¿Puede la Argentina pagar su deuda externa? Análisis y reflexiones de Aldo Ferrer sobre los legados de la última dictadura militar

¿Puede la Argentina pagar su deuda externa? Análisis y reflexiones de Aldo Ferrer sobre los legados de la última dictadura militar

Por Martín Schorr

El libro que se reseña a continuación fue una contribución aguda a la caracterización de una etapa decisiva de la historia nacional. La política de la última dictadura militar que sufrió nuestro país respecto de la deuda externa apuntó a sentar las bases para un cambio estructural lo más irreversible posible en la dinámica de la acumulación del capital en la Argentina. Desde ese momento se articularían y potenciarían los intereses del capital financiero que hasta el día de hoy siguen predominando en nuestra economía.
 
IDAES/CONICET. Docente en UBA y UNSAM


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En 1982 Aldo Ferrer publicó el libro ¿Puede Argentina pagar su deuda externa? Se trata de un trabajo relativamente poco difundido, pero que a nuestro entender constituye, por diferentes razones, un aporte sustancial: por su contribución aguda a la caracterización de una etapa decisiva de la historia nacional, como fue la última dictadura militar, así como por la enunciación de una serie de propuestas para hacer frente al llamado “problema de la deuda externa” desde una perspectiva que abreva en los valores democráticos, los intereses nacionales y la búsqueda del desarrollo socioeconómico del país.

En esta breve reseña nos focalizaremos exclusivamente en dos elementos. Por un lado, en la perspectiva de análisis utilizada por el autor. Por otro, en las principales conclusiones a las que arriba en forma contemporánea con el despliegue de procesos sumamente complejos, lo cual muestra y reafirma la agudeza y la lucidez habituales en los estudios y las reflexiones de Ferrer.

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En cuanto a la mirada analítica, cabe remarcar, en primer lugar, el tono didáctico que está presente a lo largo de todo el libro, sin por ello resignar en profundidad y exhaustividad. Sea para dar cuenta de la dinámica del sistema económico mundial a mediados de la década de 1970 (con sus debidos antecedentes históricos), la creciente hegemonía de la financiarización a escala mundial, la naturaleza de la crisis financiera de comienzos del decenio de 1980 y la situación y el rol de los países altamente endeudados de América latina; o para desentrañar los objetivos estratégicos de ciertos sectores del capital concentrado interno en su articulación con las Fuerzas Armadas, la orientación de la política económica de Martínez de Hoz, la evolución del endeudamiento externo y, en ese marco, su lugar en la reestructuración del capitalismo argentino, de la inserción del país en la división internacional del trabajo y del balance de poder entre los distintos actores económicos.

En segundo lugar, como era habitual en la mayoría de los trabajos de Ferrer, merece destacarse la manera en la que se piensa y se problematiza la relación y las mediaciones existentes entre el sistema económico mundial y diferentes cuestiones internas, a las que se les atribuye un lugar relevante a la hora de dar cuenta de los procesos estudiados. Ya en el prefacio del libro el autor les advierte a sus lectores: “No hay duda de que la deuda externa fue creada por un régimen que fomentó la especulación y el despojo. Pero el país debe asumir las consecuencias de lo que pasa dentro de sus fronteras. Tampoco es válido afirmar que esta situación fue impuesta desde afuera. Sin duda que algunos intereses foráneos se beneficiaron con la política monetarista. Pero la responsabilidad está dentro del país. En un régimen autoritario, las decisiones no se toman en Wall Street, se adoptan en Campo de Mayo. El problema primordial no es, por lo tanto, el Fondo Monetario Internacional, o los banqueros internacionales. El problema radica en el actual régimen institucional. Y la solución es la legitimación del poder, vale decir, que las decisiones las adopten los representantes del pueblo en el marco de la Constitución Nacional. El enemigo no está afuera, es la Quinta Columna”.

En tercer lugar, en esa suerte de “predominancia explicativa” de los factores internos, es notable cómo Ferrer ancla permanentemente sus reflexiones en una perspectiva estructural y de economía política, procurando trazar un mapa de ganadores y perdedores de la política económica de la dictadura en términos de actores que, a su vez, son caracterizados por una distribución sumamente desigual del poder económico. En sus palabras: “La política económica iniciada el 2 de abril de 1976 fue una calamidad para el país pero no para los administradores del sistema. Estos obtuvieron cuantiosos beneficios. La política monetarista tuvo tres bases de sustentación: los herederos del país pre-industrial, los grupos ligados a la banca internacional y la elite burocrática vinculada al régimen militar… Naturalmente no es fácil cuantificar los beneficios de estos grupos. En buena medida, estos beneficios tienen una dimensión cualitativa y se refieren a la distribución del poder y del ingreso a largo plazo”.

