Confucio: entre hanes y chinos

Confucio: entre hanes y chinos

Por Eduardo Daniel Oviedo

Cuando China pasa de la civilización al Estado, Confucio, uno de los principales pensadores de su historia, se transforma en un personaje emblemático para la diplomacia que intenta unificar a toda la población y ejercer de facto la representatividad cultural del país en el exterior. Esto es parte de un instrumento de poder blando chino que busca ampliar la interdependencia con otros países en el marco de la estrategia cultural global.
 
Profesor Titular Ordinario en la Universidad Nacional de Rosario e Investigador Independiente del CONICET. Doctor en Ciencia Política por la Universidad Católica de Córdoba, y posdoctor por la Universidad Nacional de Rosario. Profesor consulto del Máster Internacional en Economía y Negocios de China e India, del Instituto de Altos Estudios Universitarios, España


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Confucio, el célebre pensador chino, genera debate cuando la lupa de las investigaciones académicas entrecruza su nombre con los conceptos de civilización y Estado. Particularmente desde 2004, cuando la diplomacia cultural china focalizó su accionar en la creación de los llamados institutos Confucio. Claro es que, desde cualquier perspectiva que se lo enfoque, Confucio es el máximo representante de la civilización sínica y uno de los principales pensadores del Estado chino.

¿Quién es Confucio?

Confucio fue un pensador y educador nacido en Zouyi, capital de Lu, un ducado de la antigua China que existió entre los años 1042 y 249 a.C. Hoy es la ciudad de Qufu, ubicada en el sudoeste de la provincia de Shandong, China.

Confucio vivió entre los años 551 y 479 a.C., durante el reinado de la dinastía Zhou oriental (770-256 a.C.). Murió en la misma ciudad a la edad de 73 años, donde su tumba, residencia y templo fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994. En chino, su apellido es Kǒng(孔)y su nombre es Qiū(丘), pero es conocido como maestro Kǒng o Kǒngzǐ (孔子), tal como comúnmente se lo llama en China, o como Kǒng Fū Zǐ (孔夫子), del cual deriva la latinización Confucio.

Su pensamiento y acciones han sido compilados en un cuerpo disperso de citas bajo el título de Analectas o Lúnyǔ (论语) que literalmente quiere decir “discusiones sobre la palabra”. No se trata de un libro como los que conocemos actualmente, sino que refiere a partes de las enseñanzas y conversaciones mantenidas con sus discípulos, escritas en tablillas de bambú sobre temas de política, filosofía, educación, literatura y moral, entre otros contenidos.

En Analectas aparece el término rén (仁), eje de la doctrina confuciana. Según el profesor Lin Sheng-Bin, Confucio no definió el concepto y en verdad no existe una forma perfecta de traducción. Es que su explicación difiere según el momento, las personas y las cosas. No obstante, su sentido originario refería a la buena voluntad hacia las personas, y su desarrollo posterior lo transformó en una categoría moral de amplio contenido. En diversas obras se traduce como humanidad, benevolencia o amor al prójimo. El rén es una virtud relacional que vincula a la persona con el otro, reflejado en las dos partes componentes de su ideograma, formado por el radical “persona” (亻) y el número “dos” (二) que significa la repetición del radical, es decir, representa a una segunda persona.

Además de su visión sobre la naturaleza humana, Confucio prescribió un determinado comportamiento social de las personas basado en los conceptos de lealtad, respeto y reciprocidad sobre la base de una estructura jerárquica de relaciones entre superiores e inferiores. Esta doctrina fortaleció la legitimidad del sistema imperial, sustentado en la teoría del Mandato Celestial (天命), creada durante la dinastía Zhou a mediados del siglo XI a.C.

