De hackers cívicos y datos. Y democracia

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De hackers cívicos y datos. Y democracia

Por María Celeste Gigli Box

Los hackers creen que toda información debe ser libre para poder modificar creativamente sus usos y potencialidades, al mismo tiempo que perfeccionarla. Si esto se utiliza para recuperar datos que pertenecen a la ciudadanía se podrá avanzar en la construcción de una democracia digital, que reoriente progresivamente la labor del Estado y su intervención en la vida cotidiana de las personas.
 
Politóloga y relacionista internacional, especializada en gobierno abierto y tecnologías aplicadas a la gestión pública. UNLP.


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Seguramente el término “hacker” adjetivado con la palabra “cívico” pueda resultar extraño –o al menos curioso– para muchos. Eso puede deberse a las connotaciones que la palabra hacker ha adquirido gracias al modo en que los medios de comunicación, a partir de la década de los ochenta del siglo pasado, construyeron su estereotipo. Acorde a esto, un hacker es un criminal informático que intrusa sistemas para alguna actividad delictiva, o bien, quiebra la seguridad por el mero desafío de demostrar las fallas de un sistema. Lo cierto es que quien delinque con una computadora es un cracker, y no un hacker. La palabra fue acuñada por los mismos hackers cuando comienzan a ser criminalizados (circa 1985) con el fin de poder diferenciar su labor de la de quienes sobrepasan los límites. Lo determinante para el cracker es sortear la seguridad y conseguir un acceso: tanto mejor cuanto más seguro aparenta ser el sistema y más sensibles los datos que contenga. Por esta razón, son también conocidos como black hats (es decir, “sombreros negros”), designación figurada para quienes tienen propósitos espurios (la expresión proviene de los primeros westerns de cine mudo, donde los villanos siempre lucían sombreros negros que denotaban sus intenciones). En resumen, a pesar del sensacionalismo periodístico, los límites para los hackers están claros (incluso, algunos dedican su tiempo a la “caza de crackers”). Como sintetizó Eric Raymond –uno de los hackers más reconocidos en la promoción del software de código abierto–: mientras los hackers construyen cosas, los crackers las destruyen.

Pero entonces ¿qué es un hacker? En primer lugar, un hacker es un entusiasta de lo que hace. La condición de hacker sólo habla de la relación que se tenga con el trabajo, lo que no se reduce a la informática, sino que un docente, un artista o un carpintero pueden ser considerados hackers). Para nuestro caso, son aquellas personas apasionadas por la exploración informática, ávidas por conocer el funcionamiento interno de algo para poder expandir sus límites o repensar su uso. Hackear tiene que ver con perseguir un conocimiento pero con la predisposición para resolver problemas prácticos (los hackers sostienen el principio de “manos a la obra” constante) y la disposición a la ayuda voluntaria mutua.

En términos colectivos, la comunidad hacker se define globalmente: su espacio es la Red de redes, la Internet. La pertenencia a aquella tiene criterios de selección meritocrática –basados en las habilidades de programación–, por lo que la etiqueta de hacker sólo puede ser adjudicada según la reputación del ingresante, de boca de los miembros más experimentados de esa comunidad.

La razón de esto es muy simple: ser un hacker no es una simple pose. Ostentar actitud hacker no convierte a un programador en tal. Lo verdaderamente definitorio es el conocimiento de lenguajes de programación, la práctica, y la creatividad.

