¿De qué hablamos cuando hablamos de “Brexit”?

¿De qué hablamos cuando hablamos de “Brexit”?

Por Augusto Costa

La decisión de los británicos de dejar la Unión Europea provocó un quiebre de consecuencias impredecibles. Más allá del hecho en sí, lo que queda claro es que el capitalismo está entrando en una nueva fase caracterizada por la pérdida de dinamismo de los países emergentes, resurgimiento de movimientos de derecha nacionalistas y conservadores, crisis de los procesos de integración y mayor inestabilidad y volatilidad de los flujos financieros y comerciales. Un repaso por algunos de los factores que explican el resultado del referéndum que enmarca la primera salida de un país miembro de la UE.
Colaboraron en la redacción de esta nota Luciana Arzt y Celeste de Marco.

 
Lic. en Economía. Profesor de la Universidad de Buenos Aires


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La decisión de los británicos de dejar la Unión Europea (fenómeno conocido como Brexit) provocó una suerte de cataclismo mundial de consecuencias impredecibles. Más allá del hecho en sí, lo que queda claro es que el capitalismo está entrando en una nueva fase donde se consolidan algunas tendencias que venían manifestándose en los últimos años: estancamiento económico, pérdida de dinamismo de los países emergentes, resurgimiento de movimientos de derecha nacionalistas y conservadores, crisis de los procesos de integración y mayor inestabilidad y volatilidad de los flujos financieros y comerciales. Es por eso que no se puede comprender el Brexit sin considerar ciertos elementos que contribuyen a explicar el resultado del referéndum en el Reino Unido. En esta breve nota se repasan algunos de estos factores y se enmarca la primera salida de un país miembro de la UE en la actual situación del sistema internacional.

La crisis internacional y la actual fase del capitalismo

Treinta y tres millones y medio de británicos (72% del padrón) acudieron a las urnas el 23 de junio pasado para responder a la siguiente pregunta: “¿Debe el Reino Unido seguir siendo parte o no de la Unión Europea (UE)?”. El 52% de los votantes se inclinó por la negativa, generando un cimbronazo a escala mundial y dando lugar a una situación inédita: nunca antes un país miembro había decidido abandonar el bloque económico y político de 28 países que solo conocía de adhesiones y crecimiento en cantidad de socios.

El Brexit se produjo en el contexto de la profunda crisis internacional que se inició en 2008 en el seno del sistema financiero de los Estados Unidos y que no da tregua hasta la fecha. Se trata de la crisis más importante desde la Gran Depresión de 1930 por su profundidad y alcance. El derrumbe del sistema bancario norteamericano hace casi ocho años –que derivó en la quiebra de la Lehman Brothers– implicó una fuerte reducción del crédito hacia los sectores productivos, un recorte drástico del consumo y la inversión y una abrupta caída del nivel de importaciones de dicho país. En muy poco tiempo, la crisis se propagó a Europa para luego extenderse al resto del mundo.

Es decir, a diferencia de la mayor parte de los episodios previos, el origen de la crisis actual hay que buscarlo en los países desarrollados, donde el freno al crecimiento económico resultó –hasta el momento– más intenso que en el resto del mundo. De hecho, en esta etapa se consolidó el ascenso de nuevas potencias emergentes, principalmente del bloque BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), lo que representa una de las transformaciones más importantes de la economía mundial en las últimas décadas y supuso la aparición de un orden económico y comercial alternativo a la hegemonía de Estados Unidos y sus aliados.

Para dimensionar este fenómeno basta con repasar algunos indicadores. Por un lado, la producción de los países emergentes fue ganando peso relativo en el PIB mundial a expensas de las economías desarrolladas. Según datos del FMI, los países en desarrollo pasaron a representar el 39% del producto mundial en 2014, cuando en el año 2000 era el 20%. Los países centrales, en tanto, vieron disminuida su importancia en el comercio internacional mientras que los países emergentes ganaron participación, llegando a explicar más del 50% del total global en la actualidad frente al 33% registrado en el año 2000.

El cambio de peso relativo entre países desarrollados y emergentes en el PIB y el comercio mundial se dio en un contexto de desaceleración de la actividad económica global desde que se inició la crisis, lo que afectó notablemente la evolución de los flujos de intercambio. En el período 2000-2008 el valor de las exportaciones mundiales se incrementó a una tasa anual promedio de 12% (llegando a representar el 31% del PIB total mundial), mientras que en 2008 y 2009 el volumen de comercio cayó 10,5%, evidenciando la enorme sensibilidad del comercio al PIB mundial producto de la mayor interrelación económica existente.

