción del sistema de las disposiciones, las preferencias deportivas de los sujetos guardan una correspondencia profunda con el resto de las preferencias (alimentarias, vestimenta, musicales, etc.) que componen sus estilos de vida. Siguiendo este esquema de análisis podremos observar que determinadas categorías de sujetos que ocupan determinadas posiciones de clase tendrán disposición a preferir determinados tipos de prácticas o espectáculos deportivos, vestimentas y consumos culturales, diferentes de aquellos que preferirán quienes se ubiquen en otras posiciones de clase. Y esta correspondencia se opera en la ilusión de los sujetos de estar eligiendo libremente, cuando estructuralmente sus disposiciones, que son prerreflexivas, están actuando para que prefieran y disfruten aquello que se corresponde con su posición de clase. Las disposiciones aparecen, entonces, como mecanismos de ajuste de las elecciones de los sujetos respecto de sus estilos de vida, de las necesidades de las condiciones de existencia de la clase o fracción de clase de la que proceden.

Ya en las primeras formulaciones de esta corriente analítica encontramos una posición crítica respecto del economicismo en la explicación de las preferencias deportivas. Desde esta perspectiva, la adhesión a una práctica deportiva no guarda relación directa con la posición económica del sujeto sino con sus disposiciones (de clase) incorporadas. Esto puede observarse en los procesos de ascenso social o desclasamiento, cuando un sujeto se encuentra en una nueva posición de clase pero sus gustos deportivos no se ajustan a los correspondientes a la nueva posición, sino a aquellos en los que había sido socializado. Por ejemplo, es posible referir al caso de sujetos que se han enriquecido rápidamente modificando su posición de clase, pero han conservado las preferencias deportivas de su anterior posición de clase. A modo de ejemplo, también podemos considerar que, muchas veces, los obstáculos económicos no alcanzan para explicar la distribución de los deportes entre las clases, sino que hay que prestar atención a otros filtros como la tradición familiar, el aprendizaje temprano, las “buenas maneras” y la sociabilidad.

Si bien es cierto que este modelo analítico apunta a mostrar la correlación entre determinadas prácticas deportivas y determinadas posiciones de clase, también permite captar cierta variabilidad, donde diferentes fracciones de clase aparecen desarrollando expectativas diferenciadas sobre un mismo deporte, en función de sus esquemas disposicionales de clase también diversos. Por ejemplo, desde esta óptica es posible concebir que sujetos procedentes de los sectores populares o más bien de las clases trabajadoras, esperen de la gimnasia un cuerpo musculoso, mientras que aquellos procedentes de las clases altas busquen un cuerpo saludable.

Al lado de los sentidos que los actores confieren a los diferentes deportes, también es posible encontrar diferentes modalidades de práctica, diferentes estilos con que es posible practicar deportes. Si prestamos atención a los deportes que habiendo sido exclusivos han experimentado procesos de relativa popularización, como es el caso del golf o del tenis, vemos que para reconstruir las formas de diferenciación que se operan adquiere una mayor significación el estudio de los diferentes estilos de práctica, que en muchos casos se corresponden con diferentes categorías de participante.

Esta perspectiva nos permite desarrollar un trabajo de indagación sobre las categorías de practicantes deportivos y la frecuencia de su práctica, interrogándonos por sus tránsitos institucionales para encontrar indicios sobre los procesos de inculcación de disposiciones que producen afinidad o rechazo hacia determinadas prácticas y espectáculos deportivos. Podemos interrogarnos por los juegos familiares, los gustos paternos, las experiencias escolares en los diferentes cursos de educación física para interpretar las huellas disposicionales sedimentadas en los sujetos bajo la forma de afinidades más o menos naturalizadas con determinados tipos de deportes o rechazo respecto de otros, incluso respecto de la práctica o el consumo mismo de cualquier tipo de deporte.