El ethos hacker

Como todo colectivo –aun cuando no esté formalmente organizado–, se encuentra unido por algunas creencias comunes, por una concepción acerca de la realidad y de su trabajo. Para la época en que los estereotipos delictivos comenzaron a pesar sobre ellos, los hackers se dieron “una ética”, que en realidad es –principalmente– una manifestación de principios. El primero de ellos promueve un acceso total e irrestricto a las computadoras –y a todo dispositivo– que muestre cómo funciona el mundo en esta sociedad de la información; el segundo manifiesta el valor del trabajo bajo la lógica de “manos a la obra” constante. Los hackers creen que toda información debe ser libre (particularmente, en el caso de la que está contenida en un programa informático: el tan mentado código). En la medida en que se tenga acceso a toda la información se podrán modificar creativamente sus usos y potencialidades, como también intervenir en el perfeccionamiento de ella (esta idea aplica principalmente al código de programación y la capacidad de retocarlo para aumentar su funcionalidad). Los hackers también promueven la desconfianza a la autoridad, que tiene dos caras: por un lado, la autoridad que ostentan las burocracias –gubernamentales, universitarias o corporativas– imponiendo restricciones que responden a razones de la organización –y no en la lógica de la programación–. Por otro lado, su desconfianza al autoritarismo señala que la acumulación de poder cultiva la censura y secrecía, además de oponerse a la lógica de funcionamiento de los hackers: la cooperación voluntaria y el intercambio libre de información (dado que cualquier tipo de opacidad es revulsiva para la comunidad hacker, su condición de tales los compele a hacer algo en contra de ella). Es por esto que el siguiente de los principios hace a la promoción de la descentralización de la información (específicamente, con esto refieren a la utilización de sistemas abiertos –software libre o en su defecto de código abierto– que no restrinja el acceso).

Estos principios también refieren a la relación de las personas que no conforman la comunidad hacker, y así sostienen: un/a hacker sólo deben ser juzgados por su trabajo (programar) y no por criterios externos como edad, raza, condición socioeconómica o títulos universitarios. Y por último, existen dos principios que exceden la esfera del programar para resolver problemas o perfeccionar sistemas: por un lado, aseverar que en una computadora se puede crear arte y belleza, y por otro, que ellas pueden mejorar nuestras vidas.

La práctica de estos principios está sujeta a unos cuidados, unas recomendaciones: nunca dañar algo intencionalmente (por el simple hecho que conduce a problemas), modificar código sólo para entrar a un sistema y evitar ser identificado, o para poder acceder en otras ocasiones, y por último, procurar intervenir siempre en servidores remotos (dado que cuanto más cercanos sean, más fácil es rastrear el autor). Podemos o no coincidir con esta ética, podemos verla como más o menos laxa –sobre todo en estos últimos principios donde se permite crackear, sólo que limitadamente–, pero esto es lo que guió desde los años ochenta del siglo pasado a esta suerte de colectivo desorganizado llamado hackers.

Los años pasaron y cuando llegó el nuevo milenio no sólo los informáticos escribieron sobre sus experiencias con el colectivo hacker: algunos cientistas sociales se interesaron sobre esta comunidad de programadores que se regían con parámetros diferentes a los de la racionalidad que atraviesa a nuestra sociedad contemporánea. Con los desarrollos del filósofo Pekka Himanen se comenzó a delinear lo que hoy se llama con precisión “ética hacker”. Esta ética no sólo resalta las particularidades al interior del colectivo hacker y su sistema de convivencia, sino que muestra una clara diferenciación con la racionalidad instrumental señalada por Max Weber para las sociedades modernas. La ética hacker es una nueva racionalidad del trabajo, dado que desafía la relación que la sociedad industrial tiene con el uso del tiempo (los hackers valoran la flexibilidad en el uso del tiempo, la artesanalidad, y el estado de prueba constante con la labor, que permite la experimentación constante). La racionalidad hacker también desafía la relación con el dinero (los hackers mantienen una relación lúdica con el trabajo, y no retributiva por labor), junto con la relación acerca de la posesión de la información (bajo la racionalidad instrumental moderna, se obtiene un lucro por medio de la posesión de la información, y con esto nos referimos tanto a un conjunto de datos como a la fórmula de una gaseosa): los hackers promueven la puesta en común de la información y la apertura (openness) a través de mecanismos legales disponibles para ello (con esto son compatibles como las licencias creative commons y copyleft). Estas consideraciones pueden sonar utópicas para nuestra racionalidad instrumental –completamente vigente y que no cambiará por completo en el corto plazo–, pero es interesante destacar que gran parte de los pilares que sostienen esta sociedad de la información en que vivimos han sido construidos por personas que trabajan bajo estos principios, como Linus Torvalds –creador de Linux–; Eric Raymond –el portavoz del movimiento de código abierto–; Stephen Wozniak –cofundador de Apple–; Denis Ritchie –uno de los padres del lenguaje C–; Tim Berners-Lee –creador de la World Wide Web, el sistema que usamos para acceder a los sitios de la Internet–, etcétera.