Este proceso se produjo en el marco de la progresiva tendencia a la desindustrialización de varias de las principales economías desarrolladas, a partir de las estrategias de relocalización productiva adoptadas por las grandes corporaciones transnacionales en virtud de los avances tecnológicos y las modificaciones regulatorias registradas en las últimas décadas, que favorecieron una mayor liberalización comercial y financiera alrededor del mundo. Los beneficiarios de la relocalización productiva fueron algunos países emergentes que lograron un rápido crecimiento, principalmente en el Sudeste Asiático y la periferia europea. No obstante, en los últimos años comenzaron a observarse signos evidentes de contagio de la crisis internacional hacia los países emergentes, que fueron desacelerando su ritmo de crecimiento (China, India) y en otros casos sufriendo fuertes contracciones económicas (Brasil, Rusia), en el contexto de una progresiva recuperación de la economía norteamericana y una incipiente (aunque muy leve) mejora en diversos países de Europa.

La Unión Europea y la crisis internacional

La crisis internacional tuvo un impacto particularmente demoledor en la Unión Europea, especialmente en las economías más débiles (Grecia, Portugal, Irlanda) y en otros países más grandes pero expuestos a la creciente volatilidad de los mercados internacionales (España, Italia). El deterioro económico puso rápidamente en tensión a un bloque que se había creado formalmente en 1993 cuando entró en vigencia el Tratado de Maastricht, pero cuyo proceso de integración reconoce antecedentes que se remontan a los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En ese entonces, seis países (Francia, Alemania, Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo e Italia) firmaron en 1957 el Tratado de Roma que dio origen a la Comunidad Económica Europea. Tras la incorporación sucesiva de nuevos miembros, más de treinta años después se conforma la Unión Europea como marco institucional de una integración basada en tres pilares: la Comunidad Europea, la política exterior y de seguridad común y la cooperación en los ámbitos de la justicia y los asuntos interiores.

El objetivo del bloque regional era generar un marco de desarrollo económico equilibrado y sostenible para la creación de un mercado único que tendiera a eliminar las barreras al comercio y a desarrollar un espacio sin fronteras interiores que garantizara el principio de libre circulación de mercancías, personas, servicios y capitales. En ese marco, la Unión Económica y Monetaria (UEM) llevó a cabo la coordinación centralizada de las políticas económicas de los Estados miembros a través de la creación del Banco Central Europeo y la introducción del euro como moneda única, con el doble objetivo de mantener la estabilidad de precios y el equilibrio fiscal.

La lógica de funcionamiento de la UE tuvo un rol central en la crisis europea, en tanto imposibilitó que los países miembros hagan pleno uso de la política fiscal, monetaria y cambiaria en función de las necesidades atribuibles a las diferentes estructuras productivas. En otras palabras, lejos de funcionar como herramienta de unidad y convergencia, el euro generó desde su implementación profundos desequilibrios entre países que contaban con marcadas diferencias de competitividad. Así, la denominada periferia europea (España, Irlanda, Portugal o Grecia) incrementó las importaciones de los productos del resto de los países generando déficits comerciales y de cuenta corriente que eran financiados con el ingreso de capitales financieros. Por su parte, los países centrales de la zona euro (principalmente Alemania y Francia) mejoraban su balance externo conforme aumentaba la participación de sus exportaciones en el mercado común. En el mismo sentido, el menor costo de financiamiento de los países europeos periféricos significó además una aceleración en la creación de crédito interno, generando una fuerte acumulación de deuda y fogoneando burbujas inmobiliarias y financieras.

En definitiva, el panorama europeo al momento del estallido de la crisis internacional mostraba una estrecha interdependencia financiera entre los países miembros y un elevado nivel de endeudamiento y de déficit de cuenta corriente por parte de los países periféricos, lo que aceleró la propagación de la crisis en toda la zona. El diagnóstico realizado por la Troika (Banco Central Europeo, la Comisión Europea y el FMI) responsabilizaba a los países periféricos por sus malos desempeños fiscales e impulsaba un severo ajuste del gasto público que permitiera a estos países hacer frente a sus deudas y recuperar la confianza de los mercados financieros.

