Aldo Ferrer y la construcción de la densidad nacional

Aldo Ferrer y la construcción de la densidad nacional

Por Ricardo Aronskind

Aldo Ferrer logró construir una forma de pensar que le permitió dar cuenta de los grandes procesos históricos universales y al mismo tiempo poder comprender y encuadrar la lógica de las políticas locales coyunturales. De sus ideas surgen líneas de acción y orientaciones fundamentales para nutrir un proyecto nacional y latinoamericano con una mirada desde la periferia, porque sigue siendo indispensable una estrategia propia para conquistar un espacio de autonomía en el entramado económico global.
 



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Uno de los factores que explican la permanencia del pensamiento de Aldo Ferrer en los principales debates económicos argentinos de los últimos 50 años ha sido la profundidad de su diagnóstico sobre la economía nacional, conjuntamente con su capacidad para incorporar las novedades y transformaciones que se producían en la economía mundial y sus impactos en el tejido productivo local.

La visión de Ferrer no se limitó a un estudio empírico y limitado geográficamente de las condiciones de funcionamiento de un capitalismo local –en este caso, el argentino– sino que supo comprender –como todo el estructuralismo latinoamericano– la condición periférica de nuestra economía. Aldo Ferrer incorporó a ésta el estudio sistemático de las transformaciones del denominado proceso de “globalización”, y sus implicancias para nuestra región.

Al mismo tiempo, Ferrer no pudo pasar por alto los difíciles momentos que atravesó nuestro país en las décadas recientes, especialmente con la irrupción de las política neoliberales, ejecutadas tanto desde gobiernos de facto como por parte de gobiernos electos en forma democrática.

La gravedad de lo ocurrido en la historia económica argentina reside en la involución sufrida por aquel país de la industrialización sustitutiva de importaciones –que Aldo Ferrer no solo estudió, sino que protagonizó– hacia formas de desintegración económica, reprimarización y desarticulación social. Pocas naciones en el mundo registraron retrocesos tan grandes, luego de haber alcanzado logros significativos en materia de desarrollo, por supuesto no exentos de limitaciones y contradicciones.

Fue esa involución, y la mirada siempre atenta a la realidad de Ferrer, la que lo llevó a profundizar y complejizar su enfoque, incorporando un concepto de extraordinaria relevancia, que el autor denominó “densidad nacional”.

¿Cómo explicar las políticas económicas que desde el propio Estado nacional atacaban a las actividades con más alto desarrollo tecnológico del tejido industrial argentino? ¿Cómo entender las políticas de endeudamiento externo, que no promovían el fortalecimiento de las capacidades competitivas nacionales, sino que por el contrario ponían al país en el callejón sin salida de los compromisos financieros impagables? ¿Cómo pensar el comportamiento de una dirigencia política y económica que accedía sin demasiados inconvenientes a la venta de los principales activos públicos y privados al capital transnacional?

Ferrer no podía dejar de hacerse estas preguntas, y nos ofreció su explicación: la Argentina, y buena parte de la región latinoamericana, no contaba con la suficiente “densidad nacional” para poder vincularse con los procesos productivos, tecnológicos, financieros que implicaba la “globalización” en una forma compatible con el desarrollo económico y social de nuestros países.

Era necesario profundizar en las condiciones internas que hicieron posible que otras naciones fueran capaces de superar el atraso y la dependencia.

Un libro de síntesis histórica

El libro La economía argentina en el siglo XXI - Globalización, desarrollo y densidad nacional fue publicado en julio de 2015 por editorial Capital Intelectual. Se trata de una obra constituida por dos textos centrales: “Globalización y desarrollo en el siglo XXI” y “La densidad nacional”.

En la primera parte del libro, el autor muestra cómo entiende el proceso de globalización, formulando una visión históricamente situada que es diferente a las que circulan para consumo masivo por los medios o las editoriales de tiradas masivas.

En la segunda parte se avanza específicamente sobre el tema de la densidad nacional, no solo presentando el enfoque teórico general –que no deviene de elucubraciones abstractas sino del estudio de los casos más relevantes de desarrollo nacional de nuestra época–, para luego ir acercándose al “caso argentino”, sus problemas, pero también las propuestas para actuar sobre la densidad nacional.

Ambas partes del libro dialogan, y se puede observar hasta qué punto Ferrer ha logrado articular una lectura abarcativa del devenir económico global, con las características específicas del caso argentino. No son dos textos separados, sino que se complementan y enriquecen mutuamente: el estudio de la globalidad permite extraer lecciones y advertencias para las políticas locales, y la reflexión sobre la densidad nacional permite entender cómo se reproducen en el tiempo histórico las relaciones centro-periferia.

