¿Ciudades maravillosas? Gajos, astillas y pinchaduras para cuestionarnos desde el deporte

¿Ciudades maravillosas? Gajos, astillas y pinchaduras para cuestionarnos desde el deporte

Por Emmanuel Ferretty

Hoy en día es impensable una ciudad que no cuente con espacios destinados a la práctica deportiva. La utilización del espacio público con estos fines ha moldeado la fisonomía de las urbes a lo largo de las décadas, pero lejos de ser un elemento destacable, expresa una poderosa contradicción: mientras se proclama el poder igualador del deporte, crece la desigualdad en el acceso al espacio urbano. Los megaeventos deportivos, aquellos que atraen las miradas del mundo entero, no hacen otra cosa que mostrar este problema del modo más espectacular.
 
Profesor en Educación Física y Doctorando en Comunicación (UNLP). Becario de la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC) de la provincia de Buenos Aires con lugar de trabajo en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (IdIHCS-FaHCE-UNLP/CONICET). Integrante del Seminario Permanente de Estudios Sociales del Deporte. Docente


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I.

Los llamados megaeventos deportivos –aquellos de carácter internacional, de alcance global y de asistencia multitudinaria– suelen dejar postales imborrables en las memorias de los espectadores y también engrosan los archivos de los medios masivos de comunicación. Son imágenes que nos impresionan, nos reconfortan, nos desvelan y que disparan horas de conversación en la letanía del tiempo. De hecho, si tuviese que elegir una postal deportiva (por llamarla de alguna manera) de este año 2016 que avanza implacable sobre su trecho final, no recupero justamente una imagen de spot publicitario, de folleto turístico u otra extraída de alguna propaganda política, sino aquella que me ha invitado a pensar, desde la incomodidad que me genera, algunas relaciones entre deporte y ciudad para entender las lógicas sociales y culturales que las atraviesan. Me refiero a una fotografía tomada en plena inauguración de los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro desde un elevado, precario y tenue rincón próximo al estadio Maracaná, que muestra en su borde inferior a un puñado de cariocas observando los fuegos artificiales que buscan el cielo sobre el templo futbolístico brasileño.

Si miramos esta imagen con los anteojos del mito y, además, tiramos por la borda toda posibilidad de análisis crítico, diremos que estamos ante la representación gráfica de “la fiesta” (mayúscula): la fiesta del deporte, la fiesta brasileña, la alegría que no tiene fin. O el significado por excelencia que articula los significantes deporte, carioca y Brasil. Pero lejos de constituir una imagen pintoresca, alegre e inclusiva, creo que enfoca los viejos privilegios y las potentes desigualdades que desarman los lentes del mito de un cachetazo. ¿O me van a decir que si existiese tal fiesta, cualquier fiesta, elegirían vivirla desde afuera? Al mismo tiempo, la foto es peligrosa porque junto a la seducción de lo pintoresco crea cierta ilusión de proximidad: en la inmensidad de Río, estos cariocas están en una zona próxima al estadio. Sin embargo, si abandonamos las distancias físicas para mirar las distancias sociales, diremos que al mismo tiempo están cerca y excluidos. Resumiendo: los protagonistas de esta postal estaban viendo la fiesta a la que nunca fueron invitados como tales.

Pensaba entonces en las contradicciones del deporte que, mediante reglamentos e instituciones, intenta igualar las condiciones generales de competencia entre los participantes pero que “puertas afuera” profundiza la competencia por el espacio urbano, por los espacios legítimos y deseables, por los espacios públicos vulnerados que son aprovechados por capitales privados para generar millones. Es decir, llegaba a la idea de que el deporte como institución amplía las desigualdades ya existentes en las ciudades que toma por asalto, sobre todo, para este tipo de eventos. Y como si fuera poco, contradictoriamente, pregona la igualdad de los pueblos y de la humanidad.

De hecho, como se sabe, el velo de la “fiesta deportiva” suele tapar los conflictos de las sociedades que son exprimidas para eventos de esta magnitud. Como sabemos, el Brasil de los Juegos estaba en plena crisis política ante el avance implacable de la derecha más acérrima. Además, se intensificaban los procesos de “pacificación” –léase represión y muerte– en las favelas, con ello los desplazamientos forzados de cientos y cientos de familias. Afortunadamente, las calles se colmaron con acciones de protesta ante la escalada de estos hechos y algunos manifestantes denunciaron estos Jogos da exclusão (juegos de la exclusión). Queda claro entonces que la postal que elegí no es la mejor (ni la peor) cara de Río pero, definitivamente, no es el retrato con el que suele presentarse la ciudad maravillosa.

II.