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Del libro que estamos reseñando se pueden extraer numerosas conclusiones. Por una cuestión de espacio, aquí nos detendremos en unas pocas que consideramos las más relevantes.

Una primera tanda de conclusiones surge de los análisis que hace Ferrer de la situación financiera mundial. Luego de repasar los aspectos salientes del “boom financiero” internacional durante los años setenta del siglo pasado, el rol del FMI y la estrategia de las potencias centrales y los principales bancos del sistema, el autor desmenuza con precisión meridiana la naturaleza de la crisis financiera desatada a comienzos de la década de 1980 y que asumiría especial intensidad en América latina. En ese marco, en pleno desenvolvimiento de los acontecimientos, Ferrer resalta cómo la denominada “crisis de la deuda” estaba poniendo en jaque al propio corazón de las finanzas globales. Dicho de otra manera, cómo la debilidad manifiesta de los países más importantes de la región implicaba también para ellos una posición de relativa fortaleza de cara a la necesaria revisión y renegociación de una deuda que, como en el caso argentino, tenía visos manifiestos de ilegalidad.

Al respecto, en un pasaje de la obra se argumenta: “La deuda de Argentina, Brasil y México con los nueve principales bancos de los Estados Unidos, excede el capital propio de esos mismos bancos… La falencia de uno o más de los principales países deudores comprometería la estabilidad de buena parte del sistema. De allí la preocupación de los bancos centrales de las economías industriales y de sus gobiernos por diseñar mecanismos que permitan enfrentar la crisis existente y la eventual cesación de pagos de uno o más de los deudores principales. Las soluciones no son fáciles porque el problema abarca al sistema económico internacional tal y como viene funcionando desde la Segunda Guerra Mundial”.

Sobre estas cuestiones, caben dos comentarios.

El primero es que un planteo similar al de Ferrer sería esgrimido por el primer ministro de Economía luego de la recuperación de la democracia, Bernardo Grinspun, en el intento de avanzar en la conformación de un pool de países deudores como vía para consensuar una respuesta multilateral al problema del endeudamiento externo, así como de sostener una postura de confrontación abierta con los organismos internacionales. El fracaso de esta estrategia, debido a la conjunción de factores externos e internos, dio paso a un giro radical en la orientación del gobierno de Alfonsín, que se plasmaría en el “ajuste positivo” del Plan Austral. Este viabilizaría una fenomenal transferencia de ingresos desde la clase trabajadora hacia, fundamentalmente, los acreedores externos y ciertas fracciones del capital concentrado local, es decir, hacia el nuevo poder económico emergente del nefasto período dictatorial (y que en este libro, Ferrer identifica con claridad).

La segunda observación es que ante la naturaleza de la crisis bancaria (sobre todo en Estados Unidos), los acreedores externos pergeñarían un planteo de “solución” estructural al “problema de la deuda” de los países latinoamericanos. Plan Baker mediante, dicha solución pasaría por la concreción de reformas estructurales con eje en la privatización de empresas estatales. Lamentablemente, al calor de esas políticas la Argentina se convertiría en un “alumno ejemplar”, todo lo cual sería sistemáticamente señalado por Ferrer en sus críticas furibundas al neoliberalismo hegemónico en el decenio de 1990.

La otra conclusión que interesa recuperar de ¿Puede Argentina pagar su deuda externa? remite a la agudeza analítica del autor para marcar el modo en el que los procesos de endeudamiento dentro de la región diferían en aspectos esenciales: “En América latina cabe distinguir dos experiencias principales. La de aquellos países que se endeudaron manteniendo el paradigma tradicional de sus políticas de industrialización y desarrollo. Y la de aquellos otros que, simultáneamente, cambiaron radicalmente sus políticas previas y promovieron la apertura externa en torno de las ventajas comparativas reveladas por el mercado internacional. El primer grupo abarca a Brasil y México. El segundo a los países del Cono Sur y, especialmente, por su dimensión e importancia, a la Argentina”.

Se trata, sin duda, de un señalamiento sumamente atinado, en la medida en que brinda elementos para aproximarse al objetivo estratégico de los militares que usurparon el poder el 24 de marzo de 1976 y sus bases civiles de sustentación: una apuesta (exitosa) por redefinir drásticamente la dinámica del modelo de acumulación del capital en el país; ello, a partir de la articulación de intereses entre el capital financiero y sectores del poder económico doméstico vinculados con el procesamiento de materias primas y la inserción internacional a partir de las ventajas comparativas estáticas.

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Como se señaló, pese a la entidad explicativa que Ferrer le confiere al escenario internacional, en sus análisis se hace especial hincapié en la forma particular en la que interactúan distintos elementos de orden interno. En ese marco, el libro que estamos comentando nos ofrece algunas claves dignas de ser mencionadas.

