“Autonomía heterodoxa” y seguridad internacional: apuntes estratégicos para el caso argentino

“Autonomía heterodoxa” y seguridad internacional: apuntes estratégicos para el caso argentino

Por Luciano Anzelini

La Argentina tiene una extensa tradición de aportes a la seguridad regional, lo que le permitió desarrollar su estrategia de restricción y colaboración en su vinculación con la potencia hemisférica. En este marco, y apoyado en el bajo grado de conflictos armados entre los países de la región, la creación de un sistema de defensa subregional se ha convertido en una política de Estado indispensable para mantener la buena convivencia.
 
Docente e Investigador (UBA, UNQ)


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Hay tres tipos de Estado en el sistema internacional: las grandes potencias, los países medianos y las naciones débiles. Las primeras son las que disponen de capacidad para establecer las reglas del juego global. Los segundos gozan de un “poder relativo” para ejercer influencia, aun cuando su disposición de atributos de poder no es lo suficientemente importante para determinar el curso de los acontecimientos centrales de la política mundial. Las naciones débiles son unidades políticas desprovistas de poder real, carentes del peso político, económico o militar para ejercer algún tipo de influjo de modo individual.

La Argentina se halla entre los Estados medianos. En esta condición comparte una característica con las naciones débiles, a la vez que se diferencia de estas por una razón esencial. Tanto los Estados medianos como los pequeños carecen del poder efectivo para incidir unilateralmente en los asuntos de la seguridad internacional. Sin embargo, a diferencia de los Estados pequeños, los medianos gozan de una relativa capacidad para ejercer influencia a nivel sistémico. ¿En qué circunstancias? Básicamente cuando actúan a través de alianzas, grupos u organizaciones regionales. En efecto, la aptitud de un Estado mediano para ejercer –conjuntamente con otras unidades políticas– cierta influencia en los asuntos de seguridad internacional se expresa a través de su participación en los organismos internacionales.

El debate sobre las opciones estratégicas de la Argentina en su relación con el entramado institucional de seguridad internacional se efectúa aquí a partir de sus aportes históricos a la seguridad regional. Nuestro país –en conjunto con la mayor parte de las naciones latinoamericanas– ha contribuido a conformar un notable acervo en materia de paz y seguridad interestatales. Aquel conjunto de contribuciones políticas y diplomáticas constituye un activo estratégico a partir del cual desplegar nuestras políticas internacional y de defensa. Dichos aportes representan la condición de posibilidad para expandir autonomía y, por consiguiente, para restringir la actividad de poderosos actores extrarregionales.

El artículo se estructura del siguiente modo: en primer lugar se presentan el “orden político internacional” y el tablero estratégico de las Américas. Luego se analizan algunos aportes de la literatura reciente en materia de restricción de poder, con el acento puesto en el accionar de los Estados medianos. En tercer lugar se recupera con fines instrumentales el concepto de “autonomía heterodoxa” planteado por Juan Carlos Puig en la década de 1970 como plataforma para el relacionamiento con la arquitectura de seguridad internacional. En cuarto término, se revisa el caso estratégico del Consejo de Defensa Suramericano (CDS). Finalmente, se presentan unas breves conclusiones que resumen lo expuesto en las secciones precedentes.

El orden internacional y la situación estratégica del continente americano

De acuerdo con la visión de Robert Cox, la interrelación de tres configuraciones de poder habrá de marcar la naturaleza del orden político internacional: el imperio, el sistema interestatal y la sociedad civil global. Así, las relaciones de control político y económico marcadas por el accionar de una superpotencia (los Estados Unidos), los Estados del todavía resistente orden westfaliano y los movimientos transnacionales de la sociedad civil se hallan imbricados en interacciones globales en las que la primera configuración –el imperio– busca imponer sus reglas, en tanto las dos restantes –el sistema internacional y la sociedad civil global– procuran preservar sus cada vez más restringidos campos de acción.