El orden mundial: continuidades y cambios

El estudio que realiza Ferrer contribuye a construir una necesaria mirada desde la periferia, para entender qué es y qué no es la globalización. Tarea de por sí vital, ya que el “pensamiento céntrico” ha construido su propia versión apologética sobre este complejo proceso histórico.

Ferrer entiende a la globalización como un proceso de largo alcance, que no se inició en la década de los ’80 del siglo XX, sino que arrancó con la expansión europea en el siglo XV y la unificación del mercado mundial que se articuló en torno a las necesidades económicas de las potencias del norte.

Por lo tanto, el autor diferencia entre diversas etapas de un proceso de largo aliento en el que se van destacando y asentando diversas potencias, que logran acceder a estadios superiores del desarrollo y a lugares privilegiados en la división internacional del trabajo.

Ferrer contradice en forma contundente el “sentido común” liberal acuñado en torno a la interpretación de ese vasto tramo de la historia mundial, simplemente dejando sentada una mirada radicalmente alternativa. Un ejemplo de esto es que no solo presenta una lectura alternativa sobre el desarrollo de Alemania, Japón y Estados Unidos, potencias de desarrollo “tardío” en relación a la más madura Gran Bretaña del siglo XIX, sino que es en relación a esta última potencia (supuesto paradigma de las bondades del libre comercio para lograr el desarrollo) donde Ferrer despliega una visión en la que se resaltan las capacidades estatales, la cohesión social y las políticas estratégicas –con alta disposición a la utilización del conocimiento científico y tecnológico– como claves para comprender la expansión global del poder británico.

En las etapas más recientes de la globalización, Ferrer señala la configuración de un orden asimétrico, cuyas reglas de juego favorecen al centro. Dice el autor: “En la segunda posguerra, bajo el liderazgo de Estados Unidos los países industriales consolidaron su posición hegemónica: constituyeron y administraron los organismos internacionales reguladores del comercio y las finanzas (…), y promovieron las ideas destinadas a reproducir las desigualdades existentes en el orden mundial, con especial hincapié en la desregulación económica.”

Entender cómo los países se articulan al proceso económico mundial, en qué medida son determinados y en qué medida pueden autodeterminarse, constituye una preocupación permanente en Ferrer.

El autor procura apartarse de dos enfoques igualmente equivocados en su perspectiva. Por un lado busca evitar la trampa arcaizante de plantear una economía atrincherada en sí misma e incapaz de seguir el ritmo de la innovación global, y por otro lado eludir la trampa neoliberal, que en nombre de la modernización introduce prácticas económicas que conducen a la dependencia y el satelismo.

Finalmente, Ferrer remarca el actual carácter multipolar de la globalización, fuertemente influido por la irrupción de la potencia china en el orden mundial, y por lo tanto la diversificación de estilos y modalidades de conducción del desarrollo nacional: “En el caso de China, la totalidad de las relaciones comerciales y financieras están bajo el comando de las políticas del Estado. El objetivo de la ganancia está subordinado al servicio del interés nacional”.

Los resultados de las indagaciones sobre los procesos mundiales conducen hacia una conclusión que no sorprende en Ferrer: ya avanzado el siglo XXI sigue existiendo margen para implementar políticas nacionales, sigue siendo indispensable una estrategia nacional para conquistar un lugar interesante en el entramado económico global. En definitiva, “cada país tienen la globalización que se merece”.

El desafío implícito en el concepto de densidad nacional

En años recientes, Aldo Ferrer comenzó a trabajar sobre un concepto complejo y sofisticado: un instrumento conceptual que permitiera dar cuenta de las limitaciones y potencialidades de los países para insertarse exitosamente –soberanamente– en el orden global. Llegó así al concepto de densidad nacional, tan relevante en nuestra época como el tan nombrado como incomprendido concepto de desarrollo. Ferrer percibió la necesidad de dar cuenta del comportamiento que América latina ha tenido en las últimas décadas de su historia económica, en las cuales pareció abandonar la meta de completar la conquistada independencia política con la nunca lograda independencia económica. Así como el desarrollo es un concepto multidimensional, la densidad nacional vuelve a enlazar naturalmente a diversas disciplinas sociales, en un desafío investigativo e interpretativo extraordinario.

Luego de recorrer la experiencia comparada de un conjunto muy diverso de países que pueden considerarse exitosos por haber logrado una buena inserción internacional y elevados estándares de vida para su población, gracias al despliegue amplio de sus potencialidades, el autor llega a la conclusión de que lo que les ha permitido alcanzar esos logros significativos ha sido el haber generado internamente una sólida densidad nacional.

