África: crecimiento sin desarrollo

África: crecimiento sin desarrollo

Por Mbuyi Kabunda Badi

Según datos del FMI, África es hoy la región con la tasa de crecimiento más alta del mundo. Sin embargo, este crecimiento no se refleja en mejores niveles de desarrollo. La estrategia actual de inserción de África en el mundo se basa en la exportación de materias primas minerales y energéticas. Ya es momento de abandonar el modelo de desarrollo rentista y apostar por uno orientado a la diversificación de las actividades económicas y al fomento de la integración regional, único mecanismo para terminar con el aumento de la desigualdad y la exclusión de vastos sectores de la sociedad.
 
Doctor en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid. Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración, y en Relaciones Internacionales por la Universidad de Lubumbashi, República Democrática del Congo. Profesor del Instituto Internacional de Derechos Humanos de Estrasburgo. Profesor de Relaciones Internacionales y Estudios Africanos de la Universidad Autónoma de Madrid y de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid. Presidente de la Asociación Española de Africanistas


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Tras décadas de desarrollo perdido o de tendencias negativas, los países africanos crecieron desde el año 2000 a una tasa promedio del 5%. La misma cayó a 2,5% en 2009 como consecuencia de la crisis financiera mundial, la cual ha tenido efectos negativos en el turismo, las remesas y las inversiones directas extranjeras. Sin embargo, según los datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), hoy África es la región con la tasa de crecimiento más alta del mundo, pasando del 5,1% en 2013 al 6,1 en 2014; es decir, una cifra próxima a la de los países emergentes asiáticos. Se prevé que siete países podrían alcanzar a lo largo de 2016 tasas de crecimiento superior o igual al 7 por ciento.

De este modo, asistimos en los últimos años a lo que algunos autores tachan como el “despertar de África”, con las consiguientes rivalidades entre países como Estados Unidos, Inglaterra, Francia, China y Japón para fortalecer su presencia en este continente y extender sus zonas de influencia. Todo el mundo se interesa a África, que ha vuelto a recuperar su importancia geoestratégica para el siglo XXI, principalmente por los importantes recursos naturales (petróleo, oro, estaño, diamantes, uranio, coltán, madera, entre otros) que Occidente y los países emergentes necesitan para mantener sus procesos de industrialización.

Sin embargo, es preciso subrayar que aquellas tasas de crecimiento han sido conseguidas no por la mejora de las capacidades productivas o la diversificación de la economía, sino por factores coyunturales tales como la fuerte demanda de materias primas por parte los países emergentes, los recortes drásticos en los aspectos sociales o de desarrollo humano en el marco de las reformas de liberalización, el fin de las guerras en algunas regiones, la lucha contra la corrupción, el dinamismo de la economía popular y las destrucciones medioambientales. Es de sobra conocido que los indicios de pobreza en África se han multiplicado por tres desde 1960 y que las tasas de crecimiento se acompañan con la agudización de las desigualdades y el retroceso en los aspectos de justicia social y de desarrollo humano.

Desarrollo y crecimiento: una relación ambigua

La mayoría de las teorías del desarrollo suele equiparar el desarrollo con el aumento del Producto Bruto Interno (PBI) y del ingreso per cápita o el crecimiento de ingresos individuales y nacionales. Es decir, una concepción que equipara el desarrollo con el crecimiento y que se fundamenta exclusivamente en la desigualdad de oportunidades. Se pierde de vista, con este planteamiento basado en el crecimiento cuantitativo, que no existe un modelo universal de desarrollo o que ningún pueblo o Estado puede pretender tener el monopolio o el liderazgo del desarrollo. Existe, pues, la crisis de la ideología del desarrollo, por reducirse el concepto de desarrollo a la única dimensión economicista.