Puesto de otro modo, la política de primacía de la Casa Blanca se ha arrogado durante las últimas décadas la prerrogativa de usar unilateralmente la fuerza y de establecer patrones de conducta para los demás, mientras el sistema westfaliano de Estados –a través de sus arquitecturas institucionales– y la sociedad civil global –por medio de la militancia transnacional– han opuesto tenazmente sus fuerzas.

A los efectos del presente artículo, centrado en las estrategias de un Estado mediano frente a la arquitectura de seguridad internacional, la configuración que más nos interesa es el sistema westfaliano. Es allí donde la Argentina puede obtener réditos superiores a los que cabría esperar dada su disponibilidad de atributos materiales de poder. Ello se debe, entre otras razones, al hecho de que en esta configuración destacan como principios organizadores el pluralismo y el consenso, insumos estratégicos de la actuación de la Argentina en el escenario internacional.

En este contexto, resulta evidente que la lógica expansiva de Washington no es ajena a la región sudamericana. Si bien el “cambio sistémico” producido en 1991 con la caída de la Unión Soviética trajo aparejada la unipolaridad estratégico-militar a nivel mundial, esta ya era un rasgo estructural en las relaciones interamericanas. Ahora bien, el hecho de que América del Sur sea una región afectada por la influencia de una potencia hegemónica no significa que sus países carezcan de activos a partir de los cuales desplegar estrategias de restricción de poder.

Nuestro argumento es que la vasta trayectoria de aportes de la Argentina a la “sociedad internacional” constituye el punto de partida para ejercer una estrategia de “influencia sin poder”. Adicionalmente, el bajo grado de conflictos armados entre los países de la región y el fuerte apego a las normas formales e informales de resolución de disputas –activos incuestionables en comparación con lo que ocurre en otras convulsionadas regiones del planeta– son los aspectos que han dado marco a la adecuada estrategia desplegada por nuestro país en el período 2003-2015. Así, el relacionamiento estratégico con las arquitecturas de seguridad internacional y defensa reconoce en la tradición diplomática y pacifista argentina un basamento fundamental.

En resumidas cuentas, podemos afirmar –retomando la expresión de Cox– que la clave de la estrategia gira en torno a la segunda configuración del poder, esto es, el robustecimiento del sistema interestatal. En efecto, pese al innegable debilitamiento de la soberanía de los Estados como consecuencia del proceso de globalización, lo cierto es que el sistema westfaliano y su arquitectura institucional continúan siendo una estructura perdurable y un activo contra la expansión de las formas abusivas del poder. El respeto del derecho y las instituciones internacionales constituye la principal línea estratégica de preservación de espacios decisorios y de influencia para un Estado mediano como la Argentina.

Estrategias en materia de seguridad internacional

Estrategias y autonomía

Para cualquier país que no dispone de una sobreabundancia de atributos materiales de poder, debatir acerca del “vínculo estratégico” con el sistema de seguridad internacional implica resignificar el concepto de autonomía. Este ensayo se apoya –como se verá en el apartado siguiente– en la revalorización del concepto de “autonomía heterodoxa” de Juan Carlos Puig. Al respecto, resulta preciso señalar algunas cuestiones que resultan importantes para comprender el tipo de estrategia que ha venido desplegando la Argentina en su vinculación con el entramado de seguridad internacional.

En primer término, cualquier estrategia tendiente a ejercer influencia y restringir poder de actores extrarregionales se relaciona con la posibilidad de expandir la autonomía, entendida como la “habilidad de un país para realizar políticas que sirvan a sus intereses manteniendo y ampliando sus márgenes de libertad”. El argumento aquí es que una región como América latina, afectada por la tendencia expansiva de un actor imperial –y atravesada por la experiencia del alineamiento de la mayor parte de sus países con Washington, tanto en los años de la Guerra Fría como en la década de 1990–, requiere de estrategias consistentes en materia de restricción de poder.