El aprendizaje de dichos valores confucianos aseguraba culturalmente la dominación del Hijo del Cielo (天子) sobre todas las personas y cosas que existen en el Mundo (天下). No obstante, según Yao Xinzhong, “el Cielo otorga el Mandato a los humanos, merced al cual el mundo puede ser gobernado justamente. La concesión o retirada del Mandato son una cuestión de juicio moral. Así, en la política confuciana, se entiende que el Mandato del Cielo es lo mismo que la voluntad del pueblo, merced a la cual se le otorga y confirma la legitimación de un gobierno”. Como expresa John King Fairbank, a diferencia de los soberanos occidentales, donde la doctrina divina de los reyes dependía solamente del nacimiento, la teoría china del Mandato Celestial establecía criterios morales para la posesión del poder.

Confucio y la civilización china

No queda duda de que Confucio está asociado directamente a la civilización sínica. Es el pensador más destacado de esta cultura, creador de la doctrina confuciana que se expandió en China, con fuerte arraigo también en Corea, Japón, Vietnam e influencia mundial. Pero ¿a qué entidad étnica referimos cuando hablamos de la civilización o cultura sínica?

En su origen, esta civilización comprendía a los pueblos que habitaban el curso medio e inferior del río Amarillo y que la historia de China refiere como civilización huáxià (华夏文明). El diccionario chino Xīnhuá Hànyǔ Cídiǎn (新华汉语词典) define el término huáxià como “antiguo nombre de China”. Para Sechin Jagchid, citado por Natividad Gutiérrez Chong en su libro Autonomía étnica en China, “inicialmente se trataba de un conjunto formado por diversos pueblos gobernados por el Hijo del Cielo –el emperador– y que después de un proceso de amalgamación, llegaron gradualmente a formar un solo grupo étnico”: la etnia han.

La amalgama han fue cultural, mediante la difusión de la escritura, los rituales y la administración. Como consecuencia, dentro de la etnia han existen subgrupos o mínxì (民系), con costumbres y dialectos propios que interactúan con otros subgrupos a través de conocer la lengua común de la etnia han o pǔtōnghuà (普通话). De igual manera sucede con el mundo no-han dentro de China. Tibetanos, mongoles o uigures, entre otras minorías étnicas, son ejemplos de poblaciones bilingües que dominan sus propias lenguas y el pǔtōnghuà. Los uigures, por ejemplo, son de origen turcomano, de religión musulmana y escritura árabe, pero al mismo tiempo son educados obligatoriamente en el pǔtōnghuà.

La etnia han adopta su nombre de la dinastía Han (206 a.C. al 220 d.C.), pero adquirirá conciencia de nación a partir de fines del siglo XIX, coincidente con los últimos años de la dinastía Qing (1644-1911). En efecto, sacando los movimientos antidinásticos que buscaban subvertir a esta dinastía (de origen manchú y por lo tanto extranjera), la idea de nación proveniente de la Revolución Francesa fue enarbolada primero por Liang Qichao, mentor de la “Reforma de los 100 días” (1898), luego por el extremismo de la rebelión boxer (1899-1901), para concretarse en la revolución del 10 de octubre de 1911 que erradicó el sistema imperial. El doctor Sun Yat-sen, líder de la revolución, sustentaba su filosofía política en los “tres principios del pueblo”, del cual el nacionalismo era uno de ellos. El éxito revolucionario dio inicio a la dominación han sobre el amplísimo territorio y la diversidad étnica que los manchúes habían conquistado en su época de mayor esplendor.

Volviendo a Confucio, diversas biografías consultadas en chino, inglés y español refieren a un pensador de la etnia han. Al haber nacido en el ducado de Lu, existe debate sobre su origen en las redes sociales. Incluso, la doctrina sobre el origen del Estado coreano afirma que el lugar de nacimiento de Confucio pertenecía por ese entonces a Corea, además de considerar que la casa real de la dinastía Gija (箕氏) tendría relación sanguínea con Confucio. No obstante, hasta que exista prueba en contrario, Confucio es considerado han, incluso si pertenece a algún subgrupo de dicha etnia.

Confucio y el Estado chino

La Constitución de 1982 caracteriza al Estado chino como multinacional, compuesto por 56 etnias (incluida la han). Según el censo chino de 2010, la etnia han representa 91,5 por ciento de la población y las 55 restantes el 8,5 por ciento. Francisco Haro Navejas considera que estas últimas ocupan 56 por ciento de la superficie total de China.