El desarrollo de las sociedades abarca o incluye otras actividades sociales, culturales, convivenciales y simbólicas, además de la salvaguarda de la libertad de los individuos y de las colectividades para su equilibrio y expansión, sobre todo en África, donde las sociedades son más fuertes que los Estados superficiales y frágiles.

De este modo, el desarrollo se fundamenta esencialmente sobre la movilización de su potencial humano, sobre la afirmación de su identidad cultural y sobre su posibilidad de poner orden en su propia casa. El desarrollo no es un producto de importación o exportación. Se fundamenta en la fuerza endógena de transformación y depende, en primer lugar, de la capacidad de realizar cambios en cada país. Es decir, el desarrollo debe concebirse como un fenómeno total en el que la tradición y la modernidad no se excluyen, sino se complementan. El desarrollo tiene un carácter multidimensional vinculado con el progreso de las sociedades.

En cuanto al crecimiento, es una condición necesaria para el desarrollo y un elemento importante del progreso y de las estrategias de desarrollo. Sin embargo, no es la condición ineludible y suficiente para alcanzarlo. Es preciso incorporar otros indicadores y no solo la tasa de crecimiento del PIB como medida y criterio del desarrollo. En fin, el desarrollo no puede definirse en referencia exclusiva al crecimiento, pero tampoco se puede excluir totalmente el primero.

Las teorías y estrategias de desarrollo erróneas experimentadas en África en las últimas décadas han conseguido resultados insignificantes, por factores internos y externos combinados, y fundamentalmente por excluir a la idiosincrasia de los pueblos (sus creencias y tradiciones), tanto en su concepción como en su ejecución, por estar autocentradas a favor del economicismo occidental y por descuidar los aspectos de desarrollo humano. Es hora de acabar con el modelo económico occidentalocéntrico, o el etnocentrismo económico, supuestamente universal.

El caso del crecimiento africano

El crecimiento en muchos países africanos se está consiguiendo con la reproducción de desigualdades y exclusiones. Es decir, el crecimiento no se manifiesta a través de la reducción de las desigualdades, sino por un nuevo aumento de estas y de las injusticias sociales, que son características del subdesarrollo. Los países con las altas tasas de crecimiento o ricos en recursos naturales (Nigeria, Angola, Guinea Ecuatorial, República Democrática del Congo, Chad) ocupan curiosamente los últimos lugares en el ranking mundial del Índice de Desarrollo Humano.

Estamos ante un crecimiento inestable por las contradicciones internas, en particular por las desigualdades de desarrollo entre el sector público y el sector privado, por no tener los países africanos ninguna influencia sobre los precios de las materias primas en los mercados internacionales, controlados por las multinacionales en la mayoría de los casos, y por estar sometidos al deterioro de los términos de intercambio.

Según los autores neoliberales, África experimenta importantes dinámicas de crecimiento económico fuerte, base de su futuro desarrollo, consolidado por la emergencia de una clase media, convertida en motor de la democracia y del desarrollo. Los propios africanos hablan del “renacimiento africano”. Según este planteo, la fase de crecimiento es fundamental para satisfacer después las necesidades esenciales y erradicar la pobreza. Pero en realidad se trata de un crecimiento frágil, por no conseguir la mejora de la calidad de vida de cada persona, por depender ampliamente del precio de las materias primas, en particular del petróleo y de los recursos minerales. Sin lugar a dudas, la estrategia consiste en la inserción de África en la globalización a partir de las materias primas minerales y energéticas en detrimento de otras potencialidades del continente, es decir, es una inserción rentista. La integración a la economía mundial es una condición necesaria para el crecimiento, pero no suficiente.