Los hackers cívicos

En este caso, el adjetivo cívico señala la dirección del trabajo de los hackers: el desarrollo de herramientas para mejorar el acceso público a datos útiles en manos de los gobiernos. Este tipo de acciones redunda en el camino hacia la transparencia gubernamental y lo que es más importante aún: la mejora del compromiso de la ciudadanía con su comunidad. Aquí, los hackers ponen a disposición su expertise para desarrollar aplicaciones –programas que realizan diferentes acciones en una computadora o en un teléfono inteligente–, tomando conjuntos de datos (datasets) en manos del Estado (que ya deberían ser de acceso público, pero que usualmente no lo son), y con ellos desarrollan aplicaciones que luego pondrán a disposición de la comunidad. Usualmente, el hackerismo cívico se concreta en tres espacios: 1) organizaciones y redes específicas (como Hack & Hackers, Code for America, etc.); 2) hacklabs o hackerspaces: espacios donde los hackers se juntan para generar proyectos y socializar ideas, y 3) los más conocidos: hackatones o maratones de hackeo (eventos de muchas horas de duración, donde se juntan los desarrolladores a programar utilizando los datos liberados por el Estado. Son un espacio colaborativo orientado a la producción veloz y muchas veces experimental de los desarrollos informáticos). A diferencia de otros intentos de acceso a la información en soporte papel –como el pedido de documentos, expedientes y demás registros–, los hackers cívicos prefieren que la información gubernamental sea liberada luego de la digitalización de conjuntos mayores de datos, legibles por las máquinas, que luego pueden ser analizados detenidamente para encontrar información más significativa (patrones, tendencias, disrupciones, etc.).

La labor de los hackers cívicos se enmarca en lo que se denomina datos abiertos dentro de las políticas de gobierno abierto (open government data). Esta innovación cívica aúna ciudadanía, desarrolladores de software, diseñadores y organizaciones de la sociedad civil (OSC) y/o emprendedores a colaborar creando nuevas soluciones usando datos públicos, programación y tecnología para resolver los desafíos que existen en su organización, comunidad, ciudad, provincia o nación. El hackerismo cívico encierra el cambio cultural en el gobierno para trabajar de manera más efectiva y creativa con su ciudadanía. Su característica privativa reside en que es un proceso orientado por la tecnología, pero también con dos factores: la filosofía del “manos a la obra” típica de los hackers, y la conducción determinante de la ciudadanía. En menos palabras, el hacking cívico implica el trabajo rápido, creativo y mancomunado de la ciudadanía, valiéndose de tecnología y diseño para hacer que el lugar en que vivimos –o la organización que integramos– tenga una mejor administración de recursos y capacidad de respuesta a los problemas.

Pero antes de seguir, anotemos algunas consecuencias de este fenómeno. En primer lugar, lo que se ha señalado como los reparos acerca de la productividad de las hackatones cívicos. Una parte de la comunidad filotecnológica considera que el tiempo invertido en desarrollar prototipos –los cuales tal vez nunca alcancen la forma de una aplicación a disposición del público– sólo acaban por presentar una respuesta antes de contar con una investigación más exhaustiva sobre el problema. Por ello proponen invertir más tiempo en conformar comunidades en relación a ciertos datos importantes para la vida de los ciudadanos (un ajuste que parece a toda vista interesante para la utilidad y aprovechamiento de esta clase de eventos).

En segundo lugar, podemos ver cómo la cultura hacker (o, al menos, un sector de ella) comienza a dejar su condición de underground, contracultural, y comienza a ser embebida en otros espacios que le eran ajenos (en algunos casos, hasta pueden resultar contradictorios con sus principios, por qué no decirlo): tal es el caso de la contratación de hackers en Facebook para construir continuas mejoras a través de la metodología de “manos a la obra”).
Y por último, asistimos a un cambio en la posición de las y los ciudadanos, dado por el pasaje de una ciudadanía que ejerce contralor (o monitorea) la acción de un gobierno, a la ciudadanía que escribe el código del llamado “gobierno 2.0”. El modelo anterior de una ciudadanía-monitor denota pasividad. En cambio, los hackers cívicos manipulan datos, producen herramientas digitales para estimular la vida pública y encuentran un camino para influenciar de manera determinante la sociedad con el uso de tecnología sin ingresar en lógicas políticas tradicionales.