Lo que la experiencia histórica también demuestra es que casi nunca el impacto de estos eventos es positivo en términos de desarrollo urbano inclusivo. Los megaeventos deportivos de hoy son, sin dudas, la cara más visible de este fenómeno porque traccionan varias esferas de distintas sociedades bajo el mismo imperativo del capitalismo globalizado: serás espectáculo o serás nada. Pero los espacios exclusivos (y excluyentes) en y para el deporte funcionan en todas las ciudades y por requerimiento de todas las sociedades: están los clubes y/o los balnearios que se adueñan de las costas, restringen el ingreso y las explotan comercialmente; existen los predios deportivos de lujo y los clubes de campo ubicados en terrenos privilegiados geográficamente y por su cotización pero amurallados por estar rodeados de asentamientos; crece la privatización de la calle, su deterioro como bien público y el tedio que genera la movilidad cotidiana ante el crecimiento exponencial del parque automotor, el declive del transporte público y la fragilidad de los que se animan a la movilidad llamada sustentable o no motorizada montados en tablas, patines, bicicletas de todo tipo. Sufre el viejo, conocido e infatigable peatón.

Hoy, ahora, este humilde y breve texto nos propone una recapitulación. Con más preguntas que respuestas invito a pensar si imaginan una ciudad sin deportes o, al mismo tiempo, al deporte sin sus enclaves urbanos. ¿A qué deportes y a qué ciudades haríamos referencia? Sin dudas, ambas existen. Pero en la Argentina, como bien han señalado Julio Frydenberg y Eduardo Archetti, en el proceso de modernización de finales de siglo XIX y principios de siglo XX, el deporte fue un elemento relevante no solo para la conformación de identidades nacionales y masculinas sino también para el crecimiento urbano de la capital argentina: la ciudad de Buenos Aires. En ese entonces los espacios protagónicos del deporte eran los espacios públicos urbanos (parques, plazas, potreros), los predios municipales y los de los clubes deportivos que, basados en el asociacionismo, propusieron un modo de creación de lazos sociales vecinales, comunales, urbanos. Si bien esta lógica aún subsiste (literalmente resiste), es más común ver a los gobiernos y a las ciudades que gobiernan competir entre sí por estándares internacionales, solo por el hecho de obtener los beneficios materiales y simbólicos que conlleva ser elegidas como la ciudad del deporte.

Para comprender esta lógica del galardón es necesario entender que cuando conectamos como claves a las palabras deporte y ciudad en la misma oración evocamos una potencia que pocas veces ponemos de relieve porque nos resulta algo obvio e indisoluble, pero que históricamente refiere a dos grandes fenómenos de la humanidad occidental. En realidad, si le quitamos algo de esta solemnidad, diremos que hacia finales del siglo XIX estos fenómenos son dimensiones articuladas de un mismo proceso que aún nos constituye y que solemos llamar modernidad. Por un lado, en los comienzos de esta modernidad, las ciudades industriales le abrían paso a la vida urbana todavía incipiente, precaria, constitutivamente desigual: se era patrón, trabajador o vagabundo. Por el otro, los deportes y las ejercitaciones físicas comienzan a convertirse en formas sistemáticas, con lógicas propias de educación, saneamiento y fortalecimiento de los cuerpos en el tiempo libre, es decir, por fuera de y para el trabajo. Primero, se ocuparían de los cuerpos jóvenes y adultos masculinos, luego de todos los rangos etarios y tardíamente de las mujeres. Los deportes también solían ser profundamente desiguales: los había para distinguidos y para plebeyos. Es decir, ciudad y deporte en realidad fueron fenómenos que, articulados, colaboraron con la construcción de esas desigualdades, no como reflejo de la sociedad que los producía sino como dimensiones relativamente autónomas en su funcionamiento.

III.

Desde esta plataforma histórica, propongo entonces un cambio de foco: que miremos cómo son las ciudades que habitamos y que busquemos en la microscopía de los procesos que cocinan a fuego lento, en nuestra vida cotidiana, otras maravillas y miserias del mundo. Por ello, cabe preguntarnos: ¿en qué espacios, en cuáles prácticas y en qué modalidades se expresa lo deportivo en la(s) ciudad(es) hoy? Recuperando a Pierre Bourdieu podríamos ampliar este primer interrogante y preguntarnos: ¿cómo [y en dónde] se puede ser deportista? Esta segunda pregunta complejiza la cuestión porque nos lleva a considerar que el deporte excede su práctica efectiva incluyendo los consumos mediáticos, estéticos, nutricionales, entre otros, que se generan en torno al fenómeno deportivo. Además, podríamos agregar: ¿qué sociabilidades urbanas promueve hoy el deporte? ¿Son los espacios públicos urbanos, los clubes y las instalaciones municipales los espacios dominantes del deporte en la ciudad contemporánea?