Han y chino no son la misma cosa. El término chino es gentilicio de China y alberga a todos los ciudadanos que habitan su territorio. Los hanes son las personas físicas pertenecientes a la etnia han, que en Occidente conocemos como chinos. Es decir, han y chino no son sinónimos y esta dualidad solo confluye en personas de etnia han que son, al mismo tiempo, parte de esa etnia y de nacionalidad china. Además, el Estado alberga a todos los ciudadanos chinos, que comprende a la etnia han y no-han. Esta confusión terminológica comienza a ser entendida en la medida en que las palabras chinas ingresan en el vocabulario de las lenguas occidentales. Si bien la Real Academia Española todavía no acepta el término han, el diccionario inglés de la Universidad de Oxford lo define como “el grupo étnico dominante en China”; mientras que el diccionario chino lo concibe como “nacionalidad han, nacionalidad con mayor población que habita en todo nuestro país”.

En la cúspide del poder político, o sea el Buró Político del Comité Central del Partido Comunista Chino, sus siete miembros son todos han. Se podría hacer una mención especial con Zhang Gaoli, miembro del Politburó chino de origen mǐnnán (闽南), pero este es un subgrupo de los han y no aparece en el listado de las 55 minorías nacionales o etnias no-han reconocidas por el gobierno chino. Por eso, la estructura del Partido Comunista Chino cuenta en su Buró Político –hoy liderado por Xi Jinping– a un ente colectivo han que gobierna a grupos étnicos han y no-han.

Así, sobresale la divergencia entre la imagen oficial de Estado multinacional y su realidad monocultural, que expresa relación asimétrica entre la mayoría han y las 55 minorías nacionales. La realidad cultural indica la primacía poblacional, política y económica de la nacionalidad han sobre las demás nacionalidades, afianzando la hipótesis del “paradigma monocultural” enunciada por June Teufel Dreyer.

Los hanes también amplían las asimetrías política y económica. No solo concentran el poder político y lideran, como grupo principal, el proceso de orientación política, sino que el equilibrio entre el “uno” y las “cincuenta y cinco” ha sido alterado por la modernización económica a favor de la mayoría han, beneficiada por el desarrollo de la región costera en detrimento de la región centro-oeste, hábitat de minorías separatistas. Esta deformación del crecimiento económico ha sido observada como distorsión que tiende a ser corregida a partir de la orientación política del Partido, de modernizar la región centro-oeste con diversos proyectos, entre los cuales sobresale la “Ruta de la Seda”.

La relación entre la nacionalidad mayoritaria y las minoritarias sigue siendo factor de tensión en la comunidad política, debido a la puja constante entre las fuerzas centrípetas y centrífugas que operan en aquella. Las fuerzas centrípetas se orientan hacia la centralización política en búsqueda de consolidar el gobierno central, proceso iniciado en el siglo XIX con la ruptura de la homogeneidad política de la dinastía Qing tras la apertura impuesta por las grandes potencias. Las fuerzas centrífugas, propulsadas por el principio de las nacionalidades, acuñado por el célebre historiador Pierre Renouvin, no se detienen en la conformación del Estado nacional chino, sino que continúan el proceso spenceriano de la universalidad a la particularidad, actuando como “fuerza profunda” que corroe los imperios multinacionales. Tendencia confirmada durante todo el siglo XX con la desintegración de Austria-Hungría y los imperios otomano y alemán, la Rusia zarista, el Tercer Reich, el imperio japonés y la Unión Soviética.

Claramente China tiene rasgos similares al Imperio Austro-Húngaro (1867-1918), que aglutinaba a quince nacionalidades con doce lenguas y siete confesiones religiosas. Era un Estado multinacional que se transformó en “cárcel de naciones”, las cuales lograron emancipación con la desintegración política y extinción jurídica del imperio. Tardíamente China comparte estos rasgos, a tal punto que uno de los objetivos plasmados en el tratado constitutivo de la Organización Cooperativa de Shanghai, de la cual Beijing fue su promotor, es la lucha contra el separatismo. No obstante estos rasgos semejantes, la China actual toma distancia del fenecido imperio en cuanto a su poder. Aquel era una potencia decadente que agonizaba y China un pujante y ascendente país que compite con Estados Unidos por el liderazgo en el sistema internacional, al estilo del Imperio Alemán del káiser Guillermo II frente al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda.

