Adolescentes: el discurso de la sexualidad

Adolescentes: el discurso de la sexualidad

Por *Augusto Labella y **Rodolfo Ramos

En la actualidad la información que reciben las y los adolescentes es parcializada. Poco se dice acerca de las necesidades de la sexualidad juvenil. Es responsabilidad de los adultos acompañar el trånsito de la niñez a la juventud sabiendo que los estereotipos y representaciones del mundo adulto suelen invadir la expresión propia y legítima del adolescente con todo lo que ello significa.
 
*AntropĂłlogo Social. Educador Sexual. Vocal de la AsociaciĂłn Argentina de SexologĂ­a y EducaciĂłn Sexual y Vocal de la AsociaciĂłn de SexologĂ­a del Litoral. Coordinador General del Colectivo Misionero de EducaciĂłn Sexual **Profesor en BiologĂ­a. MagĂ­ster en Salud Mental. Educador Sexual. Profesor Consulto de la U.N. de Misiones. Vicepresidente de la AsociaciĂłn Argentina de SexologĂ­a y EducaciĂłn Sexual y Vicepresidente de AsociaciĂłn de SexologĂ­a del Litoral. Coordinador General del Colectivo Misionero de EducaciĂłn Sexual


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Muchas veces nosotros como adultos nos encontramos frente a situaciones de diálogo con unos “otros” que nos resultan distintos y a veces un poco ajenos, tanto por la relación de diferencia notoria de edad como por una suerte de responsabilidad que se da casi de forma implícita. Hablamos de unos otros que son los y las adolescentes.

Lxs adolescentes representan a un sector de la sociedad actual que no tiene fronteras estructurales de edad, gĂ©nero, ni rasgos explĂ­citos. Sabemos que se ingresa en la adolescencia una vez que aparecen ciertos rasgos fĂ­sicos, acompañados por desarrollos psicolĂłgicos (conductas, comportamientos), pautas de identificaciĂłn del niño en adulto, y el cambio de una dependencia a una relativa independencia, la cual se define como madurez social. Lo que nos queda claro es justamente lo oscuro. Es un “etapa-proceso” que transitamos los seres humanos de las sociedades actuales. Y como seres humanos nos relacionamos, interactuamos, nos comunicamos, dialogamos.

En este diálogo, ocurre un intercambio. Un ida y vuelta de “saberes” (formas de ver el mundo, de percepciones de lo real, de lo que me gusta y no me gusta, de lo que creo correcto, incorrecto, anormal, normal; normas, valores, reglas); un intercambio de lo que piensa, dice, hace, dice que hace, y siente cada sujeto.

Ahora bien, en este intercambio muchas veces sentimos la necesidad de dar “respuestas” o de “corregir” algĂșn saber o creencia que sabemos que es incorrecta o poco saludable. Desde algo tan simple pero con tantas consecuencias como “si no uso forro no pasa nada” hasta algo mĂĄs maligno y violento como “le pego porque se lo busca”. Es allĂ­, en esa relaciĂłn, cuando intentamos (a veces inconscientemente) que ese intercambio se transforme en un acto educativo.

Un acto educativo es un intercambio que produce nuevos saberes que tienen sentido en uno de los interlocutores en la medida en que estos conocimientos puedan ser aplicados a su vida cotidiana.

En esta relación siempre hay poder de por medio, el cual puede ser con una intención de buena fe o bien con un interés por colocar un discurso propio en boca de otro. Por ejemplo: transmitir con la intención de educar un valor como llegar virgen al matrimonio podría ocasionar que un o una adolescente no disfrute plenamente de su cuerpo (algo no propio del mundo juvenil hoy en día). Es por ello que debemos tener en cuenta que esta situación no provoque restricciones, desajustes, dificultades, obståculos, angustias, en la cotidianeidad de lxs otrxs. A esto se denomina iatrogenia educativa, todas las acciones sociopedagógicas que no posibilitan a niños y adolescentes acceder al conocimiento y a los saberes que les permiten apropiarse de la realidad.

Entonces nos preguntamos: en ese intercambio, en ese acto comunicacional y hasta a veces educativo, ¿qué tipo de lenguaje debemos usar? ¿Debemos preguntar algo? ¿Qué debemos preguntar? ¿Cómo debo interpretar?

Si nos pusiĂ©ramos a recolectar las opiniones y comentarios de los adolescentes respecto de algĂșn tema que nos interese abordar de su sexualidad sĂłlo llegarĂ­amos a obtener datos no respecto a las prĂĄcticas de estos y estas adolescentes, sino a los discursos de las prĂĄcticas sexuales.