Es decir, en vez de reconocer los problemas intrínsecos al sistema económico de la Unión Europea –imposición de políticas comunes a estructuras económicas asimétricas e incapacidad de utilizar las herramientas de política cambiaria y monetaria para equilibrar desbalances externos– se promovieron rigurosas políticas de ajuste fiscal que supuestamente devolverían la confianza a los inversores privados y restablecerían los flujos financieros. Así fue como en varias economías de la periferia europea se observó un círculo vicioso de recesión y contracción fiscal que continúa hasta el presente y que derivó en una grave crisis social y un permanente deterioro de las cuentas públicas. En Grecia, el país más comprometido, el PIB se contrajo un 24% desde el comienzo de la crisis y el desempleo aún supera el 25%. En España y Portugal, el PIB se contrajo cerca de un 7% desde 2008 y la desocupación se mantiene en niveles cercanos al 20%. En todos estos casos, las políticas de ajuste fiscal no solo no mejoraron las cuentas públicas sino que las deterioraron fuertemente, debido a que profundizaron la recesión económica y redujeron aún más los ingresos del Estado.

A estos fenómenos se suma la reciente intensificación de los flujos migratorios hacia las principales economías de la UE desde la periferia europea y otras regiones extrazona donde las poblaciones están expuestas a guerras civiles, persecuciones políticas y religiosas, conflictos armados y crisis económicas. En el marco de la recesión que azota a la UE desde 2008, este proceso provocó un rebrote xenófobo y un fortalecimiento de partidos y líderes políticos nacionalistas de derecha, que comenzaron a agitar campañas antiinmigración que incluían como factor crucial al terrorismo y la competencia por los puestos de trabajo. Esta situación generó fuertes tensiones y resistencia a la política inmigratoria llevada adelante por las autoridades de la UE.

Ante la propagación de la crisis internacional, el deterioro económico de los países periféricos del bloque europeo y el significativo crecimiento de las corrientes inmigratorias, las economías más poderosas de la Unión Europea (Alemania y Francia) comenzaron a tener una mayor preponderancia en las decisiones de Bruselas (sede de los órganos de gobierno de la UE) y fueron imponiendo cada vez más sus lineamientos de política económica, migratoria y de seguridad, reduciendo los grados de libertad de cada uno de los miembros de la UE para definir sus estrategias. Este fenómeno ya se había manifestado nítidamente en el caso de Grecia, donde el Grexit aparecía como una posibilidad latente y generaba incertidumbre sobre el futuro de la UE. Finalmente, nada de esto ocurrió y el gobierno griego decidió someterse a las decisiones de la Troika, desechando la posibilidad de recuperar sus herramientas de política económica para responder a sus necesidades políticas y sociales. Pero los conflictos subyacentes continuaban y se amplificaban.

El Brexit y las tensiones al interior de la UE

En un escenario de crisis internacional y descontento político en la mayoría de los países de Europa, el Brexit (acrónimo de “Salida de Gran Bretaña” en inglés) vino a profundizar las tensiones existentes. Si bien la elección no es vinculante, resulta difícil pensar en una vuelta atrás para este proceso. De hecho, este resultado ya se llevó puesto al primer ministro, David Cameron, quien anunció el día siguiente de los comicios que iba a renunciar en octubre. Cameron se había comprometido en la campaña electoral de 2015 a convocar al referéndum en caso de ganar, como respuesta a las presiones existentes al interior de su partido y al crecimiento electoral del partido nacionalista de derecha UKIP, impulsor decidido de la salida británica de la UE.

Para analizar algunos de los determinantes de la ajustada pero inapelable victoria del Brexit, conviene recapitular brevemente la historia de la incorporación británica al bloque. El Reino Unido se adhirió a la Comunidad Económica Europea en 1973, y si bien formó parte de los países fundadores de la Unión Europea, nunca entró a la zona euro y mantuvo tanto su moneda como cierto margen de maniobra para desarrollar su política económica y migratoria. No obstante, en los hechos sufrió un recorte de su margen de acción para tomar decisiones de política autónomas debido a los compromisos asumidos al sumarse a la UE y el mayor peso que fue cobrando el gobierno de Bruselas.