Está claro que refrenar la tendencia expansiva de Estados Unidos no puede alcanzarse apelando a las tradicionales modalidades del alineamiento, el balance de poder duro o la confrontación estéril. Cualquiera de estas orientaciones dejaría a un país de mediano porte con acotadísimas posibilidades de éxito. Sin embargo, existen otras alternativas y márgenes de acción superiores a los supuestos por las miradas condescendientes con el poder imperial. En palabras de Stanley Hoffmann: “Este es un mundo altamente complejo en el cual las potencias menores tienen muchas maneras de oponerse a las preferencias estadounidenses”.

En relación con este último asunto, y como aspecto a ponderar, el Cono Sur de América latina ofrece a los países que lo componen un margen considerable para desplegar estrategias restrictivas, a diferencia de lo que sucede desde la región andina hasta el norte de las Américas. Esto se debe a dos motivos: la mayor lejanía geográfica y el menor nivel de amenazas a la seguridad de los Estados Unidos.

Las potencialidades de este “margen de acción” deben aprovecharse especialmente en lo que hace a la participación en los foros internacionales. Como ha sugerido Carina Miller respecto de la política exterior, “Argentina tiene más libertad de acción que otros países medianos que están dentro de la órbita hegemónica de un Estado mucho más poderoso –México, por ejemplo–”. Nuestro punto de vista, ampliado a las cuestiones de seguridad internacional y defensa, es similar al de Miller en materia de política exterior: los países que no son grandes potencias pueden ser influyentes cuando recurren a las instituciones internacionales.

Soft balancing, Binding y Balking

Un libro que no puede ser soslayado a la hora de revisar cuáles han sido, en las últimas décadas, las estrategias que han empleado los Estados de segundo o tercer orden para restringir el poder estadounidense es Taming American Power: The Global Response to U.S. Primacy, de Stephen M. Walt.

Las premisas para el “relacionamiento estratégico” de un país mediano con la arquitectura de seguridad internacional pueden ser abordadas a partir de tres de las estrategias enumeradas por Walt. Se trata de los denominados soft balancing (“balance suave”), binding (“atar”) y balking (“decir no”). Este conjunto de maniobras, a su vez, puede ser enmarcado dentro de lo que cabría definir como una “oposición limitada” a los intereses norteamericanos. Es decir, una variante que emplean las unidades políticas que se oponen en una cantidad determinada de cuestiones, pero que, aun así, buscan mantener relaciones convergentes con Washington en otros asuntos de la agenda. En efecto, el “relacionamiento estratégico” con la arquitectura de seguridad internacional que postulamos en este ensayo se inscribe en esta variante de oposición. Supone la combinación de oposición y colaboración en las relaciones con los Estados Unidos, dependiendo del tema de agenda que sea objeto de discusión. Se trata, como veremos al reseñar las variantes de autonomía de Puig, de una estrategia de tipo “heterodoxo”.

En lo que hace específicamente al plano de las estrategias, la primera de las enunciadas por Walt es el soft balancing. Afirma el autor:

“Los Estados están comenzando a unir fuerzas de maneras más sutiles, con el objetivo explícito de limitar el poderío estadounidense. Pero más que conformando alianzas antinorteamericanas, los países están apelando al soft balancing: coordinan sus posiciones diplomáticas para oponerse a la política estadounidense y obtienen así mayor influencia juntos. Para citar sólo algunos casos: Francia, Alemania y Rusia persiguieron una estrategia unificada que evitó que Estados Unidos obtuviera la autorización del Consejo de Seguridad para invadir Irak. A la vez, esta acción permitió que Estados como México y Chile se resistieran también a las presiones estadounidenses (…) Más allá del caso europeo, la oposición conjunta de los países latinoamericanos ha limitado los esfuerzos de la administración Bush por presionar al gobierno de Hugo Chávez en Venezuela; ha frustrado los intentos estadounidenses de imponer al nuevo Secretario General de la OEA, y ha bloqueado la propuesta de los Estados Unidos de crear un panel revisor de la democracia dentro del marco de la OEA”.