Es decir que sólo podremos concluir acerca de la manera de decir y expresar discursivamente su sexualidad, en vez de las maneras “reales” de hacer y/o sentir. Cuando hablamos de discurso reconocemos una expresión del lenguaje que no siempre es hablado sino que incluye un código no verbal, como los gestos, las reacciones violentas, sonrojarse, tartamudear. Aun así, de estas expresiones somos nosotros los interlocutores adultos quienes a su vez decodificamos, interpretando subjetivamente lo que nos están respondiendo. Este discurso del que hablamos no es un discurso “limpio y objetivo” sino que ya está cargado de ideologías dominantes, de estereotipos y representaciones de un mundo adulto que invade una expresión propia y legítima del adolescente. Es lo que muchas veces llamamos el “deber ser” o lo que se espera de mí. Lo que se espera que se haga y se sienta, y que en el caso de los adolescentes la mayoría de las veces no pueden vivenciar; por lo cual construyen un discurso de proezas y fantasías, tratando de cumplir expectativas provenientes de ese mundo adulto.

A partir de estas aproximaciones sobre el discurso, podemos enunciar también como una hipótesis que las diferencias en las respuestas de jóvenes de uno u otro género estån vinculadas con la existencia de otros discursos de mayor orden ligados a modelos vigentes y conflictivos de masculinidad y femineidad, y a modelos de relaciones afectivas y sexuales aceptadas socialmente.

Estos discursos, estas “maneras de decir las cosas”, reproducen modelos dominantes que se legitiman grupalmente, como en colegios, barrios, grupos de amistades. A ello llamamos categorías intragrupos. Estas expresiones muchas veces chocan con las categorías intergrupos, es decir con grupos de otros jóvenes con otra formación, otra procedencia, otra práctica espiritual y (casi inevitable notarlo) con otros grupos de jóvenes y adultos.

Muchas veces pensamos que el silencio significa represiĂłn, timidez o negaciĂłn por parte de lxs adolescentes respecto de algo que nosotros preguntamos y queremos conocer. Esas interpretaciones son propias de nuestro mundo adulto. Ello genera solamente una sensaciĂłn de ansiedad y angustia en nosotros por no obtener una respuesta desde un lenguaje adulto. Debemos ser pacientes y respetar momentos y comprender que el silencio es parte del cĂłdigo adolescente y no siempre significa lo mismo que en el adulto.

AdemĂĄs debemos tener presente que los adultos tenemos una forma de entender y valorar la sexualidad, propia de cada unx, resultado de nuestra historia particular, nuestra educaciĂłn y formaciĂłn. Esa filosofĂ­a acerca de cĂłmo entendemos y vivimos la sexualidad la llamamos sexosofĂ­a. Es como un par de anteojos desde lo cual vemos las sexualidades. Nos cuesta mucho despojarnos de ella a la hora de valorar las prĂĄcticas y conductas de lxs adolescentes. Tratar de separarnos y comprender lo que se nos dice desde el lugar del otrx es un ejercicio constante y complejo, que no siempre puede lograrse, pero la intenciĂłn misma ya implica una movilizaciĂłn y un reconocimiento de las respuestas y opiniones de un otro diferente.

Las respuestas de los jĂłvenes dan cuenta de la existencia de estereotipos y representaciones, de mitos y falsas creencias, de gustos y temores, que a medida que van creciendo tendrĂĄn dos caminos posibles: o se aferrarĂĄn los miedos y temores, asĂ­ como los gustos, o se resolverĂĄn dando lugar a una existencia sana, saludable, placentera.

Los estereotipos hacen de espejos que la sociedad presenta al adolescente para reflejar una imagen que Ă©l o ella llegan a considerar autĂ©ntica conformando su conducta hacia ella. Los adultos estamos, en la mayorĂ­a de los casos, convencidos de la validez de estos estereotipos ya que los legitimamos en nuestras acciones cotidianas. Por lo general lxs adolescentes se convencen de que lo que hacen es simplemente lo que todo el mundo espera que hagan; y la sociedad adulta en general se convence de que tiene que afrontar en este caso “un problema”. Se instala una imagen dicotĂłmica en torno a estos estereotipos, dando lugar sĂłlo a dos posibilidades: alejarse o acercarse de la forma correcta y esperada de ser. De esta dicotomĂ­a parte la repeticiĂłn constante de un cierto modelo dominante, como es el hablar de su genitalidad, de quĂ© es bueno y propio de su etapa psicoevolutiva. Pero Âżtienen conocimiento los adultos acerca de los procesos fisiolĂłgicos y de las expresiones afectivas que van acompañando estos procesos?
ComĂșnmente, si somos adultos no crĂ­ticos, y no reflexionamos sobre nuestras acciones, caemos en las siguientes reacciones: en una reacciĂłn colectiva desde el estereotipo; en una reacciĂłn idiosincrĂĄtica, basada en la formas de ser de cada uno y sus experiencias, y/o en una reacciĂłn de “transferencia” en la cual vemos el mundo de los adolescentes a partir de nuestros valores y reglas, de la percepciĂłn de lo que es correcto o incorrecto, a menudo en detrimento de la relaciĂłn.