Confucio y sus institutos

En su discurso con motivo del 2.565º aniversario del nacimiento de Confucio, el presidente Xi Jinping expresó que “aunque el confucianismo en los campos del pensamiento y cultura de China a largo plazo ha alcanzado una posición dominante, aun así el pensamiento y la cultura de China se ha desarrollado de forma multidireccional y plural”. En efecto, a la par del confucianismo existen otras escuelas de pensamiento en China, como el legismo, el taoísmo, el moísmo, el agriculturalismo, la filosofía de la guerra y otras doctrinas que enriquecieron a la civilización sínica.

Ahora bien, esta afirmación del presidente Xi contrasta con la praxis de la diplomacia cultural china, como consecuencia de la creación de los institutos Confucio. Estos institutos dependen directamente del Ministerio de Educación de China, se radican en universidades extranjeras, cuentan con administración conjunta y presupuesto compartido en partes iguales.

Al depender del Ministerio de Educación, la diplomacia china coloca a Confucio como representante del Estado chino aunque estrictamente es un pensador han, no del resto de las etnias. ¿Acaso tibetanos, uigures o mongoles sienten que Confucio representa a sus culturas en el exterior? O al revés, ¿Confucio representa a las etnias no-han? ¿Cómo hubiese reaccionado la etnia han si en lugar de Confucio estos institutos se denominaran Dalai Lama, en alusión al líder tibetano? Al respecto, Natividad Gutiérrez Chong recuerda que la profunda separación entre huaxia (los chinos) y yiti (no chinos) se convirtió en uno de los principios más importantes de carácter político y cultural postulado por Confucio. Entonces, ¿cómo las etnias no-han podrían aceptar a este pensador como representante de la “gran familia china” (中国大家庭) en el exterior?

Así como los manchúes dominaron a los hanes entre 1644 y 1911 bajo la dinastía Qing, hoy la etnia han domina a otras naciones bajo el liderazgo del Partido Comunista Chino. En el marco de esta dominación, la diplomacia china consolida la unidad de acción cultural en el plano internacional a través de los institutos Confucio, pero este accionar deja a la luz la hanización o hànhuà (汉化) de las culturas no-han, visto como una violación a los más básicos derechos de una comunidad. Obsérvese que se menciona el concepto de hanización y no de sinización, que en chino se denomina zhōngguóhuà (中国化) o huáhuà (华化), pues la primera palabra tiene origen en la etnia han y las segundas en el mundo chino. También en China se emplea el término asimilación cultural o wénhuà tónghuà (文化同化) para explicar este fenómeno político-social.

Con claridad meridiana el profesor Wang Jisi, de la Universidad de Beijing, nos ilustra sobre esta contradicción entre discurso y praxis diplomática: “Tomar la cultura han inconscientemente de forma equivalente a la cultura china, o tomar la cultura confuciana equivalente a la cultura han, provocará una gran cantidad de problemas. La cultura predominante de Estados Unidos presta particular atención a la creencia común en Dios (en los billetes está impreso: In God we trust), el presidente de los Estados Unidos jura sobre la Biblia. Algunas personas dicen: ¿por qué nuestros líderes no pueden jurar posando la mano en las Analectas? Por supuesto que no, porque no podemos decir que la cultura confuciana es la creencia de todos los chinos, incluso los descendientes de los emperadores Yan y Huang no estarían de acuerdo, ya que muchas minorías étnicas no reconocen que son descendientes de Yan y Huang. Desde esta perspectiva, cierta comprensión de parte de nuestros funcionarios es inadecuada. Proyectos como el Instituto Confucio, es mejor que sean promovidos por fuerzas no gubernamentales”.