La idea de soft balancing remite a una concepción diferente a la del tradicional hard balancing, característico de la geopolítica entre grandes potencias. En lugar de apuntar a alterar la distribución global del poder –objetivo de máxima del balance duro–, el balance suave admite la vigencia de una determinada distribución del poder (por ejemplo, la unipolaridad estratégico-militar), pero busca alcanzar pequeñas modificaciones a través de una restricción limitada al accionar de las grandes potencias. La clave es la cooperación y la coordinación diplomática con otros Estados de segundo o tercer orden con intereses similares. En este sentido, entendemos que muchos de los aspectos de la agenda de seguridad internacional y de defensa admiten por parte de la Argentina –y de sus vecinos sudamericanos– la implementación de este tipo de estrategia.

Emparentada con el soft balancing se encuentra la segunda estrategia de Walt: el binding. Esta consiste en “atar” a Washington al entramado de las instituciones internacionales, arquitectura que fue diseñada en gran medida por la propia política exterior y de defensa estadounidense luego de la Segunda Guerra Mundial, con el objetivo de garantizar la contención soviética.

El binding, extendido al campo de la seguridad internacional y la defensa implica una utilización perspicaz de los organismos que regulan la materia. La meta de máxima es inducir a la hiperpotencia a alinearse con las normas y reglas existentes. Y aun cuando los grandes poderes no cumplan con las prescripciones de los organismos internacionales, el binding cuenta con un objetivo de mínima: la pérdida de legitimidad del actor imperial.

Finalmente, se encuentra la estrategia que Walt denomina balking. Consiste, esencialmente, en saber decir “no” a los objetivos estratégicos de las grandes potencias cuando estos se hallan en abierta contradicción con los intereses de los Estados menores. Como señala el autor, este tipo de oposición no tiene por objetivo alterar la distribución del poder en el corto o en el largo plazo –como sucede con los mecanismos de balance duro o suave–, sino simplemente “ponerse firmes” y rechazar el plegamiento a los intereses de los actores poderosos en coyunturas particulares.

En breve, lo expresado apunta a mostrar que efectivamente es posible desplegar estrategias restrictivas de poder, aun en un contexto de primacía estadounidense. La cuestión reside en sopesar debidamente el alcance del desafío y el área temática. Para el caso de un Estado mediano como la Argentina, que se halla fuera de la más inmediata zona de influencia estadounidense, la posibilidad de desplegar en grado variable estrategias de restricción de poder resulta bastante factible. Además, por cuestiones que tienen que ver con intereses recíprocos, la Argentina y Estados Unidos comparten preocupaciones comunes, situación que constituye un interesante plafond para la articulación de colaboración y resistencia en el despliegue de una política de seguridad internacional.

Revalorizando el aporte de Juan Carlos Puig

Autonomía heterodoxa

Hace cuatro décadas Juan Carlos Puig ponía blanco sobre negro muchas de las cuestiones sobre las que Stephen M. Walt reflexionó recientemente. Si bien no se refería strictu sensu a las estrategias de restricción de poder de los Estados menores frente a las grandes potencias, su trabajo sobre las diferentes “gradaciones en el transcurso hacia la autonomía” remite, sin dudas, a aspectos de orden estratégico para las unidades menores del sistema internacional.

En la visión de Puig son cuatro las etapas por las que puede atravesar un país en relación con la autonomía, entendida como “la máxima capacidad de decisión propia que se puede tener, teniendo en cuenta los condicionamientos objetivos del mundo real”. Es al tercer tipo de los enunciados por Puig (“autonomía heterodoxa”) al que puede aspirar un país como la Argentina, inserto en el tablero estratégico que se ha descrito más arriba. En otras palabras, teniendo en cuenta que el continente americano es la única región del planeta que cuenta con un país (los Estados Unidos) como indiscutida potencia estratégico-militar, resulta insustancial aspirar a lograr lo que Puig denominó “autonomía secesionista”.

Teniendo presente los condicionamientos estructurales (en especial, la distribución unipolar del poder a nivel hemisférico), pero también considerando la lejanía geográfica y el posicionamiento no prioritario de la Argentina en la agenda de seguridad y defensa estadounidense, el país ha conseguido en la última década reeditar la “autonomía heterodoxa” en su relación con la arquitectura de seguridad internacional.