Sin dudas, estos interrogantes exigen gravitar sobre la ciudad con el cuerpo y los sentidos despiertos. ¿Qué observamos, sentimos y/o pensamos cuando, a nuestro lado, en una calle o en un parque cualquiera alguien pasa corriendo, pedaleando, patinando enfocado en su entrenamiento? ¿Qué nos genera ese pasaje cercano o distante, veloz o pausado, individual o multitudinario? Porque quien haya tenido la experiencia de escuchar el zumbido que genera la fricción del caucho de las ruedas con el asfalto en el pasar de un pelotón de ciclistas, o el golpe cíclico de miles de plantas del pie de corredores de una maratón, sabrá que no solo el número, sino también la disciplina, el evento y el momento de una competencia nos ponen ante un cuadro perceptivo diferente. Como espectadores, solemos emocionarnos ante los momentos de máxima tensión.

En esas transiciones, entre cuadro y cuadro, también podemos dejar de ser espectadores. Por ejemplo, ¿qué sucede si alguno/a saborea el asfalto o comete un error estratégico irreversible para el resultado de la contienda? ¿Cómo nos sentimos en el preciso instante en el que nos sabemos favorecidos o perjudicados directamente por la situación? ¿Y si en su andar exigido algún/a corredor/a roza o colisiona con nuestro cuerpo; si nos moja su transpiración, si olemos su esfuerzo, si abrazamos su dolor (y el nuestro) en la misma escena? Sin dudas, la tensión aumenta y el resultado de las acciones se hace más impredecible de lo que habitualmente son. El deporte, la competencia callejera, parece llevarnos al máximo de la incertidumbre excediendo las franjas y las vallas de los circuitos delimitados. La ciudad no es una bestia domesticable.

IV.

¿Cuáles son las prácticas deportivas y los cuerpos que, a cotidiano, construyen el paisaje urbano de las ciudades que vivimos? ¿Por qué algunas de ellas nos generan admiración o entusiasmo y otras rechazo o, al menos, cierta sensación de incomodidad? ¿Cuáles son los motivos que unen, aunque sea transitoriamente, a cada uno/a de los/as protagonistas de una práctica? ¿Por qué nuestra mirada, altamente selectiva, se dirige a ese/a corredor/a o ciclista y no al acróbata de la esquina? Creo que estas son algunas preguntas que nos pueden permitir bucear en nuestras sociedades y entender las matrices culturales a partir de las cuales vivimos, sentimos y pensamos el fenómeno deportivo y la vida urbana.

Volveremos a encontrar las maravillas y las miserias en la calle. También en los spots, en los folletos y en las campañas. Tal vez, algunos las encuentren en las largas procesiones futbolísticas que llevan a los simpatizantes y/o barras de los clubes desde variados puntos de las ciudades hasta el estadio en donde juegan los clubes de sus amores. Otros seguramente observen la gran cantidad de personas que utilizan las calles, plazas y parques para entrenar corriendo y/o pedaleando con llamativas y sofisticadas prendas y accesorios. O, ciertamente, quedemos perplejos ante el boom del pedestrismo –hoy llamado running– convocando a miles de personas en un mismo evento y mostrándonos un calendario anual infinito. Seguramente, también se han percatado del aluvión de prácticas acrobáticas realizadas por jóvenes tales como skateboarding, longboarding, bicicross, parkour, slackline; cuyas lógicas pendulan entre la recreación y la competencia poniendo en jaque las definiciones de los que nos formamos bajo la lógica deportiva. Sin dudas, también seguiremos mirando atentos los megaeventos que tantos motivos condensan para pensarnos en una lógica del acontecimiento diferente: ¿qué es lo que realmente celebramos?

Sin embargo, este pluralismo actual nos muestra otra paradoja como desafío: encontramos cada vez más expresiones de prácticas corporales urbanas lúdicas y/o deportivas pero, al mismo tiempo, contamos con el crecimiento de los llamados deportes de aventura o en la naturaleza que, en un sentido general, se presentan como un escape placentero del artefacto quizá más megalomaníaco que haya inventado el hombre: la ciudad. ¿Será esta la historia del cazador que muere en su trampa? Probablemente. Pero mientras existan lugares para ser felices en la infelicidad, para gozar entre las penurias, las postales maravillosas de las ciudades seguirán tapando con sus bordes los baches, la tierra y la sangre.

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Artículos de este número

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Deporte, emoción y televisión: un trío infalible
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Deporte, inclusión y política: interrogantes sobre una relación compleja
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