Ayer y hoy, la reforma universitaria

Ayer y hoy, la reforma universitaria

Por Abraham Leonardo Gak

El movimiento estudiantil iniciado en Córdoba dejó una huella indeleble no solo en la vida académica del país, sino también de la región. Hoy enfrentamos un desafío igual o mayor, en medio de un contexto adverso: la utopía de poner el conocimiento al servicio de un verdadero desarrollo con equidad e igualdad de oportunidades.
 
Profesor Honorario de la Universidad de Buenos Aires


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“El sacrificio es nuestro mejor estĂ­mulo; la redenciĂłn espiritual de las juventudes americanas nuestra Ășnica recompensa, pues sabemos que nuestras verdades lo son –y dolorosas– de todo el continente”.

Enrique F. Barros, Horacio Valdés, Ismael C. Bordabehere, Gumersindo Sayago, Alfredo Castellanos, Luis M. Méndez, Jorge L. Bazante, Ceferino Garzón Maceda, Julio Molina, Carlos Suårez Pinto, Emilio R. Biagosh, Ángel J. Nigro, Natalio J. Saibene, Antonio Medina Allende y Ernesto Garzón, firmantes del Manifiesto Liminar

Dentro de pocos meses se cumplirån cien años de la publicación del Manifiesto Liminar: La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sudamérica, en cuya redacción tuvo influencia decisiva Deodoro Roca (1890-1942), un joven abogado cordobés y uno de los líderes del movimiento conocido como la Reforma Universitaria de 1918.
Esta declaraciĂłn fue la expresiĂłn del pensamiento de una juventud rebelde ante el pensamiento conservador de los sectores que medraban con el poder en las casas de estudio.

Lo que no imaginaron los jĂłvenes reformistas de aquella Ă©poca es que su manifiesto trascenderĂ­a en el tiempo y en el pensamiento de los hombres y las mujeres que anhelan cambios y libertades.

Es interesante hacer un breve recorrido por el escenario universitario de los años previos a esta importante declaración.

Una breve historia del desarrollo de la enseñanza superior en nuestro paĂ­s nos harĂĄ comprender que la reforma no fue un movimiento ocasional y oportuno, sino la expresiĂłn de un reclamo que llevaba mĂĄs de una decena de años de antigĂŒedad.

En 1917 existĂ­an tres universidades nacionales: la Universidad de CĂłrdoba, la Universidad de Buenos Aires y la Universidad de La Plata; y dos universidades provinciales: la Universidad de TucumĂĄn y la Universidad de Santa Fe.

Las universidades nacionales tenĂ­an diferentes orĂ­genes. La Universidad de CĂłrdoba, creada en 1613, arrastraba la marca clerical de su fundaciĂłn jesuĂ­tica; la Universidad de La Plata, que ya en 1917 tenĂ­a 20 años de antigĂŒedad, lucĂ­a una orientaciĂłn moderna y positivista reflejada en el predominio de la enseñanza experimental y cientĂ­fica. En tanto que la UBA, por entonces prĂłxima a cumplir su primer centenario, intentaba revertir las fuertes tendencias profesionalistas abriendo espacios para la ciencia.

La Ley Avellaneda, sancionada en 1885, servĂ­a como marco jurĂ­dico a las tres universidades nacionales. Con la idea de no otorgarles poder de decisiĂłn a los profesores universitarios, esta ley brindĂł al Poder Ejecutivo la potestad de modificar estatutos y de nombrar profesores.

La administración universitaria seguía en manos de órganos compuestos por miembros vitalicios y cooptados por las academias; en pocas palabras, tal como lo señala Carlos Borches, esta ley contribuyó a la consolidación de un régimen oligårquico en la constitución y gobierno de la universidad.

En el año 1906, la Universidad de Buenos Aires habĂ­a logrado limitar el control de las academias. La movilizaciĂłn estudiantil apoyada por los profesores y el propio rector –quien impulsĂł una reforma de los estatutos con el auspicio del Poder Ejecutivo– dio los primeros pasos hacia la autonomĂ­a que se consolidarĂ­a una dĂ©cada despuĂ©s.

En CĂłrdoba, la vida universitaria estaba en manos de la Corda Frates, que era una tertulia de doce caballeros catĂłlicos de edades aproximadas, muy unidos entre sĂ­ por lazos de amistad y aun de parentesco.

El documento de la reforma no tiene valor solo por su contenido –de por sĂ­ avanzado para su Ă©poca–, sino porque representa la culminaciĂłn de un proceso en un mundo que vivĂ­a tiempos de cambio. El nuevo sistema electoral establecido por el presidente Roque SĂĄenz Peña permitiĂł interrumpir la sucesiĂłn de gobiernos conservadores y llevĂł a HipĂłlito Yrigoyen –un aliado en las ideas que animaron la reforma– a la presidencia de la NaciĂłn.