Por ejemplo, el autor se mete de lleno en la discusión (académica y política) acerca de si el proceso de industrialización en la Argentina estaba o no agotado. Frente a posturas “por derecha” y “por izquierda” que planteaban (y plantean) la “tesis del agotamiento” anclada, entre otros aspectos, en la supuesta ineficiencia de gran parte del sector fabril doméstico, Ferrer esgrime, como en otros trabajos suyos, que si bien la industrialización tenía limitaciones ostensibles, las mismas podían ser enfrentadas y paulatinamente superadas mediante la aplicación de un conjunto articulado de políticas de desarrollo. Esto, a diferencia de lo que efectivamente sucedió en la última dictadura, donde no se objetó un peculiar “estilo de industrialización” atento a sus insuficiencias, sino el propio rol del sector como eje ordenador y dinamizador de las relaciones socioeconómicas y, como tal, generador de espacios de alianzas y confrontaciones entre distintos actores sociales. En otras palabras, no se apuntó a redefinir la marcha de la industrialización con miras a afianzarla, sino a sentar las bases para un cambio estructural lo más irreversible posible en la dinámica de la acumulación del capital en la Argentina, con todos los correlatos, no solo económicos, que ello conlleva.
A partir de la jerarquización de este enfoque, Ferrer se posiciona en el grupo de cientistas sociales que, aun a pesar de sus distintas formaciones académicas y procedencias político-ideológicas, impulsaron la sugerente tesis de la lógica política subyacente a los cambios económicos procurados y, en lo sustantivo, logrados por la política de Martínez de Hoz.

Sobre el particular, las afirmaciones del autor resultan contundentes: “La fuerte inestabilidad institucional del período [se refiere al proceso de industrialización] confirió un fuerte carácter pendular y errático a la política económica. Pero las transformaciones de fondo no fueron insignificantes y, poco a poco, la economía nacional fue gestando una plataforma más ancha para respaldar el salto definitivo hacia una economía industrial madura, con fuertes vínculos en el orden mundial. A mediados de la década de 1970 subsistían fuertes desequilibrios en la estructura productiva, un desarrollo insuficiente de las industrias de base y la histórica concentración de la producción y el poblamiento en la región metropolitana y su zona de influencia. Pero los cambios producidos no eran menores y el desarrollo fue alcanzando progresivamente mayor impulso. Estas tendencias fueron brutalmente interrumpidas a mediados de la década de 1970… La política anunciada el 2 de abril de 1976 se propuso reinsertar a la economía argentina en el orden económico mundial y asignar los recursos internos conforme a las señales de precios derivadas del mercado internacional”.

En una línea complementaria, en otro pasaje del libro se argumenta que “por primera vez desde 1930 convergieron fuerzas muy importantes. Una conducción económica en la Argentina con una filosofía pre-industrial, el interés de la banca internacional de penetrar el mercado argentino y un andamiaje teórico que proporcionaba la racionalidad del modelo. La apertura financiera externa, en un contexto político incapaz de reflejar las necesidades del desarrollo nacional, se hizo incontenible. Estos hechos modificaron radicalmente las condiciones dentro de las cuales se condujo la economía argentina desde la década de 1930”.

Esto último invita a revisar las conclusiones de Ferrer sobre los alcances de ese cambio estructural y el rol del endeudamiento externo. Ello, por cuanto “en la Argentina, la cuestión de la deuda aparece enmascarada en problemas más profundos, que hacen a los objetivos globales de la política económica y a la administración misma del sistema de poder”.

Desde esa perspectiva, y amparado en la sistematización y el análisis de abundantes evidencias empíricas, en el libro se caracteriza el proceso de desindustrialización y reestructuración regresiva del sector manufacturero que operó en 1976-1983, el cual se articularía con una redistribución del ingreso drástica y profundamente regresiva. Y desembocaría, entre otras cosas, en el desplazamiento de la industria como nodo dinámico del modelo de acumulación, la redefinición del perfil de especialización e inserción internacional del país con eje en una reprimarización y una desintegración considerables del aparato productivo, y el predominio creciente de la especulación financiera en la lógica de acumulación de los estamentos más concentrados del capital local.

A partir de hitos como la Reforma Financiera, la “tablita” y la liberalización comercial y financiera, estos actores lograrían subordinar a su favor el endeudamiento externo del sector público y alentar transformaciones sustantivas en el funcionamiento económico nacional y cuantiosas transferencias de excedente al exterior, lo cual internacionalizaría la reproducción ampliada de las fracciones dominantes. Esta dinámica de acumulación integrada estrechamente al mercado financiero mundial brindaría también una forma indirecta de apropiación de excedentes: la transferencia al Estado de gran parte de su significativa deuda externa.