Varios factores explican el bloqueo del desarrollo en muchos países africanos, e incluso el retroceso, a pesar del aumento de tasas de crecimiento: la especialización del continente en la exportación de los commodities con un débil valor añadido y sometidos a la fluctuación de precios en los mercados internacionales con la consiguiente vulnerabilidad a los choques externos; la débil industrialización del continente, resultado de la ausencia de políticas de diversificación económica en las estrategias nacionales de desarrollo poscoloniales y de la desindustrialización nacida de los Programas de Ajuste Estructural (PAE), que dieron prioridad a los equilibrios macroeconómicos y al reembolso de la deuda externa; el proteccionismo de los países del Norte con las subvenciones de sus productos que han invadido los mercados locales, impidiendo a los países africanos utilizar el comercio internacional o las ventajas comparativas como instrumento de desarrollo.

Así, estamos ante un crecimiento que no se acompaña con la transformación de las estructuras de producción y la diversificación de las economías africanas, y que en el contexto neoliberal en el que se está produciendo, tiende a la marginación de los sectores productivos modernos y al fortalecimiento de las industrias extractivas, a costa de la producción agrícola y la mejora de la producción en los sectores de bienes manufacturados.

El crecimiento actual de las economías africanas, que es un modelo de crecimiento elitista por la exclusión de la población de los beneficios, no consigue resolver los problemas estructurales: el desempleo de la juventud, el avance de la economía popular para la supervivencia, la marginación social de amplias capas de la población, la criminalización de la economía, la extensión de la violencia y de la inseguridad, que sirven de caldo de cultivo a las actividades ilícitas y delictivas de las redes internacionales. La miseria y la exclusión siguen alimentando los conflictos, junto a la llamada “maldición de las materias primas”.

Expresando la opinión prevaleciente en el Foro Económico Mundial celebrado en Kigali en mayo de 2016, el profesor Patrick Bond –en un artículo reproducido por la revista digital africanista de la Fundación Sur de Madrid el 1 de agosto siguiente– abunda en el mismo sentido que el presente análisis. En el Foro se consideró el supuesto crecimiento económico africano y la emergencia de la clase media en África como “fascinaciones” y “mitos”, pues la recuperación económica de África es función de una economía extractiva, ampliamente dependiente de las extracciones y exportaciones de recursos naturales, con el consiguiente aumento de la emisión de carbono, que amenaza la salud de millones de personas.

Desde comienzos de la presente década, las protestas de los movimientos sociales contra el deterioro de las condiciones económicas y sociales en muchos países africanos ponen de manifiesto que el crecimiento africano es una falsedad. No solo se ha profundizado el desempleo, sobre todo juvenil, sino que además la deuda de los países subsaharianos se ha casi quintuplicado, pasando de 32 billones a 140 billones de dólares desde el año 2000 hasta la actualidad.

El abandono de la agricultura y la venta de las tierras: la otra cara del crecimiento africano

La mala gestión y la corrupción de los gobiernos, que suelen dar la prioridad a las infraestructuras elitistas, improductivas y de prestigio –los llamados “elefantes blancos”–, en detrimento del sector agrícola, han bloqueado completamente la agricultura. A la misma se le ha dedicado sólo el 9% del gasto público, pese al hecho de ser la base de las economías africanas al representar entre el 50 y el 75% de las riquezas nacionales y la principal actividad de la mayoría de la población.

Se puede decir lo mismo de las políticas de industrialización de las décadas anteriores impulsadas desde el exterior, políticas orientadas hacia la satisfacción de la demanda de los mercados externos y no internos, y que son responsables del excesivo endeudamiento de los países africanos.

La agricultura familiar ha sido el aspecto más descuidado. Ello viene ilustrado por el movimiento actual de acaparamiento de las tierras africanas por las multinacionales del Norte y los países emergentes, con la complicidad de los gobiernos locales que, de este modo, contribuyen a la expoliación de sus pueblos, gobiernos que repriman cualquier tipo de resistencia por tener una importante coalición o intereses convergentes con las empresas del Norte.