En otras palabras, la situación geopolítica de América del Sur ofrece a la Argentina, en tanto Estado mediano, la posibilidad de combinar restricción y colaboración en su vinculación con la potencia hemisférica. Esta “restricción limitada”, que constituye el núcleo de la estrategia de soft balancing que describe Walt, ya había sido prevista por Puig tres décadas antes, con los condicionamientos propios del contexto de la Guerra Fría. Así definía a la “autonomía heterodoxa” el ex canciller de Cámpora:

“En este estadio, los grupos de poder interno tratan de aprovechar al máximo las debilidades y errores del centro (o de los centros) del poder mundial a los cuales se encuentra adscripto el país en cuestión (…) La vocación autonómica de tipo heterodoxo supone que existe una aceptación del liderato de la o las Potencias dominantes y que, en cuestiones realmente cruciales, los periféricos optarán por responder a las aspiraciones del centro. La ‘crucialidad’ tiene que ver fundamentalmente con la disposición de la Potencia dominante a emplear todos sus recursos, incluso la fuerza, para obtener la obediencia. (…) Por eso, la estrategia adecuada para implementar esta política, desde el punto de vista de un Estado periférico y dependiente, es la de conocer con razonable exactitud el punto crucial en que los intereses cotidianos se convierten en vitales. Ello permite desde luego presionar hasta el límite mismo de la ruptura: se trata en suma de aprender a ‘marcher sur le fil du rasoir’ (…)”.

Finalmente, adquiere relevancia a los efectos de este artículo reseñar brevemente una de las experiencias históricas en las que se logró, de modo exitoso, poner en práctica la “autonomía heterodoxa”. Se trata del período 1946-55, etapa conocida habitualmente como los años de la “Tercera Posición”.

Durante este decenio se conformó un nuevo proyecto de política exterior y de defensa, consistente con un renovado modo de interpretar el mundo. El centro de referencia ya no fue Gran Bretaña, sino que los Estados Unidos pasaron a ocupar ese lugar. Sin embargo, las relaciones con este último país no adoptaron un carácter dependiente, sino autonómico. Esto significa que se admitió a Estados Unidos como líder del mundo occidental, pero al interior del bloque liderado por Washington la Argentina optó por desplegar una estrategia de “autonomía heterodoxa”. Las discrepancias registradas a lo largo de la década en las relaciones con la potencia hegemónica no obedecieron a una postura antiimperial, sino más bien a la necesidad de marcar la distinción entre el interés nacional estadounidense –como líder de la comunidad occidental durante la Guerra Fría– y el interés propio de los Estados Unidos como potencia hemisférica. Señalaba Puig al respecto: “La Argentina respaldó a Estados Unidos en el primer supuesto, pero reservó su libertad de acción en el segundo”.

En este contexto, se acrecentaron las relaciones con la Unión Soviética –la reanudación de relaciones con Moscú data de 1946– y con algunos países de Europa –con Gran Bretaña, por ejemplo, se firmaron importantes tratados comerciales–. Por su parte, el vínculo con América latina cobró vigor, resultando Argentina uno de los principales promotores de la “solidaridad latinoamericana”. Se pensó la vinculación con la región en términos integracionistas, pues la visión autonomista heterodoxa interpretaba a la “unión de los dependientes como el principal vehículo para ampliar los márgenes de la autonomía”. Finalmente, ganaron espacio en la agenda las cuestiones inherentes al territorio nacional y sus recursos naturales, en buena medida por el agudo interés del propio Perón en los temas geopolíticos.

En las líneas precedentes hemos desarrollado aspectos teóricos vinculados con las estrategias viables para un país de mediano porte como la Argentina. Como hemos visto, la consecución del interés nacional estará muchas veces ligada al despliegue de estrategias que permitan restringir poder o ejercer influencia actuando dentro de ciertos marcos institucionalizados.

En el próximo apartado se revisa un caso de alta relevancia estratégica para nuestro país en lo que refiere al relacionamiento con la arquitectura de seguridad internacional: el Consejo de Defensa Suramericano. Como se verá, el CDS constituye una herramienta de enorme valor para restringir la tendencia expansiva de Washington en la región.