La presencia activa de un movimiento obrero inspirado en las ideas socialistas de las corrientes inmigratorias contribuyĂł a los cambios de las polĂ­ticas locales e internacionales del paĂ­s, e influyĂł en el enfrentamiento de la juventud universitaria de CĂłrdoba con la estructura de poder atada a la dominaciĂłn monĂĄstica.

Cuando los estudiantes lanzaron su Manifiesto Liminar, salieron a combatir la educaciĂłn escolĂĄstica, la mediocridad y la estrechez intelectual que impedĂ­an a la universidad ser protagonista de su Ă©poca.

La Universidad de CĂłrdoba enfrentaba la apariciĂłn de los centros de estudiantes, que reemplazaron a los tradicionales Clubes Universitarios, que habĂ­an perdido influencia frente a estas nuevas organizaciones que albergaban otras ideologĂ­as y un accionar mĂĄs frontal. El Centro de Estudiantes de IngenierĂ­a de la Facultad de Ciencias Exactas, FĂ­sicas y Naturales rechazĂł la “ordenanza de los decanos”, que modificaba las condiciones de asistencia a clases, y los estudiantes de Medicina se opusieron al cierre del internado del Hospital Nacional de ClĂ­nicas cordobĂ©s.

La elecciĂłn del rector JosĂ© NicolĂĄs Matienzo favoreciĂł los ĂĄnimos de cambio que atravesaban a aquellos jĂłvenes dispuestos a demoler siglos de tradiciones estancadas. El ambiente tenso y caldeado fue invadido por la palabra de uno de los lĂ­deres estudiantiles –Horacio ValdĂ©s– invitado a hacerlo por el rector que presidĂ­a la Asamblea Universitaria con la idea de apaciguar la intensidad del debate. ValdĂ©s, subido a un banco y ante el silencio repentino de la sala, dijo: “No voy a pedir calma”, y la sala estallĂł. Esto sucedĂ­a en junio de 1918, resumiendo el espĂ­ritu de la nueva universidad.

Los ejes centrales del reclamo fueron recogidos y consensuados en el Primer Congreso Nacional de Estudiantes del 21 de julio de 1918 y estuvieron referidos a la autonomía para gobernarse, el cogobierno entre docentes, estudiantes y graduados, el libre acceso a clase y la instauración de cåtedras paralelas, el régimen de concursos, la periodicidad de cåtedras, la gratuidad de la enseñanza y la extensión universitaria.

Sin embargo, el valor esencial de este movimiento, que naciĂł en CĂłrdoba y se extendiĂł a todo el paĂ­s, fue la recuperaciĂłn de libertades conculcadas por la alianza entre los intereses oligĂĄrquicos vinculados con la tierra y la Iglesia. Acompañó, entonces, la emergencia en la vida polĂ­tica de una clase media en ascenso, de la mano de la aplicaciĂłn de la Ley SĂĄenz Peña que estableciĂł el voto secreto y obligatorio. En palabras del Manifiesto: “Desde hoy contamos para el paĂ­s una vergĂŒenza menos y una libertad mĂĄs”.

La mirada visionaria de los estudiantes iba más allá. En realidad, lo que querían era que la universidad formara parte de un movimiento social que colocara al pueblo como protagonista de un proceso de cambio basado sobre la justicia y la democracia. Como dijo Deodoro Roca, “reforma universitaria es lo mismo que reforma social”.

Tan es asĂ­ que el Manifiesto fue recibido en AmĂ©rica latina como un llamado a una profunda reforma social en la que participaron figuras como GermĂĄn Arciniegas en Colombia, RĂłmulo Betancourt en Venezuela, JosĂ© ArĂ©valo en Guatemala, JosĂ© Vasconcellos en MĂ©xico, y a pensadores de Paraguay, Chile, Bolivia y, especialmente, del PerĂș, en donde dio origen al nacimiento de un partido polĂ­tico, el APRA, que concentrĂł en sus filas a intelectuales de ese paĂ­s, y dando marco a la influencia de hombres como VĂ­ctor RaĂșl Haya de la Torre, Luis Alberto SĂĄnchez y JosĂ© Carlos MariĂĄtegui.

Los jĂłvenes que participaron en ese movimiento no imaginaron que tantos años despuĂ©s sus ideales estuvieran presentes en el Mayo FrancĂ©s del ’68, plasmados en el espĂ­ritu y la letra de Deodoro Roca en su consigna “Prohibido prohibir” y que hoy, a 100 años, tantos rescatarĂ­an su vigencia.

Los postulados de la reforma dieron origen en nuestras universidades a los movimientos reformistas que intentaron, en cada Ă©poca, dar respuesta a los requerimientos que el contexto planteaba. Esa presencia activa se mantuvo durante las dĂ©cadas que nos separan del ’18 y se manifiesta en la defensa permanente de la educaciĂłn pĂșblica con sus pilares de gratuidad y libre acceso, el cogobierno en la universidad, las cĂĄtedras paralelas y, sobre todo, en el compromiso con la sociedad.