En total unos 134 millones de hectáreas de tierras africanas (de los 203 millones en el mundo) han sido vendidas o alquiladas a las empresas y latifundistas extranjeros entre los años 2000 y 2010, con el objetivo de conseguir las divisas necesarias o los capitales para hacer frente a la falta de ahorro interno, y supuestamente para luchar contra el subdesarrollo y la pobreza, conforme al planteamiento neoliberal que considera, siguiendo la lógica de la prioridad al mercado, que estas tierras no fueron aprovechadas y deberían ser sometidas a las nuevas técnicas de producción, pasando de la agricultura familiar “improductiva” a la agricultura industrial o comercial, a menudo en contra de los equilibrios medioambientales.

El resultado, según denuncian varias ONGs, es la expropiación y el empobrecimiento de las comunidades locales a las cuales se les quita el principal medio de supervivencia, dando prioridad los nuevos inquilinos o dueños a los cultivos de exportación, sin ninguna preocupación por la soberanía y la autosuficiencia alimentaria de dichas comunidades. El caso más indignante es el de Etiopía, donde a pesar de las hambrunas que padece el país, el gobierno ha procedido a la venta y alquiler de unos 3,66 millones de hectáreas.

Con estas prácticas, existe una clara contradicción entre el desarrollo agrícola, fundamental para los países africanos, la lucha contra el éxodo rural y la venta de las tierras agrícolas. Pertenece a los Estados proceder a la recuperación de estas tierras suministrando a los pequeños agricultores los medios necesarios para rentabilizarlas siguiendo sus propias dinámicas con el objetivo de resolver el problema de las hambrunas, de la autosuficiencia colectiva y de la lucha contra la pobreza. Ello se convierte en una prioridad, máxime cuando se sabe que en 2012, en el Sahel, un millón de niños sufrieron de desnutrición. No se puede luchar contra el hambre y la pobreza sin atacarse a las causas que los generan.

En definitiva, en el problema del acaparamiento de las tierras, unos insisten en las aportaciones de capitales, técnicas y conocimientos, la creación de empleos y de infraestructuras sociales (escuelas, dispensarios, etcétera) que aportarían la venta o el alquiler de las tierras, junto a la modernización de la agricultura africana con un impacto positivo en la reducción de la pobreza. Otros ponen de manifiesto la competencia desleal y desigual generada por los nuevos cultivos frente a la agricultura familiar de autoconsumo, las expoliaciones de las comunidades locales, la reducción de la autosuficiencia alimentaria, el descuido de los aspectos medioambientales y la opacidad que rodea todo el proceso, por la complicidad que mantienen los gobiernos con los compradores extranjeros, excluyendo cualquier tipo de consulta de los dueños de estas tierras étnicas o de las comunidades locales.

Es inadmisible que los países africanos alquilen o venden sus tierras para la producción o la exportación de alimentos, incluso de alimentos de animales y de flores, en lugar de asegurarse su propia alimentación y supervivencia. Es preciso traer a colación el caso de la multinacional Feronia, con sede en Canadá, financiada con fondos públicos procedentes de las agencias de cooperación al desarrollo europeas y estadounidenses, que ha expropiado las tierras a las comunidades del distrito de Yahuma, República Democrática de Congo, en marzo de 2016, para las plantaciones de aceite de palma, con el apoyo del gobierno de este país.

El futuro de África: la diversificación económica y la promoción de saberes y prácticas domésticos

Ya es el momento de abandonar el modelo de desarrollo rentista, o basado en los commodities, y apostar por un modelo internamente orientado, fundamentado en la articulación agricultura-industria, sector público-sector privado, dando lugar a lo que la profesora Sylvie Brunel llama “el made in Africa” y “el made for Africa”, transformando in situ los recursos naturales para el autoconsumo de las poblaciones africanas, o la apuesta por la economía del saber poniendo fin al robo de cerebros africanos por el Norte y a su expulsión por los gobiernos establecidos.