Confucio en la Argentina

Dos universidades nacionales argentinas albergan institutos Confucio: la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional de La Plata. La política de ambos institutos es la enseñanza de la lengua y la cultura chinas. La lengua es entendida como el pǔtōnghuà y los caracteres estándares. Excepcionalmente el Instituto Confucio de La Plata contribuye con la formación idiomática de la comunidad china en esa ciudad.
En el libro Historia de las Relaciones Internacionales entre Argentina y China se realizaron críticas a los institutos Confucio en la Argentina. Cabe repasar, aquí, alguna de ellas:

* Su radicación en universidades públicas genera desigualdad con los institutos de otros países (por ejemplo, la Alianza Francesa, British Council, Cervantes, Dante Alighieri, Goethe o el Instituto Cultural Argentino Norteamericano) acreditados de forma no gubernamental fuera de las universidades.
* Al ser un organismo del Estado chino y estar radicado en las universidades nacionales mengua el principio de autonomía universitaria.
* Al aportar la mitad de sus presupuestos, las universidades estatales financian parcialmente la diplomacia cultural china.
* Cierto grado de extraterritorialidad de la legislación extranjera aparece en el artículo 6 de la versión en chino del “Estatuto del Instituto Confucio” cuando dice que el instituto “...no entrará en conflicto con las leyes chinas concernientes”.
* Mengua de la libertad expresión, académica y de investigación al desarrollar la impronta han e interferir en el desarrollo normal de temas relacionados con la problemáticas de otras etnias; el debate sobre derechos humanos y las cuestiones de Taiwán, Fa Lun Gong o la masacre de Tiananmen, entre otros. A esto se suma la restricción a la libertad de acción pues imposibilita invitar a personalidades opuestas al régimen chino que enriquezcan el debate sobre problemáticas chinas. Por eso, previo a ser acreditados en el exterior, los directores chinos reciben entrenamiento especial con miras a evitar, restringir, cuando no censurar, el desarrollo de estos temas o actividades.
* La falta de iniciativa y control sobre el material de enseñanza, el cual es establecido oficialmente por el Ministerio de Educación de China.

Algunas de estas críticas han sido motivo para que diez universidades que cuentan con institutos Confucio hayan puesto punto final a sus contratos (una en Japón, tres en Canadá, una en Francia, dos en Estados Unidos, una en Suecia y dos en Alemania). No obstante, conforme a la página web de Hanban, organismo del cual dependen los institutos Confucio, hasta el 1º de diciembre de 2015 había 500 institutos y 1.000 aulas Confucio distribuidos en 134 países.

Conclusión

Confucio es un erudito han que representa a la civilización sínica, aunque no todos los hanes son partidarios de su doctrina. Cuando se pasa de la civilización al Estado, Confucio se transforma en un personaje emblemático para la diplomacia china que unifica a toda la población y ejerce de facto la representatividad cultural del país en el exterior a través de los institutos Confucio. Homogeneizar a todos los ciudadanos chinos a través de Confucio implica asimilar a las otras culturas que resisten la integración forzada o la lenta hanización.

La diplomacia cultural china presenta dualidad entre el discurso y su práctica, criticada en China y en el resto del mundo. La política de los institutos Confucio es vista como un éxito de la diplomacia de Beijing; un “error” de la política cultural o acto deliberado de intervención cultural en el extranjero. Independiente de cómo se piense, los institutos Confucio se han convertido en instrumento del poder blando chino que aprovecha y amplía la interdependencia con otros países en el marco de la estrategia cultural global de China.

La presencia de un organismo gubernamental chino en dos universidades argentinas mengua su autonomía, libertad académica y de investigación; genera desigualdad con otros institutos radicados en la Argentina y con sus presupuestos financian parcialmente la diplomacia cultural de China. Los institutos Confucio son bienvenidos a la Argentina, especialmente por su labor de enseñanza del idioma chino, pero deberían funcionar en el ámbito privado, como sucede con los institutos de otros países que desde larga data funcionan en la Argentina.

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