Es asĂ­ que la juventud universitaria acompañó las luchas por la institucionalizaciĂłn de la democracia en los ’30 y las causas de la libertad y la democracia en los ’40.

Sin embargo, debemos señalar crĂ­ticamente la colaboraciĂłn del movimiento estudiantil con la instauraciĂłn de los intentos de la derecha en el paĂ­s, por no entender el proceso de acceso de las clases populares al poder polĂ­tico e ignorarlas por considerarlas aliadas a un gobierno autoritario. No podemos pasar por alto la colaboraciĂłn del movimiento reformista con el golpe de estado del ’55 que asolĂł a nuestro paĂ­s.

Con posterioridad cabe destacar la resistencia de la dirigencia estudiantil que enfrentĂł en asimĂ©tricas condiciones la Ășltima dictadura militar que cobrĂł muchas jĂłvenes vidas en defensa de la democracia, la libertad y los derechos humanos.

En esta segunda década del siglo XXI, el panorama local y latinoamericano presenta situaciones que nos retrotraen a situaciones ya vividas en el pasado y altamente preocupantes en las que aparecen nuevos actores con voluntad de protagonizar cambios sustantivos para sus sociedades.

La desocupaciĂłn, marginaciĂłn y exclusiĂłn social de amplios sectores de la poblaciĂłn siguen mostrando Ă­ndices muy superiores a los de comienzos de siglo, inclusive a los del perĂ­odo de la crisis mundial del ’29. AmĂ©rica latina no solo ha tenido dĂ©cadas perdidas sino dĂ©cadas de retroceso.

La concentraciĂłn econĂłmica y financiera de las corporaciones transnacionales, la conformaciĂłn de poderosos bloques entre las naciones desarrolladas, junto con el progreso cientĂ­fico, la globalizaciĂłn de la economĂ­a y el formidable desarrollo de las comunicaciones y la tecnologĂ­a originan una brecha entre los paĂ­ses de nuestra regiĂłn y los paĂ­ses centrales muy difĂ­cil de salvar.

Muchas decisiones se someten a los requerimientos de los grandes centros de poder y se desarrollan polĂ­ticas regresivas que se traducen en una marcada inequidad en la distribuciĂłn del ingreso, que nos llevan a inaceptables Ă­ndices de pobreza con todo lo que ello significa: mortalidad infantil, deterioro en la atenciĂłn de la salud, limitaciones serias al acceso a la educaciĂłn pĂșblica, deserciĂłn escolar, trabajo infantil y, naturalmente, desesperanza y falta de expectativas en el proyecto de vida de grandes sectores sociales.

Y bien, ¿cuål es el papel que debemos desempeñar los reformistas de hoy? ¿Cuåles son los objetivos que deben concentrar nuestros esfuerzos? ¿Cuål es el mensaje que le debemos a la sociedad?

El conocimiento es la herramienta mås importante que un país o una región tienen para generar crecimiento y desarrollo. Pero, ¿qué clase de conocimiento? ¿Cómo y dónde producirlo? ¿A quién debe beneficiar?

En las respuestas a estos interrogantes estĂĄn las nuevas metas de los reformistas. Ya no basta la cĂĄtedra paralela, ya no basta el cogobierno, ya no basta disponer de un ĂĄmbito de libre discusiĂłn de las ideas.

Nuestra misiĂłn es trabajar para generar igualdad de oportunidades, equidad en la distribuciĂłn del ingreso, desarrollo sustentable y conservaciĂłn de una identidad propia, aun en un escenario de globalizaciĂłn, de trĂĄnsito irrestricto de capitales transnacionales y de pautas culturales homogeneizantes.

Quienes trabajamos cotidianamente en el åmbito de la educación superior sabemos de las dificultades que debemos enfrentar: insuficiencia de políticas propias para la generación del conocimiento, falta de recursos para hacer frente a los requerimientos de una enseñanza de calidad a una masividad creciente de alumnos, a las que se unen un escepticismo en los jóvenes, consecuencia del modelo de sociedad en que vivimos.

El movimiento reformista nació como un proceso de rebeldía y utopía. Pretendió cambiar la universidad desde sus cimientos y, con ella, la sociedad. Hoy enfrentamos un desafío igual o mayor al de los jóvenes del ’18. Sin transgresión y, sobre todo, sin el convencimiento de que existen otros caminos por recorrer que no pasan por la miseria y la inequidad, poco o nada haremos.

Es hora, pues, de sentar las bases para un nuevo Manifiesto liminar que sea el compromiso de quienes transitamos las aulas universitarias para modificar esta realidad que no aceptamos y para comenzar a hacer frente a la deuda de honor que contrajimos al abrazar la causa de la reforma, de modo de honrar a los jóvenes del ’18 cuando decían: “Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos; las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”.

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ArtĂ­culos de este nĂșmero


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