Consejo de Defensa Suramericano

El Tratado de Brasilia (2008) creó la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), con el propósito de profundizar la integración política y la cooperación regional. En este marco se ha creado el Consejo de Defensa Suramericano (CDS), herramienta institucional que busca favorecer el diálogo y la cooperación en temas de seguridad internacional y defensa entre los países de la Unión. El mecanismo aporta una dimensión estratégica al proyecto de integración regional de la Unasur, procurando intercambios en materia de defensa, operaciones de paz, ejercicios militares, medidas de construcción de confianza mutua y ayuda coordinada en zonas de desastres naturales, entre otras metas.
Para la Argentina, el fortalecimiento a nivel regional de la cooperación en materia militar, y la creación de un sistema de defensa subregional que mejore la confianza mutua, constituyen verdaderas políticas de Estado.

El CDS ha sido originalmente impulsado por Brasil, potencia en proyección que busca que su peso regional sea reconocido cada vez más a nivel global. Este emprendimiento ha generado preocupación y resistencia en aquellos actores extrarregionales que observan con recelo el ascenso brasileño en la pirámide de poder mundial. Dicha desconfianza se ha buscado traducir en esfuerzos de contrabalanceo que intentan debilitar la proyección del CDS. Algunos autores han llegado a señalar, incluso, que el organismo sudamericano podría debilitar significativamente el funcionamiento del sistema hemisférico.

Nuestra visión es que el CDS no debería preocupar tanto a ciertos analistas, pues en rigor de verdad se trata de una creación institucional de enorme valor con vistas a la paz regional y que, por otra parte, no implicará necesariamente que el sistema hemisférico vaya a sufrir menoscabos en su gravitación actual. Por lo pronto, se trata de dos sistemas superpuestos, no enteramente concordantes, pero estructurados de modo tal que puedan funcionar en simultáneo. Además, y en tren de profundizar el análisis de causas y consecuencias, cabe preguntarse si resulta justo atribuir al CDS las ya conocidas debilidades del sistema hemisférico. Nuestra percepción es que dichas flaquezas preceden claramente a la creación del Consejo.

Como se señaló, el CDS constituye, antes que nada, un esfuerzo regional para integrar aspectos de índole estratégico-militar entre Estados vecinos. Si bien es innegable que existen significativas diferencias de poder armado entre los miembros del Consejo, también es cierto que todos “conviven” en una región afectada por la influencia de una potencia hegemónica. Es decir, en mayor o menor medida, todas estas unidades políticas ven limitada su autonomía por la proyección de poder que despliegan los Estados Unidos en el hemisferio.

En este marco, el CDS podría constituirse como un instrumento que les permita a los Estados sudamericanos desplegar una estrategia de soft balancing, con el fin de sumar consensos y limitar la influencia estadounidense, sin con ello pretender modificaciones estructurales en la distribución del poder hemisférico. Es decir, estaríamos ante una herramienta que podría generar espacios de relativa autonomía, allí donde hasta bien entrados los años ’90 primaba una indisimulado alineamiento con la “configuración imperial”.

En consecuencia, no cabría descartar de plano que la actuación concertada de los países de la región en materia de defensa pudiera disparar preocupaciones –y, en última instancia, hasta reacciones de contrabalanceo– por parte del hegemón hemisférico. Máxime cuando, como fue expresado, Washington parecería estar confrontando las aspiraciones de liderazgo regional de Brasil. No obstante, la prioridad que otros asuntos estratégicos tienen en la agenda estadounidense (Medio Oriente, Asia Central, etc.) nos lleva a plantear este asunto todavía de un modo incipiente, pues no creemos que vaya a haber puntos de inflexión en las relaciones interamericanas en el cortísimo plazo.
En definitiva, el juego que se le plantea en las condiciones actuales al CDS, en su relación con la potencia hegemónica, oscila entre la oposición y la colaboración. En efecto, allí donde converjan los intereses estadounidenses con aquellos propios de la región, el Consejo probablemente pueda fungir como un articulador eficiente para la consecución de los objetivos compartidos por todos.