En referencia a la centralidad de lo financiero en la estrategia de muchas grandes firmas del sector productivo, y la consecuente redefinición del accionar microeconómico de estos segmentos empresarios, Ferrer apunta lo siguiente: “En 1979 y 1980 cerca de 2/3 del aumento de la deuda externa total correspondió al incremento del sector privado. Esto es verdaderamente notable si se recuerda el estancamiento de la actividad productiva y, en particular, del sector industrial que suele ser el principal tomador de créditos externos… Muchas empresas industriales que tuvieron acceso al crédito externo, incluyendo subsidiarias de empresas extranjeras, participaron activamente en el reciclaje de fondos externos. A menudo, los cuantiosos beneficios obtenidos de ese reciclaje sirvieron para compensar las pérdidas de las operaciones industriales. Los balances de algunas firmas revelan que el beneficio de la especulación financiera fue de considerable importancia”.

Como se resalta en el libro, de allí que no resulte casual que la reestructuración del capitalismo argentino que se llevó adelante en estos años dejara un claro saldo de ganadores y perdedores tanto a nivel del conjunto de la economía como al interior de la industria; proceso que se asociaría a una centralización del capital y una concentración económica muy pronunciadas. Al decir del autor: “El desmantelamiento de la industria nacional y las economías regionales, la liquidación de empresas de todo tamaño, la concentración del poder económico por la desaparición de los más débiles, la destrucción de las entidades representativas del sector obrero y de grupos empresarios fuera del establishment, constituyen todos avances en la simplificación de la estructura productiva y la concentración del poder en los grupos tradicionales de la economía primario-exportadora”.

Tales son los rasgos sobresalientes de la nueva configuración del modelo de acumulación que se establecería durante la última dictadura y, estrechamente relacionado, de la conformación de un bloque de poder económico que de allí en más articularía y potenciaría los intereses del capital financiero y las bases empresarias asentadas mayormente en la explotación de la abundante dotación local de recursos naturales. Esto último, en línea con ciertas tendencias prevalecientes a escala mundial, como la creciente financiarización y, luego de varias décadas de cierta hegemonía del pensamiento keynesiano, el “regreso triunfal” de los postulados ricardianos en el contexto de un avance fuerte y decidido del capital sobre el trabajo.

Pero dado al carácter dependiente de la economía argentina, de ello no se debería seguir que el derrotero nacional estuvo determinado por el escenario mundial: como nos advierte Ferrer, las discrepancias en el ciclo de endeudamiento externo de nuestro país con las experiencias brasileña y mexicana, así como sus resultados disímiles sobre las respectivas estructuras económicas, son manifiestas y aluden a la articulación peculiar de diferentes factores internos. Se trata de una perspectiva analítica que vale la pena rescatar, máxime cuando arroja numerosas herramientas para pensar la lógica política de la política económica de la última dictadura militar, lo mismo que cualquier coyuntura histórica. Para quien escribe estas líneas, el prestar especial atención a los factores internos (con la debida identificación de los intereses en juego), junto con los análisis en clave estructural y de economía política que propuso Ferrer a lo largo de toda su obra, constituyen uno de sus grandes aportes y legados al pensamiento social.

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Además de ser un científico social destacado y de renombre internacional, Aldo Ferrer fue, ante todo, un hombre de acción. Es por ello que la gran mayoría de sus trabajos incluían estudios y reflexiones sesudas de distintos aspectos de la realidad económica nacional, regional e internacional, pero también presentaban, para el necesario debate (siempre procurado por el autor), una diversidad de propuestas concretas para la intervención estatal.

En tal sentido, el libro que hemos reseñado no constituye una excepción. De modo estilizado, en su visión, cualquier planteo de afrontar el “problema de la deuda” desde una óptica estrictamente financiera y que no contemple, por caso, las modalidades (actuales y buscadas) de la estructura productiva, la inserción internacional y la distribución del ingreso, estaba llamada al fracaso. A modo de cierre, y por su notable vigencia ante los avatares actuales de nuestro país, cabe recuperar un lúcido señalamiento que realiza en las conclusiones: “Resulta indispensable sincerar el debate. Discutir, primero, cuál es la estrategia aconsejable para el desarrollo económico argentino. Cuál es la estructura productiva compatible con el crecimiento de largo plazo, el fortalecimiento de la posición internacional y la expansión sostenida del empleo y los salarios reales. Si la respuesta se inclina por la formación de un sistema industrial integrado y complejo, asentado en una formidable dotación de recursos naturales y un inmenso espacio territorial, el monetarismo no sirve como política de largo plazo ni como forma de asegurar el cumplimiento efectivo de la deuda externa”.

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