Recientes revisiones del paradigma disposicionalista advierten que es necesario conceptualizar a los deportes no solo como escenarios de actualización de disposiciones tempranamente incorporadas, sino como instancias de constitución de disposiciones en sí mismas. Y es tarea del investigador no dar por sentada la inculcación de disposiciones, sino reconstruir la profundidad, sistematicidad y durabilidad de la práctica deportiva para poder calibrar el grado de consistencia de los esquemas de percepción y apreciación que podrían haberse incorporado, y por este camino concebirlos como algo más que una actualización de las disposiciones de inculcación temprana.

Otra pregunta que habilita este enfoque, y que se vincula directamente con el esfuerzo por analizar al deporte desde el problema de las clases sociales, es por el carácter transferible de las disposiciones. Si la práctica deportiva duradera y sistemática es capaz de operar como una instancia socializadora e incorporar en los sujetos determinados modos de ver, sentir y actuar, cabe abrir una interrogación sobre la posibilidad de transferir esas disposiciones a otros contextos de actuación como el campo político, económico, cultural, etc. La pregunta clásica del disposicionalismo es por el modo en que las disposiciones de clase vuelven afines determinadas prácticas deportivas para determinada categoría de sujeto y no otra. Por ejemplo, las disposiciones al trabajo sistemático y disciplinado propias de la clase obrera han sido interpretadas como la plataforma que impulsa a los sujetos de clase obrera a practicar boxeo, y que excluye a los sectores desocupados por carecer de las disposiciones al trabajo disciplinado y metódico. Sin embargo, en este punto la pregunta se invierte y apunta a analizar si las disposiciones adquiridas en el contexto de la práctica de un determinado deporte pueden transferirse a otro escenario de actuación del sujeto; por ejemplo, ¿es posible transferir la disposición a positivar la experiencia del dolor propia del rugby, cuando el sujeto despliega su actividad en otro campo como el político o el deportivo? Las respuestas son necesariamente empíricas y requieren una indagación que siga muy de cerca a los actores y prácticas deportivas estudiadas.

Como hemos intentado mostrar hasta aquí, la preocupación por la dimensión de clase de los fenómenos deportivos es analíticamente potente y mantiene toda su actualidad, en tanto repone un punto de vista relacional y da cuenta del carácter estructurante que en nuestras sociedades tienen las desigualdades sociales, la explotación material y la dominación simbólica. Sin embargo, en este punto consideramos necesario formular algunos reparos en torno a las posibilidades del análisis del deporte desde la perspectiva de las clases sociales, y en particular, en su inflexión disposicionalista.

Uno de los aspectos a problematizar es la asunción de la perspectiva de clase como punto de partida, como grilla de análisis todo terreno y como premisa analítica. Puesto en otros términos, si en nuestras investigaciones vamos a buscar la actuación de la clase social en torno a nuestros objetos, lo más probable es que sea eso lo que encontremos, más por un efecto de mirada que por un hallazgo empírico. Así, el objetivo de dimensionar la gravitación de los componentes de clase en un fenómeno deportivo es productivo en la medida en que se impone como un emergente empírico, que se conquista con la elaboración en campo del objeto de investigación. Cuando el determinante de clase no es más que un presupuesto asumido de antemano, existen grandes riesgos de que los fenómenos deportivos que nos aboquemos a estudiar serán representados nada más que como ejemplos, constataciones, de lo que ya teníamos resuelto teóricamente.

Al asumir con el disposicionalismo que las prácticas deportivas son un elemento más del estilo de vida, análogo al resto, intercambiable, se corre el riesgo de diluir analíticamente su especificidad, su singularidad como experiencia material concreta, y por este camino empobrecer el análisis. En efecto, al concebir al universo de las prácticas y espectáculos deportivos como un ingrediente entre otros, necesario para reconstruir los estilos de vida y organizarlos en función de la clase social, la singularidad del deporte queda diluida y por lo tanto la capacidad de comprender el fenómeno y de producir conocimiento nuevo queda fuertemente constreñida.