Hack & Hackers (Capítulo Buenos Aires)

Hack & Hackers es una vasta red global (con capítulos en diferentes países) donde confluyen hackers, periodistas, diseñadores y activistas de diferentes sectores de la sociedad civil. En cada capítulo los hackers disponibilizan información para visualizarla, y los periodistas encuentran las historias que esos datos contienen. En América latina nuclean unos cinco mil miembros, y han devenido en uno de los núcleos de innovación, apertura (apoyan las licencias abiertas y software libre), capacitación y patrocinamiento de otros proyectos en periodismo de datos. Los hackatones de Hack & Hackers pretenden transferir valor desde el espacio del contenido (los datos, la información) hacia el del software, y viceversa. Para que los desarrollos de los hackatones sean aprovechables en el tiempo, desarrollaron dos herramientas fundamentales: el sitio hackdash.org, donde se puede subir ideas, colaboradoras/es, información del desarrollo de las aplicaciones y eventualmente compartirlas. Por otro lado, la plataforma de datos abiertos Open Data Latinoamérica, que detecta conjuntos de datos abiertos, organiza esa información –proveniente de gobiernos de toda Latinoamérica–, y la libera para talleres y hackatones de los diferentes capítulos de Hack & Hackers y otras organizaciones, como también la hace disponible a los periodistas y desarrolladores. Por supuesto, es abierta y gratuita para todas las organizaciones que quieran sumarse a ella.

El presente de la democracia

Es cada vez más común encontrar análisis acerca del futuro de la democracia, haciéndose especial eco de estas nuevas prácticas, y recombinación de fenómenos nuevos con prácticas conocidas o incluso añosas. Lo que hoy asistimos como tecnopolítica (es decir, la apropiación de herramientas digitales para la acción ciudadana, donde encontramos las más sencillas como opinar políticamente en un entorno digital, a las más complejas, como la coordinación de una acción colectiva en las calles), es a veces objeto de proyecciones de diverso tipo acerca de lo que la democracia podría resultar con la ayuda de la tecnología, de las que la más común es la cierta ansia por la democracia directa, añorada por las imposibilidades que presenta la representativa. Este sería uno de los caminos y escenarios de llegada, una de las formas del futuro. Lo único que podemos aseverar con tranquilidad es que no sabemos nada acerca del futuro. Del futuro de la democracia o de cualquier otro futuro. Establecido ello, lo que sí nos atrevemos a afirmar en base al presente es suponer una simple posibilidad: al igual que sucede en el presente –que no es más que el futuro de algún pasado–, paradigmas añejos y hasta caducos convivirán con los nuevos, avances pueden suceder en una parte del mundo, mientras en otra los retrocesos pueden acelerarse. Por eso, aquí no proyectaremos un deseo: no argumentaremos acerca de la importancia de que mañana se realicen hackatones periódicos en cada localidad, o que los hackers erijan el futuro de la acción política, ni tampoco especularemos acerca de si hacktivistas como Anonymous mutarán desde su presente antiestablishment a la fuerza más funcional a él. Esas conclusiones –y las pruebas de ello– pertenecen a un futuro que aún no existe.
Pero si volvemos la mirada hacia el presente, afloran las presencias, valga el juego de palabras. Este cambio temporal en la mirada permite anclarnos en la oportunidad que representan los fenómenos que tenemos: la disponibilidad de la tecnología para recuperar datos que pertenecen a la ciudadanía pero hasta ahora sólo han estado en manos del Estado, la posibilidad de eludir la secrecía y hacer de la apertura de la información una fuente para seguir produciendo más información a partir de ella, y la capacidad determinante en la escritura de código de programación que configuran el modo en que iremos instrumentando la democracia digital (que no tiene por qué fagocitar a la democracia tangible, pero esa es otra discusión). Instrumentar con fluidez estas cuestiones es muy problemático en muchos espacios: preparar las administraciones públicas para estos cambios, igualar las que los practican a las que no, preparar al funcionariado para el nuevo paradigma, es dificultoso en muchos casos. Reorientar progresivamente la labor del Estado y su intervención en la vida cotidiana de las personas según estos aspectos llevará un tiempo y labor considerables. Creemos que este es el gran desafío, por lo que enajenamos sobre el futuro la muestra de los resultados finales, mientras nos arremangamos para emprender esta labor.

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Artículos de este número

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