La densidad nacional se constituye a partir de cuatro grandes factores: cohesión y movilidad social (“en mayor o menor medida, todos los países exitosos registraron tensiones sociales, en algunos casos extremas y violentas; pero sus sociedades registraron un nivel de cohesión y movilidad social que sustentó el proceso de acumulación en sentido amplio e hizo participar a la mayor parte de la sociedad de los frutos del desarrollo”); liderazgos y acumulación de poder (“la cadena de agregación de valor de los diversos sectores productivos contó con participaciones decisivas de empresas nacionales. La presencia de filiales de empresas extranjeras nunca constituyó un bloque dominante y estuvo asociada al tejido productivo mediante eslabonamientos con empresas de propiedad pública y empresarios locales”); estabilidad institucional (“los países exitosos cuentan con instituciones estables y regímenes políticos capaces de contener y resolver las tensiones emergentes del proceso de transformación (…) las reglas de juego establecidas reflejan la existencia de un sentido de pertenencia en la mayor parte de la sociedad (…) ningún sector está en condiciones de romper las normas aceptadas para imponer su voluntad sobre el resto de los actores”); y finalmente el pensamiento crítico (“el pensamiento estructuralista fue desplazado en América latina bajo la avalancha neoliberal sustentada en la crisis de la deuda y en las debilidades internas (…) en todos los países exitosos predominó un pensamiento crítico fundado en el interés nacional y el rechazo al pensamiento hegemónico de las potencias dominantes”).

Ferrer deja así planteado un auténtico desafío intelectual para el campo académico, ya que ha desplegado una serie de dimensiones complejamente interrelacionadas que deben ser comprendidas e investigadas en cada caso específico.

Pero aún es mayor el desafío para el mundo de la política concreta: si el camino al desarrollo nacional requiere del esfuerzo multidimensional que implica lograr la cohesión social, contar con un empresariado que acumule e invierta en el espacio nacional, establecer instituciones capaces de procesar y resolver los conflictos vinculados a la transformación, y desplegar un pensamiento propio frente al pensamiento hegemónico, son numerosas las tareas y acciones que deberán plantearse en función de esas metas. Como el desarrollo, el fortalecimiento de la densidad nacional requerirá de la movilización y articulación de todos los recursos valiosos disponibles en nuestra sociedad.

Pensando junto a Aldo Ferrer

Queremos aquí señalar una serie de cuestiones que nos hubiera gustado seguir profundizando con él, en relación a los significados e implicancias del concepto de densidad nacional. Pensando en la historia argentina reciente, no cabe duda de que un punto de inflexión fue la dictadura cívico-militar de 1976. Cuando se la estudia, se observa que junto con el quiebre institucional y la eliminación de las garantías democráticas básicas, se implementó en lo económico un proceso de desindustrialización, especulación financiera y endeudamiento externo. El impacto sobre la cohesión social fue enorme, y aún hoy no ha sido revertido. En lo ideológico, la persecución de las ideas heterodoxas favoreció la difusión masiva del neoliberalismo, que constituye el pensamiento céntrico por excelencia. Se podría decir que ese régimen político representó exactamente lo opuesto a lo que Aldo Ferrer recomienda en términos de construcción de densidad nacional.

El problema es que dicho régimen contó con la adhesión de fuertes sectores empresarios, que deberían ser, en la visión de Ferrer, quienes hagan la apuesta por la acumulación dentro de las fronteras nacionales y quienes formulen una visión “propia” en relación a otros intereses transnacionales. Después de concluido el episodio dictatorial, sin embargo, el primer gobierno democrático liderado por el Dr. Alfonsín encontró fuertísimas trabas para aliviar la pesada carga de la deuda externa y así poder sostener una política autónoma de desarrollo, provenientes de las potencias hegemónicas. En esa circunstancia histórica, el orden global actuó interponiéndose activamente en el proceso de recuperación nacional. Si bien ese gobierno democrático contaba con autonomía intelectual para “leer” el mundo, ni los actores económicos locales ni los externos permitieron construir densidad nacional. En la gestión del Dr. Menem se reintrodujo el pensamiento céntrico en el propio seno del Estado, se incrementó la desigualdad y la marginalidad social, y se promovió la desafección por lo público. Nuevamente, el empresariado más dotado por sus recursos productivos y financieros para realizar la acumulación, apoyó el proceso de privatizaciones y extranjerización de las empresas públicas, y en no pocos casos vendió sus propias empresas al capital extranjero. Ferrer señala en su libro que los comportamientos empresarios serían efectos de las “reglas de juego” equivocadas planteadas desde el sector público. Sin embargo persiste la duda sobre el grado en que poderosos intereses sectoriales pueden incidir en el diseño de las “reglas de juego” y en la selección de los propios funcionarios que deben implementarlas.