Se ha señalado como uno de los límites del análisis de clase la conceptualización del deporte como una simple exteriorización en el terreno de los estilos de vida de aquello que se produce en el espacio social. Así el deporte aparece como un mero efecto, como un territorio donde tienen repercusión las diferencias y las beligerancias de clase. Este lugar subsidiario lo afilia a la preocupación por las clases, pero en un lugar degradado, como un mero reproductor. Es oportuno tomarnos en serio las facultades productivas que tiene el deporte en sus diferentes dimensiones (como espectáculo producido o consumido, como actividad practicada, como entramado simbólico), el papel central que tienen los mundos deportivos en la conformación de las sociedades y las subjetividades contemporáneas.

Si la orientación disposicionalista tiene un afán clasificatorio, que busca producir interpretaciones a partir de identificar las correspondencias entre prácticas deportivas y posiciones sociales, se impone la necesidad de complementar y reencuadrar este análisis desde una inquietud que restituya al deporte su singularidad, dando cuenta de aquello que los diferentes deportes en su materialidad no solo instituyen, sino habilitan y hacen hacer, en el mismo momento que se hacen a sí mismos.

Para potenciarse, el análisis de clase podría mudar de estatuto y dejar de ser una premisa que sabemos de memoria antes de iniciar la investigación, para pasar a ser una clave de lectura particular, empíricamente emergente, de dimensiones que coexisten con otros planos de la experiencia deportiva como el apasionamiento, el placer, las aficiones, el sacrificio, la ludicidad, el uso del “tiempo libre”, las representaciones sobre la salud y lo saludable, las profesiones y las trayectorias de profesionalización, los imaginarios de género, los entramados políticos constitutivos de las formas estatales en su sentido amplio (es decir, empírico).

En definitiva, al asumir que no todo lo que acontece en torno al fenómeno deportivo puede explicarse en términos de luchas sociales por la apropiación de recursos; de consumos aspiracionales, jerarquizantes y distintivos; de actualización de disposiciones de clase, estaremos en mejores condiciones de calibrar en qué medida y de qué manera efectivamente juegan estos determinantes de clase en el desenvolvimiento de los fenómenos deportivos.

Para concluir, mientras que buena parte del periodismo y los tomadores de decisiones públicas, como señalamos al inicio, vinculan al deporte con las clases sociales (bajas) en términos moralizantes, civilizatorios y celebratorios, las ciencias sociales consideraron el estudio del deporte, y por supuesto de su relación con la estructura de clases, como un quehacer ilegítimo durante buena parte del siglo XX. La conquista relativamente reciente de su legitimidad comenzó a tomar forma de la mano del desarrollo de una sociología crítica que denunció su condición de entretenimiento pasatista y se sirvió del análisis de clase para dar sustento sociológico a esta impugnación de su propio objeto, convirtiéndolo en un objeto digno de ser criticado desde el campo de las ciencias sociales. El análisis clasista del deporte, o más precisamente, buena parte de las investigaciones que han abierto dimensiones de clase en su estudio del deporte, han desarrollado sustantivos aportes al estado de conocimiento sobre las formas de la dominación material y simbólica que se juegan en torno al fenómeno deportivo. Conquistada la legitimidad del campo y del objeto (aún relativas en términos comparativos), quizás estemos en condiciones de hacer un balance sobre los alcances de la pregunta por la relación entre deporte y clases sociales, atendiendo a la necesidad de combinar la sensibilidad política y analítica frente a las desigualdades sociales, con la disposición al descubrimiento de aquellos planos de los fenómenos deportivos que no se inscriben necesaria ni completamente en la lógica de la clase social, pero sin los cuales la pregunta por su estructuración de clase corre el riesgo de empantanarse y girar en círculos, impotentizando por este camino las posibilidades teóricas que nos brindan los mundos deportivos en tanto objetos de la investigación social.

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