Asimismo, como ocurrió en muchos países desarrollados, la lógica de relocalización productiva de las corporaciones transnacionales en un contexto de mayor movilidad de capitales y personas generó –sobre todo en la década de 1980– un marcado proceso de desindustrialización en muchas áreas tradicionalmente industriales del Reino Unido, arrastrando al desempleo a amplias porciones de trabajadores que habían pasado gran parte de su vida laboral en las fábricas. La incorporación al bloque no trajo como resultado un proceso nítido de reindustrialización en el país. Si bien se mantuvieron ciertas actividades manufactureras, el Reino Unido se transformó en una economía más orientada a los servicios que a la producción industrial, por lo que no se acalló el descontento de los previamente obreros industriales que tuvieron que reconvertirse y en muchos casos no lograron recuperar los niveles de vida previos, provocando un fuerte rechazo a las políticas de la UE y a la llegada de inmigrantes. Las últimas oleadas migratorias de trabajadores expulsados de la periferia europea y otras regiones hacia las islas británicas no hicieron más que agudizar este fenómeno. En este sentido, en 2015 se produjo un récord de inmigración al Reino Unido, explicado por el gran crecimiento de migrantes desde Rumania, Bulgaria, Polonia, Italia, España e India.

A todo esto se suma el hecho de que el Reino Unido contribuye con más del 10% del presupuesto de la UE y recibe ingresos sustancialmente menores a su aporte (se trata del segundo país detrás de Alemania en materia de contribución neta al bloque), lo que genera fuertes cuestionamientos de los sectores eurofóbicos.
De esta forma, el euroescepticismo se montó sobre las limitaciones que impone la pertenencia a la UE respecto de las políticas nacionales en materia inmigratoria (principal caballito de batalla de los defensores del Brexit), de seguridad y de manejo de la política económica, junto con los recursos que destinan los contribuyentes británicos al bloque y que no tienen una contrapartida clara para muchos sectores de la sociedad.

Con este clima social de fondo, antes del referéndum el gobierno del Reino Unido había logrado varias concesiones de la UE en caso de que los británicos optaran por permanecer en el bloque, como el recálculo de los pagos a trabajadores migrantes en beneficio de sus hijos que viven fuera de las islas (para reflejar el costo de vida en sus países de origen); la limitación de las prestaciones sociales a inmigrantes provenientes de la UE; el mantenimiento de la libra como moneda y la garantía de poder comerciar con el bloque sin discriminación; ciertas salvaguardas para proteger a la industria financiera británica ante las regulaciones de la eurozona; la posibilidad de restricción de la entrada de personas de países no comunitarios que estén casadas con ciudadanos de la UE con el objetivo de frenar los matrimonios “arreglados”, y la exclusión de personas consideradas un riesgo para la seguridad (aunque no tengan antecedentes penales).

Quedó demostrado que estas licencias no fueron suficientes, habida cuenta de que el resultado del referéndum expresa un indudable fortalecimiento de la derecha nacionalista eurofóbica y de los sectores más conservadores del Reino Unido. Un indicador de esto es el voto mayoritario a favor de la salida de la UE en los segmentos de mayor edad de la población, en contraposición al contundente apoyo a la permanencia en el bloque de los jóvenes.

El Brexit terminó de poner en crisis al modelo de integración de la UE –acentuando el proceso que se venía dando a partir del empeoramiento de la situación política y económica en Grecia y otros países periféricos de Europa– y plantea un futuro incierto tanto para el Reino Unido como para el bloque. Por un lado, Gran Bretaña es el primer país en dejar la UE y amenaza con abrir una serie de reclamos de soberanía política y económica en otros miembros de la zona, fogoneados por las expresiones locales de las derechas nacionalistas. Por otra parte, en la campaña anti-Brexit se predijeron consecuencias devastadoras para la economía británica y la europea en caso de ganar la posición que finalmente prevaleció en las urnas, teniendo en cuenta que el 44% de las exportaciones de las islas van a la UE y el 53% de las importaciones proviene del bloque. A pesar de ser muy temprano para medir el costo económico del Brexit, el titular del Banco Central Europeo estimó que el crecimiento de la eurozona caerá entre un 0,3% y un 0,5% durante los próximos tres años. Finalmente, también se está poniendo en duda la continuidad de Londres como centro financiero internacional.

Desde ya que es imposible predecir qué es lo que efectivamente va a ocurrir en el futuro con la UE y el Reino Unido, y todo dependerá de cómo se desarrollen los acontecimientos. Lo que es seguro es que los británicos patearon el tablero y generaron consecuencias económicas y políticas inmediatas.