Aldo Ferrer señala con precisión el efecto negativo del pensamiento céntrico para lograr la necesaria densidad nacional. El problema se acrecienta cuando parte del liderazgo político y empresarial pareciera portador de ese pensamiento céntrico, como se manifiesta en el apoyo declarado a los quiebres institucionales, la adhesión acrítica a los lineamientos del Consenso de Washington, el entusiasmo irresponsable frente a eventuales tratados de libre comercio, o la reiterada tendencia a la adopción sin matices de las modas intelectuales provenientes de las potencias hegemónicas.

Ferrer entiende que las instituciones democráticas locales están en pleno funcionamiento, y que ese es un activo de la densidad nacional. Pero seguramente no se le escapaban los graves ruidos institucionales que marcaron, por ejemplo, la caída del Dr. Alfonsín, las irregularidades republicanas durante el gobierno del Dr. Menem, los desórdenes económico-sociales que determinaron la renuncia del Dr. De la Rúa, o los comportamientos corporativos que jaquearon la legalidad durante la reciente gestión kirchnerista. Esos ruidos persistentes entre economía y política o política y economía, debilitan la densidad nacional en la medida en que ilustran significativas divergencias sectoriales en torno a cuál debería ser el rumbo estratégico de la nación.

En el ámbito global, nuevamente Ferrer es optimista. Entiende que conjuntamente con todas las naciones emergentes que tienen hoy vigorosas políticas estatales para construir el desarrollo nacional, las economías del Atlántico retrocederán en algún momento de sus actuales prácticas neoliberales –lideradas por las finanzas–, y retomarán políticas de estímulo a la demanda y la producción. Ese nuevo escenario generará mejores condiciones para que la periferia latinoamericana asuma políticas públicas más expansivas y dinámicas. Esperamos que esta visión sea la que finalmente se concrete, ya que en la presente coyuntura, incluso luego de la grave crisis financiera provocada por los principales actores de Wall Street, sigue preponderando la lógica económica y social del capital financiero, que conlleva tendencias globales al estancamiento y el desempleo. Quizás en el capitalismo keynesiano de posguerra no sólo primó una comprensión intelectual más sofisticada de las limitaciones que tienen los mercados, y del rol regulador clave del Estado –a partir de la catástrofe que estalló en 1929–, sino que también jugó un papel significativo la presencia de una “amenaza” sistémica, el mundo comunista, que contribuyó a reforzar las voces favorables a la autorregulación responsable del sistema. Hoy tal “amenaza” no existe, y la prédica desregulatoria –e incluso la consagración de la primacía de los intereses corporativos sobre los Estados, como en el caso de los actuales TTP y TTIP– continúa a pesar de los peligros económicos y sociales que el descontrol de los mercados sigue provocando.

Conclusión

Aldo Ferrer logró construir una forma de pensar que le permitió dar cuenta de los grandes procesos históricos universales, de largo aliento, y al mismo tiempo poder comprender y encuadrar la lógica de las políticas locales coyunturales.

Fue un destacado representante de una escuela de pensamiento latinoamericano que realizó un esfuerzo de construir un pensamiento abarcativo, no fragmentado, en contraposición al estéril pensamiento predominante en las unidades académicas hegemónicas.

En ese sentido no fue un creador de teoría abstracta, ni cultor de un empirismo chato y sin perspectiva, y nos dejó un legado rico que debería ser profundizado por aquellos actores con vocación nacional.

¿Fue Aldo Ferrer excesivamente optimista? Las más graves coyunturas no lograban que él abandonara su convicción en el enorme potencial argentino, incluso cuando muchos se sentían abrumados por la cantidad de severos problemas que aquejaban al país. Es que Ferrer trascendió largamente la figura del economista convencional. La idea del desarrollo, como se comprenderá, no es una idea “económica”, sino política. Y Ferrer, a su manera y con su estilo, fue un dirigente político, que decidió incidir en el destino nacional no desde la política partidaria estrecha, sino en la conformación de grandes consensos nacionales transformadores.

Por lo tanto, no solo su carácter personal determinó la permanente “positividad” de su prédica, sino su ubicación social como dirigente, no de una fracción partidaria, sino de una corriente histórica de largo aliento, que atraviesa los agrupamientos circunstanciales, para poner la mira en las cuestiones sustantivas que definen la historia de un país.

Políticamente Ferrer continuó luchando, como lo demuestran sus últimos trabajos, por formular un pensamiento económico nacional, soberano, actualizado. De sus ideas surgen naturalmente líneas de acción y orientaciones fundamentales para nutrir un proyecto nacional y latinoamericano en el difícil e incierto siglo XXI.

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