Sin embargo, la cuestión se torna más problemática cuando los intereses no confluyen. Dada su entidad, el CDS podría llegar a articular estrategias de balance suave, aunque ello dependerá sustancialmente de la índole del asunto. La región podrá intentar restringir el poder hegemónico norteamericano en determinadas cuestiones, pero encontrará límites a sus aspiraciones en aquellos temas que resulten innegociables para la seguridad internacional de Washington.

Reflexiones finales

A lo largo del ensayo nos hemos propuesto una serie de objetivos. En primer lugar, hemos intentado presentar una semblanza del orden político internacional, con énfasis en el tablero estratégico de las Américas. Luego, hemos revisado un conjunto de aportes de la literatura reciente en materia de estrategias de restricción de poder, con el acento puesto en el accionar de los Estados medianos a través de las instituciones de seguridad internacional. Posteriormente, hemos analizado y recuperado con fines instrumentales el concepto de “autonomía heterodoxa” planteado por Juan Carlos Puig en la década de 1970, al que concebimos como una plataforma propicia para el despliegue de estrategias en materia de relacionamiento con la arquitectura de seguridad internacional. Por último, hemos revisado, a la luz de estos desarrollos conceptuales, un caso de alto contenido estratégico para nuestro país: el Consejo de Defensa Suramericano (CDS).

En breve, estas reflexiones se inscriben en el marco de la siguiente certidumbre: el “relacionamiento estratégico” de la región –y en particular de la Argentina– con la arquitectura de seguridad internacional debe partir de la concepción de la defensa como un área vital para los intereses de la Nación. En este sentido, la posibilidad de profundizar los caminos estratégicos sugeridos a lo largo de este ensayo depende, fundamentalmente, de una serie de cuestiones sobre las cuales se ha avanzado mucho en los últimos años, en línea con las contribuciones históricas de la región a la “sociedad internacional”.

Apuntalar ese derrotero implica que Sudamérica y la Argentina procuren: a) avanzar decididamente en la generación de confianza, transparencia y empatía entre los vecinos de la región; b) extender las prácticas de verificación en materia militar; c) profundizar la coordinación de políticas en materia de defensa a través del despliegue de acciones conjuntas; d) avanzar en la integración productiva para la defensa, y e) sentar lineamientos orientados a la generación de un pensamiento estratégico compartido.

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Artículos de este número

Nilda Garré
Prefacio
Juan Gabriel Tokatlián
El lugar de la Seguridad y la Defensa en las relaciones entre Estados Unidos y América latina
Héctor Saint-Pierre
Breve reflexión sobre el empleo de las fuerzas armadas
Emmanuel Bonforti
El Ejército, una institución en disputa. Crítica al enfoque liberal. ¿Es posible pensar un Ejército con convicciones nacionales y populares?
Paz Tibiletti
Los cambios en el área de Defensa. ¿Fuerzas armadas democráticas? Una mirada hacia la región
Alfredo W. Forti
La Argentina y los avances hacia una visión compartida de defensa en Unasur
Dora Barrancos
Relaciones de género en el ámbito de Defensa: el camino hacia la equidad
Mirta Iriondo Carlos de la Vega
Defensa, conducción política y desarrollo
Loreta Telleria Escobar
Posneoliberalismo y fuerzas armadas en Bolivia
Sabina Frederic
La formación de los militares argentinos en democracia: panorama y desafíos futuros
Máximo Badaró
Dentro y fuera del cuartel: transformaciones en la vida cotidiana del Ejército Argentino (1990-2010)
Natalia Federman
La política de archivos de las FF.AA. en el proceso de memoria, verdad y justicia
Ileana Arduino
La reforma del sistema de justicia militar: una política pública de derechos humanos para las Fuerzas Armadas
Luciano Anzelini
“Autonomía heterodoxa” y seguridad internacional: apuntes estratégicos para el caso argentino

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