Por lo pronto, las calificadoras de riesgo Standard and Poor’s (S&P) y Fitch bajaron la nota de Reino Unido los días posteriores al referéndum (de “AAA” a “AA” y de “AA+” a “AA”, respectivamente). En ambos casos argumentaron que el Brexit supone una menor previsibilidad económica y estabilidad política en el Reino Unido, afectando las finanzas y recortando los pronósticos de crecimiento de las islas en los próximos dos años. Por su parte, Moody’s rebajó las perspectivas para el Reino Unido de “estables” a “negativas”, aunque mantuvo la calificación crediticia del país en “AA1” y ratificó la máxima nota para la UE (“AAA”). La baja en la calificación implica tasas de interés más altas en el mercado de capitales o mayores dificultades para acceder a financiamiento para un país que era de los pocos que tenían la máxima nota. A su vez, los analistas predicen la posibilidad de una desintegración del Reino Unido, considerando que Escocia, Irlanda del Norte y Gibraltar votaron mayoritariamente a favor de quedarse en la UE y comenzaron a observarse fuertes presiones en estos territorios para romper con Londres y permanecer en el bloque regional.

La incertidumbre existente llevó a la libra esterlina a su precio más bajo desde 1985 (con una caída respecto del dólar del 10%) y arrastró al euro y las monedas de los mercados emergentes (incluyendo a la Argentina, donde el peso se devaluó alrededor del 10%). También sufrieron fuertes pérdidas las principales bolsas internacionales, incrementándose la volatilidad financiera a escala global. Las negociaciones por la salida del Reino Unido de la UE pueden extenderse más allá de dos años, por lo que el panorama para los próximos tiempos dependerá de cómo avance este proceso.

El Brexit y su impacto en la Argentina y América latina

El avance de la derecha que se viene registrando en diversos países latinoamericanos en los últimos años y que llevó a la caída de gobiernos populares (Argentina, Brasil y Paraguay), las dificultades políticas que existen en países con gobiernos todavía en manos de alianzas de raíz popular (Bolivia, Ecuador y Uruguay) y la debacle económica de Venezuela reflejan una tendencia regional que marca una clara reversión de los procesos que habían caracterizado la primera década del siglo XXI. El Brexit no hace más que complejizar el actual panorama para la región.

En efecto, la mayor volatilidad financiera, el esperable empeoramiento de los indicadores económicos de la zona euro, la nueva desaceleración del comercio internacional y el crecimiento de expresiones políticas de las derechas nacionalistas configuran un escenario preocupante para la Argentina y América latina, lo que en conjunto refuerza los fenómenos que venían registrándose. En este sentido, la pérdida de dinamismo del comercio mundial, el fortalecimiento del dólar y la potencial caída del precio de los commodities de exportación de nuestras economías –que luego del desplome de los últimos dos años venían recuperando levemente terreno– afectan decididamente las ya deterioradas perspectivas económicas regionales. A su vez, el encarecimiento del crédito internacional impacta de lleno en aquellos países que dependen del ingresos de capitales para financiar sus desequilibrios fiscales y externos.

En el caso argentino, las políticas implementadas por la administración Macri en sus primeros seis meses de gobierno –apertura y desregulación del mercado cambiario, liberalización de las tasas de interés, aumento del endeudamiento externo, eliminación de controles al comercio exterior– no hicieron más que aumentar la exposición del país a la volatilidad de los mercados internacionales. Del mismo modo, la manifiesta dependencia del modelo de Cambiemos a la entrada de capitales de corto plazo y a la demorada “lluvia de inversiones” extranjeras pone en serios riesgos a la economía local ante la incertidumbre del escenario global (particularmente en lo que respecta a las fluctuaciones de los tipos de cambio y de los flujos de capitales financieros y productivos y al encarecimiento del crédito).

Más allá de que no es posible pronosticar a ciencia cierta cuál será el impacto del actual contexto en la economía local, lo que es indudable es que el esquema de política económica vigente no es el que mejor puede responder a los desafíos que presenta el mundo. La suerte de la mayoría de los argentinos no puede estar librada una vez más a los caprichos de los convulsionados mercados internacionales, como parece ser la única estrategia del macrismo. El Brexit no hace más que poner de manifiesto las limitaciones históricas del liberalismo para garantizar un desarrollo sustentable e inclusivo para la Argentina y la región.

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Economía Internacional

Artículos de este número

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Un retroceso permanente
Augusto Costa
¿De qué hablamos cuando hablamos de “Brexit”?
Leandro Martín Ottone y Nicolás Todesca
Del “Brexit” a la crisis de la banca italiana: problemas financieros actuales
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