Debemos prestar atención a la muy nombrada “sobreprotección” que se expresa en una marcada inquietud y seguridad para con el adolescente. Ello puede llevar a prácticas para protegerlxs contra exposiciones prematuras a las tensiones físicas y emotivas del mundo adulto, lo cual concluye muchas veces en prohibiciones impuestas que frustran sus impulsos normales y necesarios.

Las reacciones de los adultos frente a la sexualidad adolescente tienen gran relaciĂłn con la aceptaciĂłn de la sexualidad en la esfera familiar (ese cĂ­rculo de relaciones compuesto por las personas que el adolescente considera cercanas afectivamente), y se manifiesta en las demostraciones de afecto entre los miembros de esta y en el nivel de conocimientos de los procesos fisiolĂłgicos.

Si nos pusiéramos a analizar las formas de comunicación entre los adolescentes y su familia nuclear (padres, madres, quienes ella o él identifiquen) puede ilustrar el modo en que ambas partes desempeñan sus roles de forma consciente e inconsciente respondiendo a deseos y miedos, placeres y temores, muchas veces implícitos.

Los adultos tenemos y necesitamos acompañar desde nuestro lugar de adultos a los adolescentes en ese trånsito de la niñez a la juventud. Acompañar los procesos involucrados en la evolución psicosexual de los adolescentes reconociendo sus curiosidades e inquietudes, dando respuestas con conocimientos científicos, fortaleciendo los vínculos sin dejar de lado lo afectivo y emocional. Un proceso que no es trabajado desde lo educativo es la Respuesta Sexual Humana (RSH), el cual ademås de ser un proceso que se da de forma particular en la adolescencia, responde a las relaciones interpersonales entre los adolescentes y repercute directamente sobre su vida adulta.

En la actualidad la informaciĂłn que reciben lxs adolescentes es parcializada. No se brindan las herramientas necesarias para que transiten los cambios propios de los procesos psicosexuales. Poco se dice acerca de las necesidades de la sexualidad juvenil, como la bĂșsqueda del placer erĂłtico, afectivo, o la sexualidad sana y sin consecuencias crĂ­ticas.

Creemos que en lo sucesivo esto va a ser mitigado y superado. La ley 26.150 de Educación Sexual Integral ha ido habilitando en nuestro país un espacio que nos permite adoptar una perspectiva integral, articulada, que incluye lo sexo genital y lo sexo afectivo, visualizando al sujeto como complejidad, no separando entre cuerpo y mente, sino integrando lo físico, lo intelectual y lo afectivo. Reconociendo la perspectiva de género, desde su experiencia; notando y haciendo notar al sujeto todo y diverso como un sujeto de derecho.

Cualquier intenciĂłn de diĂĄlogo consciente que establezcamos con los adolescentes debe ser funcional. Aquello de lo que queramos hablar debe estar relacionado con las situaciones prĂĄcticas que encaren los adolescentes en la vida diaria. Por ello, un objetivo educativo deberĂ­a ser ayudar a comprender mejor sus problemas, discutir las razones por las cuales existen, y analizar la mejor manera de solucionarlos. Por consiguiente, los diferentes temas relacionados con la sexualidad deben ser considerados importantes por lxs propixs adolescentes.

La clave para adoptar nuevas ideas es la motivación que se encuentra dentro de ellos y ellas. La acción es voluntaria. La curiosidad inicial debe ser alimentada y resignificada en términos de lo saludable, placentero y aplicable pråcticamente a su vida.

La información proporcionada debe ser simple, amena y fåcil de aprehender, es decir que no se requieran altos niveles de escolaridad para entender. Utilizar términos criollos y populares para acompañar las descripciones científicas suele ser una buena herramienta, así como aprovechar las capacidades específicas de cada unx, combinando la comunicación verbal, la no verbal, el uso de la memoria para la retención de información, y las imågenes y percepciones sensoriales, etc. Utilizaremos así formas propias para entender y valorar las alternativas para aplicar en las situaciones diarias.
Lo Ăłptimo, pero no imposible, es buscar constantemente un equilibrio entre lo que ellxs necesitan y lo que podemos proveer en cuanto al desarrollo de nuevos conocimientos y elementos de juicio para la toma de decisiones. AsĂ­ crearemos un cĂłdigo propio de complicidad afectiva que permita un intercambio genuino y placentero de saberes.

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