El abandono de la educación, en el marco de las políticas neoliberales a las que se han adherido los países africanos, explica que muchas universidades no pueden mantener su nivel científico, y los mejores profesores e investigadores se marchan al extranjero (huida y expulsión de cerebros). El resultado es no solo la “desculturación”, sino además la “desafricanización” de la investigación, nacidas de la privatización y de la comercialización de la educación, sometida a los valores externos o de la globalización en detrimento de valores africanos.

En suma, para conseguir el crecimiento duradero de los países africanos debe procederse a la diversificación de las actividades económicas o de sus bases productivas más allá de la producción petrolera o minera, el fomento de la integración regional endógena, y no la actual abierta, para crear nuevos mercados internos y construir las infraestructuras rentables. No puede haber un crecimiento sólido sin la diversificación de las exportaciones. Se impone también un “proceso endógeno de legitimación de los dirigentes”, empezando por el fin del “fenómeno de extraversión intelectual” a favor de los saberes domésticos.

En definitiva, los ejes de la recuperación de África son los siguientes: la prioridad a la educación; la seguridad alimentaria; la creación del Estado federal o federalismo interno (descentralización a partir de los Estados actuales); la unidad africana o la creación de espacios africanos de desarrollo endógeno; la recuperación y promoción de la economía popular (mal llamada sector informal); la puesta del desarrollo económico al servicio del desarrollo social, y la recuperación de la cultura africana del desarrollo. Desgraciadamente, la mayoría de los dirigentes africanos están convencidos de que no tienen nada que sacar de positivo de la cultura africana con la consiguiente autoentrega a los valores occidentales mal dominados. Se impone en este continente “la descolonización de las mentes y del saber” o el cuestionamiento de la universalidad del desarrollo y de la occidentalización.

Conclusión

África debe seguir su propia vía, al margen del mimetismo del modelo occidental, que nunca había tenido éxito en el continente, para conseguir un crecimiento humano, más fuerte y más inclusivo, pues las realidades de los países del Norte no son las mismas que las de los países africanos. Proceder a la difusión de la cultura del progreso social, económico y medioambiental, al margen del sistema liberal productivista, que les obliga a priorizar las economías rentistas con el fin de pagar sus deudas y hacer frente a la reducción de sus actividades agrícolas e industriales.

El caso africano pone de manifiesto que las únicas fuerzas del mercado, basadas en las soluciones técnicas o la racionalidad de las matemáticas, no constituyen la panacea y no pueden asegurar un desarrollo humano y un crecimiento económico equilibrados y resolver todos los problemas económicos de África. Es preciso el cambio del pensamiento del desarrollo a favor del paradigma de desarrollo humano. Se ha de incorporar en el análisis del desarrollo la racionalidad de las hipótesis, que permite la concepción del desarrollo en sus distintas facetas. No se debe considerar la economía como la única solución a los problemas de pobreza y del subdesarrollo en este continente. Es preciso incluir los aspectos de desarrollo social y humano, en particular la educación y la salud.

En muchos casos, el planteamiento economicista y comercialista del desarrollo genera los problemas de pobreza. El Consenso de Washington, que va de la mano con los PAE, convirtió a los años ochenta y noventa en las décadas pérdidas en el continente, por sus altos costos sociales nacidos de las privatizaciones y las consecuencias desastrosas de sus políticas de austeridad sobre las poblaciones ya empobrecidas.

El fracaso de las políticas de desarrollo impuestas desde el exterior, y en particular de los PAE, en un gran número de los países africanos, tiene el mérito de dar a los “desarrollistas” del Norte una lección de modestia en sus diagnósticos y terapias: las únicas fuerzas del mercado basadas en soluciones técnicas no pueden asegurar un desarrollo humano y un crecimiento económico equilibrados. No se debe considerar la economía como la única solución a los problemas de pobreza. En muchos casos los genera.

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Artículos de este número

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La Argentina y los impulsos africanos
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África y los migrantes africanos en el imaginario y el territorio argentino
José Flávio Sombra Saraiva
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